Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 38
Susan pegó la oreja contra la puerta que su hermano acababa de cerrar y no oyó nada. Espió por
la minúscula raya que quedaba entre la puerta y el marco y creyó ver que su hermano se
encontraba tirado de espaldas en la cama. Pareció oírle suspirar sonoramente.
Sonriendo, se dirigió a su habitación y también se encerró en ella. Desde su teléfono, buscó el
número de móvil de Emma, que Anna le había dado aquella misma mañana, y le dio a llamar. Tras
varios tonos, la joven se lo cogió:
—¿Emma? Soy Susan. Sí, tranquila, no ha pasado nada. Ya hemos llegado al hotel. Es solo que
necesito que sepas algo. Sé que mi hermano ha estado evitándote estos úl mos meses y sé por
qué lo ha hecho. Es por culpa de mi madre. Cuando James volvió de España, no dejaba de hablar
de y mi madre come ó el error de decirle que a ver cuándo te podríamos conocer. Aquello le
asustó; sabes que huye del compromiso… Pero te prometo que anoche tenía unas ganas locas de
verte. Creo que ya no aguantaba más sin . Lo sé, lo sé. Ayer fue un capullo y te doy vía libre para
que se lo hagas pagar. Pero de verdad, créeme cuando te digo que le importas. Y mucho.
38
En aquella ocasión, fue James el que retomó las conversaciones por mensajería instantánea con
Emma. Ella al principio se mostró un poco distante y no siempre le respondía, pero solo tuvo que
insis r un poco para que Emma volviera a gastarle bromas. James la invitó al estreno de una de sus
películas en el Grauman's Chinese Theatre y aunque entraron por separado, James se las arregló
para que los sentaran juntos. Por las miradas envenenadas de Samie, o Samantha Roberts, que
llevaba un ves do de lentejuelas con un escote de infarto, supo que la actriz había esperado
ocupar su lugar. Emma, siempre cortés, la felicitó por la película cuando la proyección terminó y
Samantha le respondió con una sonrisa falsa.
Para cuando llegó Diciembre, las tensiones entre ambos parecían haberse relajado y volvían a
ser amigos que hablaban con frecuencia y salían juntos cuando coincidía que ambos estaban en Los
Ángeles, aunque ambos sen an que entre los dos algo había cambiado. Pese a que en Roma se
habían llamado amigos con derecho a roce, todo el roce que hubo entre ellos en Los Ángeles fue,
por acuerdo tácito, el de cualquier par de amigos.
Nochevieja llegó y ambos se encontraban con sus familias en Nueva York, celebrando el cambio
de año con sus seres queridos. Tras contar las campanadas que marcaban el fin de año y, en el caso
de la familia de Emma, comerse las 12 uvas, Emma y James fueron a celebrar a un local de moda el
Año Nuevo. Emma no tenía amigos en Nueva York, pues sus padres se habían mudado allí hacía no
muchos años, cuando ella ya tenía su vida en Los Ángeles, por lo que fue a la fiesta acompañada
por su hermana Anna, que por lo visto conocía a varias chicas de Nueva York (tras indagar un poco
más le confesó que las conocía por una red social de ligues para chicas lesbianas y bisexuales, y
aunque Emma se preocupó al principio, su hermana le recordó muy hábilmente que ya era mayor
de edad). James, por su parte, fue acompañado por varios amigos de la juventud entre los que se le
veía relajado y familiar.
Su hermana la arrastró a la pista de baile para marcar unos pasos de chachachá que habían
aprendido en las clases que desde hacía un mes recibían con Raúl como monitor. Si todavía eran
principiantes, sus movimientos resultaron todavía más peculiares porque lo que sonaba por los
altavoces no era precisamente el ritmo del chachachá. Emma, aun así, o precisamente por ello, se
par ó de risa con su hermana mientras bailaban. Tras menear un rato las caderas, Anna se fue a
seguir ligando con sus amigas y Emma volvió a donde se encontraban los amigos de James,
sentándose en uno de los sofás lounge que había en la zona. Consultó su móvil y vio que tenía
varios mensajes en que amigos y conocidos le felicitaban el cambio de año.
Raúl le había mandado
la foto de una copa de cava con las doce uvas. ¡Claro, los cubanos también despedían así el año!
—¿Qué es eso? —interrogó James, dejándose caer a su lado y tras intentar atravesarle un ojo
con un matasuegras.
—Raúl me desea feliz año nuevo.
—Estáis muy unidos —comentó James, como quien no quiere la cosa.
Desde su cumpleaños
había tenido ocasión de ir un par de veces a casa de Emma y Raúl siempre había estado allí.
—Es un buen amigo. ¿Sabes por qué me manda uvas? —interrogó señalándole la pantalla. James
negó con la cabeza—. En España y varios países la nos despedimos el año tomándonos doce
granos de uva con las campanadas.
—¿Se supone que da suerte o algo?
—Claro. Igual que llevar ropa interior roja.
—¿Roja? ¿Y qué llevas tú rojo, picarona?
Emma se levantó un poco el ves do y le dejó ver la liga roja que llevaba.
Aquello provocó un
pinchazo de deseo en James, pero este se obligó a reírse en lugar de posar su mano en la suave piel
de los muslos de Emma para perderla debajo del vestido, que era lo que deseaba.
—Pero si llevas pantys, no medias. La liga no hace nada.
—¿Y qué? Es lo único que tenía rojo.
—Por cierto, he estado pensando; ¿por qué eres Emma Miller si tu padre es español? —intentó
distraer su mente James de las tentadoras piernas de la joven.
—Mi nombre completo es Emma Carreño Miller, pero en Estados Unidos solemos usar el
apellido de nuestra madre en lugar del de nuestro padre porque la «eñe»
causa muchos problemas
en matriculas, registros y…
—¿James? —oyeron que preguntaba una voz sorprendida.
Ambos alzaron la mirada a la vez.
—Caroline —James también parecía sorprendido, aunque no especialmente contento. Se puso
en pie y saludó a la mujer que tenía delante con dos torpes besos.
—No sabía que ibas a estar aquí.
—Yo tampoco te esperaba aquí. Pensaba que seguías en Europa.
—Sí, bueno, he vuelto por Navidad para visitar a mi familia.
—¿Caroline? —un hombre de unos cuarenta y algún años apareció detrás de la mujer y la rodeó
por la cintura.
—Oh, Giuseppe, ya estás aquí. Te presento a James. James, Giuseppe.
—Es verdad, en nuestro anterior encuentro no pudimos presentarnos apropiadamente —replicó
el actor mordaz con la mandíbula tensa. Dio un fuerte apretón de manos a Giuseppe y todas las
venas se le marcaron en la mano.
La tensión podía palparse y aquello hizo que el cerebro de Emma hiciera las conexiones
neuronales necesarias para recordar dónde había oído el nombre de Caroline. ¡Aquella era la ex de
James! La que le había hecho tanto daño que le había convencido de que ya no podía amar de
nuevo. Emma miró a la pareja y a James desde su asiento. Ninguno de los tres le prestaba atención,
por lo que podía estudiarlos sin problemas.
Caroline era morena y alta, casi tan alta como James, aunque claro, llevaba unos taconazos de
casi 10 cen metros. Llevaba una camisola azul vaporosa y a Emma no se le pasó por alto que cada
poco empo se tocaba la barriga. Oyó entonces que Caroline le contaba a James que no solo
habían venido a Nueva York a pasar las fiestas sino también para anunciar a la familia que
Giuseppe y ella se casaban. Aquello automá camente hizo que una de las cejas de Emma se
arqueara a la vez que pensaba «interesante».
Caroline debía tener algo de bruja porque pareció notar que Emma tenía toda su atención
puesta en ella y desvió sus ojos hacia ella. Aquello hizo que James pareciera acordarse de pronto
de que estaba allí y dijo:
—Oh, se me olvidaba. Dejadme que os presente a Emma Miller.
La susodicha se puso en pie y estrechó las manos de la feliz pareja.
—Oh, sí, eres compañera suya de rodaje, ¿no? Sustituyes a esa cantante…
¿cómo se llama? Sue…
—Sue Johnson, sí —sonrió Emma a la vez que intencionadamente se pegaba tanto a James que
estaban costado con costado. Estuvo tentada de pasarle el brazo por la cintura, pero se contuvo
pues no sabía si a él le haría gracia. Apenas unos segundos después supo que sí le habría gustado
cuando él le pasó el brazo por los hombros.
—Sin duda hemos ganado con el cambio —dijo él con una ancha sonrisa.
Todos se le quedaron
mirando, incluida Emma, y él se apresuró a dejar claro que no se refería al cambio de pareja sino al
cambio en el elenco—. ¿O me dirás que no? Trabajar con Sue era un auténtico asco.
—Ahí tienes toda la razón.
—¿Eres actriz? —intervino en la conversación Giuseppe, interesándose por Emma.
—Ahora sí.
—Emma ha estudiado química —explicó James, con un tono orgulloso que sorprendió a la joven
—. Tuvimos que sacarla a rastras del laboratorio para que aceptara rodar la película.
—No tuvisteis que sacarme a rastras, solo decirme cuánto iba a cobrar.
Todos se rieron, con mayor o menor credibilidad, ante aquello.
—Bueno —dijo Emma—, voy a ir a la barra a pedirme algo. ¿Queréis algo?
—Que no tardes en volver.
Aquella pe ción de James, que iba acompañada de una sonrisa sexy, hizo que Emma le siguiera
el juego. Le plantó un beso en los labios, poniéndose de puntillas para alcanzar su boca, y dijo:
—Lo intentaré.
Se alejó de ellos camino de la barra, pero todavía no había conseguido que el camarero le
prestara atención cuando notó que alguien se colocaba a su lado. Al mirar por el rabillo del ojo, se
dio cuenta de que se trataba de Caroline. Se armó de su mejor sonrisa:
—Si me llegas a decir lo que querías, te lo hubiera llevado yo.
—Tranquila, no importa.
Emma miró por encima del hombro y entre las cabezas logró divisar durante unos segundos a
James, que con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro serio, hablaba con el tal Giuseppe.
Miró a Caroline con ganas de preguntarle: «¿de verdad crees que ha sido buena idea?» Pero se
calló. El camarero llegó entonces y Emma se pidió una piña colada, bebida a la que se había
aficionado en el viaje de fin de curso de su carrera. La otra se pidió un Roy Rogers.
Mientras el camarero se los preparaba, Emma se interesó por los ingredientes de aquel cóctel.
Nunca había sido muy entendida en preparados alcohólicos.
—Pues… cola, granadina… —la mujer pareció dudar si llevaba más ingredientes—; también le
echan hielo. ¡Oh! Y las cerezas, claro.
Emma asin ó levemente a la vez que pensaba, «¡confirmado, ¡está embarazada!» Lo había
sospechado por cómo se había tocado la barriga, pues solo las mujeres que esperan un hijo se la
acarician de forma ins n va, pero que además en Año Nuevo no tomara nada de alcohol… Solo le
faltaba un dato más para confirmar su estado.
—¿Y cuándo os casáis tú y tu prometido?
—En un mes.
—¡Qué pronto!
—Sí —Caroline volvió a tocarse la barriga y Emma tuvo que hacer serios esfuerzos para no bajar
la mirada y quedarse mirando el gesto.
—¿Y por qué no os esperáis a primavera? Suele ser la fecha perfecta para casarse. Ni mucho frío
ni mucho calor.
—No creas, en Europa el clima es mucho más cálido que aquí.
—¿En serio?
—Sí.
Emma recordó algunos años de su infancia en los que había pasado las Navidades en España con
su familia. España era el país más meridional de Europa y, más aun estando en Andalucía, pero aun
así recordaba haber pasado un frío de mil demonios.
—Pues os deseo mucha suerte —sonrió de nuevo, haciéndose la tonta.
El camarero seguía preparando sus bebidas mientras ellas estaban codo con codo.
—¿Tú y James…?
Emma no se lo iba a poner fácil, así que mirándola, preguntó:
—¿Yo y James, qué?
—¿Tú y él sois pareja?
—No me digas que trabajas en la prensa o algo.
—No, no —Caroline se rio con su broma—. Es solo que… me preocupo por él.
—¿Te preocupas por él? —repitió Emma—. ¿Te preocupa que salga conmigo?
—No, no me refería a eso, mujer. Digo que… él y yo estuvimos juntos y me preocupo por él. No
quiero que sufra.
Emma sen a su sangre arder de indignación y rabia. ¿En serio? ¿En serio?
¿Aquella parraca
hablaba en serio? ¿Ella le había hecho algo tan horrible a James que él se creía incapaz de amar y
aun así tenía la desfachatez de decirle que no quería que nadie le hiciera sufrir? ¡Qué poca
vergüenza!
—¿No quieres que sufra? —interrogó Emma lentamente con el ceño fruncido. Su cerebro pensó
a toda velocidad y después ró de sus cualidades interpreta vas y, echando la cabeza hacia atrás,
soltó una sonora carcajada—. ¿James, sufrir? Si dices eso supongo que es porque lo conocerías
antes de que fuera actor; antes de que se hiciera famoso, para ser más concretos. Ahora James
chasquea los dedos y ene todo lo que quiere. La fama es lo que ene, ¿no crees? Coches, dinero,
viajes… Aunque bueno, no te voy a men r, no todo es maravilloso. La fama también ene sus
cosas malas y para la pareja de alguien como James eso se traduce en tener que pelear con uñas y
dientes para que otras as no te lo roben —se inclinó hacia Caroline y, le dijo en tono confidencial
—: Imagínate que lo hacemos cuatro veces al día para que él se quede tan saciado que ni tenga
ganas de mirar a otra chica. ¡Cuatro veces al día! Con otro me sería imposible mantener ese ritmo,
pero con James… es que es mirarnos y…
—¡Aquí estáis!
—¡James! —se alegró de verle Emma—. ¿Tanto nos hemos enrollado que has tenido que venir a
buscarnos?
—Un poco, la verdad. Pensé que te habían raptado.
Emma se giró hacia la barra, donde ya estaban las dos bebidas que habían pedido. Cogió su piña
colada con dos dedos a la vez que se disculpaba:
—Lo siento, cariño. Estaba aquí hablando con tu amiga y nos hemos entretenido, ¿verdad que sí,
Caroline? Bueno, dame dos besos —entrechocó sus mejillas con la mujer, que parecía algo confusa,
y se agarró a la cintura de James—; a ver si nos vemos pronto. Me ha gustado hablar contigo.
Se alejaron de la barra, Emma con una radiante sonrisa en la cara y James mirándola
descolocado.
—¿Qué ha pasado ahí detrás? —preguntó él cuando estuvieron a cierta distancia de la barra.
—Nada.
—¿Y por qué Caroline tenía la boca abierta cuando he llegado?
Emma soltó una carcajada, en aquella ocasión totalmente sincera.
—Pues… puede que su expresión tenga algo que ver con que le haya dicho que somos tan
insaciables como pareja que nos pasamos el día dale que te pego.
—¿Que qué?
—No te molesta que le haya puesto los dientes un poco largos, ¿no? He supuesto que te
gustaría darle un «zas, en toda la boca» por cómo te has arrimado a mí y por cómo nos hemos
besado con ellos delante.
—¿Pero por qué le has dicho eso?
Emma se detuvo, evaluando la mirada de James. ¿Se habría tomado demasiadas confianzas?
¿Habría actuado mal?
—Ella… ella me preguntó por y me dijo que le preocupaba que te hicieran daño… y me cabreé,
porque sé que ella sí que te hizo daño, y le dije que ahora con tu trabajo tienes todo lo que puedes
desear, así que nadie te hace daño y… —se interrumpió, tomando aire tras toda la retahíla—. Lo
siento. Pensé que no te molestaría que lo hiciera. Yo…
James apresó su cara entre las manos y la atrajo hasta si para fundirse en un apasionado beso.
Emma le rodeó el cuello con los brazos, disfrutando de la sensación que tenía en la boca del
estómago. ¡Mariposas!
Tras casi un minuto completo, separaron sus bocas, aunque sus caras quedaron muy próximas.
—¿Esto es un no me molesta? —interrogó Emma.
—Es un gracias.
Se sonrieron ampliamente.
—¿Quieres que vayamos a un si o más… tranquilo? —propuso James llevado por la excitación
del beso.
—¿Es una proposición indecente?
—O decente, lo que tú prefieras.
—De acuerdo.
Puesto que se iban de la discoteca, Emma fue a avisar a su hermana de que tendría que volver
sola a casa y le dio dinero para el taxi. James también se despidió de sus amigos. Sin salir del local,
bajaron al parking subterráneo, donde James había aparcado su coche.
—¿Otro coche?
—Mi coche —corrigió James—. Es el único que tengo, ya te dije que el Mustang de Los Ángeles lo
alquilo.
—Mmm —fue lo único que contestó Emma, admirando las curvas de aquel Mercedes deportivo.
—Móntate, anda, que lo mejor está en el interior.
—¿Lo mejor está en el interior? ¡Fíjate, cómo en las persona!
Emma se sentó en el coche con las piernas muy juntas y abrazándose a sí misma. En cuanto
habían salido de la zona de baile la temperatura había bajado considerablemente y aún con la
chaqueta puesta tenía frío. James lo notó y apretó varios botones que activaron el aire y algo más.
—Oh —dijo de pronto Emma—. Ohhhh.
No había salido del aparcamiento y los asientos ya se habían calentado.
—¿Tu coche tiene calefacción en los asientos? ¡Por Dios, qué gustazo!
James se carcajeó.
—Sabía que te gustaría.
—Es un buen método para derretir a las chicas.
Media hora después llegaban a una zona residencial a las afueras de Nueva York. A ambos lados
del camino se veían casas familiares con una zona de jardín en la parte delantera.
—¿Qué hacemos aquí? —interrogó Emma, desconcertada.
James me ó el coche en una parcela que quedaba a mano derecha y, para sorpresa de Emma, al
apretar un mando la puerta de la cochera que tenían delante se abrió.
—¿Es tu casa?
—Sí.
Aquel barrio residencial a las afueras de Nueva York era el úl mo lugar en el que Emma se
habría imaginado que James viviría. Un piso con altos techos y grandes ventanales en el corazón de
la ciudad le habría parecido más lógico para un soltero con dinero como él.
—¿Eres un perver do y no me lo habías dicho? —interrogó Emma mientras lo seguía hacia el
interior de la casa.
—¿Por qué lo dices?
—El único mo vo que se me ocurre para que alguien como tú tenga una casa en un barrio como
este es que le gusten los niños. ¿Te gusta espiar por la ventana a los niños del barrio, James?
—¿Qué? ¡No! ¡Por Dios, qué mente enes! Vivo aquí porque me crié en este barrio. Mi madre y
mi hermana viven en la casa de al lado.
—No me digas que sufres de mamitis.
—Viajo mucho —explicó James, parándose para mirarla—. Si no tuviera esta casa aquí, no vería
a mi familia nunca. ¿Te parece eso mamitis?
—Me parece… —Emma se acercó hasta él y le dio un suave beso—
adorable. Y es un gesto que
dice muchas cosas buenas de ti.
James sonrió ampliamente.
—¿Quieres algo de beber?
—¿Qué tienes?
—¡Buena pregunta! —Se dirigió hacia una zona del salón en la que habían instalado una barra.
Miró el botellero y también revisó el frigorífico—. Esto… te preparo lo que buenamente pueda, ¿de
acuerdo?
—De acuerdo —se rió Emma, a la vez que paseaba la vista por el salón.
El exterior de la casa era el de un hogar familiar, pero el interior era exactamente como se lo
había imaginado: pocos muebles, una tele gigante, un equipo de música potente… El piso de
soltero de un hombre en pleno barrio residencial.
—Tengo cierta información de tu ex que quizá te interese —comentó distraída, estudiando los
discos que había junto a la cadena de música.
—¿Información de mi ex?
—Sí.
—¿Quieres hablar de mi ex precisamente esta noche?
—¿Por qué no? Es Año Nuevo, puedes plantearte como propósito para este año superar tu
historia con ella.
—Ya la tengo superada.
—¿Superada? La única vez que intenté hablar con go con ella me dijiste que no querías
amargarte la noche.
—Siempre resulta deprimente hablar de las épocas malas, ¿no crees? Haya ex de por medio o
no.
James llegó junto a ella con un par de copas de color rojo oscuro. Le entregó una a Emma, que
prefirió no preguntar qué era y le dio un delicado sorbo. Tosió en cuanto el líquido llegó a su
garganta.
—¡Qué fuerte, madre mía! Tú quieres dejarme K.O. y que no siga hablando.
James fue a sentarse en el amplio sofá de color gris que ocupaba el centro del salón.
—¿Y quedarme sin esa información de mi ex que según tú me va a interesar?
Emma se acercó al sofá y, quitándose los tacones, se sentó con la bebida en el extremo opuesto
del sofá, recostándose.
—Te contaré lo que sé si tú me cuentas qué pasó entre vosotros.
—Es una larga historia.
—Hazla corta. No me interesan los detalles morbosos, solo saber qué pasó.
—De acuerdo —se rindió James, y le dio un largo trago a su bebida—.
Fuimos novios desde los
14 años hasta los 19, y antes de eso, amigos desde que aprendimos a andar.
Entramos en la
Universidad, ella se fue a Francia a estudiar allí un año. Estuvo allí el primer cuatrimestre y el
segundo cuatrimestre, desesperado por su ausencia, lo organicé todo sin decirle nada para irme
con ella a estudiar allí lo que quedaba de curso. La sorpresa me la llevé yo cuando llegué y me la
encontré en la cama con su profesor de literatura francesa, Giuseppe.
—¿Giuseppe su futuro marido?
—El mismo.
—Por eso el comentario de «en nuestro anterior encuentro no pudimos presentarnos
apropiadamente».
—Sí, en nuestro anterior encuentro solo le vi el culo.
—¿En serio? ¿No le pegaste ni nada? Lo normal hubiera sido que te liaras a tortas con él.
—Lo hice, pero mi puño vio su cara, no mis ojos. Ni me acordaba de cómo era hasta que lo he
visto hoy.
—Y de todo eso hace diez años, ¿no? Once, si tenemos en cuenta que cumpliste 30 hace no
mucho.
—Sí.
—Y aún no lo has superado.
—¡Qué manía con que no lo he superado! Claro que sí.
—Pero desde que pasó lo que pasó no has vuelto a amar.
—¿Y por eso crees que no lo he superado? Es simplemente que he aprendido. De vivir se
aprende y yo con Caroline aprendí que entregarle el corazón a otra persona es lo peor que se
puede hacer. Y ahora creo que me merezco esa información que tienes para mí.
Emma lo miró durante unos largos segundos, procesando todavía lo que él le había dicho.
Después le dio un largo sorbo a su bebida y tras hacer una mueca y aspirar una bocanada de aire
para refrescar su garganta, dijo:
—Caroline se casa porque está embarazada.
—¿Que qué? ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?
—No, pero se tocaba la barriga de una forma inconfundible y no bebía alcohol.
—A lo mejor tenía gases y por eso se tocaba la barriga; y sobre lo de no beber alcohol, quizá
pensaba conducir de vuelta a casa.
—Su boda, esa que han anunciado a sus padres esta misma Navidad, está programada para el
mes que viene. ¿Quién se casa con tan poco antelación? Una pareja que no quiere llegar al altar
con bombo.
—Puede haber otra explicación.
—Claro; podría haber otras muchas explicaciones para explicar los tres detalles que te he dicho,
pero créeme, está embarazada. Intuición femenina.
James se quedó callado un momento con la mirada perdida en algún punto de la habitación. Dio
un sorbo de su bebida y la paladeó con tranquilidad.
—¿Y a mí qué más me da que esté embarazada? —preguntó al fin—.
Cuanto más lo pienso, más
indiferente me es.
—¿No quieres inventar teorías crueles y absurdas de por qué se ha quedado embarazada?
Recuerdo que cuando lo mío con Jimmy terminó, mi amiga Vivian y yo propusimos todo po de
ideas de por qué era un capullo con las as: que si había salido de un psiquiátrico, que si se dio un
golpe al nacer, que si era porque su cosita era muy cortita…
—¿Y eso te ayudó?
—Me reí mucho aquella noche, así que sí, me ayudó.
James le dio un úl mo sorbo a su bebida y la dejó a un lado, en una mesa que había junto al
sofá. Se puso en pie y se dirigió hacia la cadena de música.
—Quizá esa charla me hubiera ayudado hace diez años, pero no ahora, Emma. Ya he superado lo
de Caroline, y ahora me resulta… no diré indiferente, porque no es así, pero es cosa del pasado y
ya está. Y hablar de ella me parece una pérdida de empo. ¿Qué está embarazada? Maravilloso.
Espero que el niño le salga sano. Y no voy a seguir perdiendo mi noche de Año Nuevo con alguien
que ya no me importa nada, así que…
Se calló y comenzó a tocar varios botones del aparato de música. Como le daba la espalda a
Emma, no pudo ver la expresión que esta tenía en la cara.
Si James no estaba herido por lo que había ocurrido con Caroline en el pasado, ¿cómo iba a
ayudarle? ¿Cómo iba a curarle para que pudiera amar de nuevo? James había dicho que aunque su
modo de relacionarse con las mujeres en el presente se debía a su ex, no lo hacía porque todavía
no hubiera superado lo ocurrido sino porque había aprendido de ello.
¿Cómo podía luchar contra
eso? ¿Se puede cambiar el modo de ver el mundo de una persona? Sanar un corazón es
rela vamente fácil con empo y cariño, pero hacerle desaprender una lección aprendida a fuego…
Un perro maltratado que en un principio está asustado y es arisco, puede acabar siendo un animal
cariñoso, pero en cuanto vea que alguien le levanta una mano, se apartará y encogerá con miedo. Y
es irremediable porque asocia el gesto al dolor. ¿Qué podía hacer entonces con James, que
asociaba el amor a perder el control de su vida y su seguridad emocional?
Todos aquellos pensamientos desaparecieron de su mente de un plumazo en cuanto la música
comenzó a sonar en el salón y James se giró con un pronunciado movimiento de caderas.
—¡Oh, Dios mío! —No pudo evitar exclamar Emma al verle desabrocharse el cinturón a la vez
que seguía bailoteando provocativamente.
Al ritmo de la música, James terminó de quitase el cinturón y se desabrochó botón a botón la
camiseta. Conforme su trabajado torso fue quedando al descubierto, la garganta de Emma fue
resecándose y tuvo que tragar saliva no sin dificultad. Le ró la camiseta a la cara, cubriéndole la
cabeza durante unos segundos y Emma se apresuró a quitársela para poder seguir viendo el
estriptis. James había aprovechado su momentánea ceguera para acercarse a ella.
—No tengo dólares para meterte en los calzoncillos —comentó Emma, viéndolo contonear tan
de cerca sus caderas y su culo.
James le cogió la mano y la hizo ponerse en pie.
—Diría que las chicas normales habrían gritado como locas por mi espectáculo —dijo a la vez
que pegaba su espalda contra su pecho y hacía que ambos se movieran suavemente al ritmo de la
música.
—Yo gritaba, créeme. Interiormente.
—Mmm.
Emma sin ó como le bajaba la cremallera del ves do y con sus grandes y fuertes manos
re raron con delicadeza la tela de sus hombros de tal forma que el ves do cayó al suelo sin
esfuerzo. James, le apartó el pelo del cuello y le mordisqueó la yugular.
Coló sus manos bajo el
sujetador y le pellizcó los pezones para después abarcar ambos pechos con sus manos y sen rlos,
suaves y turgentes. Emma se dejaba hacer, disfrutando de cada caricia. Notó que James bajaba la
mano por su torso y se colaba bajo los pan s y las bragas para que sus dedos pudieran explorarla.
Emma echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro masculino, y soltó un jadeo.
—No sabes cómo me pones —ronroneó James en su oreja—. Todo en me excita. Tu pelo largo,
tan femenino; tus pechos que son perfectos para mis manos; tus jadeos que me vuelven loco. Y
eres tan estrecha y te ajustas tanto a mí que me pongo duro con solo pensarlo.
Emma volvió a jadear y se sujetó a los fuertes brazos al notar dos de sus grandes dedos en su
interior.
—¿Te gusta? —interrogó él.
Ella asintió con la cabeza.
—Dímelo. Quiero oírte.
—S… sí. Me gusta mucho —la úl ma y entrecortada palabra fue acompañada por un jadeo y sus
uñas, que se clavaron de nuevo en los brazos de James.
Aquello fue demasiado para él, que sacó sus dedos y se desabrochó a toda prisa los pantalones.
Emma fue a girarse, pero James la detuvo.
—No, quédate así, de espaldas. Quítate la ropa que te queda.
Emma obedeció y se quitó la ropa interior. Estaba inclinada, sacándose las bragas por los pies,
cuando sin ó que él la agarraba por las caderas. Casi no tuvo empo para prepararse, lo que hizo
que la sensación de la penetración fuera todavía más intensa. Gritó en cuanto él entró de un solo
empellón. Solo las fuertes manos de James fijas en sus caderas consiguieron que mantuviera el
equilibrio. James se re ró lentamente y volvió a entrar, asegurando el terreno conquistado. Se
inclinó hacia delante, pegando su pecho a la espalda de Emma, y le besó el hombro, o lo que