Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 34
—No sabes cuánto desearía que nos hubiéramos conocido antes.
Aquello dejó sin aliento a Emma.
—¿Antes?
—Que hubieras sido la primera.
Emma sin ó que su corazón se detenía para después acelerarse hasta que pareció que se le iba
a salir del pecho.
—Es más importante ser la úl ma que la primera —susurró, atemorizada por la respuesta que
aquella declaración podría provocar en él.
—No puede ser, Emma. No puede ser. Ya no.
Y se alejó a grandes zancadas. La joven se quedó allí plantada, inmovilizada por un pensamiento.
Acababa de decirle que la habría amado de ser capaz de hacerlo, y puesto que ella estaba segura
de que el corazón de James podía volver a enamorarse, ¿quería eso decir entonces que la amaba
aunque él se negara a creerlo?
34
Al día siguiente bien temprano un coche recogía a James en la puerta del cortijo y se lo llevaba al
aeropuerto de Sevilla, donde cogería un avión a Madrid para volar hasta México desde allí. Emma
salió a despedirlo y se fundieron en un fuerte abrazo antes de que el taxi se alejara con James en
su interior.
Sin éndose profundamente acongojada, la joven lo vio marchar y cuando el taxi se perdió de su
vista, volvió a entrar en casa con el alma por los suelos. La única que había despierta en casa era su
abuela, que como todos los días estaba haciendo zumo para toda la troupe que se levantaría
algunas horas después. Se dirigió a la cocina buscando su compañía, pues en aquel momento no
quería estar sola.
—¿Un zumito, mi niña?
—Sí, por favor, abuela —pidió sentándose en un taburete frente a ella. Le dedicó una
pequeñísima sonrisa y cuando su abuela le tendió el vaso lleno de líquido naranja, fijó su vista en
él, pues no quería que su abuela viera la tristeza que des laban sus ojos, aunque lo cierto era que
su cara lo decía todo.
—¿Cuándo volverás a verle?
—No lo sé, abuela. A más tardar a principios del año que viene, cuando comencemos la
promoción de la película.
—Seguro que os veréis mucho antes.
Emma no replicó. Su abuela quizá tuviera razón, o tal vez no. Podían ocurrir muchas cosas.
Durante unos segundos Emma escuchó el sonido del exprimidor eléctrico, regalo de James a su
abuela, y pensó que Julieta se había centrado de nuevo en su labor, pero su abuela tenía toda su
atención puesta en ella.
—Me ha gustado mucho tenerle aquí —comentó.
—Pues espero que lo hayas disfrutado, abuela, pues no creo que vuelvas a verlo por aquí nunca.
—¿Por qué?
—Pues porque esto ha sido una casualidad: él estaba en Europa, yo estaba cerca, era verano…
No creo que vuelvan a alinearse las estrellas de esta manera.
—Vendría, si fuera tu novio.
—Abuela… —protestó Emma.
—Sé que te gusta.
—Pues sí, pero no es tan fácil.
—¿Por qué no? A él también le gustas.
—Abuela, no lo entiendes —negó la joven con la vista fija en la encimera.
—Niña, sabe más el diablo por viejo que por diablo.
Emma fijó sus ojos en los de su abuela, idén cos en color a los suyos. La anciana había dejado
de exprimir fruta y la miraba atentamente.
—Él… alguien le hizo daño, abuela, y no cree en el amor.
—¿Hace mucho de eso?
—Sí.
—Pues entonces ya es hora de que sane y espabile, ¿no crees?
Emma negó con la cabeza tristemente. No era una negativa sino más bien una resignación:
—Algunas veces creo que he conseguido atravesar sus defensas porque me dice cosas preciosas
y me mira de una forma que me derrite, pero entonces él retrocede e insiste en que nunca podrá
haber nada serio entre nosotros.
—Los hombres son tontos, hija mía. Si no lo has aprendido ya, te lo digo yo. Obtusos y tontos.
Las mujeres casi siempre tenemos que hacerles ver qué es lo que desean porque ni ellos mismos lo
saben.
—No es tan fácil, abuela.
—Hija, ¿tú sabes cómo conseguí que tu abuelo se casara conmigo?
—Fue amor a primera vista.
—¡Ja! Eso es lo que cuenta hoy tu abuelo para no parecer un viejo machista y tonto, pero no
hija, no. Tuve que ser bastante imagina va para conseguir que se casara conmigo. Ven, deja que te
rellene el zumo y me sirva yo un vaso y te lo contaré sentadas en el porche.
Si dirigieron hacia el sofá predilecto de su abuela en el porche delantero y se acomodaron allí.
—Mi historia la conoces perfectamente. Sabes que de joven viajé por Europa ganándome la vida
como cantante, y también sabes que mi madre no lo aprobaba, pero lo que no suelo contar a
nadie es que cuando tuvieron que operarme de la garganta y los médicos me dijeron que ya no
podría trabajar como cantante porque mis cuerdas vocales no podrían aguantar el ritmo necesario,
volví a casa y me conver en una paria. Podrías pensar que mis vecinos me tratarían con respeto y
admiración por ser una mujer de mundo, pero lo cierto es que me veían como una fulana. Me
había ido de casa muy joven, había recorrido diversos países sin ninguna mujer que velara por mi
honor… Puedes imaginártelo. O quizá no, pues los empos han cambiado mucho, pero haz un
esfuerzo.
—Me lo imagino, abuela —asin ó la joven, pues en el mundo hipócrita en que vivían también se
criticaba mucho a las mujeres que aprovechaban sus libertades.
—Bien, pues cuando regresé a casa, mi madre estaba convencida de que me quedaría para ves r
santos, pues ningún hombre decente del pueblo ni alrededores querría casarse con alguien con mi
reputación. Llevaba ya casi un año de vuelta en casa cuando apareció tu abuelo.
—Por cómo has hablado de él antes supongo que no hincaría una rodilla delante de en cuanto
te viera.
—No le cuentes esto a nadie, pues tu abuelo se cabreará conmigo si descubre que te lo he
contado, pero mi querido Antonio vino al pueblo buscando una esposa tonta y fea.
Emma sonrió y su abuela, al ver que se lo tomaba en broma, insistió:
—Literalmente, cariño.
—¿Tonta y fea, abuela?
—Tu bisabuelo Juan tuvo el honor de ser el primer hombre de Pozo Ancho cuya mujer le
abandonó. Tanta era la vergüenza de un hecho así en aquella época que Juan fingió que su mujer
había fallecido durante un viaje a casa de su madre. Su tumba todavía puedes verla en el
cementerio viejo de Pozo Ancho, aunque solo Dios sabe dónde estará enterrada realmente. El caso
es que tu bisabuelo convenció a tu abuelo de que la mejor esposa que un hombre podía tener era
una mujer fea para que nadie la mirara ni se la robara, y tonta para que no pensara y solo
obedeciera.
A Emma se le había descolgado la mandíbula y miraba a su abuela con la boca abierta. Le
parecía increíble lo que le contaba. Su abuelo, que era cariñoso y siempre la animaba a conseguir
sus sueños, resultaba que en su juventud había buscado a una esposa fea y sumisa. ¡Cómo
cambiaba la gente!
—¿Y cambió de opinión al conocerte?
—¡Qué va! En cuanto yo lo vi, tan gallardo y formal me gustó y decidí hacer todo lo que
estuviera en mi mano para conquistarle, pero él tenía el ojo puesto en mi prima Gertrudis. Creo
que has coincidido con ella un par de veces.
—Gertrudis, Gertrudis, Gertrudis… —hizo memoria Emma, pero nada le venía a la mente—. Lo
siento, pero no me acuerdo.
—Bueno, pues era bajita, delgadísima (en aquella época estaba mal visto ser delgada, pues
significaba o que estabas enferma o que no tenías suficiente dinero como para comer), con poco
pelo en la cabeza y una verruga bien grande justo aquí. He de decir que sabía cocinar
maravillosamente y dominaba todas las tareas domésticas. Además, era muy trabajadora.
Emma intentó imaginarse a su abuelo con alguien que no fuera la mujer que tenía delante y le
resultó imposible, no solo porque los hubiera visto juntos toda su vida sino porque después de
todos aquellos años aún veía en ellos amor.
—¿Y qué hiciste abuela? Por como la describes, tu prima no era competencia para ti.
—Lo era, teniendo en cuenta que era exactamente lo que buscaba tu abuelo en ese momento.
Aun así, me las ingenié para poder salir a dar paseos con tu abuelo para que me conociera. Mi
madre, tu bisabuela, colaboró en mi empresa y lo invitó varias veces a casa, además de hacernos
compañía todo el rato, tanto en sus visitas a casa como en nuestros paseos, para asegurarse de
que nada indecoroso ocurría. A tu abuelo le fascinaba mi voz, nos gustaban los mismos libros… me
dijo que hablar conmigo era un soplo de aire fresco comparado con las mujeres que había
conocido hasta el momento.
—Lo enamoraste —dijo Emma sin poder resistir una sonrisa.
—Sí.
—Qué bonita historia de amor.
—¡Espera, que aún no ha llegado lo mejor! —le advir ó su abuela, palmeándole un muslo—. El
día después de decirme que yo era la mujer más fascinante que había conocido nunca, anunció su
compromiso con mi prima Gertrudis.
—¿Qué?
—Te lo he dicho, los hombres son estúpidos.
—Pero al abuelo le gustabas.
—Sí, pero él estaba empeñado en seguir el consejo de su padre y conseguir una esposa sosa
tanto por fuera como por dentro pero eficiente en los quehaceres del hogar.
Cuando le pregunté,
me dijo que yo era peligrosa, ¡ja!
En aquella ocasión Emma no dijo nada y esperó a que su abuela continuara con la historia.
—Pero yo no estaba dispuesta a renunciar a él, no después de haberle conocido más en
profundidad. Así que u licé mis armas de mujer y comencé a dar largos paseos en público con otro
hombre del pueblo, Ricardo. Un buen mozo, dos años más joven que yo. Mi madre se escandalizó,