Luces, cámaras, ¡corazón!

Shirin Klaus · Capítulo 42 de 50

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Luces, cámaras, ¡corazón!

Capítulo 42

—Nada de lo que puedas hacerme aquí será malo —comentó ella, riendo de nuevo.

Un cachete en el culo hizo que soltara una exclamación de sorpresa.

—Ya veremos… —fue lo único que dijo él antes de cerrar la puerta tras ambos.

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Las crí cas de la película estaban resultando muy posi vas. La anterior había gustado y las

reseñas nega vas se habían cebado sobre todo con Sue, por lo que con el cambio de actriz

protagonista habían conseguido evitar que las crí cas en ese aspecto se repi eran. De hecho, la

gente parecía estar encantada con Emma tanto fuera como dentro de la pantalla.

Durante la promoción de la película la joven descubrió que tenía una agente. Se llamaba Kim y la

productora se la había asignado para que velara por sus intereses y ges onara propuestas de

trabajo. Tras la entrevista compar da con Sue, Kim la llamaba día sí y día también con

proposiciones de trabajo. Le faltaban dedos en las manos para contar el número de revistas que la

querían en su portada. Emma se sentía algo aturdida ante tanto interés y procuraba centrarse en el

presente y en la promoción para no marearse con su nueva situación.

Tras visitar dis ntas ciudades de los Estados Unidos haciendo premieres, hicieron un breve

descanso de apenas dos días y enseguida volaron a México para presentar allí la película. La

premiere se realizó en un gran centro comercial y el griterío de los fans fue ensordecedor. Incluso le

costaba oír las preguntas de los periodistas en la alfombra roja que habían dispuesto para ellos.

Fue en una entrevista con una periodista mexicana donde Emma dio a conocer públicamente

que era medio española. Hacía un empo, años ya, James se había hecho el sabiondo en una

entrevista y había dicho que sabía hablar español, por lo que la periodista, ni corta ni perezosa, le

tendió el úl mo libro de la saga, que había salido varios meses atrás, para que lo leyera en voz

alta.

—¿Por qué no prueba Emma antes? —preguntó, intentando desviar la atención.

—¡No, no! Quiero oírte hablar español, no sabía que lo hablaras —

respondió la joven,

rehusando coger el libro. Lucía una sonrisa maliciosa en la cara, pues sabía perfectamente que no

hablaba el idioma, ¡si cuando había pasado el verano en España le había costado hasta decir

«paella»!

—Seguro que tú lo haces mejor que yo.

—¡Venga, James! Prueba.

—Sí, prueba —animó la entrevistadora.

Resoplando, James abrió el libro por una página al azar. Las letras le bailaron ante los ojos.

¿Cómo diablos se leía aquello? No había men do cuando había dicho que sabía hablar español, al

menos no completamente. Había dado unas cuantas clases de castellano, por lo que cuando

terminó el cursillo sabía decir algunas cosas, pero de eso ya hacía bastante y el escaso

conocimiento que había adquirido del idioma parecía haberse evaporado.

—Emily… —intentó ayudarle Emma, que se había pegado a él para poder ver el contenido del

libro.

—¡No me quites la única palabra que sé decir! Anda, anda, tú que enes tantas ganas de leer,

lee.

Le pasó el libro y Emma decidió ayudarle:

—De acuerdo, yo leo pero tú después les dedicarás a todas tus fans un saludo en español.

—Vale.

Tras leer un párrafo en perfecto español y explicar por qué sabía leer y hablar castellano, Emma

se acercó a James y le repi ó varias veces una serie de palabras hasta que él se las aprendió.

Después, con voz algo insegura pero una cara de lo más sexy, James dijo mirando a la cámara:

—Hola a todas mis fans mexicanas. Os quiero y desde aquí os mando un gran beso —remató la

frase llevándose la mano a los labios y lanzando al aire un beso, tal y como le había dicho Emma

que hiciera.

La periodista y Emma se rieron, encantadas, y James se giró hacia ellas, preocupado.

—¿He dicho algo mal?

—Te ha salido perfecto. Choca esos cinco.

Tras México, llegaron las presentaciones en Londres, Berlín, Roma, París y Madrid. A la que se

hizo en Francia acudieron varios os de Emma y, por supuesto, los gemelos Olivia y Leandro, que

aunque vivían en el Sur de Francia no se iban a perder un evento así. Sus dos primos le entregaron

en la fiesta una caja cuadrada que pesaba como un demonio.

—Es tu regalo de cumpleaños, pero prométenos que no lo abrirás hasta el día de tu cumple.

—Vale —respondió Emma, tendiendo los brazos para que le entregaran el paquete.

—No, prométenoslo.

—Os prometo que no abriré el paquete hasta el día de mi cumpleaños.

Pero un par de horas después, en la habitación de hotel de James, Emma comenzó a despegar el

celo del regalo.

—¿No les has prometido que esperarías hasta tu cumpleaños? Que por cierto, ¿cuándo es?

—El 17 de abril. ¡Aún queda mucho! Y quieren que lleve este paque to a todos lados hasta que

regresemos a Los Ángeles…. ¡imagina que lleva droga! ¿Qué les digo entonces a los de seguridad en

el aeropuerto?

—¿Cómo te van a regalar tus primos droga?

—Es mejor curarse en salud, ¿no crees?

James sonrió a la vez que se quitaba la camisa; no podía hacer otra cosa viéndola tan

emocionada e impaciente. Emma estaba de rodillas sobre la cama, con el bonito ves do que había

llevado aquella noche todavía puesto y el regalo entre las manos.

«Preciosa» formuló la palabra su

mente. Y es que la joven estaba radiante.

Emma terminó de destapar el paquete y se encontró con una caja. Antes de abrirla la sacudió

para ver si emitía algún ruido, pero nada. Quitó la tapa y…

—¡Ja! —soltó una franca carcajada y después se dejó caer en la cama, desternillándose.

—¿Qué te han regalado? —interrogó James, acercándose hasta ella. Miró la caja, pero sus ojos

no comprendieron lo que estaban viendo. Todo lo que sabía es que había una nota pegada a una

cosa que no reconocía.

—Un ladrillo.

—¿Un ladrillo?

Emma volteó la caja y en su mano quedó un ladrillo de color rojo. La joven se par a de la risa y

James no pudo por menos que sonreír, aunque cada vez entendía menos.

—¿Y qué dice la nota?

—«Sabíamos que no te ibas a resistir, pero te toca esperar».

—Están locos. Y tú también, mira la risa que te ha dado.

Emma seguía tronchándose de risa sobre la cama y James la miraba embelesado. Nunca había

visto a nadie tan contento por un falso regalo tan simple. Emma, una joven sobre la que

úl mamente recaían miles y miles de miradas, de la que comenzaba a hablarse en medios de

comunicación, revistas especializadas en cine y páginas de Internet, era la mujer más dichosa de

París con un simple ladrillo. Se tumbó junto a ella en la cama para compar r aquel momento tan

simple y a la vez maravilloso.

En España, los abuelos y otros familiares de la joven también acudieron a la premiere. Julieta se

comió a besos a su nieta y le bastaron apenas dos intercambios de miradas entre James y Emma

para saber cómo avanzaban las cosas entre su nieta y el compañero de trabajo de esta.

—Lo enes en la palma de tu mano —le susurró Julieta, dándole otro efusivo abrazo que no

extrañó a nadie.

—No es tan fácil, abuela…

—Yo solo te digo lo que veo —dijo en un susurro, y después, haciendo enrojecer a Emma, cantó

en voz alta—. Se te nota en la mirada que vives enamorada.

La mirada de Emma voló a James, pero este simplemente sonreía junto con los demás presentes,

en su caso sin sacarle significado a la canción.

—¡Abuela, por Dios! Qué vergüenza —protestó su nieta en un susurro—.

Cualquiera que te

oiga…

—Dirás más bien si cierto hombre me entendiera…

Tras sacudir la cabeza un par de veces entre reprobatoria y diver da, Emma abrazó a Julieta con

fuerza.

—Te he echado de menos, abuela.

Para cuando terminaron la promoción de la película en Europa, la película ya llevaba una

semana estrenada en los Estados Unidos y nada más aterrizar de nuevo en suelo Norte Americano

les recibió una estupenda no cia: ¡la productora había dado luz verde para que grabaran la tercera

parte de la película! La semana de estreno había igualado en taquilla a su predecesora pero con

crí cas mucho más posi vas que la anterior, por lo que se esperaba que la recaudación en los

siguientes meses fuera considerablemente superior, así que los guionistas ya se habían puesto

manos a la obra con la adaptación del tercer libro para que se pudieran cumplir los mismos plazos

que con las anteriores entregas.

Nada más regresar a Los Ángeles, Kim, que también era agente de James, se puso en contacto

con ambos para informales de que la sesión fotográfica para el proyecto contra la anorexia y la

bulimia se realizaría esa misma semana. Además de las fotos, los entrevistaron a ambos y tuvieron

que grabar un par de vídeos, juntos y por separado, que según les dijeron, aparecerían en varios

anuncios televisivos y de radio que se emi rían a nivel nacional. Tras finalizar con aquel proyecto,

Emma tuvo varias sesiones de fotos más para dis ntas revistas. En algunas la acompañaba James,

en otras muchas no.

El neoyorquino había decidido tomarse un descanso antes de comenzar con la grabación de la

tercera película y puesto que el cumpleaños de Emma iba a ser la semana siguiente, decidió no

volver a Nueva York con su familia como habría hecho en otras circunstancias. El cumpleaños fue la

excusa que dio ante todos, incluido a sí mismo, aunque lo cierto era que para descansar en Nueva

York prefería descansar en Los Ángeles disfrutando de la compañía de Emma.

James durmió en casa de ella todos los días. Incluso se duchaba allí. Raúl se presentaba todas las

mañanas, y aunque la primera vez que lo vio allí de buena mañana con una radiante sonrisa en su

cara James se había sen do bastante molesto por su presencia, el cubano desaparecía pronto en la

habitación que usaban como laboratorio y no volvía a salir hasta varias horas después. Emma, sin

tener que pensárselo mucho, decidió que aquella semana no trabajaría, por lo que no acompañaba

a Raúl en sus úl mos experimentos. La estancia de James en su casa iba a ser breve y tenía que

aprovechar al máximo aquellas mini vacaciones que podían disfrutar juntos.

Un día antes de su cumpleaños llegaron dos paquetes para Emma. Uno bastante pesado de

Nueva York, por lo que era de sus padres, y otro bastante liviano de Francia.

Emma abrió primero

el de sus padres y descubrió que, como todos los años, sus padres le habían comprado toda una

caja de libros de autores españoles. Los volúmenes eran importados directamente desde España

para que la versión del idioma fuera la de España. Su padre siempre les había regalado a sus hijas

un libro de edición española en sus cumpleaños, además de otro regalo que les hacían él y su

madre conjuntamente, aunque con el paso del empo Emma, que era la más lectora de todas las

Miller, acabó recibiendo exclusivamente libros. Cajas de ellos.

Con ansia, Emma abrió el segundo regalo tras ojear solo por encima el tulo de los dis ntos

libros. Por su lugar de origen, aquel regalo debía ser de sus primos Leandro y Olivia. Al mirar la

fecha del matasellos, se rió al darse cuenta de que aquellos dos gamberros le habían dado el

ladrillo envuelto cuando el regalo real ya iba de camino a Estados Unidos.

Al abrirlo se le quedó

cara de tonta al ver que se trataba de un fotolibro con las fotos del viaje en tren que habían hecho

durante el verano. James sujetó a Emma entre sus brazos mientras esta pasaba las hojas y le

contaba las anécdotas que había tras cada foto.

—Defini vamente tú y yo tenemos que hacer un viaje juntos —dijo James cuando la joven

terminó de enseñarle las fotos.

—¿Por qué? —interrogó ella, aunque la expresión de él y su tono ya eran suficientes para

enamorarla.

—Como te dije en Roma, eres una compañera de viaje que hace que hasta el monumento más

soso resulte interesante.

Emma sonrió, aunque lo cierto era que si por ella fuera, no solo serían compañeros en un viaje

físico sino también en el viaje de la vida.

—Por mí partimos cuando tú digas.

James se inclinó hacia ella y la besó suavemente, con calma, con amor.

Durante aquella semana

que llevaban juntos en la in midad de sus vidas privadas los besos del neoyorkino se habían

vuelto ernos, román cos. Emma no se había atrevido a comentar nada al respecto y se limitaba a

disfrutar de los abrazos que él le daba y de sus frecuentes caricias. James parecía necesitar su roce

constantemente y aquello la hacía feliz, pues ella también necesitaba tocarlo y notarlo cerca o

sentía que le faltaba algo.

El día de su cumpleaños llegó y Emma se arregló y se puso el bonito ves do blanco de punto

que había llevado cuando James conoció a sus padres. Había reservado una sala en un tranquilo

restaurante para poder reunir a sus amigos y parte de su familia allí. Anna y Sarah, junto con su

marido y su niña, estaban allí, así como Ethan, Raúl, Oliver y Meredith.

También estaba Vivian, la

compañera del grupo que ahora trabajaba en Wisconsin pero que había coincidido que había ido a

OceanofPDF.com

visitar a su familia aquella semana. De su nueva vida Emma invitó a Sean, a John y a otras personas

con las que había hecho amistad durante el rodaje, entre ellas Becka, la ayudante de vestuario que

en cuanto se enteró por la televisión de los problemas de Emma con la ropa se había puesto en

contacto con ella para pedirle disculpas por haber sido tan brusca con ella el día que le confesó

que no entraba en la ropa de Sue. Eran sin duda un grupo variopinto que, por suerte, consiguió

encajar bastante bien, por lo que la velada resultó de lo más diver da. En el local también servían

bebidas, por lo que tras la cena no tuvieron que marcharse a otro si o sino que disfrutaron de la

fiesta en otro salón.

James se encontraba hablando con Sean cuando por el rabillo del ojo vio que Raúl se acercaba a

Emma con una caja. Centró su atención en ambos, aunque todavía era capaz de escuchar lo que

Sean le estaba diciendo. Raúl le entregó la caja a Emma a la vez que le daba dos besos (¡menuda

manía más irritante de ir dando dos besos tenía aquel hombre!). Emma sacudió la caja para

intentar adivinar qué había dentro y tras poner cara de desconcierto, rasgó el papel de regalo y

abrió la caja. Su cara de confusión fue todavía mayor y miró a Raúl, que parecía estar

conteniéndose la risa. Emma me ó la mano en la caja, sacando un plás co blanco, y buscó y buscó,

pero al parecer no encontró nada. Raúl le dijo entonces algo que James no llegó a entender y la

joven se echó a reír a carcajadas, así como el resto del grupo con el que estaba. Emma y él se

abrazaron entre risas.

James no pudo mantenerse apartado durante más empo y, tras pedirle a Sean que le

disculpara un momento, se acercó hasta la cumpleañera forzando una sonrisa.

—¿Qué te ha regalado? —preguntó, fingidamente divertido.

—Papel de burbujas. Papel de burbujas gigantes —se rió Emma.

Miró el contenido de la caja y vio que, efec vamente, en el interior había varios metros de papel

de burbujas con el que se envuelven las cosas delicadas en el transporte.

Las burbujas eran del

tamaño de una uña de dedo gordo. Miró a Raúl y Emma con desconcierto.

¡Pues vaya mierda de

regalo!

Pero los dos amigos sonreían, y al ver la incomprensión en el rostro de James, el cubano explicó:

—Cada vez que nos llegaba un paquete con productos cosmé cos para examinar, Emma siempre

le prestaba más atención al papel de burbujas que a las cosas que habíamos comprado. Y me

dejaba a mí catalogando productos mientras ella ¡pop!, ¡pop!, ¡pop!, se pasaba todo el rato

explotando las burbujas. ¡Me tenía loco! Así que he decidido regalarle unos cuantos metros de

pompas gigantes para que se entretenga. —Se giró hacia Emma y preguntó

—: ¿Te gusta el regalo,

preciosa?

—¡Me encanta, Raúl!

Para consternación de James, los dos volvieron a abrazarse con fuerza. Pero todavía no había

llegado lo peor.

—Tengo otro regalo para ti —anunció el cubano, cogiéndole ambas manos a Emma.

—¿Otro?

—Un bailecito. —Hizo un gesto con la cabeza y un empleado del local hizo que por los altavoces

comenzara a sonar salsa.

—¡No, por Dios, no! —protestó Emma, avergonzada, pero Raúl ya había comenzado a mover sus

caderas y sus pies con los pasos básicos del baile—. No, en serio, no, Raúl.

Llevo un mes sin

practicar.

Tenía razón, con la promoción de la película y las mini vacaciones se había perdido muchas

clases de baile. ¡En ese momento ni se acordaba de cómo se bailaba la salsa!

—Baila con Anna, que ella sí ha seguido yendo a las clases —dijo la joven, que veía a su hermana

moverse al ritmo de la canción.

—No, no, no —negó Raúl, tirando de ella hacia una zona despejada de sillas—. Este baile es para

ti.

La joven miró a su alrededor, pero estaba tan nerviosa y avergonzada que su cerebro no procesó

la expresión furibunda de James, solo las sonrisas que casi todos exhibían en sus caras y las palmas

que algunos invitados daban. Miró de nuevo a Raúl, que la hizo colocar sus manos en la posición

correcta y, tras marcar con su cabeza una cuenta atrás, dio un paso hacia adelante, haciéndola

retroceder a ella.

—Uno, dos, tres. Cinco, seis, siete —iba diciendo conforme la hacía ir hacia delante y hacia

detrás.

Emma recuperó entonces la memoria de cuáles eran los pasos de baile y su cuerpo comenzó a

soltarse. Paso, punta, retroceso. Paso, punta retroceso. Para cuando Raúl le pidió la mano

izquierda y le hizo un movimiento en forma de J con la mano derecha, Emma ya estaba preparada

para seguir sus indicaciones no verbales y dio una vuelta sobre si misma guiada por la mano de

Raúl, que sonreía ampliamente ante las habilidades de su discípula. Habían bailado ya una buena

parte de la canción, valiéndose de pasos bastante básicos, cuando Raúl le tiró de una mano a la vez

que se hacía a un lado. Emma intentó recordar qué significaba aquello pero no le vino nada a la

mente. Aun así se dejó llevar por los movimientos de su compañero, que al parecer quería que

cambiaran de lado. Habían casi completado la vuelta cuando sus pies se liaron, Emma trastabilló y

Raúl tuvo que rodearla con sus brazos para que no se cayera.

—Creo que me perdí esa clase —se rió Emma.

—Eso parece.

—Yo quiero, yo quiero, yo quiero —llegó corriendo Anna, dispuesta a robarle el compañero de

baile a su hermana—, que yo ese paso sí me lo sé.

Raúl y su hermana comenzaron a bailar y algunas otras personas se unieron a ellas en la

improvisada pista de baile. Emma se acercó a James.

—¿Y esa cara seria? —interrogó jovial, pero para su sorpresa él se giró y se alejó de ella sin

mediar palabra—. ¿James? —Lo siguió.

—Déjame, Emma. Ve a divertirte.

—Pero James…

—Déjame.

—James…

Acababan de salir del salón en el que estaban sus amigos, pero James no se detuvo allí sino que

siguió andando hacia la salida del local. Emma intentó detenerlo sujetándolo del brazo y

finalmente él se detuvo, volteándose hacia ella con cierta brusquedad.

—No me gusta, Emma.

—¿Qué no te gusta?

—Tu amigo —dijo la palabra con retintín.

—¿Raúl?

—Sí, ese que siempre te está besuqueando y diciéndote cosas en español que no en endo. Ese

que siempre está en tu casa.

—Raúl es así de cariñoso con todo el mundo, James. Y está en mi casa porque trabajamos allí.

—¿Y los demás no trabajan allí, Ethan y Oliver?

—Pues no, ellos se han hecho sus propios laboratorios. Además, se dedican a cosas dis ntas.

Raúl y yo hacemos la base de los productos y ellos después van haciendo las distintas variedades.

—Raúl y tú, Raúl y tú, Raúl y tú.

—James, no te entiendo. Sabes que Raúl es solo un amigo. Lo sabes.

—Él quiere más, Emma. Se le ve. Se lo noto. Mira si no cómo te ha agarrado en el baile, cómo te

mira…

—Te estás confundiendo, pero ¿y si fuera así, qué?

—¿Cómo que y qué? Llegamos a un acuerdo de no hacer nada que pudiera molestarnos

mientras estuviéramos juntos y tú no te separas de tu amigo Raúl.

—James —dijo Emma, acercándose a él y acariciándole las mejillas. Él se re ró—. De quien no

me separo es de . Hemos pasado unas semanas maravillosas, ¿no crees? No lo estropees todo

ahora con unos celos sin sentido.

En cuanto la palabra «celos» salió de su boca se arrepin ó de ello. Había dado nombre propio a

la moles a y mal humor que James sen a y aquel nombre evocaba cosas que el actor no quería

sentir, que no quería recordar.