Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 3
—Rectifico. Nunca me has visto tratando con un gilipollas maleducado.
Emma se puso en pie, pero en lugar de dirigirse hacia la otra mesa, cogió su chaqueta y se dirigió
hacia la salida del reservado. Se largaba de allí, ya habían tenido conversación suficiente.
—¡Oye! —dijo de pronto James. Por un momento Emma pensó que intentaría retenerla, pero en
su lugar dijo—: Mañana nos toca rodar otra escena de beso, así que hazme el favor de tomarte un
chicle o un caramelo antes, que hoy tu aliento mataría hasta a las ratas.
La joven ni se molestó en girarse para replicarle algo, aunque sí que dejó escapar un
«¡gilipollas!» bien audible que hizo sonreír a James.
3
James se encontraba en el gimnasio que habían habilitado para ellos en el estudio de grabación.
Algunos días tenían ratos muertos de varias horas entre la grabación de una escena y otra, por lo
que habían conseguido varias máquinas con las que los actores podían mantenerse en forma y a
punto. La película, que contaba una historia distópica de un futuro en guerra les obligaba a todos a
estar bien fuertes. James llevaba ya media hora de entrenamiento cuando John, un compañero de
rodaje, llegó a su lado.
—Así que ayer cenaste con la Bruja de Vil.
No era una pregunta.
—¿Y tú cómo te has enterado de eso? —interrogó James tras levantar la barra con las pesas.
—Hay fotos en varios blogs y foros.
—Cierto, me olvidaba que eres don cotilla y don obsesionado por lo que dicen los medios.
Como quien no quiere la cosa, John se apoyó en la barra que James estaba levantando, dejando
solo parte de su peso sobre ella, el suficiente como para hacer sufrir a James.
—¡Quita de ahí! —exigió con los dientes apretados por el esfuerzo.
John rió y se apartó, viendo como James apoyaba la pesa en su lugar de descanso y se sentaba
en el banco. Con una toalla, se limpió el sudor que cubría su frente.
—¿Y qué tal fue?
—Raro —confesó James a la pregunta de su amigo.
—Todo lo que esa chica suelta por su boca es raro. Sé más específico.
—No, verás es que… No sé, o. Parece como si aquí en el estudio se hiciera la tonta o algo. Ayer
la vi bien espabilada.
—¿Le dijiste lo del contrato nuevo?
—Sí, ¿y sabes qué? Me dio el pésame.
—¿El pésame?
—Dice que acabo de sentenciar mi carrera durante años.
—¿Te ha amenazado?
—No, no. No lo decía porque ella fuera a hacer nada en mi contra, sino porque al hacer dos
películas adolescentes de gran tirón me iba a encasillar y me iba a costar salir de ahí.
—¡Mira quién fue a hablar! Miss Dibujos Animados.
—Ahí está el problema, que lo dijo desde su propia experiencia. ¿Y si me he equivocado al
aceptar esa nueva saga?
—Sin duda, te has equivocado.
—¿En serio? —James miró a su compañero, descorazonado.
—Sí. Rescinde tu contrato ya mismo y así consigo yo el papel. Tendrían que haber cogido mi cara
bonita y no la tuya.
James le tiró a la cabeza la toalla con la que había estado secándose el sudor.
—¡Puaj, qué asco! —se quejó el otro, poniéndose en pie y alejándose de la toalla como si
estuviera intoxicada.
—¡Venga, hombre, si la escurres y embotellas mi sudor seguro que puedes hacer la nueva
fragancia de moda entre las chicas! Para algo voy a ser una estrella adolescente.
—¿Para embotellar tu sudor?
—Desde luego no será para follar mucho.
—Oye, que los actores con muchas fans de entre 12 y 16 años mojan mucho.
—¿Y no van a la cárcel?
—No, porque ganan lo suficiente para atraer a muchas chicas mayores de edad. ¡Es un plan
genial, James! Tienes hordas de fans en miniatura y montañas de dinero para atraer a las chicas 90-60-90.
—¿Fans en miniatura?
—¿Cuánto puede medir una chica de 12 años?
—Mi hermana medía 1,50 con 12 años.
—¡Tío, un hobbit! O una hobbita, en este caso.
—1,50 es lo que medía tu última novia, cacho burro. Los hobbits miden poco más de un metro.
—Bueno, el resultado es el mismo. Tendrás fans para hacer que tu nombre sea conocido y
dinero para hacer lo que te dé la gana. ¿Qué hay mejor que eso?
«Crecer como actor» pensó James, aunque no iba a decírselo a su amigo, que hoy había llegado
en plan superficial. John era un buen o, pero para hablar de cosas serias con él había que pillarlo
en un día donde no se lo tomara todo a broma.
John se sentó en el banco de ejercicio del que James acababa de levantarse y mientras levantaba
las pesas, interrogó:
—¿Entonces no le dijiste todo lo que pensabas de ella? Con las ganas que le tenías desde que te
enteraste de lo del contrato. Todos tenemos que tener la boca cerradita a su lado porque será
tonta, pero ene influencias y puede hundirnos antes de despegar. Pero tú ya has firmado tu
próxima saga, era tu momento de decirle a la cara lo que todos pensamos de ella.
—Le dije algunas cosas, pero ya te he dicho que estaba rara. Las cosas no salieron como
pensaba.
—Pero a ver, descríbeme rara. Además de que por lo del pésame.
—No se cabreó como una niñata. Lo que le dije la molestó, desde luego, pero en lugar de
enrabietarse como suele hacer por cualquier gilipollez aquí en el estudio, intentó calmar las cosas,
y cuando yo insis persiguiéndola por el local me respondió con bastante…
cerebro. Sí, esa sería la
palabra. Ayer tenía cerebro.