Luces, cámaras, ¡corazón!

Shirin Klaus · Capítulo 50 de 50

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Luces, cámaras, ¡corazón!

Capítulo 50

—Sí.

50

Islandia era un país de lo más peculiar. Pese a lo nervioso que estaba James, no podía apartar la

mirada de la ventanilla. ¿Cómo podía ser el lugar tan verde si no había árboles? James juraría que

desde que se montó en el coche que lo llevaba de Reikiavik, capital de Islandia, al noroeste del país

no había visto ni un solo árbol, y eso que llevaba seis horas en aquel vehículo. La belleza de

aquella isla era casi mística.

Emma había decidido esconderse en un país que tenía poco más de 330.000

personas aun

ocupando una superficie de aproximadamente 103.000 kilómetros cuadrados. ¿Qué densidad de

población tenía aquel país? No llegaba a 3 habitantes por kilómetro cuadrado. Si a Anna no se le

hubiera ablando el corazón al descubrir que James no solo quería arreglar las cosas con su

hermana sino también mejorarlas, lo más probable es que nunca hubiera encontrado a Emma allí.

El conductor que lo llevaba hasta, según le había dicho, la zona geotérmica de Námaskard, tenía

un nombre que James no estaba seguro de pronunciar bien, pues tenía varias letras que ni tan

siquiera reconocía. Era un joven de aproximadamente la edad de Emma y trabajaba en la misma

empresa que ella. Generosamente se había ofrecido a llevarle hasta dónde estaba la joven

trabajando, aunque claro, James nunca se habría esperado que había un viaje en coche de seis

horas de por medio. Durante aquel larguísimo viaje en el que cruzaron la isla de punta a punta le

había explicado a qué se dedicaba la empresa en la que Emma trabajaba de forma temporal y

James descubrió que la chica de la que estaba enamorado se encontraba midiendo los niveles de

contaminación de las zonas más turís cas del país por encargo del gobierno de Islandia. Le pareció

muy de Greenpeace y aquello le arrancó una sonrisa, aunque estaba tan nervioso que la mayor

parte del trayecto se lo pasó tamborileando con los dedos el marco de la ventanilla del coche. El

joven de extraño nombre, tan extraño como los nombres de los pueblos que se cruzaban, parecía

contento de tener a alguien nuevo con quien hablar y se explayó contándole los pormenores del

trabajo de Emma, presumiendo de que según los resultados que habían conseguido hasta ahora

Islandia seguía siendo uno de los países menos contaminados de toda Europa.

Cuando llegaron a su des no y James es ró las piernas al fin, el verde había desaparecido y

ahora parecía que se encontraba en Marte por la tonalidad rojiza del suelo.

Caminaron a pie

durante un buen rato y la impresión de que se encontraban sobre el planeta marciano fue

aumentando conforme fueron pasando de largo cráteres humeantes.

—¿Esto es seguro? —interrogó James, que no podía apartar la vista de su entorno, aunque el

resto de personas que paseaban por allí, en su mayoría turistas, no parecían tener miedo.

—Mientras no te metas donde no debes, sí.

Tras varios minutos de caminata, el joven finalmente dijo:

—Ahí están.

El corazón de James se aceleró en cuanto dis nguió a Emma a casi un centenar de metros. Su

pelo largo y su figura eran inconfundibles. ¡Al fin la volvía a tener cerca!

Sin ó un centenar de

mariposas en su estómago.

Emma y su acompañante no los habían visto. Estaban entretenidos clasificando unas probetas y

no se dieron cuenta de su presencia hasta que el acompañante de James se plantó a su lado.

—¡Aðalbjörn!, ¿qué haces aquí? —se sorprendió Emma.

Como ella no hablaba islandés sino inglés, James la entendió perfectamente. También

comprendió lo que contestó el otro.

—Alguien ha venido preguntando por y he decidido acercarlo y ya de paso recogeros a

vosotros.

—¿Qué alguien ha preguntado por…? —Emma miró a su alrededor e interrumpió la frase al ver a

James—. ¿Qué haces aquí?

—Hola, Emma.

Se miraron durante varios segundos sin decir nada ni moverse. Finalmente la joven miró a sus

compañeros y, sin saber muy bien qué iba a hacer, les pasó el material que tenía en las manos.

Echó a andar hacia la derecha, haciéndole a James un gesto con la cabeza para que la siguiera. En

silencio, se apartaron del resto de personas que visitaban aquella zona geotermal.

—¿Qué haces aquí, James? —preguntó la joven con tono algo agresivo, girándose hacia él y

plantándole cara—. Te dije que no vinieras, que no me buscaras. Te lo pedí por favor.

—Necesitaba hablar contigo, Emma. Las cosas no podían quedarse así.

—Y yo necesito empo para olvidarte, James, ¡ya te lo he dicho! No puedo superar lo que siento

por ti si te tengo cerca.

El susodicho recorrió la distancia que los separaba en una zancada y cogió entre sus manos las

de Emma.

—No quiero que me olvides, Emma. No quiero que superes lo nuestro. Te quiero. Estoy

enamorado de ti.

—¿Qué?

—Te quiero —repitió él alto y claro.

Tenía que dejarle claro a Emma por qué estaba allí, no fuera a ser que pensara como su

hermana Anna y se cerrara en banda creyendo que lo único que buscaba era seguir con la relación

que tenían hasta entonces. Él quería mucho más; lo quería todo de ella.

Tenía que hacérselo ver.

—He sido un estúpido y un ciego al no darme cuenta de lo que sen a por antes. Eres única,

Emma, e intenté retenerte a mi lado todo lo que pude porque hacías mi vida mejor pero a la vez

tenía miedo de ser vulnerable, de que me hicieras daño si te entregaba el corazón, por lo que me

negué a llamar por su nombre a lo que sen a y me escudé en una amistad que nunca fue solo eso.

Ahora lo sé, Emma, te amo. Te amo. Y siento todas y cada una de las palabras que te dije, porque

además ninguna era cierta y solo las dije para defenderme lo que implicaba estar juntos. Estoy

acojonado, la verdad, porque después de lo que te dije, de lo que te he hecho pasar, es muy

probable que me digas que ya no me quieres, y eso mataría a esta cosa que tú has hecho la r de

nuevo. —Posó una mano sobre su corazón—. ¿Pero sabes qué? Voy a arriesgarme, porque si me

dices que no, el corazón se me hará trizas, pero si no hago nada, mi corazón morirá igual. Eres tú la

única capaz de hacerlo latir, así que… allá vamos.

James me ó una mano en el bolsillo de su chaqueta y clavó una rodilla en la rojiza erra

islandesa a la vez que sacaba una cajita de terciopelo y la abría. Emma se llevó las manos a la cara

al darse cuenta de lo que James estaba haciendo.

—Emma Carreño Miller, ¿quieres casarte conmigo?

—James…

—Tú querías que yo admi era que lo que sen a por era más que amistad.

Bien, pues lo

admito: te amo, Emma, estoy enamorado de . He descubierto cómo sería mi vida sin y no estoy

dispuesto a dejarte escapar. Si para ello tengo que casarme contigo, por mí que sea hoy mismo.

Emma miró a James, allí arrodillado frente a ella. James Petersen, el hombre que le provocaba

taquicardias con solo mirarla, le estaba proponiendo matrimonio. ¿No era eso lo que había

querido siempre? Pues no, la verdad es que no.

Extendió la mano y cerró la cajita con el anillo que James sostenía. Pudo ver en los ojos de él

que algo se rompía en su interior, por lo que se apresuró a estrechar las manos masculinas entre

las suyas y a arrodillarse frente a él.

—Nunca he soñado con una boda, James. De hecho, nunca había soñado con nadie hasta que

llegaste tú. Me cambiaste los esquemas. Me hiciste hacer cosas que nunca hubiera pensado que

haría. Me hiciste enamorarme de ti. Todo lo que quería era que tú sintieras lo mismo por mí.

—Siento lo mismo, Emma. Te quiero más de lo que nunca he querido a nadie. Lamento no

haberme dado cuenta antes de lo importante que eres para mí. Yo…

De pronto James se echó a llorar. La había perdido.

—No llores, James —pidió Emma, acariciándole la mejilla.

James inclinó la cabeza hacia la palma de la joven, mendigando su contacto.

—He sido un gilipollas y he conseguido que ya no me quieras.

—Claro que te quiero, James. Nunca podría dejar de quererte después de entrar en mi vida

como un huracán y cambiarlo todo.

—¿Me sigues queriendo? —preguntó esperanzado.

—Ni viviendo mil vidas podría dejar de sentir lo que siento por ti.

—¿Pero entonces…? ¿Por qué no aceptas el anillo?

—¿El anillo? ¿Quieres que lo acepte?

Emma cogió la caja de terciopelo y la abrió. La joya era sencilla pero preciosa, de plata con

diminutos brillantes incrustados a lo largo de todo el anillo.

Se llevó las manos a la nuca y soltó el broche de un colgante de plata que pendía de su cuello.

—Aceptaré el anillo, pero si te parece bien, lo guardaré aquí hasta que ambos consideremos que

es el momento adecuado de dar el paso.

James no entendía nada, pero asin ó como un autómata. Estaba dispuesto a aceptar lo que

fuera que Emma le ofreciera siempre que pudiera seguir teniéndola en su vida.

Emma pasó la cadena de plata por el anillo y volvió a abrocharse el colgante entorno al cuello. El

delicado anillo quedó a la altura de su pecho y James lo miró, intentando aclarar sus

pensamientos. Después alzó la mirada hasta los ojos azules de la joven y preguntó:

—¿Esto quiere decir que me das una oportunidad para demostrarte lo que siento por ti?

—Sí, James.

Una sonrisa gigante apareció en el rostro del neoyorquino y sus ojos se iluminaron. Atrajo a

Emma hacia sí y la besó con pasión, dejando que los labios de la joven borraran todo el dolor,

sufrimiento y desesperación que había vivido en los úl mos meses. Ella también se perdió en sus

caricias, dejando que el amor, ese sen miento que había intentado esconder en lo más recóndito

de su corazón, volviera a fluir libremente hasta apoderarse de cada centímetro de su ser.

Cuando finalmente se separaron y Emma se puso en pie, él la retuvo agarrándola por las manos

para que no se alejara de él. De nuevo arrodillado ante ella, dijo:

—He fallado con lo de pedirte matrimonio, pero sé que a lo que te voy a proponer ahora no vas

a poder decirme que no. Emma Carreño Miller, ¿quieres dar la vuelta al mundo conmigo?

—¿Qué?

—Tú no ibas a regresar a Los Ángeles hasta febrero y yo no pienso regresar a Norte América sin

. ¿Qué te parece si aprovechamos los meses que quedan hasta la promoción de la película para

hacer ese viaje del que tantas veces hemos hablado? Sé mi compañera de viaje, Emma, permíteme

disfrutar del mundo junto a ti.

La joven amplió su sonrisa.

—Usted sí que me conoce, señor James Petersen.

—¿Es un sí?

—Sí, claro que sí.

De un salto James se puso en pie y volvió a besarla en aquel paisaje marciano.

Agradecimientos

Cuando comencé a escribir esta novela no quería contarle a nadie de qué iba,

pero su desarrol o me mantuvo pegada al teclado como hasta ahora ninguna otra.

Pese a lo que disfruté escribiéndola, tenía mis dudas sobre el a: ¿le gustaría a la

gente tanto como me estaba gustando a mí? Es ahí donde entran en juego las tres

lectoras que se leyeron la novela en cuanto terminé de escribirla: Beatriz, Tamara y

Laura. Gracias a las tres por vuestro tiempo, vuestro entusiasmo y vuestros

ánimos para que compartiera esta novela con más lectores. «Luces, cámaras,

¡corazón!» no sería la misma sin vosotras.

Más libros de la autora

Shirin Klaus es el pseudónimo de la autora murciana Alba Navalón. Si te ha gustado «Luces,

cámaras, ¡corazón!» no dudes en leer la novela corta «Follamigos».

Además, publicados bajo

su nombre real puedes encontrar dos libros de novela romántica juvenil que componen la

bilogía «Como tú quieras llamarme», así como la novela juvenil «Damas de la luz». Para más

información, no dudes en visitar www.albanavalon.es.

¡Feliz lectura!

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