Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 27
Charlaron un rato más hasta que James le propuso que fueran a cenar algo juntos, pero Emma
tuvo que excusarse. Desde que volvió a la ciudad había salido todos los jueves a cenar con sus
amigos de la universidad. La semana pasada no lo había hecho porque su humor estaba negro por
su necesidad de adelgazar, pero ese mismo medio día, tras hablar con Sean, le había mandado un
mensaje a Raúl, uno de sus compañeros, para confirmar que ese día sí se uniría a la cena.
Necesitaba animarse. Si hubiera sabido que James la invitaría a cenar, quizá no habría mandado
ese mensaje, pero ya era demasiado tarde.
—¿Por qué no vienes con nosotros? A veces nos emparanoiamos un poco con cosas de química,
pero el resto del tiempo somos majos.
—Gracias, pero creo que me quedaré aquí. Cenaré algo rápido y me pondré a estudiarme el
guión. ¿Cómo lo llevas, por cierto?
—Bien, bien —dijo simplemente Emma. No iba a decirle que se lo había releído tantas veces que
se lo sabía de cabo a rabo.
27
Emma y sus amigos quedaban siempre en el mismo bar donde cenaban unos sándwiches, unas
hamburguesas o unas pizzas junto con unas cervezas. El bar quedaba cerca de la universidad y era
el lugar donde solían ir antes de una sesión de estudio para coger fuerzas, así que cuando dijeron
de reunirse de nuevo, aquel fue el lugar elegido para hacerlo. No estaban todos los que solían ser
en su grupo de estudio, pues algunos habían conseguido trabajo lejos de Los Ángeles, pero aún
quedaban unos pocos: Oliver, que trabajaba con su padre en una empresa de tratamiento de
aguas, Ethan, que en aquel momento trabajaba de repar dor porque no había encontrado trabajo
en lo suyo, y Raúl, que sí que había conseguido trabajo en una empresa de explosivos como
químico pero tenía un suelo paupérrimo para todo lo que trabajaba. Y ella, claro, la única chica. La
química era una materia que sobre todo estudiaban los chicos, aunque en el grupo de estudio
Emma siempre había contado con la presencia de Vivian, que ahora trabajaba en Wisconsin. Pero
Emma no se sen a desplazada ni cohibida con tanto chico; no lo había hecho durante la carrera y
menos iba a hacerlo ahora, entre amigos.
—¡Aquí está esa española linda! —la recibió Raúl en español. El joven, de ensor jado pelo
negro, era de padres cubanos y siempre le gustaba lanzarle piropos en aquel idioma que ambos
compartían.
La recibió con dos besazos en las mejillas, sabiendo que Emma estaba acostumbrada a esas
cosas. Las mujeres norteamericanas solían darse la mano con los hombres salvo que tuvieran una
relación cercana con estos y un tercio de las mujeres de Los Ángeles creía que Raúl había intentado
ligar con ellas porque este se les había presentado con dos besos en lugar de con un apretón de
manos. Emma, por suerte, había pasado largas temporadas en España y los besos allí estaban a la
orden del día, por lo que no se había sobresaltado cuando en primero de carrera aquel joven
dicharachero y vivaz le plató dos besazos.
—¡Meredith, qué alegría verte! —saludó la joven al ver sentada a la mesa a la novia de Oliver.
—¡Hola, Emma! Yo también me alegro de verte, aunque por tu reacción supongo que estos no te
han contado nada.
—¿Contarme el qué? —Emma se dejó caer junto a Raúl y le cogió una patata frita del plato que
acababan de servirle. Antes de que nadie le respondiera, le pidió al camarero lo que quería.
—La semana pasada se nos ocurrió una idea genial —le explicó Ethan.
—¿Una idea genial?
—Una idea de negocio.
—Bueno, pues soy todo oídos.
Entre los cuatro le contaron que habían pensado abrir una empresa de cosmé ca natural con
productos que se venderían como algo exclusivo.
—¿Esa es vuestra idea para salir de pobres? ¿Una empresa de cosmé ca natural? —preguntó
con tono de guasa, mirando a uno tras otro hasta que se dio cuenta, por sus expresiones, de que
hablaban en serio—. ¿Me lo estáis diciendo de verdad?
—Tenemos todo lo que necesitamos en este grupo —dijo Meredith—. Yo soy este cién tulada
y sé todo lo que hay que saber sobre productos cosmé cos; vosotros sois químicos con
conocimientos en otras muchas materias, como diseño y marketing, y tú eres actriz.
—Yo también soy química —protestó Emma, al darse cuenta de que Meredith la había excluido
de su auténtica profesión.
—Lo sé, lo siento, pero es que tu faceta de actriz famosa nos viene genial.
—No soy una actriz famosa.
—Todavía —apostilló Raúl.
—¿Pero y en qué ayuda a vuestra idea de negocio que yo sea actriz?
—Tú nos recomendarás entre tus amigas. Ya te hemos dicho que serán productos de belleza
natural exclusivos.
Emma llevó sus ojos de una cara a otra, mirando a sus amigos como si estuvieran locos, pero no,
lo decían de verdad.
—Ahora mismo solo tengo un amigo dentro del mundillo, y aunque estoy segura de que James
se dejaría maquillar, no creo que vendáis mucho así.
—Tú lo has dicho —dijo Meredith—, ahora mismo. De aquí a que la empresa esté en marcha y
tengamos productos y embalajes preparados para comercializarlos pasará al menos medio año, así
que no tienes de qué preocuparte.
El camarero llegó con el pedido de Emma y la joven cogió el botellín de cerveza que le puso
delante y bebió un largo trago.
—Estáis locos —dijo finalmente—. Pero si os comprometéis con la idea, yo me comprometo
también. —Alzó el botellín en un brindis—. Por los mejores químicos de Los Ángeles. Y por la mejor
esteticién, por supuesto.