Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 41
que proyectarían la película en Nueva York, por lo que el encuentro apenas alteraría el programa
de promoción de la película, pues un avión podía recorrer en menos de una hora la distancia entre
Washington DC y Nueva York. Y cuando Sean y el equipo de marke ng se enteraron de que el vídeo
de Emma se había vuelto viral, se frotaron las manos entusiasmados.
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La semana de las proyecciones comenzó estupendamente. La segunda vez que Emma tuvo
oportunidad de ver la película le gustó más que la primera, quizá porque en aquella segunda
ocasión se sentó en la butaca convencida de que su actuación la horrorizaría. La entrevista con
Michelle Obama el martes fue estupenda. Tanto Emma como James se sen an entusiasmados
como niños pequeños ante la idea de ver a la mujer del presidente, y más cuando les dijeron que la
entrevista sería un desayuno en la Casa Blanca con la Primera Dama. Pero los nervios no tenían
cabida en aquel encuentro y Michelle se encargó de gastar bromas para que se relajaran. Después
les dijo por qué estaban allí: a la vez que comba a contra la obesidad, no debía olvidar el otro
extremo, la extremada delgadez provocada por la anorexia y la bulimia.
Según la Asociación
Nacional de Anorexia Nerviosa y Desórdenes Asociados, en torno a 24
millones de ciudadanos
estadounidenses sufría un trastorno alimen cio. Llevaba meses preparando una campaña contra
este po de trastornos en la que ya había conseguido involucrar a varias actrices, cantantes y
modelos que habían tenido problemas con la industria del cine, la moda o la música precisamente
porque se les exigía estar demasiado delgadas. Entre ellas estaban la preciosa actriz Liv Tylor a la
que habían amenazado con que si no perdía peso no la contratarían para ninguna película más; la
modelo Robyn Lawley, que por tener una talla 42 solo podía ser modelo de tallas grandes y la
cantante Lady Gaga, que tras sufrir un trastorno alimen cio desde los 15
años los medios la
cri caron por haber ganado 11 kilos antes de su úl ma gira. Había que comba r con aquello de
alguna manera, y puesto que las adolescentes eran el grupo de mayor incidencia de aquel po de
trastorno, nada mejor que usar a varios de sus ídolos para hacerles tomar consciencia de la
realidad. Michelle también quería que James formara parte de la campaña aportando su cara a
dis ntos carteles, pues lo que Emma había dicho de él, las palabras que había reproducido de
«eres perfecta» habían hecho estremecerse a más de uno. De hecho, el eslogan de la campaña que
iban a lanzar sería «Sé tú misma. Sé perfecta» en honor al discurso improvisado de Emma que se
había vuelto viral en la red.
James y Emma abandonaron la Casa Blanca sin éndose en una nube, extasiados al saberse
parte de algo tan grande e importante. Emma nunca había esperado que al aceptar el papel de
Emily podría acabar haciendo algo tan especial como aquello, algo tan bueno. Podrían ayudar a
mucha gente, a muchas chicas, y aquello la emocionaba. James también parecía estar
entusiasmado, pues cuando Emma le propuso que comieran juntos e invitaran a sus familias en
cuanto su vuelo de apenas una hora aterrizara en Nueva York, este aceptó.
Emma no se dio cuenta
de lo que aquello podía llegar a implicar hasta que Susan, la hermana de James, llegó al
restaurante donde habían quedado y, al abrazarla, le susurró en la oreja:
—No puedo creerme que vaya a presentarte a mamá.
Al oír aquello Emma se quedó está ca. James, que le había dicho que no le gustaba conocer a la
familia de las chicas con las que estaba no solo iba a volver a comer con sus padres, sino que
además le iba a presentar a su madre. Estaba sin habla, así que no pudo sacar a Susan de su error,
pues aunque era cierto que iba a presentarla a su madre, lo que insinuaban sus palabras era algo
totalmente dis nto de la realidad. Para James, Emma y él seguían siendo solo y exclusivamente
amigos con derechos a roce. Que le fuera a presentar a su madre era una mera jugada del azar.
Charlo e, la madre de James, era una mujer encantadora que superaba los cincuenta. Era
bastante más baja que su hijo, apenas le llegaba al hombro, y a Emma le hizo gracia ver cómo
James se inclinaba hacia ella para poder darle un abrazo de oso.
—¡Emma, qué alegría conocerte al fin! —dijo la señora, y en lugar de darle la mano
protocolariamente la estrechó entre sus brazos.
La joven miró a James para ver cómo reaccionaba ante las palabras de su madre, pero él
simplemente las miraba con una anchísima sonrisa en su cara. Los padres de Emma llegaron un
poco después y todos se saludaron alegremente. Anna, que había viajado con Emma hasta Nueva
York para asistir al estreno, abrazó a Susan y le propuso que se sentaran juntas.
—Te recuerdo que es menor de edad —le susurró Emma al oído y Anna contestó con una
mueca.
La comida fue agradable y diver da. Primero contaron qué tal les había ido en la Casa Blanca;
Óscar le preguntó a su hija si se había acordado de decirle a Michelle que su padre era el cónsul de
la embajada española y Emma y James intercambiaron una mirada cómplice al recordar cómo la
Primera Dama había dicho un «oh, sí, claro» tan rápido que resultó obvio que no se acordaba de él
pero no iba a hacerle el feo. Después los padres de ambos charlaron animadamente, contándose
cosas de sus vidas, y finalmente, hablaron sobre la premiere de esa noche y de la película. De los
presentes, solo Anna, James y Emma habían visto la película y no querían desvelar nada.
Tras la comida, James y Emma fueron juntos a hacer una entrevista en una emisora de radio.
Emma aprovechó para preguntarle a James si sus padres estaban divorciados, tema que por
cortesía no se había sacado en la comida. Éste le contó que su padre había muerto cuando él tenía
20 años y su hermana 6. Era militar y murió en una misión en territorio extranjero.
—Lo siento mucho, no lo sabía.
—¿Sabes por qué mi hermana y yo nos llevamos 14 años? —interrogó él por respuesta, con una
leve sonrisa en la boca.
—No, ¿por qué?
—Mi padre y mi madre eran iguales. Ambos tenían el mismo temperamento y discu an tanto
como se querían. Se divorciaron una vez y al final, irremediablemente, volvieron a acabar juntos y,
tras varios años de convivencia, se casaron por segunda vez. Entonces vino Susan.
Cada día que pasaba, cada instante que compar an, Emma sen a que James le gustaba más y
más. La expresión que vio en sus ojos cuando dijo «entonces vino Susan»
hizo que en su boca
apareciera también una sonrisa. Alguien que podía amar así a una hermana,
¿por qué no podía
reconocer también otro tipo de amor?
No obstante, sus ensoñaciones de que James en cualquier momento reconocería que entre
ambos había mucho más que una amistad desaparecieron de su mente en la fiesta que se celebró
después de la presentación y una rabia casi homicida la embargó. Puesto que la fiesta era en su
ciudad natal, James invitó a varias personas, entre ellas una cuantas mujeres. Durante toda la
noche estuvo tonteando con ellas, agarrándolas por la cintura, susurrándoles cosas y haciéndolas
reír. Emma, que estaba pendiente de su familia, se quedó a un lado y aunque los celos la incitaban
a ir hasta James y alejarlo aunque fuera a rastras de las chicas que lo rodeaban, no se acercó a él
en toda la noche. Él tampoco lo hizo, y eso que prác camente todo el equipo de la película se
acercó en algún momento de la noche a saludarla y a charlar un poco con ella y sus padres.
La fiesta ya estaba acabando cuando James al fin se dignó a acordarse de ella y se acercó. Emma,
dispuesta a hacerse la di cil, se giró cuando lo vio venir y comenzó a hablar con una de sus
hermanas.
—¿Emma? —preguntó James a su espalda.
—¡Hola, James! ¿Qué tal la fiesta?
—Genial, aunque yo ya venía a despedirme.
—¿Te marchas?
—Sí, voy a acercar a unas amigas a sus casas.
Emma apretó mucho los dientes a la vez que su mirada se desviaba hacia un grupito de chicas
que, con risita tonta, miraba hacia ellos. Bueno, más bien hacia James, pues a ella ni la veían.
—Ah —dijo simplemente.
—Nos vemos mañana, ¿de acuerdo?
«Serás hijo de la gran… No, espera. Tu madre es una santa. Tú lo que eres es un cabronazo»
pensaba Emma, aunque exteriormente dibujó la mejor de sus sonrisas y dijo:
—Claro, nos vemos mañana en el aeropuerto.
Después de varias semanas disfrutando en la cama y durmiendo juntos, él la dejaba a un lado
para llevar a sus respec vas casas a esas chicas. ¡Ya claro! Seguro que se las llevaba a todas a su
casa para pasar una buena noche. ¡Capullo! ¡Imbécil! ¡Gilipollas!
Y lo peor es que ella había sido tan tonta como para no vérselo venir. Había presupuesto que él
no buscaría a otras mientras estuvieran juntos. Desde luego era tonta de remate: ¡si ni siquiera
estaban juntos de verdad! ¿En qué mundo feliz vivía ella? ¡Joder! Defini vamente en el mundo de
una estúpida que estaba enamorada hasta las trancas.
Aquella noche durmió en casa de sus padres, que estaban entusiasmados tras haber visto la
película y haber visto el buen ambiente que había en la fiesta, sin locuras de ar stas
descerebrados. Tan buena impresión se habían llevado tanto de la película como de la gente que
trabajaba con Emma que a su madre parecía habérsele olvidado la ansiedad que le había
provocado saber que su hija había sufrido bulimia a escondidas. Las dos copas que se había
tomado en la fiesta de una bebida color azul eléctrico seguro que también ayudaban.
A la mañana siguiente, Emma se despidió de sus padres y cogió un taxi hasta el aeropuerto,
donde embarcó antes de que James apareciera siquiera en la sala VIP.
Aposentada en su asiento,
se puso los cascos de música, le dio al play y se dispuso a no volver a abrirlos en todo el trayecto.
Fingiría que dormía para no hablar con James. Estaba tan cabreada con él que no se hacía
responsable de sus palabras. Pero el actor no estaba dispuesto a pasar todo el trayecto sin
entretenimiento ya que se había acostumbrado a viajar charlando con Emma. La joven notó un
dedo en su mejilla, haciendo presión. Desapareció y la fuerza reapareció en la punta de su nariz.
Sin abrir los ojos, dijo:
—¿Qué haces, James? Además del tonto.
—¿Estás durmiendo?
—Ya no.
—¿Es que no dormiste anoche para no poder con tu alma?
—Pues no mucho.
—¿Y qué hiciste?
Se lo acababa de poner a huevo, así que Emma no desaprovechó la oportunidad y abriendo los
ojos al fin, dijo:
—Me fui de fiesta.
—¿Después de la fiesta de la película?
—Sí.
—¿Y no me invitaste?
—Estabas ocupado con unas amigas si mal no recuerdo.
—Podrías haberme avisado, me hubiera unido a la fiesta después.
«¿Después? ¿Después de qué, de pasar un buen rato con tus chicas?» le escupió Emma
mentalmente. Forzó una sonrisita picarona en su cara:
—No era esa clase de fiesta, James.
—¿Entonces?
—Mi hermana Anna está acostumbrada a buscar gente por Internet para quedar. Digamos que
fue una cita doble a ciegas.
—¿En serio? —Él había perdido su sonrisa y aquello le gustó a Emma—.
¿Y qué tal?
—Bien.
—¿Solo bien?
—¿Es que quieres que te cuente los detalles, co lla? No soy de esas. Y
ahora déjame dormir,
anda.
Volvió a recostarse en su cómodo asiento de avión y cerró los ojos. Cuando al cabo de un rato
los abrió solo lo suficiente para ver qué hacía James, se lo encontró sin hacer nada, mirando
fijamente el respaldo del asiento que tenía delante. Su mandíbula estaba tensa y su expresión
seria, en lugar de afearle el rostro, lo hacía más sexy.
Aquella noche en Atlanta, James y ella se mostraron un poco distantes en la premiere. En todas
las presentaciones anteriores el neoyorkino siempre le pasaba el brazo por el hombro o por la
cintura cuando tenían que posar para una foto, o la ayudaba a calmar los nervios dándole un
apretón de manos, o incluso le tendía su brazo cuando había que subir o bajar escaleras para que
Emma no tropezara con sus tacones. Aquel día, nada de nada, aunque sonrieron y trataron a los
fans con el mismo cariño y entusiasmo que siempre. En la fiesta que se celebró tras la proyección
de la película Emma se encontró con Elsa y Tom, dos compañeros de su etapa en la farmacéu ca
con los que había hecho amistad y a los que había decidido invitar a la fiesta. Elsa había sido
precisamente la compañera a la que le había dado la grabación con las proposiciones indecentes
de su jefe.
Sus an guos compañeros le contaron que, tras haberles renovado el contrato, en lugar de
cambiarlos de equipo y de jefe, habían seguido trabajando con el estúpido de Mar n y al final, casi
medio año después de que Emma se marchara, habían tenido que sacar a la luz grabaciones que
tanto ella como otras trabajadoras habían realizado. Tom había sido quien había convencido a las
chicas para que hicieran pública toda la información que habían recabado.
Él, obviamente, no
había sufrido el acoso de su jefe, pero cada día notaba el mal ambiente que había en la oficina y
había acabado hartándose.
—¿Entonces conseguisteis echar a Martin?
—Sí.
—¡Bien! —Emma abrazó a Tom con entusiasmo.
—Bueno, bueno, no te emociones tanto —rió él, con las manos posadas en su cintura—.
Conseguimos echarlo de nuestra sede. A saber a qué otra gente estará torturando ahora.
—Algo es algo —dijo Emma, no dispuesta a que aquello la amargara—, y ahora mismo vamos a
brindar porque habéis librado a nuestras compañeras del neandertal de Martin.
Emma cogió tres copas de champán que un camarero llevaba en una bandeja y las repar ó. Los
tres entrechocaron sus copas en el aire y después tomaron un largo sorbo.
La joven fue a saludar a
un par de personas entre los asistentes mientras Tom y Elsa se quedaban allí juntos, charlando
entre ellos y atentos a los demás invitados por si veían a algún famoso.
Tras su ronda de saludos y charlas intrascendentes, regresó hasta donde estaban sus amigos y
descubrió que Elsa debía marcharse ya. Resultaba que la joven había tenido un bebé y cada
segundo que pasaba allí se sen a culpable y preocupada. Aunque Tom y ella intentaron
convencerla para que se quedara, asegurándole que su niña estaría perfectamente al cuidado de su
padre y que estaba en su derecho de salir una noche, al final se marchó tras agradecerle a Emma la
invitación y darle un abrazo. Tom y ella se dirigieron a unos cómodos sofás y allí se pasaron lo que
quedaba de fiesta hablando. Él le contó cómo había ido avanzando el proyecto en el que estaban
sumergidos cuando Emma dejó la empresa y hablaron sobre temas químicos como dos aficionados
a los deportes hablarían del úl mo par do. Emma se alegró de saber que su cerebro no se había
atrofiado después de todos aquellos meses.
Durante toda la velada, procuró no mirar a James, aunque cien de las doscientas veces que no
consiguió controlar sus ojos lo vio hablando con alguna chica mona.
Aquello la exasperó y regresó
al hotel sin despedirse de él y sin intención de buscarle aquella noche.
Se desmaquilló y soltó el pelo, guardando cuidadosamente las numerosas horquillas que había
u lizado la peluquera para recogerle el cabello. Se quitó el bonito ves do que había llevado
aquella noche y se puso la camiseta del pijama, quedándose con el culote como única prenda de
abajo. La temperatura de la habitación era agradable, pero aun así sin ó que se le ponía la piel de
gallina. Se apresuró a volver al baño y cepillarse los dientes. Cuanto antes se me era en la cama,
mejor. Estaba concentrando la energía del cepillo eléctrico en una muela cuando oyó un par de
golpes en la puerta. Se sacó el cepillo y como pudo dijo «un momento!».
Escupió la pasta de
dientes y se limpió la boca con agua antes de ir a ver quién era. La puerta no tenía mirilla, por lo
que preguntó:
—¿Quién es?
—James.
Aquello la sorprendió. ¿Qué hacía él allí? Abrió un poco la puerta, solo lo justo para verle. No
quería que la viera con tan poca ropa, aunque lo cierto era que él ya debía de estar más que
acostumbrado.
—¿Qué quieres, James? —interrogó con sequedad; la expresión huraña de él no pronos caba
nada bueno.
—¿Estás sola?
—No —fue su contestación tras espetarle mentalmente un «¿Y a ti qué te importa?»
Repentinamente él empujó la puerta haciendo que se abriera hasta la mitad y, cogiendo a Emma
por la muñeca, ró de ella hasta sacarla de la habitación. Cerró la puerta antes de que ella pudiera
comprender qué estaba haciendo y la pegó contra la pared, quedándose in midatoriamente cerca,
a escasos cen metros. Aquello no impidió que la mirara de arriba abajo y viera la poca ropa que
llevaba. Cuando la miró, sus ojos daban miedo.
—Esto no me gusta.
—¿El qué? —interrogó ella, completamente desconcertada y un tanto acobardada.
—Que estés con otros.
Emma parpadeó. Fue todo lo que pudo hacer y James malinterpretó su falta de reacción. Se echó
un poco hacia atrás y se cruzó de brazos. Sin mirarla a los ojos, dijo:
—Sé lo que habíamos acordado, pero creo que deberíamos añadir a nuestro trato que no
podemos acostarnos con terceros mientras el otro esté presente o cerca.
—¿Qué?
La voz desconcertada de Emma consiguió que James la mirara a los ojos fijamente. Su expresión
era casi peligrosa.
—No quiero que estés con otros mientras yo esté cerca.
—¿Por qué?
—¿¡Cómo que por qué!? Me pone…
Emma aguantó la respiración inconscientemente. ¿Iba a decir «celoso»?
¿Iba a decirlo? ¡Por
favor, que lo dijera! No obstante, él sorteó el escollo:
—Me pone de muy mal humor. Me cabrea.
Emma lo empujó, consiguiendo algo más de espacio personal, e imitando la postura de él, dijo:
—Tú tampoco podrás estar con ninguna chica. A mí también me irrita verte.
—¿Verme? ¿Cuándo me has visto tú a mí con alguna chica?
—¡Oh, por favor! Te pasas todas las fiestas hablando y coqueteando con chicas. Y en Nueva York
te llevaste a un par a tu casa.
—¿Qué dices? Las llevé a su casa.
—¡Ya claro!
—Emma, en serio. Son amigas mías del colegio. Las acompañé a su casa.
—¿Y por qué no me dijiste si nos veíamos después esa noche? —interrogó Emma, todavía
cruzada de brazos y con voz agresiva.
—¿Yo qué sé? No lo pensé. Cada uno dormía en su casa y pensé que querrías disfrutar de tu
familia un rato.
—Ya, claro.
—Te lo prometo, Emma. Además, —su tono se volvió acusatorio— ¿qué me estás echando en
cara si en cuanto saliste de la fiesta te fuiste a una cita doble a ciegas?
Ella pareció calmarse un tanto con aquello y haciendo un mohín preguntó:
—¿Me prometes que a esas chicas solo las dejaste en su casa?
—¡Sí! Te lo prometo por lo que quieras.
Sin mirarle a la cara, Emma confesó:
—Me inventé lo de la cita doble.
—¿¡Qué!?
—Estaba cabreada, ¿qué querías?
—¿Te inventaste lo de la cita? ¿En serio?
—Que sí, pesado.
James negó con la cabeza a la vez que se pasaba la mano por el pelo. Su mirada volvió a recorrer
el cuerpo de Emma, en especial sus sexys piernas, totalmente expuestas.
Para no perder el hilo de
la conversación, miró la puerta de su habitación y se recordó que Emma no estaba sola. Aquello
consiguió que la rabia aplacara el deseo.
—¿Entonces estamos de acuerdo? —interrogó.
—¿En qué?
—No estaremos con nadie más mientras el otro esté cerca.
—Define cerca.
—La misma fiesta, el mismo hotel… ¿de acuerdo?
—No —negó la joven.
—¿Cómo que no?
Emma pensó si decir lo que iba a decir durante tan solo una fracción de segundo.
—No estaremos con nadie más mientras tú y yo tengamos trato.
—Define trato —la imitó él más por inercia que por burla, pues en aquel momento no estaba
para bromas.
—Trato no de acuerdo, sino de tener relación. Vamos, que nos veamos cada poco. Fijemos un
plazo de… no sé, una semana sin vernos para que podamos estar libremente con otras personas.
—¿Una semana sin vernos?
—Sí.
—¿Y eso por qué?
—A mí me resulta tan irritante verte coqueteando con otra como saber que estás con otra.
James pareció sopesar aquello durante unos segundos. Emma sen a su corazón la r
pesadamente en su pecho. ¿Y si James decía que no? Peor aún, ¿y si James se daba cuenta de que
lo que le estaba pidiendo se acercaba demasiado a la fidelidad de una relación formal?
Él pareció darse cuenta de lo que le estaba pidiendo.
—No, Emma, eso es demasiado.
Durante un segundo el corazón de la joven se detuvo. Por suerte su cuerpo tomó la inicia va y
decidió encogerse de hombros por su cuenta. Se giró hacia la puerta a la vez que decía:
—De acuerdo.
Él la agarró por la cintura, deteniéndola.
—¿Dónde vas?
—Si no hay trato… —dejó la frase suspendida a la vez que bajaba la manivela.
—De acuerdo, de acuerdo —la retuvo él—. No estaremos con nadie mientras tú y yo estemos…
—buscó la palabra adecuada y al no encontrarla reformuló la frase—
mientras tú y yo sigamos
acostándonos. Con una semana de margen has dicho, ¿no?
—Sí.
—De acuerdo.
—¿En serio?
—Sí.
El corazón de Emma aleteaba. Su abuela le había propuesto que pusiera celoso a James para
hacerle ver lo que de verdad sen a por ella y sin proponérselo había conseguido que él fuera tras
ella para hacer su relación más seria. Claro que a él no podía planteárselo así o saldría corriendo.
Todavía le parecía un milagro que hubiera aceptado. ¡Si según él no estaba celoso, sino
cabreado/malhumorado, y todo porque «celoso» implicaría demasiadas cosas!
Extendió la mano y James se la estrechó con fuerza, sellando así su acuerdo.
—Vale, ahora dile a ese que salga de tu habitación.
De la garganta de Emma escapó una carcajada. Al ver que él fruncía el ceño, se cubrió la boca
con la mano intentando contener la risa. Aquello hizo que las cejas de James se juntaran todavía
más.
—¿Te hace gracia?
—Un poco sí.
—Pues a mí no me hace ninguna. —Golpeó con el puño la puerta tres veces
—. Será mejor que te
vistas porque cuando entre saldrás con lo que lleves puesto.
Emma lo miraba con la boca abierta y James se dio cuenta.
—No me mires así y abre la puerta.
La joven decidió alargar un poco más su sufrimiento.
—¿Con qué llave si me has sacado a rastras y has cerrado la puerta?
Tras mirarla un segundo, James aporreó la puerta con renovadas energías.
—¡Abre la maldita puerta! —vociferó.
Emma se rió a la vez que miraba a su alrededor, preocupada porque las voces de su
acompañante pudieran hacer salir a algún huésped.
—James, James —intentó calmarlo a la vez que le frenaba la mano para que no volviera a
golpear la puerta—. No hay nadie dentro.
—Pero si has dicho…
—Mentí.
—¿Estabas sola?
—Sí.
James la miró con una expresión oscura en los ojos. Parecía cabreado.
—Eres una mentirosa compulsiva.
—Cuando me cabrean, sí.
—Esta me la vas a pagar.
—¿En serio? ¿Cómo? —intentó sonar burlona, aunque lo cierto es que estaba un poco
preocupada porque él parecía molesto de verdad.
—¿Cómo? ¿¡Cómo!? ¡Ya verás cómo!
Se inclinó hacia delante y con unos rápidos movimientos se la cargó al hombro.
—¡James! —protestó ella, con el hombro masculino clavándose en su barriga.
Él no contestó y en dos pasos llegó a la habitación contigua, la suya.