Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 40
porque ha sido un chico malo?
—Algo así.
—Es posible, sobre todo después de que ahí dentro casi me hayan llamado gorda. Pero tú no te
separarás de mí en todo lo que queda de día, ¿a que no? Mantendrás mi mente a raya.
—Tu mente a raya y tu cuerpo en forma —le susurró James a la oreja, provoca vo, haciéndola
sonreír.
40
Al día siguiente los productores habían reservado una pequeña sala de cine para hacer la
primera proyección con todo el equipo. Como era en Los Ángeles, Emma invitó a su hermana Anna
y a su hermana Sarah a la cita. Desde los mejores asientos de la sala, sentada junto a James, Emma
se vio por primera vez en la gran pantalla.
—¡Qué horror, por Dios! —fue su veredicto final.
James estalló en carcajadas.
—¿Cómo que qué horror? ¡Pero si ha estado genial! —le dijo Sarah—. ¡Me habéis dejado sin
uñas! ¡Madre mía, qué tensión!
Emma se llevó las manos a la cara y sacudió la cabeza.
—¡Qué vergüenza! ¡Menudas caras ponía! Qué poco creíble mi actuación…
—Emma, la película está genial. Tú estás genial. Si no te ha gustado es solo porque esperabas
demasiado —le explicó Anna.
—A casi ningún actor le gusta ver sus propias películas —ra ficó James, todavía riéndose por la
reacción de Emma.
—A ti parece haberte gustado verte.
—No me ha desagradado. Soy tan guapo…
—¿Qué, chicos? —preguntó Sean acercándose a ellos, más sonriente que un novio el día de su
boda.
—Un trabajo excepcional, Sean, como siempre.
—¿Emma? ¿A qué te ha parecido? —se interesó el director, viendo que la joven tenía una
expresión extraña. Por detrás, sus hermanas se reían.
—Ahora mismo no quieres saber sus impresiones —contestó por ella James.
—¿Y eso? ¡Ah, claro! Es la primera vez que ves tu cara en una pantalla de cine. La próxima vez
dolerá menos, lo prometo.
Todos rieron y Emma no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Tengo el remedio perfecto para tu trauma —dijo Sean pasándole el brazo por encima del
hombro a la chica—. ¡Barra libre para celebrar que mañana empiezan las premieres y que la
película va a encantar! Vamos, que ya nos están esperando.
Mientras se dirigían hacia el local donde habían hecho la reserva, el móvil de Emma comenzó a
sonar.
—¡Uf! Debe ser mi madre otra vez —se le quejó a James, que era quien iba a su lado—. Desde lo
de anoche me ha llamado ya tres veces para asegurarse de que como. ¡Uy!
Pues no, debe ser mi
padre.
—¿Te llama desde el espacio exterior? —interrogó el actor, que no había podido evitar abrir los
ojos al ver que toda la pantalla de Emma se había llenado con números—.
¡Menudo número de
teléfono más largo!
—Debe estar llamándome desde la embajada, de ahí que tenga tantas extensiones.
Emma descolgó y se puso el móvil en la oreja.
—¿Sí?
Un segundo después su mano voló hasta el brazo de James y se lo aferró con fuerza.
—¿Qué pasa? —se preocupó él.
Emma apretaba el teléfono contra su oreja y miraba a James con una expresión que le preocupó.
¿Era la luz del local o Emma se había puesto pálida?
—Sí, señora —le dijo la joven al teléfono—. Sí, sí, señora. Por supuesto.
Sería un honor.
—¿Qué pasa? —insistió James, moviendo solo los labios.
Pero Emma no le contestó. Tenía toda su atención puesta en la conversación.
—Sí, señora. Sí. Sí, está aquí a mi lado. Sí, señora. Ahora mismo. —Le tendió el móvil a James—.
Quiere hablar contigo.
—¿Quién?
Pero Emma no fue capaz de decirle quién estaba al otro lado del aparato.
No le salían las
palabras. James cogió el móvil y, con cierto temor, dijo:
—¿Sí?
—Hola, James, soy Michelle Obama.
James casi se cae redondo al suelo al oír aquello. ¡Estaba hablando con la Primera Dama de los
Estados Unidos! La conversación duró apenas medio minuto y para cuando colgó, a James podrían
haberle pinchado que no le habrían sacado sangre. Emma y él se miraron durante unos segundos
sin decir nada. Se habían quedado mudos ante aquello. A Emma le dio la risa tonta y James se le
unió segundos después.
—¿Qué os pasa a vosotros dos? —preguntó John, que les había visto quedarse rezagados y había
ido a ver qué ocurría.
—¡Ufff! —fue lo único que pudo responder Emma, abanicándose con la mano.
—John, tú que enes dedos ágiles de tanto co lleo ciberné co —dijo James
—. Busca el vídeo de
Emma ayer en el programa.
No tuvo que especificar más. Todo el equipo estaba al tanto ya de lo que había ocurrido en el
programa, y según la llamada, las palabras de Emma habían llegado también a la Casa Blanca.
John usó su móvil de cinco pulgadas para rastrear por Internet y encontrar el vídeo. Silbó
admirativo en cuanto cargó un vídeo de Youtube.
—¡Tío! Dos millones de visitas en menos de un día.
James y Emma se pegaron a John, uno por cada lado, para poder ver el móvil.
—Creo que en este vídeo solo sale la parte final —comentó John—, la de tu discurso. Si quieres
ver el vídeo completo creo que está por aquí.
En el lateral de la pantalla podían verse otros vídeos relacionados en los que salía Emma en el
mismo plató. Pero no necesitaban ver nada más. El show se había emi do la noche anterior y el
vídeo con su intervención ya había recibido ni más ni menos que dos millones de visitas. Emma y
James se miraron a los ojos durante varios segundos, ignorando a John, ignorando el móvil. Una
sonrisa apareció simultáneamente en sus bocas.
Michelle Obama les había citado el próximo martes en la Casa Blanca.
Deseaba entrevistarse con
ellos. Una de las principales preocupaciones de la Primera Dama desde que su marido había
entrado al poder era promover la vida sana entre los ciudadanos de los Estados Unidos, un país
donde la obesidad afectaba a más de un cuarto de la población. El discurso de Emma había
conseguido llegar a gran número de personas en forma de vídeo viral y Michelle había pensado en
usar el interés generado a favor de su campaña.
Cuando le contaron a Sean la cita que tenían el martes, éste se entusiasmó.
Seguro que aquel
encuentro le reportaría gran publicidad a la película; si sabían cómo jugar sus cartas, claro.
Además, los secretarios de Michelle habían tenido la delicadeza de programar la cita para el día en