Luces, cámaras, ¡corazón!

Shirin Klaus · Capítulo 37 de 50

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Luces, cámaras, ¡corazón!

Capítulo 37

A Emma no le costó dormirse aquella noche. Había pasado toda la mañana de viernes con

nervios que consumieron buena parte de su energía y la experiencia de la noche terminó de

agotarla en cuanto tuvo un momento de relax. La úl ma sensación que experimentó antes de

dormirse fue de rabia hacia James.

A la mañana siguiente el olor de café la despertó a una hora nada temprana.

Su hermana, que

también había salido de fiesta la noche anterior, estaba preparando el desayuno a las once de la

mañana. Casi medio día. Una hora bastante aceptable para despertarse tras haberse acostado casi

a las 3.

—Espero que también estés haciendo café para mí —dijo a modo de saludo entrando en la

cocina.

—Para las tres —sonrió su hermana, alegre. Susan ya estaba en la cocina, sentada a la mesa

como buena invitada mientras Anna preparaba café y tostadas.

—Ya te has despertado.

—Sí, culpa mía —afirmó Anna—. No sabía que había nadie en la habitación de invitados y entré

haciendo más ruido que un elefante en una cacharrería.

—¿Has dormido bien, Susan?

—Estupendamente. La cama era muy blandita.

Emma sacó del frigorífico el queso de untar y las mermeladas. Se encargó de poner las tostadas

calientes en un plato a la vez que su hermana llevaba la cafetera hasta el centro de la mesa.

Disfrutaron de un agradable desayuno de chicas hasta que Emma no tuvo más remedio que

preguntar:

—¿Te ha llamado tu hermano?

—No. ¿Crees que estará bien? Quizá no deberíamos haberle dejado allí.

—Seguro que está bien, tranquila —dijo, aunque lo cierto es que comenzaba a tener sus dudas.

A escondidas tras el desayuno, marcó desde su móvil el teléfono de James, pero este no le

contestó. El mbre sonó entonces y Anna, que estaba en el salón con Susan viendo la televisión, se

apresuró a abrir. Emma fue a ver quién había llegado con la esperanza de que fuera James, pero

era Raúl.

—¡Hola, preciosas! —saludó en español tanto a Anna como a Emma.

Le plantó a su compañera de laboratorio dos besos en las mejillas ante la atenta mirada de

Susan, que lo observaba desde el sofá.

—Tenemos una invitada —comentó Anna, volviendo al sofá—. Por si quieres saludar.

—Hola, señorita —saludó obediente Raúl. Susan alzó la mano en respuesta y sonrió—. ¿Eres

amiga de Anna?

—De hecho es la hermana de James —explicó Emma—; mi compañero de rodaje.

—¡Oh! ¿Está él aquí?

—No, no. Susan ha dormido con nosotras. Hemos hecho una fiesta de chicas.

Susan no perdía detalle ni de los gestos ni las palabras de Emma y Raúl.

¿Serían pareja? ¿El

tonto de su hermano habría dejado que Emma se le escapara? Desde luego, después del

espectáculo de la noche anterior se lo tenía bien merecido.

Emma dijo que iba a cambiarse, pues aún llevaba el pijama puesto, y tanto Raúl como ella se

perdieron en el pasillo. Susan se contuvo durante casi veinte minutos de preguntar nada, pero

finalmente, al ver que aquellos dos no regresaban, le preguntó a Anna, que estaba sentada junto a

ella:

—¿Son pareja?

—¿Quién?

—Tu hermana y ese… Raúl.

—¡Oh, no! Claro que no. Vamos, eso creo.

—¿Y qué hacen ahí dentro?

—Trabajar.

—¿Trabajar? ¿En qué?

—Hacen cosméticos, cremas y cosas así. Tienen una especie de laboratorio.

—¿En serio?

—Sí, ¿quieres verlo?

Sin girarse ante los toques de la puerta, Emma dijo «adelante» y Susan y Anna entraron en la

habitación donde Raúl y ella estaban enfrascados en sus experimentos.

—¿Estáis ocupados?

—Depende de lo que quieras.

—Susan siente interés por lo que hacéis aquí.

Al oír aquello, Emma se giró con una sonrisa en la boca, pero Raúl se le adelantó:

—Hacemos cosmé cos. Mira, estoy probando ahora los resultados de unos labiales, ¿queréis

probarlos?

Les tendió con sonrisa angelical una tabla con cinco barras de color rojo que parecían idén cas a

simple vista. Las dos jóvenes se acercaron hasta él con interés pero Emma las detuvo.

—¡Eh, alto! Déjame ver antes tus notas.

—No voy a intoxicarlas, Emma —se rió entre dientes Raúl mientras Emma revisaba los

ingredientes de cada experimento.

—No me fio de . Pero parece que todo está en orden, podéis probar el que queráis —animó a

las chicas.

—¿Qué llevan? —interrogó Susan, mirando las barritas. No eran tan perfectas como las de los

pintalabios que solía usar, pero debía de admitir que la sustancia era bastante brillante.

—Cochinillas —replicó Raúl.

—¿Cochinillas?

—Sí, también conocidas como escarabajos carmín.

—¿Escarabajos? —Si Susan no sabía qué era exactamente una cochinilla, desde luego un

escarabajo sí sabía lo que era.

—Ya lo usaba la magnífica Cleopatra en el An guo Egipto. Los escarabajos se hacen pedacitos

pequeñitos y…

—¡Raúl! Deja de asustarlas.

A los legos no les gustaba que les dijeran de qué estaban compuestas las cosas. De hecho, en

cuanto alguien sabía de qué se componía una cosa solía resultar hasta repulsiva. Emma había

dejado de leer hacía bastante empo las e quetas de los refrescos porque saber qué eran todos

aquellos componentes le provocaba una sensación nada agradable mientras los bebía.

—Chicas, el ácido carminoso o carmín se ob ene de moler escarabajos cochinillas. Es lo normal.

Hasta los helados de frutilla que tomáis llevan un poco de ese tipo de escarabajo porque le dan ese

color rojizo típico. Y los yogures, y champús… ¡incluso Starbucks le echó durante un empo extracto

de cochinilla a sus Frapuchinos!

Las caras de estupor y asco de Anna y Susan hicieron reír a Raúl.

—Eso, tú sigue dándoles datos sobre el carmín.

—Creo que voy a dejar de usar pintalabios —comentó Anna.

—Y yo ya no comeré nada que sea rojo —apostilló Susan. Ambas intercambiaron una mirada.

—¡Mira lo que has hecho! —protestó Emma.

—¿Yo? —se sorprendió Raúl.

—¿Por qué has tenido que decirles que has usado cochinillas? Si de hecho tú directamente has

comprado carmín.

—Me encanta la cara que se le queda a las chicas cuando saben que se están restregando por

los labios escarabajos.

—¡Ay que ver cómo sois los hombres!

—¿Y si queréis hacer cosmé cos naturales, no podríais encontrar otro colorante que no lleve

escarabajos? —sugirió Anna.

—Eso sería cosméticos vegetarianos, ¿no? ¿Qué hay más natural que un pequeño escarabajito?

—Chicas —llamó Emma—, y chico. ¿Por qué no nos olvidamos por hoy de todo esto y salimos a

dar una vuelta? Hace un día maravilloso y es sábado, demos un paseo.

Pese a que había ido allí a trabajar, Raúl se mostró conforme con tomarse el sábado libre y Anna

y Susan no cabían en sí de gozo ante la perspec va de salir a que les diera el aire. Pasaron un día

fabuloso todos juntos en la playa, riendo, viendo a los windsurfistas y a otras personas haciendo

deporte. Al ver a un grupo de personas bailando ritmos latinos en la playa, Raúl se acordó de algo:

—¿Sabes que lo más seguro es que consiga trabajo como monitor de baile?

Emma, que era con quien hablaba, se giró hacia él contenta. Sabía que Raúl, como buen hijo de

padres cubanos, tenía el ritmo me do en el cuerpo. Lo había visto bailar varias veces y siempre se

había muerto de la envidia.

—¿En serio? ¡Es genial!

—Será en un local de aquí, así que estás invitada a las clases.

—¿Yo también, yo también? —interrogó Anna, que caminaba unos pasos por detrás de ellos y lo

había oído todo.

—Por supuesto. Cuantos más mejor.

Comieron en un restaurante próximo al mar para celebrar las buenas no cias de Raúl, que

volvía a tener un trabajo remunerado que le permi ría pagar gastos mientras seguía con los

experimentos. Emma iba a preguntarle una vez más a Susan si su hermano le había llamado

cuando ésta, al ver cómo la miraba, directamente negó con la cabeza.

—Y tampoco me lo coge —añadió.

Estaban tomando los bios rayos del sol sentados en la arena tras la comida cuando finalmente

James dio señales de vida. Llamó a su hermana y le preguntó por su paradero para que pudiera ir a

recogerla. Casi media hora después un James con gafas de sol se acercaba al grupo reunido en la

playa.

—Hola —saludó midamente. Estaba seguro de que iban a reprocharle su comportamiento la

noche anterior; se lo merecía.

No obstante, tras los obligatorios saludos, nadie dijo nada más. Estaban sumidos en un

agradable silencio que amenizaba la música que salía de la radio de un grupo localizado unos

metros más allá. James se sentó junto a su hermana y a Anna, unos metros por delante de Emma y

Raúl.

—¿Qué hacéis?

—Ver a los windsurfistas.

James quería preguntarle qué tal estaba, pero aquello podía propiciar a su vez preguntas por

parte de su hermana y no quería que se produjeran. Todavía no. Se quedó en silencio, imitando a

los demás. Sin poder contenerse, miró por encima de su hombro para ver a Emma y se la encontró

hablando con Raúl en voz tan baja que ni siquiera la oía murmurar. No parecían estar hablando de

él, simplemente hablaban ín mamente. Giró la cabeza de nuevo hacia la playa al ver que ella se

daba cuenta de que la estaba mirando.

Para los demás quizá el silencio era cómodo, pero James se removía nervioso sentado sobre la

arena. Se sen a enjaulado y en tensión. Aguantó durante varios minutos hasta que finalmente su

hermana vino al rescate:

—¿Y si usamos el regalo que te hizo Emma?

—¿Los karts?

—Sí.

—Es una idea estupenda —sonrió James, y miró a los demás—. ¿Os apuntáis?

—Yo tengo cosas que hacer —repuso Emma.

—Noooo —negó Susan—. Porfa, porfa, porfa; ¡vente! Tú misma has dicho antes que «hace un

día maravilloso y es sábado, demos un paseo». ¡Un paseo en minicoche!

Anna también opinó que era una idea estupenda para terminar aquel sábado y Emma miró a

Raúl en busca de apoyo pero este se encogió de hombros, conforme.

Suspirando, se rindió:

—De acuerdo, de acuerdo. Pero que sepáis que os voy a dar una paliza.

El circuito de karts estaba en la periferia de Los Ángeles y cuando llegaron había ya algunas

personas dando vueltas. James sobornó al encargado con unos cuantos billetes para que les

permi era usar uno de los circuitos pensados para grupos, más pequeño pero también más

diver do, pues estarían ellos solos. Se pusieron los monos y los cascos y se embu eron como

pudieron en los pequeños coches. La emoción se palpaba en el ambiente, con el contador todavía

a cero y diez minutos por delante para ver quién resultaba ganador. Se oyó un estallido y todos

pisaron a fondo. La distancia entre los coches era mínima, pero la primera curva a la derecha

consiguió dar ventaja a los que estaban más cerca del borde derecho. La siguiente curva, a la

izquierda volvió a equilibrar la cosa entre algunos pilotos, aunque otros, más temerosos, se habían

quedado ligeramente atrás. Raúl y James eran los que más arriesgaban y los que menos miedo le

tenían a las curvas, aunque Anna parecía tener también un instinto que casi rozaba lo suicida y que

le hacía meterse por lugares imposibles en plena curva. Emma se par a de la risa viendo a su

hermana pelear por el primer puesto mientras intentaba que Susan no la adelantara por la

derecha.

La primera ronda la ganó Raúl porque James y Anna se habían enzarzado en una pelea

zigzagueante y él había acabado sobrepasándoles a toda velocidad sin que ninguno lo viera venir.

Emma y Susan llegaron, por ese orden, después.

—¡Chicas! Qué vergüenza me dais —les increpó Anna—. Sois la vergüenza del género femenino.

Ibais siempre a un kilómetro de distancia —exageró—. Vamos a echar otra y vais a arriesgar al

máximo, ¿me habéis comprendido? ¡Vamos a ganarles a estos pavos!

Las tres chicas unieron sus cabezas, ideando un plan de ataque, mientras los chicos las miraban

y se reían. James, que pese a lo bien que se lo había pasado en la carrera seguía un poco cohibido,

no dijo nada, pero Raúl se acercó a ellas y comenzó a pavonearse.

—Vais a perder, vais a perder, vais a perder.

Emma se apartó del grupillo bruscamente y atacó a Raúl en el que sabía era su punto muerto:

los flancos de su abdomen. Este se retorció, riéndose por las cosquillas, a la vez que intentaba

apresar las manos de Emma. Anna y Susan se rieron ante la escena, aunque esta úl ma le prestó

más atención a su hermano, pues quería ver cómo reaccionaba ante la camaradería de aquellos

dos. Sonrió malévolamente al ver que su hermano observaba la escena sin un atisbo de sonrisa.

La siguiente ronda la ganaron las chicas. Susan entró primera en la meta, seguida por Anna y

Emma. Detrás llegaron James y Raúl.

Compi eron hasta aburrirse sin que el anochecer, que los sorprendió en la pista, fuera un

obstáculo gracias a los potentes focos que iluminaban los dis ntos circuitos de las instalaciones.

Tras la diver da experiencia, decidieron cenar algo en el restaurante del local, donde todo era

comida rápida. No fue hasta después de la cena, cuando iban a pagar, que James se quedó a solas

con Emma.

—Gracias —dijo James, haciendo que la joven se girara hacia él.

—¿Por qué?

—Por muchas cosas. Por el regalo, por ejemplo. Aunque sobre todo por haber cuidado de mi

hermana.

Sabía que sacar el tema haría que comenzaran a llegar los reproches, pero tenía que hacerlo. No

aguantaba más el distanciamiento que sen a entre ambos. Sin embargo, Emma lo sorprendió

cuando, mirando de nuevo hacia el frente, dijo:

—No es nada.

¿Ya está? ¿No iba a decirle nada? ¿Simplemente un «no es nada»?

—Sobre la mujer que viste en mi…

Aquellas palabras parecieron activar un resorte en la joven, que se giró hacia él y lo acalló:

—Eso no es asunto mío.

—Pero…

—No es asunto mío —volvió a decir ella con dureza—. Me da igual a quién decidas meter en tu

cama, James. Ya me has dejado claro que tú y yo no somos nada.

—Tú y yo somos amigos. Más que amigos.

—Pues para tener amigos o más que amigos como tú, que me ignoran por completo durante

meses sin explicación, prefiero no tener amigos.

Aquello dejó sin palabras a James. Emma, envalentonada, continuó:

—Y no me importa con quién estés, pero lo que le has hecho a tu hermana me parece horrible.

Te la traes de Nueva York a Los Ángeles para celebrar tu cumpleaños y no solo llevas a una a a la

habitación que compartís sino que encima te drogas.

—Yo no…

—No me mientas, James. No me mientas porque lo único que haces es cabrearme más. Sé que

tomaste éxtasis porque presentabas euforia y desinhibición, que son las partes buenas de la

MDMA, pero también te subió la temperatura corporal, tuviste ataques de angus a, además de

taquicardia y ¡oh!, no nos olvidemos de la deshidratación, que te hacía beber como un cosaco. —

Se quedó callada un momento tras toda aquella información. James no se atrevió a volver a

negarlo—. No me malinterpretes, James. Me da igual lo que te metas o lo que tomes. Pero que lo

hagas cuando estás a cargo de tu hermana… Hoy no has aparecido hasta después del mediodía,

James. ¿Qué hubiera pasado si yo no me la hubiera llevado a mi casa? ¿Qué hubiera pasado con tu

hermana Susan?

James vio decepción en los ojos de Emma y aquello le sentó peor que mil insultos. Había

previsto que ella le echaría en cara que había estado con otra, tal vez que había bebido más de la

cuenta, pero que Emma le hubiera gritado todas aquellas cosas hubiera sido mejor que lo que le

había dicho con tono calmado aunque acusatorio.

La joven se adelantó hasta la caja, pues la cola frente a ellos había desaparecido, y pagó la cena

de Raúl, de Anna y de ella. James se ocupó, pocos segundos después, de la de Susan y él. Mientras

regresaban en el coche de alquiler de James al centro de la ciudad, Anna y Susan parloteaban como

cotorras mientras que los otros tres se mantenían en silencio. Al primero que dejaron en su casa

fue a Raúl y después les llegó el turno a las dos hermanas. James y Susan se despidieron de ellas en

el coche.

Cuando finalmente los dos hermanos neoyorkinos se quedaron solos y en silencio, James se

atrevió a preguntar:

—¿No tienes nada que decirme?

—¿Yo? No.

—Siento mi comportamiento anoche, Susan. Se suponía que tenía que cuidar de y perdí el

control.

—Lo que no entiendo es por qué tuviste que llevarte a esa a la habitación.

—Susan, lo siento. Sé que compartíamos habitación y que no debí…

—No. Me da igual que lo hicieras en la suite que compar mos. Es como si tuviéramos

habitaciones separadas —le cortó su hermana—. Pero Emma estaba allí, James, ¿por qué tuviste

que acostarte con otra? ¿Por qué? No lo entiendo.

—¿Y qué tiene que ver Emma en esto?

—¿Te piensas que soy tonta? Sé que te gusta, James. Sé que te gusta mucho. ¿No podías tener el

pajarito guardado un rato? ¿Tan desesperado estás? ¿Tan salido?

—No me hables así, Susan. Soy tu hermano mayor y no pienso hablar con go de estos temas. Te

pido disculpas por haber perdido el control y porque tuvieras que ir a dormir a casa de Emma, pero

no te voy a dar explicaciones.

Su hermana cruzó los brazos sobre el pecho.

—Como quieras, pero que sepas que la has jodido pero bien.

No volvieron a hablar en todo el trayecto hasta el hotel. A James lo consumían la rabia y la

culpabilidad. Se había acicalado para su fiesta de cumpleaños pensando en que Emma iba a estar

allí, pero había pasado media hora y no había ni rastro de ella. Por los nervios no dejaba de beber,

copa tras copa, mientras saluda a la gente. La can dad de chicas que había asis do a la fiesta era

abrumadora, y el hecho de que todas quisieran hablar con él era más abrumador todavía. Cuarenta

minutos después, ella seguía sin llegar, y con cada trago que daba en su mente iban apareciendo

pensamientos más y más oscuros. Emma no iba a aparecer. Le había dicho que lo haría pero no era

cierto. No; de hecho, lo que le había dicho es que tenía que mirar a ver si podía. Defini vamente,

Emma no iba a ir. Su alcoholizada mente ya se había convencido de que Emma no iba a

presentarse cuando Samie, la actriz con la que había compar do varias escenas en la película que

rodó en Nueva York, le hizo un regalo que en cualquier otra situación hubiera rechazado: una

bolsita con pas llas de éxtasis. Después de eso los hechos se precipitaron. Se tomó una de las

pas llas de éxtasis de la bolsa y le ofreció las demás a Samie y sus amigas.

Su ex compañera de

rodaje se le insinuó, pero James no tenía intención de volver a estar con ella. La regla de no

acostarse dos veces con la misma mujer seguía vigente. Con la única que hacía una excepción era

con Emma, una excepción que estaba pagando muy cara. Por lo tanto, prefirió a otra rubia que iba

en el grupo de Samantha. Para cuando llegaron al hotel, el éxtasis ya le estaba haciendo efecto y se

sen a eufórico. El polvo (por que no podría llamarlo de otra forma) no duró más de dos minutos y

regresó a la fiesta enseguida. Se encontraba bebiendo y con su hermana dándole la lata con que

bebiera menos cuando Emma entró en escena.

Lo que pasó después… bueno, Susan y Emma seguro que podían contar mejor que él aquella

parte de la historia.

Al llegar a la suite, se encerró en su habitación y se desplomó sobre la cama. Su hermana tenía

toda la razón, la había jodido pero bien.