Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 22
—Sí, sí, acuéstate, por favor. Siento haberte despertado. Estoy perfectamente.
Algo dubita va, Anna cerró la puerta del baño y volvió a su habitación.
Emma, que seguía
arrodillada frente al lavabo, abrió el grifo de la ducha, que era el que tenía más cerca, y dejó correr
el agua para que camuflara el sonido del llanto que en aquel momento trepaba por su garganta y
sus lagrimales.
22
Durante la semana siguiente, Emma estuvo silenciosa y de bastante mal humor con todo el
mundo. James intentaba gastarle bromas durante los ensayos de las coreogra as pero nada
conseguía hacerla reír. Le preguntó en varias ocasiones si le había pasado algo, pero ella negó
incluso que estuviera comportándose de manera inusual.
—Con lo poco que nos conocemos, ¿cómo puedes saber siquiera si estoy rara o no lo estoy? ¡A
lo mejor soy así! —le espetó un día, cerrando después de un portazo.
Pero James no era el único que notaba algo raro en ella. Jack también podía ver claramente que
algo estaba cambiándole el humor de Emma. Y no solo el humor. La joven tenía mucho menos
energía y se agotaba mucho antes durante las tablas de ejercicios que tenía que hacer de buena
mañana.
Había pasado una semana completa desde que Emma vomitara su tentempié nocturno cuando
durante el ensayo de una de las coreogra as la joven se desplomó en el suelo acolchado en pleno
ejercicio y sin que nadie la tocara.
—¡Emma! —gritó James, que era con quien estaba ensayando.
Las demás personas de la sala no tardaron ni cinco segundos en llegar a su lado. Jack se arrodilló
también a su lado y le sacudió la cara a la vez que decía:
—¡Emma, despierta, Emma!
La joven parpadeó, recobrando la consciencia, y lo primero que vieron sus ojos fueron las caras
preocupadas de James y Jack.
—¿Me oyes, Emma?
—Sí. ¿Qué ha pasado?
—Te has desmayado —explicó Jack.
—¿Me he desmayado? —La joven se sentó con la ayuda del actor y el monitor.
—Sí. ¿Cómo te sientes?
—Bien —contestó ella, aunque lo cierto era que seguía mareada.
—Vamos a llevarte al hospital —dijo Jack, y sin casi esfuerzo, la cogió en brazos y se puso en pie.
—¿Qué? No, no hace falta. Estoy bien.
—Te has desmayado en una de mis clases. Yo decido si vas al hospital o no.
—Pero estoy bien, Jack.
—Eso lo dirá el médico.
Hora y media después, el médico que había atendido a Emma en la consulta privada a la que la
habían llevado les daba las buenas no cias: solo había sido una bajada de azúcar. Por lo demás,
Emma se encontraba bien, aunque un análisis sanguíneo había revelado que tenía anemia.
Mientras esperaban a que saliera Emma, Jack se acercó a James y le preguntó:
—¿Te preocupa Emma?
—¿Cómo que si me preocupa Emma?
—Creo que puede estar ocurriéndole algo muy malo y necesito tu ayuda para asegurarme.
—Jack, no me asustes. ¿De qué estás hablando?
—Vamos a dejarla en su casa y ahora hablamos, ¿de acuerdo?
James asin ó al ver que Emma se acercaba a ellos. Una rita bien grande en el brazo marcaba el
lugar donde le habían clavado la aguja.
—¿Qué tal estás? —le preguntaron cuando llegó a su lado.
—Bien. Con ganas de irme de aquí, no me gustan los hospitales. Y la enfermera no me
encontraba la vena y me ha dejado el brazo hecho un colador.
—Pues vámonos de aquí.
En el coche, Jack aprovechó para hablar con Emma, a la que había hecho sentarse a su lado en el
asiento del copiloto.
—Nos ha dicho el médico que ha sido una bajada de azúcar.
—Sí, eso me ha dicho a mí también. Te dije que no era nada.
—¿Pero cómo es posible que tuvieras una bajada de azúcar si acabábamos de hacer la pausa
para almorzar?
—No lo sé, Jack.
—¿Comes lo suficiente, Emma?
James, sentado en la parte de atrás del vehículo, observaba y escuchaba en silencio total.
—Sí, Jack, como lo suficiente —contestó la joven con tono defensivo—.
De hecho, solemos
almorzar y comer juntos, ¿acaso me has visto dejarme algo de comida en el plato?
—No, pero me parece muy raro que hayas tenido una bajada de azúcar después de lo que has
almorzado esta mañana.
—¿Y yo qué sé Jack?
—Cuando has ido al baño no habrás…
Emma no le permitió terminar la frase.
—¿Y no te has parado a pensar en que quizá es por culpa de tu entrenamiento que me he
desmayado? Entreno más que nadie. Durante horas y horas hago tus tablas de ejercicios y las
máquinas que me dices, y después ensayo las coreogra as que nos pones.
Una y otra vez, una y
otra vez. ¿No crees que puede ser culpa tuya? ¿¡Eh!?
Tras aquel ataque, Jack prefirió no volver a decir nada y Emma tampoco abrió la boca. James, en
el asiento de atrás, los miraba a ambos intentando procesar lo que había pasado.
Cuando dejaron a Emma en su casa, esta se despidió con un escueto
«adiós» y se alejó sin mirar
hacia atrás. James pasó al asiento delantero y esperó a que Jack le dijera algo, pero este arrancó y
comenzó a conducir por la ciudad sin decir nada.
—Bueno, ¿qué? —interrogó finalmente James—. ¿Me vas a contar lo que está pasando o no?
—Creo que Emma vomita lo que come.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Si como ella dice, la bajada de azúcar se debiera a mi entrenamiento, le habría pasado
durante las primeras semanas, no ahora, cuando ya ha cogido fuerza.
Además, haz memoria.
Siempre que come algo va al baño después. Hoy lo ha hecho después del almuerzo. Ayer lo hizo
tras la comida.
—Sí, y anteayer. Y casi siempre. Pero puede ir a lavarse las manos o algo.
Las mujeres hacen eso.
No puedes estar seguro de que sea para vomitar.
—Ahí entras tú. Esta noche, preséntate en su casa para cenar. Compra algo ya hecho o cocínalo
allí, me da igual. Lo importante es que te quedes con ella el empo suficiente para ver si va al
baño. Si va, que estoy casi seguro de que lo hará, la sigues sin que ella se dé cuenta.
James no contestó enseguida, meditando aquello durante varios minutos.
—Pero es imposible que tengas razón. Emma come bien, come bastante.
Sano, equilibrado.
—Una cosa es la anorexia, en la que la gente deja de comer, y otra la bulimia. En la bulimia la
gente come bastante, de hecho, se suelen dar atracones, y después vomitan para eliminar todo lo
que ha comido de más.
—Pero Emma no se da atracones.