Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 44
enloquecedora que lo obligaba a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, dentro y fuera de
Emma. Estaba al borde del clímax e iba a hundir su cabeza en el cuello femenino cuando ella
atrapó su cara entre las manos y lo obligó a mirarla. Ver sus pupilas dilatadas y sus labios fruncidos
en una mueca de placer terminó de catapultar su orgasmo.
44
A la mañana siguiente, cuando se levantaron y fueron a desayunar, James se dio cuenta de algo
tras mirar a su alrededor.
—No has encontrado mi regalo, ¿verdad?
Emma lo miró sorprendida.
—¿Tu regalo?
—Sí, no llegué a dártelo y por lo que veo no lo has encontrado tu solita.
—¿Está aquí, en mi casa?
—Y muy bien escondido al parecer
—¿Dónde está? —interrogó Emma, emocionada.
—Te encantan los regalos, ¿verdad? —sonrió James.
—Mucho. ¿Dónde lo has escondido?
—Búscalo.
Pero Emma no tenía intención de recorrer toda la casa buscando un regalo que no había sido
capaz de encontrar tras varios días encerrada en casa, así que optó por sonsacarle a James la
información. Se acercó a él poniendo morritos y se le sentó en el regazo.
James la acogió con buen
gusto, rodeándola con sus brazos.
—Dime dónde está… —pidió Emma con voz melosa acariciándole la mejilla con la punta de la
nariz—. Porfaaaa… —Al ver que él se resis a, le plantó un besito justo debajo de la oreja y después
otro en el cuello—. Dimelooooo.
—Por mí te puedes pasar así todo el día, la verdad.
—Dime dónde está el regalo y me pasaré así todo el día.
James valoró aquella oferta durante varios segundos y después se puso en pie con ella en
brazos, como si fueran unos recién casados. Salió de la cocina con cuidado de que Emma no se
golpeara contra el marco y fue hasta el dormitorio que quedaba libre en la casa y que u lizaban
como trastero puesto que nadie dormía allí. Bajó a Emma hasta el suelo y esta se apresuró a abrir
la puerta. Lo primero que hizo fue echar una ojeada a la caó ca habitación, pero al no ver ninguna
bolsa rara ni ningún trozo de llama vo papel de regalo se acercó al armario y lo abrió. Allí tampoco
había nada interesante. Miró a James, que sonreía con un hombro apoyado en el marco de la
puerta.
—Pensemos —dijo Emma, obligando a su cerebro a apartarse de los lujuriosos pensamientos
que habían asaltado repen namente su mente—. No lo dejarías a la vista, obviamente, pero creo
que te tampoco te mareaste mucho escondiéndolo. Eso quiere decir que si no está en el armario,
estará… debajo de la cama.
Se arrodilló junto al lecho y se asomó debajo.
—¡Bingo!
Emma sacó de debajo de la cama una caja rectangular y bastante pesada.
James intentó
convencerla de que fueran a abrirlo al salón o la cocina, pero ella estaba demasiado impaciente y
rasgó el papel de regalo allí mismo.
—¡Hala!
Era una cafetera de cápsulas acompañada de una caja llena de cafés especiales: de origen
brasileño, colombiano, indio, etíope y árabe.
—He pensado que como eres adicta al café te gustaría tener una cafetera, y como además eres
cosmopolita, disfrutarías probando otros pos de café además de los que hacen en las cafeterías
de Estados Unidos.
—¡Me encanta, James! Muchísimas gracias.
Llevaron la cafetera a la cocina y tras seguir las instrucciones para limpiarla y ponerla a punto, se
prepararon el primer café. El ruido que hacía el aparato era tan exagerado que despertó a Anna.
—Prefiero el soborno de ayer a la taladradora de… —entró protestando, pero se calló al ver que
James estaba allí y que había un nuevo electrodomés co en casa que no era precisamente una
taladradora, como había sospechado por el ruido.
—Siento que te haya despertado la cafetera, Anna —dijo James—. En la enda os prometo que
hacía mucho menos ruido.
—Y seguro que en la enda también salía café —comentó Emma, concentrada en las tristes
gotitas que salían de la máquina—. Yo diría que este ritmo no es normal.
Los tres se quedaron mirando la cafetera mientras esta temblaba y crujía, escupiendo café gota a
gota. El timbre sonó entonces y Anna fue a abrir.
—¿Qué hacéis? —interrogó poco después una voz masculina.
—Hola, Raúl —saludó Emma—. Estamos intentando descubrir qué le pasa a esta máquina.
—Yo digo que tiene Parkinson —fue la apuesta de Anna.
—Y yo que la chica que me la vendió me echó una maldición gitana por no cogerle el número de
teléfono.
Raúl, sin decir nada, se acercó a la cafetera, cogió el depósito de agua, lo sacó de su si o y lo
volvió a encajar. La máquina dejó de hacer ruido y la taza comenzó a llenarse de café casi al
instante.
Emma, James y Anna se miraron con cara de tontos hasta que la actriz exclamó, provocando la
risa de todos:
—¡Magia!
Disfrutaron de unas deliciosas tazas de café y después Raúl entró en el laboratorio para trabajar.
Emma iba a seguirle para trabajar un rato mientras James se duchaba y atendía varios asuntos vía
email y teléfono cuando su hermana la interceptó y en voz baja preguntó:
—¿Habéis solucionado lo vuestro?
—Pues… —dudó ella— estamos otra vez bien que es lo que importa.
—¿Y eso qué quiere decir?
Emma suspiró y cogió a su hermana del brazo para meterla en su habitación. Vale que hablaban
bajo y que por lo que se oía James ya estaba en la ducha, pero más valía prevenir.
—No hemos hablado de por qué se fue ni de sus celos por Raúl. Me besó, me dijo que sen a no
haber dado señales de vida y ya está.
—Vamos, que no habéis solucionado vuestros problemas, solo los habéis dejado pasar.
—No voy a hacer terapia de pareja, Anna. Me gusta lo que James y yo tenemos, y aunque deseo
más, eso no te lo voy a negar, prefiero tener este poco, esta cosa extraña que nos traemos entre él
y yo, a asustarlo y no tener nada.
—Tienes miedo de asustarle.
—Claro que sí, ¿cómo no voy a tenerlo? Le digo que está celoso y desaparece dos días, ¿cómo
crees que reaccionaría si intento que examinemos, parte por parte, por qué está celoso? Huiría.
Anna sabía que su hermana tenía razón; aun así, preguntó:
—¿Pero tú qué quieres de él, Emma? ¿Qué buscas en James?
—¿Yo? Yo lo quiero todo de él, Anna, quiero su cuerpo y su corazón.
Quiero estar en cada uno
de sus pensamientos, quiero que me ame, que sueñe conmigo, que me eche de menos cuando no
estoy con él. Pero me conformo con lo que él quiera darme, porque como te he dicho antes,
prefiero tener solo una parte de él a no tener nada.
Aquella noche, James le dijo a Emma que en dos días se marcharía a Nueva York para estar con
su familia unos días y le propuso que se fuera con él. Esta aceptó de inmediato y James interrogó:
—¿Raúl y tus otros compañeros no se molestarán porque te cojas tantas vacaciones?
—Qué va, no te preocupes.
Pero James sen a curiosidad por aquel tema y al día siguiente, cuando Raúl se marchaba ya a
comer, lo siguió fuera de la casa poniéndole una excusa tonta para desaparecer tras él.
—¡Eh, Raúl, espera! —lo llamó tras bajar corriendo todas las escaleras y pillarlo casi llegando a
la puerta del edificio.
—James, ¿qué pasa? —preguntó preocupado.
—Nada, tranquilo, solo quería hacerte una pregunta.
—Pues dispara.
—¿Emma te ha dicho que nos vamos a Nueva York mañana?
—Sí.
—¿Y no hay problema con eso?
—¿Qué problema va a haber? —pareció confundido Raúl.
—Allí no puede trabajar en lo vuestro. No me gustaría que Emma tuviera problemas con
vosotros por mi culpa.
Aquella era una buena excusa, pero lo cierto era que James quería saber por qué Raúl era tan
permisivo con Emma. Se había mantenido al margen desde que Emma y él hicieran las paces, pero
seguía estudiando todos y cada uno de los movimientos de Raúl cada vez que estaba cerca de la
joven. No podía evitarlo. Y aquel pequeño detalle de que le diera igual que se marchara en plena
semana de trabajo era demasiado peculiar como para no significar nada.
La respuesta de Raúl lo desconcertó:
—Emma es libre de decidir cuándo trabaja en los cosmé cos y cuándo no.
De hecho, cada hora
que le dedica a las mezclas y los experimentos es un regalo que nos hace.
—No lo entiendo —confesó James.
—A ver… —intentó buscar las palabras el cubano—. Este negocio de cosmé cos lo hemos
montado por muy diversos mo vos. Cada uno de nosotros ene una razón dis nta. Yo empecé en
él porque odiaba mi trabajo en la fábrica de explosivos y con nué cuando me despidieron porque
ahora mismo es di cil encontrar un trabajo decente. Meredith se me ó porque los cosmé cos son
su mundo y Oliver porque Meredith es el suyo. Ethan trabaja porque ene fe absoluta en el
proyecto y cree que podremos ganar un montón de pasta con esto. Y Emma,
¿por qué se me ó en
esto?
—¿Por qué?
—Creo que simplemente por apoyarnos a nosotros. Lo que hacemos la mayor parte del empo
ni tan siquiera se puede considerar química, solo un pequeño porcentaje es interesante. El resto
hasta un mono podría hacerlo. ¿Y qué hace Emma me da en esto si fue la mejor de su promoción,
si ene un trabajo que le da más dinero del que yo espero llegar a ver en los próximos años?
Cuando le propusimos que formara parte del negocio fue pensando en que podría hacernos
publicidad en el mundillo del cine y que quizá aportaría algo de dinero.
Jamás pensamos que
dedicaría horas de trabajo al proyecto. —Se detuvo un momento y después con nuó—: Emma es
nuestra socia capitalista, así que sí, puede irse cuando le dé la gana a donde le dé la gana. Puede