Luces, cámaras, ¡corazón!

Shirin Klaus · Capítulo 25 de 50

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Luces, cámaras, ¡corazón!

Capítulo 25

llegado a dudar de a qué se debía el enfado de Emma.

—Pensaba que éramos amigos y me has vendido de esta forma.

—¿Vendido?

—Le has ido con el cuento a Sean, a Jack, ¡a todos! ¿Queda alguien más por saber mis

problemas? ¿Eh? Probablemente solo quede mi madre por enterarse de que he estado vomitando

para poder entrar en la ropa de Sue —la joven, que había llegado a la altura de James, le pegó un

empujón cargado de rabia—. Te odio.

Emma se dio la vuelta con furia y caminó pisando fuerte hasta la salida de la sala. En la puerta

se encontró con Jack y con Sean, pero ni se dignó a mirarles. Los tres hombres se quedaron allí,

mirándose los unos a otros, hasta que oyeron que la puerta de entrada del gimnasio se cerraba.

—Tranquilo —le dijo Jack a James—. Entrará en razón y se dará cuenta de que necesita ayuda.

25

—¿Hoy tampoco vas a entrenar? —le preguntó su hermana Anna al verla tumbada en el sofá con

el pijama puesto a las diez de la mañana por segundo día consecu vo. La tele estaba encendida en

un horrible programa de la televisión pública.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no. ¿Y tú no vas a la universidad?

—Hoy tengo prác cas por la tarde —replicó la joven, levantando los pies de su hermana para

poder sentarse en el extremo izquierdo del sofá.

Emma no replicó nada y siguió mirando la televisión.

—Le has dicho a Sarah que he suspendido una asignatura —dijo de sopetón Anna, sin andarse

por las ramas.

Emma giró la cabeza hacia ella, sorprendida ante aquello. Estudió la expresión de su hermana en

un intento de saber si estaba cabreada con ella o no. Ni su tono ni su expresión daban muestra de

ello. De hecho, parecía bastante calmada.

—Le dije que tenía mis sospechas.

Anna no contestó. Guardó silencio durante varios segundos, tantos que Emma llegó a pensar

que no diría nada, aunque al final propuso:

—Te contaré mi secreto si tú me cuentas el tuyo.

—¿Mi secreto?

—Sí, por qué llevas dos días en casa cuando deberías estar haciendo lo que sea que haces para

la película.

Nada dispuesta a hablar de sus problemas con su hermana, Emma se sentó en el sofá, quitando

las piernas de su regazo, y la atacó:

—¿Acaso tú sabes guardar secretos?

Sus palabras no parecieron alterar a Anna, que dijo simplemente:

—Tengo problemas para saber lo que se supone que es secreto y lo que no.

Lo que dije de en

Internet hace ya un millón de años lo dije porque no sabía que no podía contarlo. Si me cuentas un

secreto y quieres que lo guarde, solo tienes que dejarme claro que no se lo puedo contar a nadie.

Emma la miró durante varios segundos sin saber exactamente qué decir. Lo cierto es que quería

contarle a alguien sus problemas, ¿pero podía compartirlos con su hermana?

Tomó una decisión:

—Vale, cuéntame tu secreto y si veo que es siquiera equiparable al mío, te contaré qué me pasa.

Su hermana asin ó, conforme, pero no habló enseguida. Se tomó su empo para elegir las

palabras adecuadas y conseguir que estas salieran por su boca.

—He suspendido una asignatura porque me coincidía en el horario con el único momento en

que podía ver a una amiga.

—¿Qué mierda de secreto es ese?

Pero su hermana no había dicho lo que de verdad le quemaba en el pecho.

Todavía.

—Soy lesbiana, Emma.

—¿Qué?

—Me gustan las mujeres.

—¿Qué?

—¿No me has entendido o simplemente estás procesándolo? —preguntó Anna, cansada de sus

porqués.

—Procesándolo.

—Vale, pues te dejo un minuto para que lo asimiles.

Pero Emma no usó ese minuto. Tenía mil preguntas bullendo en su mente.

—¿Cómo? ¿Desde cuándo?

—¿Cómo? No sé. ¿Desde cuándo? Desde siempre, supongo.

—Pero has salido con chicos.

—Sí, los justos para tener tranquilos a papá y mamá. Pero me gustan las chicas.

—¿Estás… estás saliendo con alguien? ¿Con esa chica que me has dicho antes?

—No. No funcionó y ahora mismo no estoy con nadie.

—¿Quién más lo sabe?

—Algunos amigos.

—¿Sarah?

—¿Sarah? ¡No, qué va! A ella no le di ninguna explicación de por qué suspendí la asignatura.

Eres la primera de la familia en saberlo.

Emma se sintió halagada con aquello, aunque pensó sus siguientes palabras con cuidado.

—¿Y por qué me lo has contado a mí ahora?

—Pensé que había llegado el momento. Necesitaba soltarlo. Salir del armario, como suelen

decir.

—¿Y qué se siente?

—¿Al ser lesbiana?

—No, mujer, al salir del armario.

—Pues… alivio. Y miedo.

—¿Miedo?

—De cómo vayas a responder. De cómo me vayas a mirar a partir de ahora.

—¿Cómo voy a mirarte? Con los ojos.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero. No sabes la de gente que mira mal a los

homosexuales. No tienes ni idea.

—Eres mi hermana, Anna —dijo Emma, acercándose a ella para cogerle las manos—. Y eso no

cambia porque te gusten los hombres o te gusten las mujeres. De hecho, de todo lo que me has

dicho, lo único que me haría mirarte dis nto es lo que me has dicho de que cuando no has

guardado un secreto mío ha sido simplemente porque no sabías que era un secreto.

—Me odiabas por eso, ¿eh?

—No te odiaba, solo no confiaba en ti.

—¡Solo!

—Sí, solo — se rió Emma y abrazó fuertemente a Anna, que le devolvió el abrazo con igual

energía.

—Ahora te toca a . ¿Cuál es tu secreto? Creo que el mío era lo suficientemente gordo como

para que me cuentes la verdad.

Emma miró a su hermana menor, esa que le había parecido bastante descerebrada pero que

ahora se presentaba ante ella como una mujer madura, consciente de sus defectos y, sobre todo,

de sus deseos. Había sido sincera con ella y le había confesado algo que mucha gente nunca llegaba

a decir en voz alta. Tenía que pagarle con la misma moneda, por muy di cil que le resultara

pronunciar aquellas palabras en voz alta.

—Llevo… llevo varios años vomitando gran parte de la comida que tomo.

—¡Emma! —se asustó su hermana, que como psicóloga sabía perfectamente lo que era la

bulimia.

—No lo hago porque me vea gorda ni nada por el es lo —se apresuró a aclarar la joven—, lo

hago… lo hacía, para tener el mismo cuerpo que Sue. Necesitaba meterme en su ropa y la única

manera de conseguirlo era así.

—Pero ahora ya no haces de Sue.

—El vestuario de la película está todo pensado para ella y cuando vi que no entraba en su

ropa… ¡uf! Casi me da un infarto. Y volví a mis viejas costumbres. Pero James se enteró y se lo

contó al director de la película, que me llevó una psicóloga y un nutricionista al gimnasio. Quieren

que vaya a no sé qué charlas y que siga no sé qué tratamiento.

—Están preocupados por ti, Emma. Yo también lo estoy.

—No enen por qué. James mi dijo una cosa y me di cuenta de que tenía razón. Si salgo en la

película como una Emily delgada, miles de chicas me verán así, con un cuerpo que solo se puede

conseguir vomitando. Y yo no quiero eso, así que no volveré a hacerlo.

—Estupendo, pues dile eso a ellos.

—Ya lo he hecho y no me creen. Siguen insis endo en que necesito ayuda y Sean me dijo que o

asis a a las charlas e iba a ver al nutricionista y a la psicóloga o dejaban de contar conmigo para la

película.

—¿Pueden hacer eso?

—Supongo. Y si no pueden, simplemente tendrían que indemnizarme por romper el contrato y

listo.

—¿Y por qué no les haces caso? Ve a esas charlas, deja que te vean la psicóloga y el

nutricionista.

—¡No estoy enferma, Anna! Y no necesito que me estudien unos medicuchos.

—Emma, negándote a aceptar su ayuda estás demostrando que necesitas ayuda.

—¿Qué tontería es esa?

—En el proceso de curación de cualquier cosa el primer paso siempre es aceptar que se padece

la enfermedad, el síndrome o, llamémoslo simplemente el «problema».

Aunque no estés enferma y

consideres que puedes dejar de hacer lo que llevas haciendo años, debes aceptar que enes un

problema.

—No tengo un problema.

—¿No has estado vomitando de manera voluntaria durante años?

—Sí.

—¿Y eso no es un problema?

—Sí, pero en mi caso no lo es sino que lo era. Puedo controlarlo, ¿y sabes por qué? Porque yo no

lo hacía porque me viera gorda sino porque tenía un obje vo que cumplir.

Ahora ese obje vo ya

no existe, así que no voy a volver a hacer. Nunca. Lo prometo.

—El problema está en que la gente en tu situación miente. Miente mucho.

Intenta esconder lo

que les ocurre y acaban mintiéndose a sí mismas.

—No me estoy min endo a mí misma, Anna. Me conoces, y si digo que no lo voy a hacer más, es

que no lo voy a hacer más.

—Y yo te creo, porque sé lo testaruda que eres y sé que siempre consigues lo que te propones.

Pero enes que entender que a los ojos del mundo debes probar que quieres cambiar tu situación.

Debes probar que estás bien. Y cabrearte porque tus jefes se hayan enterado y quieran ayudarte a

salir de la situación en la que estás no es la mejor manera.

—¿Entonces qué propones? ¿Qué vaya a charlas de grupo a contar mis penas y que un

nutricionista me pese todos los días a ver si voy bien?

—¡Pues sí! Si eso es lo que tienes que hacer para convencerles de que estás bien, hazlo y ya está.

Están preocupados por ti. Tranquilízalos.

Anna se levantó sin previo aviso y desapareció por la puerta que llevaba a las habitaciones.

Volvió poco después con el móvil de Emma en la mano, que estaba iniciándose.

—Tienes el móvil apagado y con batería, así que supongo que lo habrás apagado porque alguien

te habrá estado dando el follón, ¿me equivoco?

—¿Alguien? Varios alguien, más bien. James, Sean y varios números desconocidos más.

—Bien, pues vas a llamarles y les vas a decir que vale, que aceptas hacer lo que ellos dicen. Y

para quedarte tranquila te doy permiso a que les digas que no necesitas ayuda pero que lo harás

para que se queden tranquilos.

Emma miró a su hermana, que le tendía el móvil, pero no se lo cogió.

—¡Cógelo! —ordenó su hermana con energía.

—Soy mayor que tú. No me puedes dar órdenes.

—Soy tu psicóloga y como tal puedo darte órdenes. Así que cógelo, llama a Sean y dile lo que

quiere oír. ¡Ya!

—¿Así que tu consejo como psicóloga es que le dé a los demás lo que quieren en lugar de

conseguir lo que quiero yo?

—Tú quieres que ellos te crean cuando les dices que estás bien. ¡Pues demuéstraselo!

Demuéstrales que estas bien haciendo lo que ellos quieren.

Emma es ró el brazo para cogerle el móvil a su hermana de la mano, pero apenas si lo había

rozado cuando este se iluminó y comenzó a sonar.

—¿Desde cuándo te sabes mi PIN? —dijo Emma, cogiendo el celular.

—¡Uf! Desde hace un montón. Pero tranquila, que eso sabía que era un secreto y no se lo he

contado a nadie.

Emma negó con la cabeza y le hizo una mueca. Después se concentró en la pantalla del móvil,

donde aparecía un número desconocido. Se decidió a descolgar:

—¿Sí, dígame?

—¿Emma? —la voz, que reconoció al instante como la de Jack, parecía sorprendida.

—Sí, Jack. Hola, ¿qué tal?

—Bien, bien —él seguía sonando completamente descolocado. Ya había llamado varias veces a

Emma y aquella úl ma vez lo había hecho sin la esperanza de recibir respuesta. ¡Y la chica iba y le

contestaba tan pancha!— ¿Y tú qué tal?

—Muy bien. Justo me has pillado que iba a llamar a Sean.

—¿Ah sí? ¿Para qué? —No se hubiera atrevido a ser tan curioso si no hubiera sido porque

sospechaba que la llamada estaba relacionada con el tema que le había hecho llamarla.

—Para decirle que acepto las condiciones que me ha puesto para seguir en la película.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Estupendo! Eso es… ¡genial! Entonces no te entretengo más. Llama a Sean cuanto antes, que

estaba preocupado.

—De acuerdo.

—Oye, Emma, no cuelgues. Una cosa más.

—Dime.

—James no fue quien se lo contó a Sean y a los demás —Jack se detuvo un momento y al ver que

Emma no decía nada, con nuó—: Fui yo. Él me lo contó a mí porque fui yo quien detectó lo que te