Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 6
rápidamente. No obstante, en el aseo de señoras ya no había nadie.
6
Aquella noche, en su hotel, James usó su ordenador portá l para buscar las fotos que la prensa
y los fans habían tomado la noche del restaurante vegetariano. Tardó un poco en localizarlas, pues
eran recientes y aún no estaban bien indexadas en los buscadores. Se descargó un par a su
ordenador para poder verlas en alta calidad y ampliarlas. ¿En serio aquella no era Sue? Analizó con
detalle una instantánea de cuando ella había salido del set de grabación, comparándola con fotos
de estudio que le habían hecho a la joven. Eran idén cas. Hasta tenían el mismo lunar encima del
labio. Aunque bueno, quizá aquella no era Emma sino Sue. Sabía que la doble había estado en el
restaurante, pero no podía estar cien por cien seguro de que también fuera la que había salido de
los estudios. Buscó las fotos de la llegada y la salida del restaurante e indagó hasta tener un plano
decente de Emma. ¡Igualitas! ¡Eran igualitas! Lo había visto con sus propios ojos en la discoteca,
pero verlo ahora con más tranquilidad era todavía más inquietante.
¿Serían gemelas? Nunca había visto a dos personas tan parecidas que no fueran hermanas.
Surfeó la red, buscando imágenes de Sue Johnson, y se preguntó quién sería Sue y quién sería
Emma. También buscó el nombre de la actriz acompañado por el de su doble, pero no apareció
nada interesante. Y tras buscar «la doble de Sue Johnson», la web tampoco le ofreció nada de
interés, pues solo salían las dobles de rodaje que usaban para escenas peligrosas y que, por
supuesto, no se parecían a Sue tanto como lo hacía Emma.
Se acordó de la conversación que habían mantenido en el restaurante y se sin ó algo
avergonzado. ¡Y él que pensaba que se había desahogado con la odiosa actriz y resultaba que
había sido con la doble! Menudo marrón para la pobre chica.
Durante los días siguientes pensó bastante en Sue y Emma, dándole vueltas al tema de los
dobles en su cabeza, pero pasaron los días y las semanas y no volvió a coincidir con la chica, y si lo
hizo, no se dio cuenta. La verdad es que desde el descubrimiento cada vez que veía a Sue fuera de
las cámaras se preguntaba si sería realmente ella o sería Emma. Nunca se lo preguntó a la joven
actriz, a la que ignoró en la medida de lo posible.
Terminó el rodaje y voló a Nueva York para pasar unas semanas con su familia y descansar de las
intensivas jornadas de rodaje. Casi un mes después volvió a volar a California, donde Sean había
convocado a los principales personajes de la película para grabar unas tomas que les faltaban,
hacer un par de sesiones de fotos y hacer varias entrevistas en una convención.
Durante las úl mas semanas no había dedicado ni un solo pensamiento a Sue ni a Emma, pero
cuando volvió a ver a la actriz, no pudo evitar que el tema volviera a su cabeza. ¿Sería Emma
aquella joven, haciéndose pasar por Sue? En cuanto vio sus ojos rojos, sus ojeras y su mal aspecto,
que no solo se debía a la falta de sueño, supo que aquella era la divina Miss dibujos animados,
como solía llamarla John por haberse ganado la fama con películas y series para niños. La mañana
de grabación resultó horrible y poco produc va, pues Sue no estaba preparada. No se había
estudiado los diálogos y los efectos de todo lo que se había tomado la noche anterior todavía no
se le habían pasado. Le temblaban las manos y no podía dejar de parpadear con rapidez, mirando
a un lado y a otro sin cesar. ¡Horrible! Y lo peor de todo fue cuando saltando desde
aproximadamente medio metro (era una altura tan ridícula que nadie pensó en usar a su doble) la
joven cayó mal y se estrelló contra el suelo, haciéndose daño en la muñeca.
No la tenía rota, pero
aun así comenzó a llorar en el suelo como una niña, negándose a levantarse, y al final decidieron
llevarla en coche al hospital para que se la miraran. En cuanto ella y sus acompañantes
desaparecieron, Sean comenzó a despotricar contra su mala suerte por tener que trabajar con
alguien como ella y dijo que se rendía y que trabajaría con las imágenes que ya habían grabado.
Tan cabreado estaba que anunció que no firmaría para las siguientes películas con tal de no volver
en su vida a aquella niñata.
James nunca lo había visto tan furioso. Lo cierto es que tenía que ser muy frustrante tener que
dirigir a alguien que no te respondía como quería. ¡Si para él ya era horrible trabajar con Sue, para
el director tenía que ser una autén ca pesadilla! Pero él no podía negarse a hacer la segunda parte
de la saga (ni la tercera, ni la cuarta). A diferencia de Sean, había firmado ya el contrato que lo
ataba para el resto de partes si estas llegaban a rodarse.
Suspiró sonoramente, sin endo cómo el agua caliente de la ducha se deslizaba desde su cabeza
hasta los pies. Estaba de vuelta en el hotel, dándose una ducha y preparándose para una
entrevista que su agente Kim le había conseguido con unos directores de cas ng de una película
que prome a estar bien. Cerró el grifo del agua caliente y, abriendo la mampara, buscó la toalla
que pendía de la pared junto a la ducha. Se secó con ella el cuerpo y después se la enrolló en la
cintura, cogiendo otra un poco más pequeña para secarse el pelo.
Abrió la puerta del baño, todavía frotándose el pelo con la toalla, y al salir al pasillo se quedó
paralizado al ver a Sue sentada en uno de los butacones de su habitación.
Ella también pareció
sorprendida, pues se le entreabrió la boca. Iba a preguntar «¿Qué haces aquí, Sue?», pero en su
lugar, de su boca escapó un:
—¿Emma?
—Míster Testosterona.
Siguió su mirada y se miró el torso, perfectamente definido por las horas y horas de
entrenamiento. Sonrió, sabiendo que su ataque al llamarlo así era defensivo.
¿Por qué si no se
habría quedado con la boca abierta? ¿Por verlo salir del baño? ¡Obviamente lo estaba esperando!
Pero, desde luego, no medio desnudo. Dejó de secarse el pelo, pero no hizo ningún intento de
cubrirse ni se dio prisa en ir a buscar su ropa. Avanzó, descalzo y derrochando encanto masculino,
hasta acercarse a la cama, para lo cual tuvo que pasar junto a ella, que retiró un poco los pies.
—¿Cómo has entrado? —interrogó.
—Soy Sue Johnson, ¿recuerdas? Puedo entrar donde quiera.
—Ya les diré yo algo a los de seguridad.
—No, por favor —pidió ella, dejando a un lado su tono de broma—. Solo me han hecho un
favor. Tenía que verte.
—¿Y eso?
—Necesito que me ayudes.
James, todavía vestido solo con la toalla, se giró hacia ella, curioso.
—Yo te pedí que te quedaras para hablar conmigo y te largaste, ¿por qué tendría que hacerte
ningún favor?
Se miraron a los ojos. Ella abrió la boca para decir algo, pero después se lo pensó mejor y en
lugar de las palabras que tenía pensadas, dijo:
—Por favor.
Ante aquello, James no pudo negarse. Asin ó con la cabeza y después, cogiendo su ropa del
armario, se dirigió al baño.
—Déjame vestirme y hablamos.
Se me ó en el cuarto de baño y rápidamente se puso los pantalones vaqueros y la camiseta roja
que había elegido. Se pasó las manos por el pelo para ponérselo en su si o y salió de nuevo a su
habitación. Emma ya no estaba sentada en el butacón, sino que se había levantado y se había
acercado a la ventana, mirando a través del cristal con los brazos cruzados sobre el pecho, lo cual
le indicó que no estaba a gusto, que estaba en tensión.
—Ya estoy —anunció, y ella se giró hacia él.
Pese a que tenía mucho mejor aspecto que la Sue que había visto esa misma mañana, parecía
terriblemente cansada. La invitó a sentarse en uno de los sofás que había en la habitación de hotel
y él se sentó en el otro extremo, vuelto hacia ella.
—Se supone que no debo decirle a nadie quién soy realmente —comenzó ella—, pero en tu caso
fue Sue quien te dijo que yo era su doble, así que creo que no estoy haciendo nada malo.
Él la miró sin decir nada, esperando a que con nuara. Emma no lo miraba a los ojos; estaba
claramente nerviosa. Se humedeció los labios, con los brazos todavía cruzados sobre su pecho, y en
un acto de valentía, alzó la mirada y ancló sus ojos azules en los marrones de él.
—Sue no está bien. Está… está teniendo muchos problemas úl mamente y me han llamado hace
un rato para decirme que tengo que hacerme pasar por ella en unos actos que tenéis dentro de
unos días. Una conferencia o algo así.
—Sí.
—La chica que me ha llamado me ha dicho que no me preocupara, que me mandaría
información para que pudiera contestar a las preguntas que me iban a hacer.
¿Y sabes lo que me
ha mandado? Una lista con vídeos de Youtube y de varias entrevistas que ya ha hecho, ¡como si yo
no revisara todo eso a diario!
—¿Y por qué no cancelan la aparición de Sue? Sería más fácil.
—Eso les he dicho yo, pero… —Lo miró, indecisa de si debía seguir hablando o no. Después, en
un susurro, como si fuera un secreto, dijo—: Sue está tocando fondo. Si los medios lo supieran… se
la comerían viva. Úl mamente he estado haciendo muchísimo de ella, es una autén ca locura. Los
periodistas no pueden llegar a saber, ni tan siquiera sospechar, nada de esto.
James asintió, recordando a Sue esa misma mañana.
—Esta mañana ha dado el espectáculo —compar ó con Emma—. Con casi toda seguridad ha
llegado drogada y al final incluso se ha caído, se ha hecho daño en la muñeca y ha acabado
llorando en el suelo. Ha sido patético.
Emma suspiró y cerró los ojos. Sí, definitivamente parecía muy cansada.
—¿Y cómo quieres que te ayude? —interrogó James.
—Necesito que me cuentes algunas cosas del rodaje. Anécdotas, cosas que solo Sue y tú podéis
saber. He estado revisando otras entrevistas de la misma convención para películas parecidas a
esta y hay miles de cosas que no sé responder, y lo úl mo que quiero es contradecirme con go o
con el director.
—Claro, eso está hecho.
—Genial, toma mira, te he traído un listado de preguntas que me gustaría que me contestaras.
—Se puso en pie y sacó un papel plegado del bolsillo trasero de su pantalón
—. Si me las pudieras
contestar te estaría eternamente agradecida. También te dejo mi correo para que me las puedas
enviar, ¿de acuerdo?
—¿Tu correo? Y por qué no me las preguntas tú directamente y te respondo ya mismo. Tengo
tiempo hasta la entrevista que tengo ahora después —dijo mirando su reloj.
Ella también miró su reloj e hizo una mueca de frustración que no pasó desapercibida a James,
aunque el gesto desapareció pronto de su cara y asintió, agradecida.
—De acuerdo. Sí. Será mejor. ¿Te importa si te grabo? Solo la voz, para después poder repasarlo.
—No, claro que no.
Ella se sentó de nuevo en el sofá frente a él y puso su móvil entre ambos con el modo de
grabación ac vado. Le preguntó sobre los horarios de grabación, sobre el empo que les llevaba
maquillarse y ves rse para actuar, sobre cómo se hacían los tatuajes que sus personajes llevaban
en la película, sobre qué diferencias había entre esta superproducción y otras películas de más bajo
presupuesto en las que había trabajado, sobre cómo trabajaba Sean… Él respondió pacientemente
a todas las preguntas que había anotado en la lista y otras que surgieron en la conversación. A
James le resultaba extraño hablar con ella. Era idén ca a Sue en apariencia, pero en todo lo demás
la actriz y ella no se parecían en nada. Emma sabía escuchar y lo miraba con un brillo de interés y
concentración en la mirada que nunca había visto en Sue. La sonrisa que en varias ocasiones curvó
su boca era bonita y encantadora, nada que ver con las sonrisas superficiales que Sue dedicaba a
todo el mundo. Y aunque había acabado odiando a Sue Johnson tras haber trabajado con ella
durante aquellas semanas y solo con su imagen o su mención se ponía en tensión, aquella
sensación se diluyó durante aquella media hora de preguntas y respuestas.
—Muchísimas gracias, James —agradeció ella con autén ca sinceridad. Se puso en pie, mirando
su reloj—. Tengo que irme o llegaré tarde.
—¿Quieres que te acerque a algún si o? Tengo que salir yo también porque he quedado con mi
representante.
—Oh, no, no hace falta. Cogeré el autobús.
—Insisto, déjame llevarte.
Emma pareció dudarlo durante unos segundos y después sonrió.
—Necesito ir a la UCLA, ¿te pilla de paso?
—¿Qué es la UCLA?
—La universidad.
—¿La universidad?
—Sí, tengo un examen en…—consultó su reloj— una hora.
—¿Vas a la universidad?
—Tu sorpresa resulta insultante.
—Bueno, con la apariencia de Sue, que digas que enes un examen en la Universidad de Los
Ángeles, ¡pues sí, sorprende!
—¡Oh, cierto! Tengo que quitarme todo esto. Ya no necesito ser Sue para entrar en el dormitorio
de una estrella.
La naturalidad y sonoridad de su risa hizo que una sonrisa apareciera en el rostro de James. La
joven se acercó hasta el espejo que había frente a la cama y, cogiéndose del pelo, tiró hasta que…
—¡Joder! —exclamó James, sobresaltado, al ver una mata de pelo castaño en la mano de Emma.
—¿Qué pasa?
—¡Es una peluca!
—Claro. ¿Nunca has visto a nadie quitarse una peluca?
—Sí, pero esta vez no me lo esperaba. ¡Joder! Por un momento esto ha parecido una película de
terror, contigo arrancándote el pelo.
Emma se rió a la vez que se quitaba la redecilla que tenía sobre el pelo y una a una iba re rando
todas las horquillas que le sujetaban lo mechones. Su cabello, negro como la noche y tan largo que
le llegaba a casi media espalda dibujando suaves ondas, le enmarcó el rostro, resaltando sus ojos
azules.
James la miraba con la boca abierta.
—¿Por qué me miras así?
—¿Dónde tenías me da toda esa mata de pelo? —interrogó. Lo vasto de sus palabras no hizo
jus cia a sus pensamientos, pues justo en aquel momento, además de estar sorprendido porque
ella pudiera camuflar tanto pelo bajo la peluca, pensaba que aquel cabello le quedaba mil veces
mejor a Sue Johnson que el pelo castaño.
—Trucos de belleza que se aprenden con el tiempo, Míster Testosterona.
—Bien, pues a partir de ahora te llamaré Miss Potato.
—¿Miss Potato? ¿Por qué?
—¡Te desmontas!
Aquello hizo que Emma se riera con fuerza. Guardó la peluca y la redecilla en una bolsa que
llevaba en el bolso, y con una de las horquillas, se cogió el flequillo.
—¿Al final me llevas? —interrogó.
—Claro, vamos. Siempre es un placer pasear por Los Ángeles con una chica bonita al lado.
Bajaron hasta el parking del hotel y se montaron en el coche de él, un Mustang plateado.
—¡Qué bonito! —exclamó ella.
—Lo alquilo cada vez que vengo a Los Ángeles.
—Cierto, eres de Nueva York. Se me había olvidado.
—¿Me has estudiado? —interrogó él, sentado ya al volante del coche, dedicándole una mirada
provocativa.
—Por supuesto que sí. Me gusta saber detalles de la vida de la gente que trabaja con Sue, solo
por si acaso.
—Ere muy concienzuda, ¿no?
—¿A qué te refieres?
—Según lo que he entendido antes, te tragas todas las entrevistas que salen de Sue para
mantenerte al día de lo que hace y dice. También estudias a sus conocidos.
Has venido hoy al hotel
para «documentarte» para la conferencia aunque los propios agentes de Sue te han dicho que con
ver lo que hasta ahora ha dicho ella te valía… Eres meticulosa y concienzuda.
—Me gusta el trabajo bien hecho. Pero sobre todo, me gusta ahorrarme el bochorno. La gente
de Sue me ha dicho que con ver las entrevistas me basta porque no van a ser ellos los que se
pongan delante de una sala llena de periodistas. Ellos no van a tener que sentarse y hablar sobre
algo que no conocen. Ellos no van a pasar la vergüenza.
—Bueno, tú ten en cuenta que Sue tampoco ha puesto el listón de las entrevistas muy alto.
Cualquier cosa que hagas, por muy mal que salga, no llamará la atención de los periodistas.
—Es bueno saberlo —dijo Emma, aunque no parecía muy convencida.
Después, tras unos largos
segundos sin decir nada en los que James condujo a través de las calles de Los Ángeles, confesó—:
Lo que pasa es que me pagan por ser mejor que Sue, ¿sabes? He de ser Sue pero mejor que ella. He
de ser la Sue de hace unos años. La que quería a sus fans, la que amaba su trabajo, la que todavía
tenía un cerebro dentro de la cabeza.
—¿Tu contrato te permite decir eso en voz alta? —interrogó de pronto James. Ella se giró para
mirarlo, muy seria, y después, al ver los esfuerzos que él estaba haciendo para no reírse, se unió a
sus risas.
—No, probablemente no. Pero si dices en público cualquier cosa de la que hemos hablado, haré
rodar por Internet una foto que te he sacado en la ducha.
—¿Se supone que eso es una amenaza? —interrogó James diver do, sabiendo perfectamente
que era un farol—. ¿Publicar una foto mía desnudo? ¿Tú sabes todos los seguidores que ganaría?
—Estabas agachado, cogiendo una pas lla de jabón del suelo. Créeme que con esa foto solo
perderías seguidores.
James la miró durante un par de segundos, todo lo que le permi ó el tráfico.
No pudo disimular
su cara de sorpresa. ¡Qué cara tenía aquella chica! Y tenía que admitir que la sonrisita pícara que lo
recibió cuando la miró le encantó. No podía negar que Emma le caía bien, y eso que apenas si la
conocía.
—Prometo no decir nada.
—Gracias.
Un par de calles más allá, James sintió curiosidad:
—¿Y qué estudias? ¡No, espera! Déjame adivinarlo. Literatura contemporánea.
—Frío.
—Filosofía.
—Frío.
—Arte.
—No.
—¿Alguna filología?
—Como sigas así vas a llegar al Polo Norte.
—¿Historia?
—¡Nada de letras!
—¿Derecho?
Emma no pudo evitar lanzarle una mirada que ponía en duda su inteligencia.
—Derecho también está dentro de la rama de humanidades y te he dicho que nada de letras.
Aunque ¿qué se puede esperar de alguien que ha estudiado filosofía?
—¿También sabes eso de mí?
—Wikipedia dice muchas cosas interesantes. ¿Entonces es cierto que te licenciaste en filosofía?
—Sí.
—¿Y para qué sirve la filosofía exactamente?
—Vale, si dices eso es que definitivamente no eres de letras. Ni de mucho pensar.
—Disculpa, pasaste de filósofo a actor. Diría que si alguno de los dos es más listo que el otro,
definitivamente soy yo.
—¿Me lo dice alguien que se dedica a ser la doble de una niñata? —dijo con falsa superioridad.
Aquella conversación le estaba resultando de lo más diver da. Cuando se peleaba con Sue
quería arrancarle los pelos. Cuando discu a con Emma quería seguir chinchándola para hacerle
rabiar. Se sorprendió de la camaradería que había entre ambos, de la sensación de confianza.
—Te lo dice alguien que le saca perras a la niñata.
—¡Ah! Ahí me has pillado —sonrió—. Definitivamente eres la más lista de ese lado del coche.
En lugar de responder, Emma se rió de buena gana ante la ocurrencia. Y
finalmente, dijo:
—Estudio química.
—¡Química!
—Una vez más, tu sorpresa resulta un poco insultante.
—No, mi sorpresa debería resultarte admira va. Me has dejado impresionado. ¿Y en qué año
estás?
—Último. Estos son mis últimos exámenes antes de graduarme.
—¡Eso es genial! Una lás ma que justo te haya tocado todo el problema de Sue con tus
exámenes finales.