Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 16 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 8

 

Lothar explica a su sobrino que lo mejor sería que renuncie al apellido Dunkeltal, que podría perjudicarlo. Le propone adoptar el de Schmalker, que le permitiría arraigarse más firmemente en el seno de la familia materna que acaba de acogerlo. También le sugiere que elija otro nombre, Felix, por ejemplo, una palabra bonita que asocia la idea de fecundidad a la de felicidad. Ha tenido su lote de adversidades, es hora de comenzar una vida nueva, con un nombre nuevo que significa «feliz».

Ese nombre, sin embargo, nada tiene de nuevo ni de alegre, era el segundo que le dieron a Georg; el chico conoce a la perfección la biografía de sus jóvenes tíos. Importa poco que el nombre no haya figurado más que en los documentos administrativos y que probablemente nadie lo haya pronunciado nunca, lo cierto es que ya fue atribuido a un miembro de la familia Schmalker; está, pues, cargado de sombras. Franz-Georg se lo dice a Lothar, quien al parecer no conoce este detalle, a menos que esté fingiendo. Lothar elude la cuestión y finalmente deja a su sobrino libre de elegir el nombre que le plazca. Franz-Georg percibe esta incitación a alterar por segunda vez su identidad como una agresión y piensa en su padre, que adoptó muchos nombres diferentes y terminó muriendo en la piel de un tal Felipe Gómez Herrera. Decididamente, los adultos son incomprensibles y a veces irritantes a más no poder, Tras una prolongada y triste reflexión, decide optar por un nombre fácil de llevar, el primero de la humanidad: Adam . Lothar lo felicita por su elección.

*

Hannelore, su tía, no manifiesta ningún sentimiento en particular hacia el joven intruso, superviviente del naufragio de la Alemania nazi, donde, gracia a Dios, pereció el matrimonio Dunkeltal. Estudia al sobrino indeseable con una atención discreta e inquisitiva, preocupada por averiguar qué piensa de los acontecimientos en general y hasta qué punto sus padres han influido en él. Pero se abstiene de formularle preguntas o de aludir al lamentable final de Clemens o al miserable de Thea, muerta unas semanas después de la partida de su hijo. Hannelore experimenta una mezcla de compasión y desconfianza hacia este adolescente huérfano de padre y madre, de su país, de su nombre. Duda de que baste con atribuir una identidad nueva a un chico que pronto cumplirá trece años y sumergirlo en un medio radicalmente distinto del que ha conocido hasta el momento para lavar los horrores de la Historia en que ha crecido y liberarlo del doble duelo que lo afecta.

Pero Adam, como un eco mudo de Hannelore, no transparenta sus sentimientos y jamás evoca su pasado reciente. Los dos se mantienen en guardia, con el corazón cargado de preguntas y silencios.

*

Sin embargo, con el correr de los días Adam descubre los entresijos de la familia Schmalker y, por extensión, la cara oculta de ese Reich que celebraba su madre y al que su padre sirvió con aplicada abyección. Es Lothar quien lo pone al tanto de los hechos, poco a poco. Le sorprende comprobar hasta qué punto el niño fue mantenido en la ignorancia de casi todo y de cuánto se ha deleitado este en su falsa ingenuidad, aunque sospecha los motivos. El tiempo de las fábulas ha terminado; Adam ha crecido, lo quiera o no, y ya no puede seguir refugiándose en la cómoda ignorancia de la infancia por miedo de tener que hacer frente a la verdad.

La realidad termina por alcanzarlo y lo atrapa por el cuello en una ciudad extranjera, en el seno de una familia emigrada, hondamente herida por la crueldad demente que asoló su país de origen y en la que colaboraron algunos de sus miembros. Así es como se entera de las razones que llevaron a Lothar y Hannelore a tomar la decisión de huir de esa Alemania que Hitler había tomado de rehén.

*

Thea, un año y medio menor que Lothar, había estado muy unida a su hermano hasta que conoció a Clemens Dunkeltal, estudiante de Medicina en la universidad donde enseñaba su padre. Thea, la romántica, se enamoró perdidamente de ese alumno brillante que había dudado entre la medicina y el canto, para el cual tenía un don evidente. Clemens, por su parte, se sentía halagado de poder entrar en la familia del profesor Schmalker. El año 1928 fue para él fastuoso: se convirtió en el yerno de un científico eminente y sacó su carné de afiliado al Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán que dirigía Hitler, su mentor. Los padres de Thea, pertenecientes a la vieja burguesía conservadora, nostálgica del imperio de Guillermo II y hostil a la

República de Weimar 1 , al principio fueron indulgentes con el ardor nacionalista de su yerno y hasta se sintieron un poco orgullosos de él. Thea aprobaba sin reservas todo lo que afirmaba y hacía su esposo. Los mellizos Franz y Georg, aún pequeños, sintieron por ese hombre marcial una admiración ingenua y entusiasta. Quedaba Lothar, el hijo mayor, cuyo interés por la teología y los problemas éticos casaba bastante mal con el

credo salvaje que eructaba el autor de 2 Mein Kampf , cuya lectura Clemens le había recomendado con entusiasmo. Las relaciones con su cuñado se deterioraron muy pronto, las discusiones entre ellos terminaban siempre en una pelea, lo cual apenaba a sus padres y exasperaba a Thea. Así acabó la complicidad que unía desde la infancia a los dos hijos mayores de la familia Schmalker.

El desacuerdo se agravó cuando Lothar presentó a su novia, de origen no ario. Hannelore pertenecía a una familia judía, oriunda de Bohemia, que se había convertido al protestantismo al establecerse en Berlín, hacia 1898. La hostilidad se extremó cuando, en 1933, el régimen nazi quiso controlar a las Iglesias del país, la católica y las protestantes, y obligó a las luteranas a unificarse en una «Iglesia alemana» de la que fueron excluidos todos los que no eran arios. De inmediato se organizó una resistencia en torno a ciertas personalidades influyentes —los pastores Martin Niemöller, Otto Dibelius y Dietrich Bonhoeffer—, que dio lugar a la creación de la «Iglesia

confesante» 3 y a la organización de seminarios clandestinos. Lothar, que había conocido a Dietrich Bonhoefter en 1925, cuando estudiaba Teología en la Universidad de Berlín, entró en las filas de los opositores en enero de 1934. Esta adhesión a la Iglesia confesante, la única auténtica porque preservaba la libertad de la Iglesia y respetaba los valores reales de la espiritualidad cristiana escarnecidos por la seudo Iglesia alemana, sumisa al régimen idólatra criminal, consumó la ruptura con su hermana y su cuñado. Clemens, a quien ese pariente sedicioso, atado a su Biblia como un burro a su estaca y para colmo casado con una judía, irritaba profundamente, se sintió aliviado cuando Lothar decidió alejarse de su familia.

Cada uno siguió su camino, Clemens y Thea a la luz del día en medio de los estribillos atronadores del Reich conquistador; Lothar y Hannelore en la clandestinidad de una resistencia cuya valentía no conseguía compensar la falta de combatientes clandestinos. Ebria de promesas de gloria, la población prefería abstenerse de replicar a un poder brutal y se adhería masivamente a la deletérea ideología reinante.

En 1937, los nazis endurecieron la represión y procedieron a una ola de detenciones en los círculos disidentes. El pastor Martin Niemöller, entre muchos otros, fue encarcelado, juzgado sumariamente e internado en Sachsenhausen primero y después en Dachau, y todos los seminarios paralelos que animaba la Iglesia confesante fueron disueltos. En ese mismo año, la Iglesia católica, que había firmado el concordato con el Estado nazi cuatro años antes, sin haber calculado el grado de criminalidad de Hitler,

promulgó la encíclica 4 Con viva preocupación . Pero el Führer se desentendió de esas proclamaciones de virtuosa indignación y siguió su camino aplastando a su paso todo cuanto entorpecía su marcha hacia el podio de los dioses feroces.

Amenazado por ser un disidente, prohibida su actividad pastoral y de enseñanza y muy preocupado por su mujer y por el futuro de sus dos hijas, de cinco y tres años de edad, en la primavera de 1938, Lothar decidió emigrar. Pero al irse era consciente de dejar todo el campo libre a Clemens, que ejercía una influencia nefasta sobre Franz y Georg. Wilhem y Friedericke Schmalker estaban desilusionados desde hacía tiempo y percibían con creciente desasosiego que el régimen, cuyo advenimiento habían aprobado con cierta satisfacción, era un cúmulo de mentiras, delirio y brutalidad, pero por más que procuraran advertir de ello a sus dos hijos menores, estos no escuchaban. Los padres, ya viejos, habían perdido autoridad sobre esos hijos fanatizados que habían hecho de Hitler un dios, de Clemens un modelo y de la guerra una vocación.

*

La guerra o la embriaguez del crimen elevado a misión sagrada. Franz y Georg entraron, con una fe de cruzados, en las Waffen-SS, y mataron, incendiaron y masacraron sin límite en nombre de ese credo empapado de sangre. Franz murió en combate, con la brillantez de su furiosa pasión, pero Georg, en ese mismo instante fatal, perdió su fe. Frente al rostro destrozado de su hermano descubrió la verdadera cara de su diosa guerra: un pedazo de carne despedazada y sanguinolenta. Era algo que él, el obrero fogoso de la muerte, había visto a menudo, pero sin darle nunca demasiada importancia: sus víctimas, vivas o asesinadas, carecían de rostro. Ni siquiera el espectáculo de sus camaradas muertos en el frente le había impresionado hasta ese punto. Tenía un solo hermano gemelo, Franz, su doble, su segundo cuerpo, cuyo corazón era el eco de su propio corazón. Solo él podía abrirle los ojos, dejándose arrancar la máscara de hombre supuestamente nuevo para exhibir la carne de su pobre rostro mortal. De manera que la guerra era eso, nada más que eso, aterradoramente eso.

Un cambio radical se produjo entonces en Georg; su creencia en el superhombre, celebrada por su partido, se disolvió de golpe, aquejada de inanidad, para dar lugar a una fe en el hombre, simplemente en el hombre, tal como es, con sus imperfecciones y su vulnerabilidad. Arrojó las armas y se negó a participar en los combates. Obstinado en esa negativa, que fue interpretada como una deserción y juzgada como tal, el soldado Georg Felix Schmalker fue degradado, condenado a muerte y ejecutado sin demora.

Clemens, enterado del asunto, hizo todo lo posible por que el escándalo de una muerte tan vergonzosa no trascendiera, para no hacer sufrir a Thea, que desde hacía mucho tiempo le había robado a Friedericke su papel de madre de los gemelos, a quienes amaba con un amor posesivo, y para no perjudicar su propia carrera. Pero el secreto acabó por llegar a oídos de la familia. Los padres vislumbraron un poco de consuelo en su dolor; Thea, en cambio, negó el hecho y proclamó a sus dos hermanos unidos en una misma muerte heroica, como lo habían estado siempre a lo largo de sus vidas.

*

Lothar se había prometido a sí mismo regresar a Alemania en cuanto el nazismo fuera vencido, para estar al lado de sus padres y participar en la reconstrucción del país, y de la Iglesia luterana en particular. Pero sus padres murieron a causa de los bombardeos que trajeron la victoria, y muchos de sus amigos desaparecieron, entre ellos Dietrich Bonhoeffer, quien, tras dos años de cautiverio, fue ahorcado el 9 de abril de 1945, en Flossenburg, el último campo al que lo habían transferido. Incinerado, su cuerpo reducido a cenizas había sido dispersado por el viento.

Pero el viento del Reich acarreaba tantas cenizas humanas que gravitaba con un peso enorme sobre el país en ruinas, y una capa de hediondez cubría el cielo y sofocaba la tierra. En el cielo del Reich desmoronado se extendía un inmenso cementerio, invisible pero palpable, grasiento a más no poder. Y en ese cielo cinerario flotaban todos los miembros de la familia de Hannelore Schmalker, nacida Storm. Por eso ella ni se planteaba siquiera regresar a un país que había dejado de considerar como suyo. No quería vivir bajo un techo de carne quemada y lágrimas desconsoladas, irremediablemente inconsolables.

 

1. «Weimarer Republik». Régimen político en Alemania de 1918-1933,

tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación de

Guillermo II. ↩

2. «Mi lucha». Primer libro escrito por Hitler. ↩

3. «Bekennende Kirche». Movimiento protestante alemán fundado en

1934, en contraposición al intento de control nazi de las iglesias. ↩ Secuencia

4. «Mit brennender Sorge». Encíclica del papa Pío XI sobre la

situación de la Iglesia católica en la Alemania nazi, publicada en

1937. ↩

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