Magnus (español)
Fragmento 11
En cuanto amanece, Adam se pone en marcha. Sale de la ciudad con el libro en el bolsillo. Va rumbo a Comala.
Se dirige al azar, hacia el oeste, alejándose de la costa. Bordea los campos de algodón, ve teñirse de rosa el cielo a la altura de los huertos. Camina de espaldas al sol, su sombra aún es pálida, incierta.
Anda por una tierra desconocida, persigue a un fantasma, pero ¿de quién? ¿De Pedro Páramo, de Felipe Gómez Herrera, de Clemens Dunkeltal, de Thea, de sí mismo? No lo sabe. El fantasma, de todos modos, huye.
*
Se dirige a Comala, a ninguna parte, a sí mismo. Avanza con pasos zigzagueantes, furiosos. Es un peregrino lleno de cólera que ha venido a torcerle el cuello al espectro paterno y también al niño tonto que fue y que amaba a su padre. Pero el fantasma se esconde todo el tiempo, lo provoca, lo agota; y su cólera se aguza y se depura de a poco. Su sombra se alarga, se oscurece.
Sabe bien que la cacería es absurda, que fracasará, pero no se desanima. Siente que se está tramando algo, algo indefinible, insensato y no obstante potente. Algo entre él y ese lugar, entre él y ese momento al margen del tiempo. Y lo que dentro de él conspira, sacude su memoria, la desamarra y la hace girar, despacio al principio, pero cada vez más rápido.
Miles de imágenes desfilan al revés ante sus ojos. Como un agonizante, ve fulgurar todo su pasado.
*
El calor es intenso, hace horas que camina. Su sombra se ha encogido, condensado, es un charco negro en la punta de sus zapatos. No ha dormido ni comido nada desde la víspera, y de pronto las fuerzas lo abandonan. Se sienta a la vera de un campo, en un talud pelado. El sol, ya muy alto, pega fuerte. Siente vértigo, se acuesta en el suelo.
*
Está acostado, pegado a la tierra, al cuerpo de la lengua-sudario de su padre, de la lengua-ácido en la que disolver para siempre los residuos asquerosos del amor que sintió hacia ese padre. Pero no, el español no es la lengua de esta tierra, no es su lengua original, llegó para implantarse aquí, hace solo un puñado de siglos, por la violencia de las armas. Una lengua más antigua gime debajo de las piedras, del polvo. La lengua de los vencidos sigue viviendo, tenaz, rebelde.
Y, poco a poco, empieza a oírse otro rumor. Brota de todas partes, de la tierra y el aire, de los pedruscos y las hierbas. Es un canto abrupto y lastimero que enseguida se hincha, se dilata, trepida.
*
El canto asalta el cuerpo roto del cazador de quimeras. Es el coro de insectos en el calor vibrante del mediodía, voz múltiple, monótona y voraz. El aire abrasador rechina, chisporrotea, el suelo emite débiles chirridos, un zumbido leve. Los insectos bordan con sus vocecitas obstinadas el silencio de la tierra ahíta de sol, se consagran a su minúsculo destino, en la superficie del vacío, rayan la hora incandescente con estrías vocales, como para dejar una huella de su presencia que a nadie importa, para probarse que existen y gozar lo más ruidosamente posible de su paso, tan efímero, por este mundo. Canto de ebriedad, desolación y pugnacidad. Canto de los seres vivos, animales y hombres.
*
Y, de pronto, lo que hace un rato complotaba en su cabeza febril, mientras él vacilaba bajo el sol, explota en su cuerpo tendido en el suelo, acribillado de gritos de insectos; una crecida de visiones sonoras lo inunda. Pero su padre no figura en ninguna de ellas; el estallido de recuerdos que lo sobresalta proviene de otra parte, de más lejos, es un mar de fondo que se alza en medio de la noche en la que él, Adam Schmalker, aún no estaba vivo; antes de que se hiciera llamar así y antes de llamarse Franz-Georg Dunkeltal.
Antes, mucho antes.
Antes, en lo más vivo del momento presente.
Oye el bramido de un órgano colosal, ensordecedores golpes de címbalos, el redoble de millones de tambores. Una orquesta loca toca en el cielo, toca con instrumentos de acero, de fuego. Su tumulto se hunde hasta el fondo de la tierra, que tiembla y grita.
Es un coro disonante de hombres y mujeres de todas las edades, niños, bebés, y perros, que grita de esa forma en respuesta al estruendo de la orquesta, y ese coro, compacto, que estaba arrebujado bajo tierra, súbitamente se dispersa en completo desorden. Su clamor se propaga, corre a ras de la tierra, se despedaza. Él es uno de los fragmentos de este clamor pulverizado, que corre gritando y llorando.
*
Ve la deflagración del cielo, lo ve romperse como un dique y torrentes de lava negra, de meteoritos rutilantes, de relámpagos blancos como el azufre, brotando de entre las brechas. La orquesta loca toca a rabiar con fuego. Nota breve
Ve a seres humanos y animales transformarse en antorchas vivas, otros se funden en el asfalto licuado que salpica en las calles destripadas, y los hay que caen despedazados.
Ve árboles que se estiran oblicuos, enormes jabalinas abigarradas de llamas que se cuelan por las fachadas de las casas mientras estallan en pedazos los vidrios, vuelan las chimeneas, las tejas, las vigas.
*
Ve el agua incendiarse, en el puerto, los canales, los ríos, los estanques, las cunetas. Por todas partes el agua se convierte en fuego y se evapora con un siseo; se incendia hasta en las lágrimas de los rostros de los extraviados, de los agonizantes.
Percibe la pestilencia acre de la carne quemada, la insipidez nauseabunda de la carne hervida, el hedor de la sangre y de las vísceras. Las piedras, los adoquines, los maderajes no son más que arena negra, grava, trozos de carbón.
*
Ve caer del cielo entorchados de un color amarillo crudo, torrentes bermejos, salpicaduras de un naranja cegador que lastiman la noche. Una orgía de colores viscosos y a la vez límpidos. Gigantescos escupitajos de oro y de escarlata para coronar la ciudad difunta.
Oye tronar los escupitajos de colores y de repente, en medio de las marionetas desmembradas que corren en todas direcciones, ve a una mujer cubrirse de pavesas color azafrán de la cabeza a los pies; baila un vals solitario, frenético, dando agudísimos gritos. La ve desplomarse al suelo, retorcerse unos segundos y...
*
Y: nada más.
No sabe, no ve ni oye nada más, nada más que a esta mujer-antorcha que ha quedado reducida a un deforme montoncito negro rojizo que echa humo y hiede. ¿Su madre? ¿Un hada, una bruja, un tronco de árbol, un ángel fulminado? ¿Una desconocida?
La mira, la ve consumirse, calcinarse. La mira, con los ojos muy abiertos, la ve desaparecer de su vista, irse de su vida. Con los ojos muy abiertos, muy ciegos, la mira, la mira...
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