Magnus (español)
Fragmento 13
El cuerpo de Magnus, el olor de su piel, el sabor de sus labios, el tono ronco de su jadeo cuando está por alcanzar el clímax, son placeres que May disfruta en poco tiempo. Está terriblemente enamorada de su joven amante, once años menor que ella. Y tiene miedo de la diferencia de edad que hay entre ellos, miedo de que un día se aparte de ella para fijarse en otras mujeres, más jóvenes. Pero de lo que más miedo tiene es de la fuerza de su atracción, del deseo, insaciable y posesivo, que tiene de él. Siente que este deseo la ata demasiado, se siente cautiva de este amor inesperado que ya es soberano. Siempre quiso ser una mujer fuerte, libre de compromisos. Desde que se casó con Terence, a los dieciocho años, ha tenido muchos amantes, pero ninguno la conquistó así, siempre supo dominar la situación. Esta vez entrega las armas. Le queda, no obstante, suficiente orgullo y astucia para no permitir que Magnus se dé cuenta del estado de dependencia en que él mismo la ha colocado sin quererlo. Hace todo lo posible por conservarlo con la fuerza de sus encantos.
En efecto, Magnus no sospecha hasta qué punto May batalla con la pasión que ha suscitado en ella, y tampoco da libre curso a sus propios sentimientos porque no se autoriza a pensar en una relación duradera. Le parece que los Gleanerstones son una pareja demasiado sólida como para dar cabida a un tercero en un espacio que no sea un espejismo para los ojos o para el corazón. Pero este temor carece de fundamento, dado que Terence solo es oficialmente el marido de May. Es un marido muy casto, le explica ella entre risas, y muy complaciente, pues prefiere a los hombres y solo tiene amores con ellos. Su matrimonio es un contrato que ha satisfecho a ambos desde el primer día. Un contrato muy flexible, basado en el respeto y la ternura, consolidado a lo largo de los años gracias a una profunda complicidad. Terence y May son primos; la boda ha proporcionado al primero la apariencia de respetabilidad que exige su medio social y a ella la posibilidad de escapar del yugo familiar y gozar de una libertad con la que soñaba desde niña. Si bien se mantienen discretos con respecto a sus aventuras amorosas pasajeras, cada uno siempre presenta al otro su nuevo amante a partir del momento en que este se vuelve importante. Si el amante en cuestión inspira amistad en el otro miembro de la pareja, la relación transcurre de la mejor manera, de lo contrario, seguirá, pero a escondidas, hasta que acabe rompiéndose, para no dañar la armonía entre ambos. Terence tiene un compañero, Scott, desde hace dos años; está muy enamorado de él y May lo aprecia mucho. Cuenta todo esto con la mayor sencillez, como si una relación de pareja de este tipo fuera algo corriente. Y Magnus, al principio un poco desconcertado, halla enseguida, plenamente, su lugar en esta pareja unida y desdoblada mismo tiempo.
Regresa a Londres y May lo acompaña. Es una oportunidad para ver de nuevo la ciudad y visitar amigos. En realidad, lo único que le importa es estar cerca de Magnus, ansiosa por saber cómo será el reencuentro con ese tío y esa tía que ahora sabe que no son sus tíos, qué explicaciones le darán y qué decisión tomará él después de esa confrontación. Ella le ha propuesto que se quede a vivir en San Francisco, pero no se atreve a insistir.
*
De vuelta en casa de los Schmalker, esa misma noche Magnus interroga a Lothar. «¿Por qué me han hecho creer que yo era sobrino suyo y por lo tanto hijo de esas personas que eran una llaga para mí? ¿Por qué me han recluido en esa falacia? ¿Por qué haberme mentido durante todos estos años?» Lothar podría negar, fingir incomprensión ante las preguntas acusadoras del muchacho, que exige que en adelante lo llamen Magnus. Podría refugiarse en el hecho de que había roto la relación con su hermana por la época en que el niño debió de nacer y que vivía en el exilio cuando ella lo adoptó, en el caso de que así haya ocurrido. Podría pretender que no sabía nada o revertir el juicio de su acusador y preguntarle de dónde saca esa repentina certeza de no ser hijo de Thea y Clemens Dunkeltal, quién le ha revelado ese supuesto secreto, qué pruebas tiene. Pero no lo hace, no quiere. El momento que esperaba, pero que posponía siempre de tanto que lo temía, acaba brutalmente de llegar. Es hora de salir por fin de una larga mentira por exceso de discreción.
*
Sí, sabía, Desde hacía mucho tiempo sabía que su hermana era estéril; no consiguió ser fértil con ningún tratamiento. Sus hermanos eran como sus hijos. Cuando ellos murieron, la idea de adoptar un niño cobró fuerza en ella, fuerza y rabia. En cuanto se presentó la ocasión, la aprovechó, desafiando por primera vez a su marido, que por nada del mundo quería recoger a un niño desconocido. No quería, porque acababa de tener un hijo, ilegítimo, es cierto, pero suyo. Lothar ignoraba si su hermana había llegado a enterarse de la infidelidad de Clemens. Ella siempre había desplegado tal energía en negar cuanto pudiera herirla o contrariar su elevada visión del mundo, que tal vez tampoco quisiese ver eso.
Pero la historia de la adopción, puntualiza Lothar, no la supo hasta mucho después, cuando su hermana, tras una ruptura de quince años, le escribió para pedirle que fuera a verla a Friedrichshafen. Sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida y estaba preocupada por su hijo. Pues, a pesar de todo, lo consideraba hijo suyo y como tal lo había amado. Pero no tenía a nadie a quien confiárselo, sus parientes más allegados habían muerto, sus amigos estaban desperdigados por todas partes y ella se había aislado de todo a su alrededor. Entonces se acordó de su hermano mayor, a quien había insultado cuando este se opuso al régimen, despreciado cuando se casó con una chica de origen judío y por último, tratado de traidor cuando emigró a un país enemigo. Pero no lo llamó solo porque no tenía a nadie a quien dirigirse, sino porque estaba segura de que él respondería a su llamada. Que respondería de inmediato y que asumiría la misión que ella deseaba encomendarle. Más allá de la animadversión que sentía hacia Lothar, su confianza en él seguía intacta, y ahora que la muerte estaba cerca, esa confianza predominaba. En cuanto a la necesidad de revelar o no la verdad al niño, había dejado que fuese Lothar quien lo decidiera. Hasta de esa mentira se había desprendido, pese a que fue ella quien, con minuciosidad, con obstinación, la fabricó y guardó celosamente. Se había desprendido de todo, de las ganas de luchar, del gusto de vivir, de la fuerza de amar y también de odiar. Ya no esperaba nada de nadie, ni perdón ni compasión, no esperaba nada, no creía en nada. Había descendido al más profundo abismo y se aprestaba a morir con una total indiferencia hacia ella misma. Un tránsito a la nada, eso era todo. Lo único que todavía le importaba era el futuro de ese hijo adoptivo, cuyo origen desconocía pero de quien sabía que era un sobreviviente de una ciudad bombardeada, y solamente ese hermano que ella había rechazado con tanta violencia le parecía digno de confianza. Thea, de principio a fin, había hecho de su existencia una amalgama de paradojas y certezas, tan definitivas como infundadas, sin cuestionarse jamás.
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Lothar era entonces libre de decirle al niño la verdad, pero no lo había hecho, nunca encontraba el momento oportuno. Y esta verdad —una verdad a medias, en realidad, puesto que nadie conocía la verdadera identidad del niño— no se la había contado a nadie, ni siquiera a su mujer, Hannelore, o a sus hijas, por miedo de engrosar aún más la mentira compartiéndola con otros a espaldas del interesado. Le pregunta al joven cómo ha descubierto el secreto, quién se lo ha dicho, qué sucedió en México. Pero Magnus no puede explicárselo. ¿Cómo decir, sin pasar por un lunático: «La tierra me lo dijo. La tierra, los insectos, el sol.»? De modo que se limita a contestar: «Lo sé, eso es todo.»
En efecto, eso es todo lo que sabe. La confesión que ha recibido es incompleta, la única revelación confirmada es la mentira acerca de su enfermedad infantil y su filiación falsificada, pero ahora más que nunca sigue sin saber quién es, de dónde viene. Saca el oso de peluche del armario donde lo había guardado envuelto en una tela. Lo desenvuelve y se lo pone en las rodillas. Observa que el pañuelo con el que le había vendado los ojos de diamantes está empapado. Lo desata y descubre que los diamantes han perdido brillo, que están cubiertos por una costra áspera y grisácea. Esta costra supura humedad, como una mancha de salitre que se forma en la pared de una gruta. Arranca los ojos velados por esta nube de lágrimas grises, se los guarda en el bolsillo y cose en su lugar los diminutos ranúnculos. El osito recobra su antigua apariencia, su mirada de antes, dulce y atónita. Pero no tiene nada que revelarle a aquel a quien antaño protegió y acompañó durante tanto tiempo; no vuelve a darle más que el nombre que llevaba atado al cuello y cuyas letras bordadas con hilo de algodón han perdido el color a causa de la acidez de las lágrimas de diamante.
*
Magnus tiene veinte años (¿cuándo nació exactamente?, ¿dónde?), pero la cuarta parte de su edad se ha disuelto en el olvido, y el resto está ensuciado por una larga impostura.
Tiene veinte años y es un desconocido para sí mismo, un muchacho anónimo con una sobrecarga de memoria a la que le falta lo esencial: la raíz. Un muchacho loco de memoria y de olvido, que juega con sus incertidumbres en muchas lenguas, de las cuales acaso ninguna sea su lengua materna.
Comunica a Lothar y Hannelore su decisión de marcharse de Inglaterra para ir a vivir a Estados Unidos. La víspera de su partida, se dirige a orillas del Támesis y tira al agua los diamantes ciegos. El pañuelo, que ha lavado, no es más que un cuadrado de algodón, más fino que una hoja de papel, de un blanco amarillento traslúcido. Lo anuda otra vez al cuello del oso de peluche.
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