Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 38 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 18

 

Magnus lleva en Londres la misma vida que llevaba en San Francisco después de la muerte de May. Frecuenta las bibliotecas y trabaja haciendo traducciones. También da clases particulares de español. Los Schmalker le han ofrecido alojamiento —Hannelore le demuestra más simpatía que en el pasado, cuando creía que era hijo de los Dunkeltal—, pero él prefiere visitarlos a menudo antes que instalarse en su casa. Ha alquilado un estudio en un barrio situado al norte de la ciudad. Nunca tuvo una casa de la que encariñarse, una casa para pensar en ella como su hogar, siempre ha salido precipitadamente de todos los sitios donde ha vivido. Ni siquiera siente nostalgia de la casa de las landas, donde de niño creyó que era feliz y que debió abandonar en medio del pánico. Ni siquiera esa, plantada como un espejismo de paz y de ternura en el umbral de una de las bocas del infierno. El recuerdo del mísero alojamiento donde vivió después, en Friedrichshafen, le inspira menos repugnancia, pues esa vivienda al menos no era una quimera infame, estaba en concordancia con la mugre reinante, cuya magnitud descubría día a día. Allí, Thea la gloriosa se fue encogiendo lentamente, hasta que se apagó como un fuego acre. La casa de los Schmalker habría sido una suerte de cámara de protección entre dos entornos opuestos, dos países, dos universos, un lugar de paso desapacible y sombrío, pero que resultó ser muy seguro en la edad adulta. Con May llevó una vida tan nómada que en el fondo no tenía más que a esa mujer como sitio de pertenencia, de referencia. May, su mujer-isla eternamente a la deriva.

*

Pero, antes de todos estos lugares de paso, ¿qué hay? Antes del sótano de Hamburgo, de la noche de Gomorra, ¿quién estaba? A veces, muy fugazmente, cree acordarse de una habitación bañada por una luz lechosa, ve esta luz sobre los listones de un suelo de parqué de madera clara, pegándose a las paredes como una fina capa de polvo, y una impresión de deliciosa quietud se desprende de esta imagen pálida como una estampa ajada, iluminada de vacío y de silencio, una imagen tan desnuda que, en su fijeza, vibra imperceptiblemente.

Está lejos la época en que chorros de colores deslumbrantes se deslizaban de repente, en estado puro, por debajo de sus párpados e irradiaban sobre su cuerpo estridencias tan inquietantes como voluptuosas. Lo único que ahora se desliza de forma imprevista ante sus ojos es esta visión color ópalo que deja en su estela una sensación dolorosa de paz, de una paz incomparable que todo su ser disfrutó en días muy remotos, pasados, pero que no se han resignado a desaparecer.

*

Ciertas mañanas, cuando la claridad del día que empieza se filtra por la persiana de la ventana de su cuarto, sucede que esta sensación lo roza con la gracia fugaz de una caricia y siente en sus párpados la sombra luminosa de una cara muy cerca de la suya, el aliento de alguien que tararea alegremente palabras. Espejismo del alba y del semisueño que se disipa en cuanto Magnus despierta y cobra conciencia. Entonces acude a su mente aquella noche en el restaurante de San Francisco, cuando Terence y May creyeron reconocer el idioma en que él había pronunciado algunas frases bajo el efecto de la fiebre, en el hospital de Veracruz. Pero había descartado esa pista, cansado de indagar sobre su pasado perdido, deseoso de acabar con ese olvido lancinante. Con la muerte de May desaparecieron también las defensas que había erigido contra su obsesiva memoria llena de lagunas. Y de su memoria hueca llega otra vez una llamada insistente, como un canto de sirena. Es posible, se dice, que esas fluctuaciones de luz sedosa, que recorren su piel al salir del sueño, provengan de las reverberaciones de su infancia, en alguna parte de Islandia. No obstante, si bien termina por admitir la posibilidad, la deja en suspenso, por miedo a destruir la dulzura de su sueño lanzándose a una búsqueda que no sabría cómo llevar a cabo.

Se contenta con preguntarle al osito de ojos de ranúnculos que vela pacientemente en un estante, en la oscuridad del armario; una pregunta muda, concorde con el oso de peluche, que tiene el hocico un poco chato y las orejas cubiertas de finísimas grietas.

Magnus habla con Magnus, sin una palabra, sin un sonido, sin un sentido.

*

A los pocos meses de haber regresado a Londres vuelve a ver a Peggy, que ha encontrado por fin el modo a establecer una distancia permanente entre ella y su país, donde sigue sintiéndose cautiva de una viudez que ha irrumpido en su vida de una manera repentina y brutal: ha aceptado un puesto de profesora de inglés en un colegio de Viena y, antes de marcharse a Austria, quiere aprender un poco de alemán. Else le ha sugerido que se ponga en contacto con Magnus. A este le sorprende la proposición y lo llena de dudas: nunca ha enseñado su lengua materna, que, por otra parte, quizá ni siquiera sea la suya, y que no practica más que con los Schmalker. Como su relación con esa lengua sigue siendo tan ambigua, se le ocurre una idea bastante tortuosa: se dice que, si se la enseña a otra persona, deseosa como él de huir de un recuerdo muy doloroso, tal vez consiga romper el mineral de ganga de sombra y escarcha que endurece sus palabras y devolverles una sonoridad nueva.

*

Ambos llegan puntuales a la cita que han concertado en un café y esperan sentados a mesas distintas. No se han reconocido. Pero a fuerza de mirar hacia la puerta, que se abre cada vez que entra un cliente, se dan cuenta de que son los únicos que se comportan así y se miran, a hurtadillas primero, con mayor atención después. La joven que está mirando, se levanta y se acerca. Lleva una gabardina gris, ceñida, y un sombrero de fieltro color lila oscuro. Él le sonríe y dice, invitándola a sentarse:

—¿Peggy Bell?

Ella lo corrige de inmediato; borra de un golpe el diminutivo y su apellido de soltera dejando claro que no habrá entre ellos ninguna clase de familiaridad.

—Margaret MacLane —dice—. ¿Es usted Adam Schmalker?

Él también ha cambiado de nombre, así que rectifica:

—Magnus.

—Ah, sí —dice ella—. Else me dijo... —No termina la frase. Magnus descubrirá pronto que tiene la costumbre de callar súbitamente en medio de una frase, dejando en suspenso las palabras.

Fuma mucho, aplasta los cigarrillos después de dar unas caladas. Fuma como habla, a trompicones, nerviosamente, interrumpiéndose con brusquedad, como si cambiara de opinión. La chica de talante lunático que Magnus conoció en otra época pasaba sin transición de la risa a una ligera melancolía. Ahora pasa de un chorro de palabras entrecortadas a un silencio abrupto. El verde tilo de sus ojos tiene un destello frío, ni la alegría ni el ensueño lo doran ya, y son tan pocas las veces que esboza una sonrisa que el hoyuelo que se formaba en su mejilla izquierda es ahora imperceptible. Hasta sus pecas han palidecido y sus manos de niña se han vuelto flacas y frágiles. Pero cuando se quita el sombrero, Magnus reconoce su hermoso cabello rojizo, aunque ahora lo lleva muy corto. Acaso ella, se pregunta él, ¿lo estará examinando con la misma minuciosidad, comparando su aspecto actual con el de aquel adolescente al que un día sedujo por mera diversión? Pero ¿se acordará de él, habrá pensado en él alguna vez?

Ese primer encuentro no dura mucho, es una entrevista desprovista de calidez, bastante penosa, puesto que Peggy, maniatada en su identidad de Margaret MacLane, se muestra arisca y tensa. Solo ha acudido para discutir las condiciones y la organización del curso que desea seguir, cualquier otro tema de conversación queda descartado; no pregunta a Magnus nada personal ni permite que él la interrogue sobre su pasado, su vida actual o sus proyectos. Al término de esa entrevista breve y estrictamente profesional, convienen en que ella irá donde su profesor dos veces por semana a tomar lecciones de una hora y media de duración, que pagará al final de cada clase. Ella vuelve a ponerse el sombrero con un gesto brusco, se levanta, saluda a su profesor y se aleja con paso rápido, sin volverse.

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