Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 56 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 27

 

Una tarde de agosto, al volver de uno de sus paseos habituales, Magnus ve a una anciana sentada junto a la puerta de la granja. Lleva un sombrero de paja deformado, un vestido de un color indefinido de tan gastado que está y galochas sucias de barro. Toma tranquilamente el sol con los brazos cruzados sobre el pecho. Cuando lo ve acercarse le hace una seña con la mano, como si estuviera sentada delante de su propia casa y saludara a un vecino.

—¡Buenos días, hijo! —le suelta con una voz delicada.

Magnus piensa que debe tratarse de una vieja que no está muy bien de la cabeza y que se ha extraviado y cree que está en su casa. Tiene la cara muy arrugada, cubierta de bozo, y la boca, sin duda desdentada, toda torcida. Pinta de bruja loca salida de un libro de cuentos, se dice Magnus. Contesta el saludo a los gritos porque supone que es sorda.

—Buenos días, señora.

La dama lo corrige, riendo:

—¡No, hijo, soy un hombre! —Y se quita el sombrero descubriendo un cráneo calvo y manchado.

Las abejas, que debían de estar durmiendo en la paja del sombrero, se ponen a revolotear alrededor de su cabeza, algunas se posan sobre su frente, en su cara.

—Pero un hombre sabio y feliz —añade el curioso individuo—, pues he escogido lo mejor de este mundo, como lo ves: la compañía de las abejas y la libertad de la más dulce de las locuras, que es la locura del amor más grande. Es por eso por lo que también soy un poco mujer. Y, por lo tanto, un hombre encantado. —Dicho esto, se pone ágilmente en pie.

*

Es pequeño, muy menudo, encorvado, pero da la sensación de que su cuerpo sigue tan ágil como el de un niño. Vuelve a ponerse el sombrero y abre las manos; las abejas van a juntarse allí. Le muestra a Magnus sus palmas cubiertas de abejas y dice:

—En la colmena, la reina siempre está rodeada por una corte muy atareada de criadas y de obreras. Pero, para mí, ellas son todas reinas, especialmente las obreras, las recolectoras, las ventiladoras, las barrenderas y las guardianas del umbral. Cada una tiene su oficio y lo cumple a lo largo de su corta existencia, sin fallar. ¡Míralas, mis reinitas, mis flamígeras! Las damas de honor del sol...

Magnus no ha entendido gran cosa de lo que acaba de decirle el hombrecillo parlanchín del sayal cubierto de tierra; su voz es aguda y habla con un acento local muy pronunciado. Tiene la impresión de hallarse delante de un payaso que hace malabarismos con insectos amaestrados y emplea palabras raras, o, mejor aún, ante un espantapájaros repentinamente dotado de movimiento y palabra, y se pregunta de dónde saldrá y qué querrá. El payaso agita las manos y sus animalitos se escapan y revolotean otra vez alrededor de él.

—Me llaman Hermano Juan. ¿Y tú?

Magnus, sorprendido por la pregunta, que es, sin embargo, muy simple, suelta una respuesta que a él mismo le sorprende:

—Lo he olvidado.

El payasesco monje no parece en absoluto extrañado.

—A veces pasa. Es buena señal —dice con dulzura. Y sin más se aleja, deprisa y como trotando. Una nube de granizo dorado da vueltas alrededor de su sombrero.

*

Por mucho que lo piense, no se acuerda de su nombre. La perduración de este olvido lo consterna, no ve en ello ninguna buena señal, todo lo contrario. Se siente aquejado de anonimato, como quien está aquejado de un golpe o una enfermedad. La enfermedad de la pérdida, acumulada, en su último asalto, la usura solapada del deterioro y la angustia de la perdición. ¿Es ello el resultado de su largo trabajo de decantación operado en la soledad de los caminos, de los bosques, en el silencio de la granja?

A pesar de todo, acaba regresando a la granja. Allí, apoyado contra la pared del fondo, llama en su ayuda a todas las personas que conoció y amó, pero sus nombres vuelven en desorden, atropellados por los otros, los de las personas funestas. No quiere oír más dentro de él los nombres execrados de Thea y Clemens Dunkeltal y todos sus seudónimos que apestan a mentira y crimen, ni los de Horst Witzel, Julius Schlack, Klaus Döhrlich. Pero son estos los que regurgita, son pegajosos, se le pegan a la lengua.

Knautschke, Klautschke..., esos motes lo atormentan, chapotean en su boca, son como parásitos que hormiguean con diversas palabras: Klatsche

Klapse Knalle Knarren Knacke Knülche Knauser Kleckse 1 ... Palabras como bofetadas, palabras escupidas; las ve rodar como enormes coágulos de sangre en la bocaza rosácea de un hipopótamo que bosteza sin parar. Las oye gorgotear en su garganta, atascar su saliva. Se pone a golpear el suelo con el bastón, para que se calle ese bullicio viscoso.

¡Que Knautschke cierre el pico! Golpea cada vez más fuerte, con la cabeza hacia delante, en la posición de un animal que se dispone a embestir, las mandíbulas apretadas. Tanto frío tiene que transpira, un sudor helado le chorrea por la espalda; una estalactita de la nuca a los riñones.

Una estalagmita del vientre a la garganta. La cloaca de Knautschke se cierra tragándose todas las palabras parásitas. Entonces, con un rumor sordo de fondo, se alzan los nombres familiares, como apretones de manos, como saludos, como sonrisas que lo calman. Y también como caricias, que lo lastiman con su ternura perdida.

Desfilan los nombres, todos, en una ronda lenta. Pasan de dos en dos, o de uno en uno. Apenas un murmullo por vez, un suspiro. Un sollozo. May, Peggy...

Procesión de vocablos con voces blancas o gris azuladas, risas ocres y violetas, aliento marfileño y rojizo. Cada nombre y su carnación, su aspecto, su timbre y un ligero temblor. A veces una trepidación. Cada uno con su brillo, con su singular resonancia. A veces una fulguración.

Y el cortejo da vueltas y vueltas. Pero falta su propio nombre.

Ya no golpea el suelo con el palo, camina por el espacio de la granja, recorre a grandes pasos el vacío. Va a la zaga de la procesión de nombres, mendigando el suyo. Tiene la boca seca, los labios azules de frío. Hace mucho que es noche cerrada, pero hay tal profusión de estrellas que un difuso color de miel atenúa la oscuridad.

*

Apoyado en su bastón, vacila, siempre en busca de su nombre. La claridad de las estrellas se ha apagado, despunta el día, una sombra cenicienta baña ahora la granja. El cortejo de los nombres amados se disuelve en el silencio, se queda solo. Se desploma de cansancio, cae de rodillas. Pero, al caerse, su pensamiento se hace trizas y vuelve a surgir su nombre. Magnus.

*

Magnus ríe, arrodillado en el polvo. «¡Magnus!» exclama con un hilo de voz, y repite su nombre como si se llamara a sí mismo. Está tan feliz de haberlo recobrado que lo escribe en la tierra con la punta del dedo índice. Entonces sale el sol y derrama en el cielo una claridad lechosa. Es la luz del alba que se filtra entre los listones de madera de la granja y se concentra en un rayo oblicuo que resbala hasta su dedo.

Un chorro de luz blanca. Una lactación. Y su dedo no escribe las letras de «Magnus» sino las de otro nombre, totalmente desconocido para él.

Lo mira y se acuesta dulcemente a su lado. Se duerme enseguida, postrado por la fatiga y la incomprensión.

 

1. «Cháchara pescozón chasquido carracas crujidos pedazos de

rácanos manchas...» ↩

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