Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 24 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 1

 

Hamburgo, a la hora de Gomorra.

La operación de destrucción se esmeró en mostrarse a la altura de un desastre como ese. Hizo surgir en la tibieza de una noche de verano una ópera monstruosa cuyos actos, tan atropelladamente representados, no se distinguían los unos de los otros.

«Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yahvé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres había en ellas y hasta las plantas de la tierra.»

Entre los habitantes hay un niño de cinco años y medio; duerme, abrazado a su oso de peluche, en un sótano atestado de gente. Pero los sótanos son refugios insuficientes, cual trampas para ratas cuando toda la estructura se cae encima de uno, y los sobrevivientes se precipitan fuera del escondite alfombrado de cuerpos reventados. Huyen por las calles que ahora pasan entre tocones de muros humeantes, corren gritando despavoridos, aumentando el fragor de Gomorra donde no se oyen más que gritos por todas partes, gritos que no cesan, que de pronto callan y vuelven a oírse en otro sitio, otros y sin embargo siempre iguales.

Al niño lo han arrancado de su sueño y ahora corre sin entender lo que sucede y mezcla su llanto a la barahúnda general; su llanto se transforma en sollozos cuando la mano que lo llevaba lo suelta inesperadamente. Está solo en medio de la multitud, muy solo en su pesadilla. Pero su llanto cesa de golpe cuando ve que la mujer que lo llevaba de la mano se pone a bailar un vals en medio del barro cubierto de cascotes, con un enorme pájaro de fuego pegado a los riñones. La rapaz despliega sus alas luminosas y envuelve íntegra a la mujer, de la punta del pelo a los talones. Al presenciar el rapto, de una velocidad prodigiosa y una belleza feroz, el niño traga saliva como si se tragara una piedra, y con ella todas las palabras que sabía, todos los nombres.

*

Hamburgo, hora de la erradicación.

«... Y mirando hacia Sodoma y Gomorra y toda la hoya, Abraham vio que salía de la tierra una humareda, como la humareda de un horno.»

El niño no es Abraham, es solo un niño muy pequeño que aprieta con fuerza su oso de peluche contra su pecho y se le astilla la mirada. Se muere allí, vivo, delante del horno, muere para su memoria, su lengua, su nombre. Su espíritu se petrifica, su corazón se condensa en un bloque de sal. Como contrapunto de las deflagraciones celestes y las vociferaciones de la ciudad destrozada, oye el ruido muy sordo de su corazón salino, que late en el cuerpo de tela del oso cuyo hocico se aplasta contra su garganta y cuyos ojos de botones de oro se pegan a su cuello. El calor es sofocante, el aire está saturado de partículas de sebo y de gas; solo los ojos de su peluche parecen haber conservado una frescura y una dulzura milagrosas.

*

Hamburgo, hora cero.

«La mujer de Lot miró hacia atrás y se convirtió en un bloque de sal.»

En ese agujero temporal, un niño, en el instante mismo de morirse, es devuelto al mundo, arrojado, completamente desnudo, a un cráter del mundo. Ya no sabe nada de sí mismo, confunde su cuerpo con el del osito de ojos de ranúnculos. No sabe nada de la humanidad, confunde la voz humana con el estruendo de las explosiones, el alud de piedras, vigas y metales, el bosque de llamas que corre enloquecido por la ciudad arrasada, gemidos de agonizantes y gritos de sobrevivientes aquejados de demencia. Ya no sabe su idioma, las palabras son sonidos embutidos en el lagar-horno de la guerra. Chorrea un jugo pegajoso, que apesta a sangre y a carne carbonizada, a azufre, a gas, a humo. Un jugo grasiento y negro, fileteado de chispeantes regueros amarillos y escarlatas.

*

Hamburgo, al alba que sucede a Gomorra.

El niño, nacido de nuevo, dado a luz solo en las ruinas, parido por la guerra, confunde la belleza y el horror, la locura y la vida, el teatro de marionetas y la muerte. Parte, como un bulto empujado por el viento, llevado por el tropel de sobrevivientes que huyen de la hermosa ciudad bañada por las aguas, castigada por los crímenes cometidos por el Reich.

Cuando la gente se fija por fin en ese chiquillo sonámbulo, evidentemente perdido o huérfano, este no puede contestar ninguna de las preguntas que le hacen. Creen que es sordo o idiota. A alguien se le ocurre desatar el pañuelo medio rojo que su oso lleva en torno al cuello. Hay un nombre bordado con hilos de algodón de todos los colores: Magnus. ¿Es el nombre del osito, el del padre del niño o el del niño? Ante la duda, deciden llamar así al pequeño sordomudo. Con ese nombre que no es el suyo lo internan en un centro, en compañía de otros niños abandonados en espera de una familia que los acoja o adopte.

*

Después de Gomorra, en el linde de las landas, en los peldaños del infierno.

Una mujer se presenta en el centro, pasa revista a los niños. Una mujer aún joven, elegante, pero con la cara endurecida por un duelo reciente. La historia de ese niño, que no es sordomudo sino que es virgen de recuerdos, le interesa. Lo observa durante largo rato, lo encuentra guapo, tranquilo, cree que es inteligente. Es un chiquillo de cabello ensortijado, ojos color avellana, con un cráneo que se ajusta a las normas arias, y no está circuncidado. Sano de cuerpo y de raza. En cuanto a la mente, está desnuda, página borrada, lista para volver a escribir en ella. La mujer se encargará de blanquearla a fondo antes de escribir allí lo que se le ocurra. Y tiene un texto de recambio. Un texto para desquitarse de la muerte.

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