Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 8 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 4

 

El padre se muestra preocupado desde hace tiempo, sostiene largos conciliábulos con la madre y con ciertos amigos suyos, tan contrariados como él. Mantienen al niño alejado de estas conversaciones, de las que él sin embargo capta algún que otro fragmento. Entre las palabras que oye más a menudo hay una que lo intriga y preocupa: «tifus». Los enfermos que sana el doctor Dunkeltal sucumben por millares a esa infección. Franz-Georg ha tratado de informarse, pero, como no domina bien la lectura, le es mucho más difícil buscar el sentido de una palabra en el diccionario que la ubicación y la extensión de un continente en el atlas. Y como oye, con mayor frecuencia aún, las palabras «guerra, enemigo, derrota», se desconcierta y las confunde con «enfermedad», es decir, tifus.

*

Clemens Dunkeltal, en cambio, no confunde nada y mide, con amarga lucidez, el creciente peligro, cada vez mayor. A medida que pasan los días, él y sus amigos pierden la soberbia, se les ve cada vez más nerviosos, como acorralados y de mal humor. Julius Schlack, el compañero jovial que amenizaba tantas fiestas, y Horst Witzel, el colega de Clemens, poeta por poder en sus horas libres, que siempre aprovecha la ocasión de recitar largos poemas de Kleist, Goethe, Herder, Hölderlin y Schiller, ya no bromean ni declaman. De repente todos cambian de manera de vestir y ya no se saludan ni se comportan como antes. No se ponen sus solemnes uniformes ni saludan con tanto ruido y ceremonia, hablan menos fuerte y caminan con paso menos marcial. Acaban yendo pegados a las paredes. Y a fuerza de pegarse a las paredes, se comportan como hombres que atraviesan las paredes y se transforman en corrientes de aire.

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Una noche de marzo, los Dunkeltal se van discretamente de casa, como los ladrones. Franz-Georg coge con una mano a su madre y con la otra se aferra a su oso para conjurar el miedo que tiene a la noche y a lo desconocido. Cree que huyen de un enemigo temible llamado tifus, llegado de todos los rincones de Europa. ¿Será la misma fiebre que casi lo mata hace dos años? Si fuera así, entonces sus tíos habrían muerto en vano y la leyenda familiar constituiría un engaño.

*

Van hacia el sur. Pero, por lo que parece, el sur no cesa de alejarse, tan largo es el camino, tanto zigzaguea y tanto miedo da. Vagan por el país estragado, atraviesan ciudades y aldeas en ruinas, se cruzan con hordas de gente despavorida. A veces permanecen varios días escondidos en una cueva o en una granja. Tienen hambre, pero el miedo los fustiga mucho más.

Lo han perdido todo, hasta sus nombres. Han cambiado el apellido Dunkeltal por Keller y sus padres se llaman ahora Otto y Augusta Keller y él simplemente Franz Keller. Solo el oso, Magnus, tiene derecho a conservar intacta su identidad. El niño interpreta a su manera esta modificación absurda, se dice que en esa desconcertante desbandada, en que la menor cosa se convierte en objeto de trueque, hasta los mendrugos de pan o las colillas, un apellido también puede tener valor de cambio. Pero, para cambiarlo por qué cosa, para obtener el qué, no lo entiende, y la verdad es que sus padres no se lo explican, se contentan con prohibirle que haga alusión a su nombre verdadero, a la casa que han dejado, a la región donde vivían, incluso a la profesión de su padre. El niño escucha las órdenes que le susurran en un tono de confidencia imperiosa y obedece sin chistar. Es dócil y reservado por naturaleza, está acostumbrado a vivir al margen de los adultos, cuyas palabras y comportamientos siguen siendo para él un enigma. Se guarda sus asombros, sus dudas y sus preguntas y deja que maduren en el recinto grave de su soledad. Pero el espectáculo de las ciudades devastadas, de la multitud que huye despavorida por las carreteras donde a veces, cuando la locura llega a su paroxismo, se producen escenas inverosímiles, y el tronar del cielo surcado de aviones, lo sume en un estado de estupor y de náusea que inmediatamente se traduce en sordos dolores de barriga, como si todas esas imágenes de catástrofe fueran frutas podridas, trozos de carne echada a perder que él se estuviera tragando con los ojos y le infestaran las entrañas. De noche esas imágenes deformes se mueven en su vientre como un chapoteo de agua fangosa, y despierta llorando, abrazado a su Magnus.

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Entonces el padre se separa de él y de su madre, deja que sigan solos ese periplo por el infierno. Dice que se reunirá con ellos en cuanto pueda, pero, por su seguridad, debe esconderse; dice que avanzarán más rápido sin él. Es cierto, en cuanto el padre se va por su lado, el ritmo de ese viaje interminable cambia, tornándose más ágil, como si se hubieran desprendido de un peso que les estorbaba en su marcha hacia el sur. No obstante, el niño siente mucho dolor por esta separación.

Augusta Keller y su hijo llegan a una pequeña ciudad que pocas semanas antes debió de ser muy bonita. No es más que un montón de escombros a orillas de un lago. Allí, por fin, termina para ellos su deambular y comienza la espera de la llegada del padre.

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