Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 60 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 0

 

El verano toca a su fin; el hermano Juan no vino más. Debe de estar jugando al duende entre sus colmenas. Magnus no le da importancia, pero, desde aquel almuerzo en su compañía, ya no siente necesidad de encerrarse en la granja. En realidad, piensa en irse del lugar, de esa soledad. Ha cerrado el ciclo. El frailecito tenía razón, está a tope de vacío, de reclusión. El pesado silencio depositado en él empieza a clarificarse, a susurrar. Y este silencio en sazón, como diría el hermano Juan, lo incita a ponerse en camino.

Prepara su partida, esta vez con una indiferencia tranquila, no con la precipitación del dolor y de la vergüenza.

*

Llegan una mañana, como una nube sonora. A toda velocidad, ondeando en el aire, a la altura de un hombre. Magnus ve venir hacia él esa bola de color marrón dorado y tiene miedo, cree que lo va a atacar un enjambre. Pero la nube se detiene a un metro de su cara. El zumbido es trepidante. Magnus se acuerda de las palabras del hermano Juan, que le enviaría a sus mensajeras cuando llegase el momento. Pero no sabe si tomarse o no en serio la fantasiosa promesa del ermitaño.

La pequeña nube revolotea en el mismo sitio zumbando cada vez más fuerte; luego, imperceptiblemente, retrocede. Magnus da un paso adelante, las abejas se repliegan en la misma proporción. Avanza un poco más y ellas retroceden otro tanto. Entonces se pone resueltamente en marcha tras ellas, que lo guían.

Pasa por senderos por los que nunca había pasado antes, atajos a través de campos y boscajes. Sus guías son rápidas, apenas puede seguirlas. Cruza el río por el sitio más encajonado, subiendo a un puente de madera que tiembla a su paso. Penetra en un bosque, llega a un claro. Lo reconoce, es allí donde una vez hizo un alto y después no pudo volver porque no encontró el camino.

*

Las abejas se dispersan, regresan a sus colmenas. El hermano Juan está sentado en medio del claro, adosado al nicho cubierto de musgo. Viste una amplia capa negra cuya capucha bosteza en su nuca.

—¡Buenos días, hijo! —lo saluda como siempre—. Ven a sentarte a mi lado.

Magnus se sienta. No dice nada, no pregunta. Aguarda a que su anfitrión abra el diálogo. Pero el otro, que suele ser tan exuberante, guarda silencio durante largo rato. Del bosque circundante llegan múltiples sonidos con el zumbido sordo de las colmenas como fondo; el temblor de las hojas, las briznas de hierba chocando entre sí, un sostenido castañetear de insectos, el chapoteo de un arroyo, crujidos de ramitas secas, los gritos agudos o las llamadas aflautadas de los pájaros, cuchicheos y silbidos del viento y, a ratos, ladridos de perros y ecos de voces humanas en la lejanía.

El hermano Juan alza el rostro hacia la copa de un haya y, señalando con el dedo unas hojas que acaban de desprenderse e inician su descenso hacia la tierra, murmura:

—¡Escucha!...

Las hojas ovaladas, ya oscuras, planean con lentitud; tres de ellas, cogidas por una corriente de aire ascendente, se balancean en lo alto, se diría que son comas de color cobre que danzan en los pozos de luz que horadan la masa del ramaje. Comas vagabundas, puntuando libremente un texto luminosamente desnudo. Pero, de golpe, se vienen abajo; la corriente de aire se ha ido a otra parte.

—¿Has oído? —pregunta el hermano Juan.

Magnus ha observado la farándula vegetal, puede describirla visualmente, pero no auditivamente. El hombrecillo vuelve a su silencio. Magnus comprende que mientras no sea capaz de percibir, entre los diversos ruidos del bosque y la nota baja continua de las colmenas como fondo, el ínfimo soplo de aire que provoca una hoja al caer, el otro no dirá nada. Las horas pasan, el aire refresca poco a poco; la escena de la caída de las hojas rojizas se reproduce infinidad de veces. Como infinidad de comas erráticas y mudas.

*

Magnus tiene un ligero sobresalto, se vuelve hacia la izquierda. Su mirada capta el instante en que una hoja amarilla traslúcida, tan delgada como el ala de un insecto, toca el suelo muy cerca de él. Su oído lo ha percibido antes que sus ojos, mejor que sus ojos. «Lo escucho», le dice al hermano Juan, que en lugar de romper su silencio, se cubre la cabeza con la capucha de la cogulla y se acurruca, apoyando las manos sobre las rodillas y agachando la cabeza. Así, envuelto en su crisálida negra, entra en una somnolencia y termina apoyando la cabeza sobre el hombro de Magnus; su respiración se altera, cada vez más sonora y lenta.

*

Nada más, ningún fulgor, ninguna agitación del cuerpo adormecido, ningún estertor ni balbuceo salen de su boca. Solo esa respiración que sube lentamente, de forma amplia, de las profundidades del cuerpo sumamente concentrado, no en sí mismo sino en el olvido de sí, en una excavación, un vaciado de sí. Y la respiración se afina, se adelgaza, es suave y penetrante como el sonido de un oboe. Un suspiro de luz que se escapa de la oscuridad, una sonrisa vocal que tintinea discretamente en el aire. Una exhalación de silencio.

Nada más, pero los dos hombres se hallan tan completamente entregados a la escucha de ese suspiro y tan unidos en esa entrega que Magnus se siente conmovido: ese canto agudo, sordo a su propio cuerpo tanto como al del otro, le acaricia la carne debajo de la piel, fluye en su sangre. Esta caricia que siente en su cuerpo, por dentro, lo emociona, lo deslumbra y lo abisma en sí mismo con más fuerza que las caricias intercambiadas en el amor. Ese fugacísimo abrazo viene de más lejos que todo cuanto conoce, es radicalmente nuevo: un rapto carnal y mental de una delicadeza fulminante. Es la vida misma que lo abraza por dentro y que él, con un solo movimiento, estrecha con todos sus sentidos.

*

El hermano Juan sale de su somnolencia, endereza la cabeza y se sacude; su respiración se ha normalizado. Magnus hace lo mismo, están en perfecta consonancia. Se ponen en pie. El hermano Juan se quita la capucha, que cae sobre su espalda. Su rostro conserva las huellas de la intensa contención a la que acaba de someter su mente: un rostro de bebé viejísimo que despierta a causa de un sueño cuya amplitud él no puede contener, la frente arrugada por esta embestida de pura energía, los ojos empañados por una visión que se está retirando.

—Ahora vete a casa —dice—. Vuelve cuando haga falta. No tardará mucho; mañana, o dentro de unos días. Tú sabrás cuándo debes volver y qué has de hacer. Ya conoces el camino. —Acompaña a Magnus hasta el linde del bosque—. Cuando todo haya terminado, ve a la abadía a avisar a mis hermanos. Les llevarás mi cogulla, es de ellos. Es allí donde recibí el hábito. No me pertenece. —Contempla un momento el paisaje—. Me gustó mucho mi vida —agrega—, y esta región que nunca he dejado. —Se vuelve hacia su compañero, furtivamente lo estrecha en sus brazos y se aleja con su paso de duende hacia el claro.

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