Magnus (español)
Fragmento 24
Cuando Clemens Dunkeltal leyó el mensaje que le entregaron, y que instantáneamente redujo a una bolita de papel, juró que se lo haría tragar a su autor. No sabe su nombre, pero no tarda en localizarlo. No revela a sus contertulios el contenido de la esquela, les dice, sencillamente, que es injurioso y que se lo envía un cliente a todas luces alérgico a su canto, pero le pide información al camarero. Este último no entiende qué sucede.
—Si es el mismo hombre que pidió Geist der Liebe para complacer a su esposa. No entiendo, parecía muy satisfecho...
Entonces interviene una chica que está sentada en la otra punta de la mesa.
—La mujer, ¿no es la pelirroja del vestido a lunares negros y azules y que estaba sentada allí?
El camarero asiente.
—Yo la conozco —prosigue la joven—, es una inglesa, es profesora, asistí a sus cursos hace dos años. —Y se pone a decir algunas palabras en inglés muy divertida, lo cual desvía la atención del incidente, que por otra parte no tiene mucho interés. Pero Dunkeltal hijo se ha dado cuenta de que sí es importante y averigua cómo se llama esa encantadora profesora de inglés que tiene un marido tan susceptible. Margaret MacLane. Una vez que ha conseguido saber su nombre, pretextando cansancio le propone a su padre acompañarlo a su casa.
*
Un taxi deja a una pareja en una calleja cerca de las termas de Oberlaa y se marcha. La calle está desierta a esas horas de la noche, y ha refrescado un poco. Magnus se queda parado un instante sobre el bordillo de la acera para buscar sus llaves en el bolsillo. Está de espaldas a la calzada mientras que Peggy, a su lado, está de frente. En ese instante preciso ella ve un coche, que se hallaba oculto muy cerca de allí, que se les echa encima a toda velocidad. Grita y empuja a Magnus, ocupado en buscar en sus bolsillos, con tanta fuerza que pega un salto a un costado, lo suficiente como para que el bólido lo golpee solo en la cadera. Al caer oye dos ruidos, uno sordo y otro estridente, de la misma intensidad: el ruido de un cuerpo atropellado y proyectado en el aire, y el grito agudísimo proferido por ese cuerpo. Tendido de espaldas, aturdido por el choque, ve una imagen inconcebible, absurda: Peggy cayendo del cielo y estrellándose contra el asfalto a tres metros de distancia de él. El automóvil no se detiene, ni siquiera reduce la velocidad. Pero un contenedor de basuras ha rodado sobre la calzada, el vehículo da un bandazo, una de las ruedas golpea contra el bordillo de la acera y sin embargo sigue su carrera. Va tan rápido que, al doblar la esquina, su conductor pierde el control y se estrella contra una farola.
*
Magnus quiere ponerse de pie, pero no puede. Se siente clavado en el suelo por un dolor que le quema en la cadera. Llama a Peggy, que está acurrucada junto al bordillo. Se arrastra hasta ella. Algunas personas salen del edificio y corren hacia ellos, él no alcanza a ver más que sus pies, a lo lejos se oye una sirena de la policía, o de una ambulancia. Estira la mano hacia Peggy, toca su pelo. Está mojado y tiñe de rojo la punta de sus dedos. Oye voces que hablan, pero no entiende lo que dicen, no escucha más que el silbido de la respiración de Peggy. Sus caras están muy próximas, ve que los labios de Peggy se mueven débilmente.
—¿Tim...? —murmura, en un tono que es a la vez una queja y una pregunta.
*
Del coche destrozado contra la farola sacan a dos hombres. El conductor está muerto, ha fallecido en el acto, el volante se le ha incrustado en el pecho y tiene la cara lastimada por las astillas del cristal del parabrisas. El acompañante está gravemente herido. En el hueco de una de sus manos, fofas e inertes, encuentran una bolita de papel. Nadie se preocupa por eso, el papel arrugado cae entre los cristales rotos, los pedazos de metal, los charcos de sangre.
*
Peggy MacLane y Klaus Döhrlich han sido enterrados el mismo día, en dos cementerios diferentes de la ciudad. Ni Magnus ni el viejo Döhrlich asisten a esos funerales; ambos se encuentran en el hospital. El primero tiene una cadera y un fémur fracturados; el segundo, la columna vertebral rota.
*
En el apartamento abandonado, próximo a las termas de Oberlaa, el polvo se acumula encima de las cajas, las copas pegajosas y el mantel de damasco. La Schneewittchen levanta su tallo desnudo en el vacío, sus hojas y sus pétalos secos forman delicados montoncitos sobre la cabeza del osito Magnus y alrededor del corcho de la botella de champán caído entre sus patas.
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