Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 30 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 14

 

Aquí comienza la historia de Magnus. Aquí, en alguna parte entre San Francisco, Nueva York, Montreal, Los Ángeles y Vancouver, e infinidad de ciudades más. May Gleanerstones es una cazadora de espectáculos, trabaja como crítica para varios diarios y revistas y está siempre dispuesta a recorrer miles de kilómetros en pos de nuevas creaciones. Magnus suele acompañarla. Terence es un marchante de arte y también viaja con frecuencia.

Junto a Scott, forman una familia de cuatro miembros unidos por lazos que se cruzan sin confundirse, se respaldan mutuamente sin abrumarse, una familia en la que el amor se declina en el modo del deseo y la amistad.

Magnus se adapta muy rápido a esta nueva forma de vivir en constante movimiento. May es el mascarón de proa de un barco neutral que se hace a la mar cuando se le antoja y que se adapta con facilidad a las condiciones imperantes. Gracias a ella rompe por fin con sus fantasmas, pierde de vista su pasado. Ahora el horizonte está delante, no detrás como un agujero negro. Pero dado que le repugna, igual que a May, cualquier tipo de dependencia, empezando por la material, se pone a trabajar como traductor.

Traduce artículos para revistas de arte, libros técnicos, ensayos. Su trabajo es aleatorio, pero se adapta porque le permite una gran movilidad.

*

Sin embargo, por tres veces los fantasmas vuelven a presentarse en su vida. La primera al poco tiempo de llegar a San Francisco. Está cenando en un restaurante en compañía de los Gleanerstones y de Scott, cuando Terence interrumpe la conversación y, dirigiéndose a May y a Magnus, dice en voz baja: «Escuchen a los de esa mesa, detrás de la nuestra, escúchenlos bien...» Ellos prestan atención y Scott, por mimetismo, hace lo mismo. Las personas sentadas a la mesa de al lado hablan en un idioma de sonoridad muy áspera. Magnus se encoge levemente de hombros en señal de que no entiende; May frunce el entrecejo, muy concentrada.

—Me recuerda vagamente algo, pero ¿qué?...

Terence le da una pista:

—¿Comala?

May confirma:

—¡Claro, Comala! —Luego, volviéndose hacia Magnus, le dice—: Se parece a la lengua en que hablabas a veces en tu delirio en el hospital de Veracruz... esas frases que no eran en alemán y cuyo origen nadie conocía...

Magnus no se acuerda de ninguna de las frases que pudo decir, solo la visión de la noche fatal en Hamburgo ha quedado grabada en su memoria: una imagen eruptiva que ha arrojado a su vida una luz nueva, pero que es también una imagen cegadora contra la cual su pasado más remoto sigue chocando en vano. Scott, que se siente excluido de ese juego de remembranza, encuentra la forma de participar; se levanta y va a preguntar a los turistas de qué país vienen. Vuelve a la mesa, se sienta y convierte el juego en una adivinanza. Al final, como ninguna de las suposiciones de sus amigos es la correcta, les da la respuesta:

—¡Islandia! Magnus es, pues, un islandés clandestino... —declara, y, orgulloso de la palabra que acaba de aprender de los islandeses, alza su copa mirando a Magnus y lo saluda con un sonoro Skál! Pero, ante la sorpresa de los Gleanerstones y del propio Scott, Magnus no manifiesta curiosidad ni emoción algunas ante esta revelación, que le parece fantasiosa y se apresura a cambiar de tema. Por el momento, no desea mirar hacia atrás, remover escombros otra vez, agotarse rebuscando en oscuros laberintos; es feliz en donde está y lo único que quiere es vivir el presente.

*

Las veces siguientes sus fantasmas regresan por vías menos azarosas, convocados por la actualidad; sucede en 1961, primero con ocasión del juicio al teniente coronel de las SS Eichmann, que se abre en Jerusalén y que tiene repercusión mundial, y después con motivo de la construcción del muro que divide Berlín en dos.

Un reportaje consagrado al juicio del criminal nazi provoca un escándalo. Es el que realiza la filósofa Hannah Arendt para el semanario New Yorker. Le reprochan su tono, que se percibe como desenvuelto y arrogante, pero, sobre todo, sus análisis y sus juicios. Magnus lee el reportaje incriminado y lejos de ofuscarse hace suya la idea de la «banalidad del mal». A su juicio no se trata de un concepto lanzado de manera temeraria, sino un dedo puesto sin contemplaciones en una llaga que es preferible no ver de tan fea y vergonzosa que es. Mientras lee el texto de Hannah Arendt no puede evitar oír, como si de una música de fondo se tratase, las voces de los suministradores de desastre y de muerte que conoció y trató íntimamente: la risa estrepitosa de Julius Schlack, el bromista, la voz y la dicción perfecta de Horst Witzel, el fino conocedor de poesía, y la de Clemens Dunkeltal, el barítono bajo. Voces de aquellos que seguramente, de haber sido capturados y juzgados, habrían respondido, como Eichmann, en un tono seco y monocorde, desprovisto de remordimiento, «inocente» a cada uno de los cargos pronunciados en su contra por un tribunal.

*

En lo concerniente a la ciudad de Berlín, hurga en su memoria los recuerdos de las pocas veces que visitó esa ciudad cuando tenía siete años y no se acuerda más que del zoo, adonde Clemens lo había llevado un día. Era algo tan excepcional que su presunto padre se ocupara de él que aquel día se le quedó grabado profundamente, y no era para menos, pues la felicidad que sentía de estar al fin solo con su «amo de la noche» fue pisoteada sin asco. A los pies de una colosal estatua de iguanodonte, erigida a la entrada del zoo, esperaba una mujer joven en compañía de un niño de unos tres años. Esta visitante y su padre fingieron sorpresa al verse, como si se hubieran encontrado por casualidad. Y esa casualidad los alegró tanto que permanecieron juntos durante todo el paseo. Sin embargo, no fue la presencia inoportuna de aquella joven locuaz lo que echó a perder su alegría infantil, sino la del pequeño, un mofletudo llamado Klaus, con quien el «amo de la noche» se mostraba atento y afectuoso como nunca lo había sido con su propio hijo.

Vuelve a ver el enorme dinosaurio erguido sobre sus patas traseras, con la cabeza mirando hacia los árboles y, por encima del follaje, una bandera en el frontispicio de un edificio con la misma cruz negra, enorme, de brazos acodados, que adornaba el uniforme del doctor Dunkeltal.

Vuelve a ver al odioso querubín subido a hombros de su padre o sentado sobre las rodillas de este, y que a él, de nuevo, lo deja fuera. Vuelve a ver las jirafas, los osos, los elefantes y los bisontes, los árboles, los peñascos y las enormes pajareras; vuelve a ver los canguros recostados muy tranquilos, algunos inclinados sobre las patas delanteras, semejantes a humanos peludos y pelirrojos; vuelve a ver a un rinoceronte negro en un talud con sus minúsculos ojos muy abiertos, inmóvil a excepción de las orejas, la única parte de su cuerpo que parece dotada de movimiento, y a un león que camina de un lado a otro en su jaula; vuelve a ver a los gorriones invitándose con graciosa insolencia en los corrales de los animales cautivos, y a un ratoncito que de repente cruzó una calle provocando el pánico de algunas elegantes paseantes, entre ellas la amiga de su padre, a quien, por otra parte, las fieras no le daban ningún miedo. Pero todas estas imágenes resurgen junto con las mismas lágrimas de cólera y despecho que entonces empañaron sus ojos.

En cambio, lo que ve nuevamente con absoluta nitidez es a un bebé hipopótamo cuyo desmesurado bostezo había divertido mucho a la mujer y a Clemens, y el nombre de ese angelote con la boca abierta le vuelve intacto a la memoria: Knautschke. Se acuerda de ello porque había combinado el nombre del mocoso, que su padre pronunció en voz baja, con el del animal acurrucado contra el vientre deformado de su progenitora: transformando Klaus en «Klautschke».

*

A las pocas semanas de aquella visita, Berlín fue bombardeada y casi todos los animales perecieron. «Klautschke» y su madre ¿corrieron la misma suerte que los animales?

*

Europa no tiene el monopolio de las tragedias y la violencia, en Estados Unidos las hay a montones, se propagan profusamente por el mundo. El presidente Kennedy es asesinado, la guerra en Vietnam no parece tener fin, estallan disturbios en los barrios negros de casi todas las ciudades del país, Martin Luther King cae a su vez bajo las balas de un fanático. Al mismo tiempo, surgen contracorrientes que arrastran con su música barullera un ansia tenaz de vivir de otra manera, de salir de los guetos, de los atolladeros de las guerras, del aire viciado de una vida cotidiana regulada y mezquina. May abraza todas esas corrientes, está en todas partes donde algo se mueve y se perfila la promesa de un cambio, donde el pulso del tiempo se acelera. « I have a dream », había repetido como una salmodia Martin Luther King unos años antes de que lo asesinaran; May coge al vuelo aquel sueño interrumpido.

*

Siempre quiso desafiar la pesantez y precipitar los sueños en la realidad. Ello le valió, a la edad de quince años, el rencor inalienable de Nora, su madre. Hacía mucho tiempo que sus padres no se llevaban nada bien. Lajos, el padre, mantenía una relación con otra mujer, Judith Evans, amiga de la familia. Todo el mundo lo sabía, pero fingían ignorarlo por conveniencia. Un día el padre enfermó. Esta enfermedad repentina produjo en Nora más satisfacción que inquietud: mientras su marido estuviese recluido en su cuarto, no vería a su amante. La enfermedad se agravó. Habría sido preferible llevar a Lajos al hospital, pero Nora se opuso con el argumento de que estaría mejor en su casa con su familia, y dio muestras de gran abnegación al ocuparse de su «pobre marido». Era una abnegación real pero feroz, pues si bien ponía todo su fervor en curarlo, mucho más ponía en mantenerlo aislado, al extremo de que casi nunca autorizaba a su hija a entrar en la habitación donde descansaba su padre con la excusa de que no había que fatigarlo.

El padre no descansaba, se moría poco a poco. Y en su lenta agonía pedía ver a Judith. Suplicaba. Nora le enjugaba con dulzura el rostro, le daba de beber, le acariciaba la mano y se contentaba con repetirle, solícita y afectuosa: «No hables, Lajos, tranquilo, yo me ocupo de ti, está todo bien...» Y cuando, cerca del final, él llamaba a Judith, pronunciando con un hilo de voz su nombre que hubiera querido gritar, Nora contestaba poniendo cara de inocente: «Estoy aquí, querido.»

Judith Evans había ido dos veces, con el pretexto de visitar a sus amigos, para saber cómo seguía el enfermo. Nora la había recibido con una cordialidad implacable, imponiéndole el suplicio de un té en el que cada mirada, cada gesto, eran medidos, calculados, y de una conversación en la que cada frase estaba compuesta de clichés repugnantemente estúpidos e insulsos, y entrecortada de ásperos silencios. En el transcurso de su primera visita, Judith pensó que podría ver a Lajos, que él bajaría de su cuarto; desconocía la gravedad de su estado. Nora, al acecho de ese deseo que odiaba y que por fin tenía en su poder, había cancelado sus expectativas con pocas palabras: «Es imposible, duerme, no quiere que nadie lo moleste.» La segunda vez, Judith se atrevió a formular su deseo:

—Me gustaría verlo...

Nora bebió un sorbo de té, despacio, posó con delicadeza la taza en el platillo —en el silencio del salón se oían los latidos sordos, acelerados, del corazón de Judith Evans—, y, con una sonrisa llena de gracia y desolación, asestó el golpe definitivo:

—Es demasiado tarde, ya no reconoce a nadie. Le agradezco su visita. — Y se puso de pie, añadiendo, sin dejar de ser extremadamente cordial—: La acompaño.

Judith se levantó a su vez, estaba lívida y le temblaban los labios. En ese momento, May, que había presenciado la escena, intervino.

—Venga —le dijo, tomando a Judith Evans de la mano. Y antes de que su madre tuviera tiempo de reaccionar, ya había abandonado el salón en compañía de Judith, había cerrado la puerta con llave, había subido las escaleras y se había introducido en el dormitorio de su padre junto con la mujer a la que él amaba.

*

«I have a dream.» Los sueños están hechos para entrar en la realidad, hundiéndose en ella con violencia si es necesario. Están hechos para volver a insuflarle energía, luz, algo inédito, cuando la realidad se mete en el barro de la mediocridad, en la fealdad y la estupidez. Los golpes que daba el corazón de una mujer presa del espanto del amor habían provocado en May una voluntad de emancipación total y un descaro de una vitalidad infatigable.

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