Magnus (español)
Fragmento 26
La hibernación de Magnus dura mucho tiempo, varias estaciones, pero no genera ninguna clase de torpor ni de pasividad. Se concentra en cumplir con un trabajo lento e impalpable a la vez: dejar que se decante el tiempo, día tras día, hora tras hora. Es una actividad semejante a la erosión o a la formación de estalactitas de hielo en una gruta; una actividad que exige una paciencia y una concentración maniáticas, y una desoxidación del pensamiento. Un despojamiento de sí.
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Anda mucho, como una decantación paso a paso. Se levanta temprano y sale al campo. Camina balanceándose un poco, llevando siempre un palo que le sirve de bastón. La zona por la que deambula describe una suerte de gran estrella cuyas puntas se extienden en zigzag. La gente de la región se ha acostumbrado a ver pasar su silueta claudicante por los caminos, las calles, las aldeas. No saben de dónde viene, quién es o qué hace en ese rincón perdido. Es un hombre callado, que no habla con nadie. Pero tampoco molesta a nadie, es cortés con todo el mundo. Como nadie sabe cuál es su país de origen, deducen, por su acento y su carácter taciturno, que el extranjero debe venir del norte de Europa, y lo llaman «el tipo del norte». O, a veces, «el cojo».
Un día se internó en un bosque situado al otro lado del río que serpentea a través de las montañas y desembocó en un claro sin cultivar. En el perímetro del terreno vio una hilera de campanas de paja entretejidas con ramas muy finas, colocadas sobre unas tablas: colmenas fabricadas a la antigua, que Magnus no había visto jamás en su vida. Hacía frío aquel día, un frío seco, y la escarcha plateaba las colmenas dormidas. En medio del claro se alzaba una pequeña construcción de piedra cubierta de musgo; un nicho destinado a alojar una estatuilla, pero esta había desaparecido. Por el nicho vacío se deslizaba muy lentamente una larga babosa de un marrón rojizo. Magnus se sentó en ese montículo para descansar un momento. Los sonidos que se oían a su alrededor lo sorprendieron, eran diferentes de los que se había acostumbrado a oír en el corazón de los bosques. Estos resultaban más matizados, más modulados, como si alguien ensayara con un instrumento de viento con una torpeza no exenta de gracia. Escrutó la vegetación, aguzó el oído, pero no percibió presencia humana alguna. Sin embargo, esa melodía, como un silbido, procedía de muy cerca. Se puso de pie para inspeccionar el lugar y por fin descubrió el origen de la música: los troncos de las hayas presentaban unos huecos peculiares por los que el viento, al pasar, producía un silbido. En el tronco de uno de aquellos árboles creyó reconocer la silueta de un cuerpo, un rostro impreciso con el dibujo de una sonrisa y el boceto de unas manos juntas; en otro, la forma de un hombre con una trompeta en las manos, y en otro el relieve de un corazón, y más allá unos cuernos de carnero. Pero esas hayas estaban muertas, algunas todavía en pie, otras caídas en el suelo, y todas cubiertas de hiedra y zarzas. Le habría gustado regresar a ese bosque, pero no volvió a encontrar el camino.
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También pasa largas horas inmóvil, en una decantación gota a gota. Ha limpiado la granja, pero no acondiciona ese vasto espacio de suelo de tierra. La única función que le destina es precisamente la de no servir para nada. Un lujo inútil, gratuito, un santuario dedicado al vacío.
Hay una silla junto a la puerta. Cuando Magnus entra en la granja, la coge por el respaldo y la coloca unas veces en medio de ese espacio, otras contra una pared o en un rincón, y se sienta, con las manos juntas apoyadas sobre el bastón puesto entre sus rodillas. Puede quedarse horas así, saboreando el silencio, los juegos de sombra y luz que se filtran por las junturas de los listones de las paredes, observando el imperceptible remolino del polvo entre los rayos de luz, la labor de una araña que teje su tela en un rincón. A veces pasa un ratón a todo correr, olfatea el sitio, se orienta y se va a otra parte. Los pájaros también se aventuran en su santuario de nada, algunos han hecho ahí sus nidos.
Al salir vuelve a colocar la silla junto a la puerta.
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En la iglesia de Bazoches se encuentra la tumba de un tal Vauban. Magnus descubre quién fue este hombre, la importancia de su obra, la pluralidad de sus intereses, su genio, su coraje; un hombre notable que cayó en desgracia por exceso de inteligencia, de audacia y de generosidad intelectual, después de haber sido ampliamente explotado por su rey, que no tenía de grande ni de solar más que sus calificativos usurpados.
Al cuerpo inhumado allí le amputaron el corazón que Napoleón, un siglo
más tarde, mandó depositar en Los Inválidos 1 . Magnus se acuerda de la cripta de la iglesia de los Agustinos que visitó con Peggy al comienzo de su estancia en Viena, piensa en los corazones de los Habsburgo, arrancados también de los pechos donde se habían formado y habían latido. Corazones exiliados, sellados en urnas. El despedazamiento de cadáveres de nobles, héroes y santos, cuyos miembros, huesos, pelos, vísceras, fueron repartidos por todo el mundo, le parece una curiosa mezcla de barbarie, obscenidad y magia infantil. ¿Qué haría él con los corazones de May, de Peggy, de Lothar, conservados en formol en un relicario?
Pero el fraccionamiento de despojos sagrados responde, tal vez, a ese otro fenómeno de parcelación que tiene lugar en el cuerpo de los vivos enlutados: cada ser amado, al desaparecer, se lleva un poco de carne, un poco de sangre de los que quedan en la tierra, temblando de frío y de insulsez en la pertinaz llovizna de la ausencia. El cuerpo de Magnus también fue aligerado así, muy temprano, cuando su madre, la desconocida de Hamburgo, se quemó delante de sus ojos, calcinándole un pedazo del corazón y petrificándole la memoria. Y May también le robó una parte de carne y una parte de corazón mezclándolas con sus cenizas dispersadas en el azul mudo del cielo. Y después Peggy, el gran rapto carnal y el enterramiento del deseo, de la alegría, del goce en la humedad negra y helada de la tierra.
De su padre no tiene nada, ni siquiera una imagen; pero ¿quizás el nombre de pila recogido del cuello del osito y que él hizo suyo? Ese quizás frágil hace las veces de filiación, De Lothar, el austero tutor transformado en amigo tutelar, le queda una máscara de yeso. Una máscara opaca con los párpados cerrados, los labios sellados, cercenada la sonrisa de bondad admirable que iluminaba discretamente el mundo. Lothar se llevó esa claridad que él sabía hacer amanecer en los confines del pensamiento. La mirada de Magnus no logra distinguir el menor fulgor en el horizonte de los días, pasados o por venir.
La decantación del tiempo todavía no produce más que las fluctuaciones de una bruma en la lejanía y algunos boquetes que tienen el duro brillo de la escarcha.
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Así va Magnus en su soledad del Morvan, anudando amistades póstumas junto a las tumbas, amistades mudas con este o aquel árbol, este buey o aquella oveja que cruza al pasar por un prado, amistades fugaces con las nubes, los murmullos de las fuentes, los olores de la tierra, del viento. Amistades de un instante.
1. O «Les Invalides». Es un complejo arquitectónico ubicado en el
Distrito VII de París. ↩
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