Magnus (español)
Fragmento 21
Por fin un día se decide a llevar a la tintorería el damasco que sacó de la basura que Peggy había dejado delante de su casa abandonada. Ya en su casa, de regreso de la tintorería, lo despliega para comprobar si la limpieza le ha devuelto su aspecto satinado y su color marfil. Las manchas de vino y salsa se han ido, aunque no del todo; se han diluido hasta convertirse en pálidas aureolas rosadas y ambarinas que se superponen a los motivos de la tela. Evocan vagas eflorescencias, flores marchitas asomando en la bruma matinal.
Como pasa mucho tiempo observando esos dibujos florales, siguiendo con la punta del dedo su contorno incierto, por la noche vuelve a verlos en sueños.
Vuelve a ver a Peggy, como en su último encuentro, con su vestido claro y vaporoso, constelado de flores y mariposas minúsculas. Y, de repente, como en sus sueños de adolescente, cuando ardía de deseo hacia Peggy, ve que empieza a balancearse, a girar en círculos cada vez más amplios, y que su falda se pone a temblar suavemente, a levantarse, a abrirse como una amplia corola. Flota, la falda sembrada de flores diminutas y de insectos, flota hasta la cintura, nimbando con un suave resplandor el vientre blanco, las caderas delgadas, las nalgas desnudas. El sexo ya no tiene, como antes, forma de cardo solar, sino de peonía de innumerables pétalos cerrados.
Y de pronto las flores se desprenden de la tela, las mariposas echan a volar y danzan en cámara lenta; el vestido se evapora, solo queda un nimbo lechoso veteado de estrías amarillas tirando al naranja alrededor del talle de la mujer desnuda. Sus pechos son hermosos, pequeños y perfectamente redondos, sus areolas tienen el color de las avellanas frescas y sus pezones son como la almendra de la avellana. La piel está cubierta de pecas minúsculas, a menos que se trate de ocelos de alas de mariposas.
La peonía apenas se entreabre con un leve estremecimiento de pétalos. Y el sueño se interrumpe.
*
No, el sueño no se interrumpe, sino que cambia, se transforma. Peggy ha desaparecido, mejor dicho, su cuerpo se ha desdibujado hasta hacerse casi invisible, un poco como las manchas deslavadas del damasco que ahora parecen vahos con un poquito de color, ideas de flores. Solo resta la peonía, como un puño que se entreabre y se cierra. No, como un corazón que late.
Ya no vea Peggy, solo intuye un corazón que palpita en el vacío, en medio de una bruma lechosa. Oye los golpes sordos, monótonos, de ese corazón suspendido. Cuanto más se despoja visualmente su sueño, más sonoro se hace.
*
¿Basta con soñar con alguien para que esa persona se acuerde de uno y reaparezca tras un prolongado silencio? Lo cierto es que, una semana después, Magnus recibe una carta de Peggy. Durante todos esos meses, escribe, que quedó destrozada por lo que había sucedido durante la cena en su casa, «su casa», que había dejado de serlo. Destrozada, pero ¿por qué?, se pregunta: ¿por la vergüenza, aumentada por haber tenido que confesar la que sentía después de la muerte de Tim, los remordimientos por haber sido la causa de esa muerte, su incapacidad para explicar la tragedia, o el estupor ante el extraño fenómeno que se produjo esa noche en presencia de Magnus, y que ella sigue sin comprender? No cree en fantasmas ni en casas hechizadas, pero sí en la fuerza de los sentimientos cuando se agudizan, ya sean buenos o malos, en la fuerza de las emociones, sobre todo si han sido fuertemente ocultadas, en la energía de ciertos pensamientos, sobre todo si han sido tenazmente callados. La carne, entonces, saturada de toda esta energía cautiva, y el corazón demasiado dañado por las omisiones, las mentiras, los miedos, los remordimientos, terminan por gritar, sin aliento, todo lo que no se podía ni se quería decir. Sí, durante meses ha vivido en el aturdimiento de esta estupefacción, esforzándose por salvar la cara frente a sus colegas y alumnos del instituto donde enseña. Pero hace tres días el peso que la oprimía ha cedido, la angustia que la atenazaba permanentemente se ha aflojado de golpe. No sabe por qué ni cómo y no quiere saberlo. Solo constata el cambio, el alivio, el principio de una liberación. Sin que por ello vaya a olvidarse, ni abjurar o negar nada de lo ocurrido: su responsabilidad en la muerte de Tim, su progresivo hastío de él transformado en repulsión y luego en odio frío, funesto. ¿Ha conocido usted esta lenta desfiguración del amor? , pregunta a Magnus, y añade que espera que él nunca tenga que conocerla ni soportarla.
Y desde hace tres días, prosigue ella en su carta, tiene la impresión de haber progresado más que en varias décadas. La impresión de volver a ponerse en movimiento, en marcha delante de sí misma, sin tratar de camuflar más su falta a sus espaldas sino de llevarla en brazos, como un animalito herido de muerte, es cierto, pero que sin embargo no pierde la esperanza de salvar.
Si le escribe es para decirle todo esto y darle las gracias por haber avivado, conscientemente o no, la locura que ardía dentro de ella hasta hacerla estallar, hasta consumirla. Y no importa, agrega, si todo esto que ha tratado de contarle le parece confuso; necesitaba decírselo.
Por último le dice que si un día tiene ganas de ir a Viena, estará encantada de recibirlo. Aclara incluso que alquila un apartamento lo bastante grande para acoger huéspedes.
Su carta termina con esta invitación cálida y a la vez imprecisa. Magnus no tarda en volverla precisa: decide que irá a Viena el mes siguiente.
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