Magnus (español)

Sylvie Germain · Capítulo 36 de 63

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Magnus (español)

Fragmento 17

 

«Estaba seguro de que volverías un día, así, sin avisar, como el hijo pródigo —dice Lothar—. Todos estos años sin tener noticias tuyas... Me figuré que vivías otras vidas, con la esperanza de que habías hallado la paz. Y el perdón.» Lothar le habla en alemán, un idioma que Magnus lleva años sin practicar y que ahora, al oírlo, le suena de un modo extraño. Las palabras le llegan desde lejos, como cubiertas de bruma y escarcha, incrustadas en un mineral de ganga rugoso, y piensa de pronto en los diamantes que Thea había cosido a su peluche y sobre los que se había formado una costra de lágrimas grises.

Las palabras de su lengua de antes empiezan a retorcerse en el fondo de su garganta, a balbucear en voz baja, pero se quedan allí, anudadas en una bola grumosa, un coágulo de vocablos cuya belleza se ha opacado, resquebrajado. No consigue disolverlo, despegar de allí las palabras. Le duele la garganta, tiene la boca seca. Contesta a Lothar en inglés. Pero su respuesta resulta evasiva, porque no es paz lo que encontró allá, lejos de Europa, sino una alegría nueva, vivaz, y de golpe esta alegría se ha convertido en polvo y lo ha dejado desamparado, extraviado en sí mismo, que ahora suena hueco. En cuanto al perdón, es posible que un día consiga perdonar el robo y la falsificación que Thea cometió en perjuicio de su infancia, pero definitivamente no incluye en esta posibilidad a Clemens Dunkeltal, cuyos crímenes no admiten la menor excusa ni indulgencia. Por otra parte, agrega, como él no fue víctima de los crímenes perpetrados en los campos donde actuaba el médico exterminador, no tiene derecho a perdonar en lugar de los mártires.

Lothar está solo en casa, Hannelore se ha marchado a Liverpool, donde viven Erika y su marido, para ayudar a su hija, que acaba de traer al mundo a su quinto hijo, un varoncito que se ha demorado en llegar, el primero de la familia, llamado Jonas. Else, en cambio, vive en Londres con su marido y sus mellizas, Doris y Clara. En una pared del comedor están los retratos de Erika y de Else, fotografiadas el día de sus respectivas bodas, y una foto reciente de las seis nietas de Hannelore y Lothar. Tienen entre tres y quince años de edad, más o menos. Todas gorditas, rubias y sonrientes, salvo una, Myriam, una adolescente de pelo castaño y delgada, que posa muy tiesa, con los brazos a los lados del cuerpo y los puños apretados. Es la hija mayor de Erika, que él conoció en la cuna. Era la primera vez que veía un bebé y se había acercado a contemplarla profundamente emocionado. Se acuerda de sus puñitos tenazmente cerrados, de sus muecas de rana, de su aspecto de sabio viejísimo al que atribuyó una vasta y confusa sabiduría, la del misterio de la vida, y también de cuánto había soñado, mirando a esa niñita, con su propia infancia enterrada en el olvido.

Las huellas de un amor maternal están seguramente adormecidas en el fondo de su ser; son huellas de sonrisas, palabras melodiosas, caricias y miradas radiantes, pero no proceden de Thea. Y esas huellas sepultadas bajo los escombros de Gomorra vuelven a lastimarlo, como un nombre conocido que uno busca y que se obstina en quedarse en la punta de la lengua, una melodía familiar que uno oye en su cabeza sin que salga de esta ni una sola nota audible.

Lothar menciona que Myriam está muy dotada para el dibujo y la escultura. Pone toda su energía en esta pasión artística, en detrimento de sus estudios, y por eso riñe a cada rato con sus padres. Le muestra dos pequeñas esculturas que Myriam ha modelado hace poco: una representa a una joven sirena con el busto erguido, los brazos levantados por encima de la cabeza y las manos hundidas en sus cabellos, que son como algas zigzagueantes; la otra es un hombre filiforme, provisto de un pico de ave zancuda y patas de pájaro en lugar de manos y pies, a punto de saltar un obstáculo invisible. Es evidente que hay mucho talento en los dedos de Myriam; pero, sobre todo, fuerza y furia atesoradas en sus puños.

*

El tiempo en casa de los Schmalker parece haber transcurrido lentamente, con delicadeza. Reina el mismo orden de siempre, una limpieza impecable y una profunda calma, todo lo que a Magnus, en la época en que se llamaba Adam y vivía allí, le resultaba pesado y no veía la hora de dejar. Ahora aprecia esta apacible atmósfera de recogimiento, como la de una casa de estudios donde la vida misma, los acontecimientos del mundo, los diarios y los libros, los sentimientos y los pensamientos de sus habitantes, son cada día objetos de reflexión, de un permanente esfuerzo de comprensión.

El tiempo no ha pasado por Lothar, sino que ha penetrado con dulzura, profundamente en su cuerpo, que ha perdido vigor y empieza a encorvarse, y en su piel, algo más gruesa y arrugada; sus cabellos han encanecido y su voz, levemente velada, se derrama sobre un vasto fondo de silencio. El tiempo ha pulido sus ojos hasta hacerlos brillar con una claridad de cuarzo gris azulado, muy pálido, como si en él se hubieran engastado unas gotas de luz. Y cuando posa la mirada en su interlocutor, lo abarca en la órbita de su claridad.

Lothar formula a Magnus la pregunta que venía posponiendo desde el principio de la conversación. Quiere saber si es creyente. «Ya bastante me cuesta tener fe en mí mismo y en los demás.» A esta respuesta esquiva de Magnus, Lothar replica, sonriendo, que la fe en Dios es como la fe en el hombre, un acto arriesgado y muchas veces penoso. No hay certeza ni reposo ni nada ganado de antemano en este acto del pensamiento y del corazón que hay que renovar todos los días.

*

Vuelve a ver a Else, que ha visitado a su padre. Sigue siendo tan alegre como de soltera. Mientras están conversando en el salón, Magnus se acuerda de Peggy Bell, de quien se había enamorado de un modo tan ridículo después de robarle un beso en ese mismo salón, y le pregunta por ella.

—Ah, Peggy... —dice Else, repentinamente contrariada—. La veo poco. Ha cambiado mucho desde la muerte de Tim...

—¿Tim? ¿Quién es?

—Timothy, su marido. Murió el año pasado. Se cayó del borde de un acantilado mientras daban un paseo, en Kent, donde se encontraban de vacaciones. Peggy no estaba con él en el momento del accidente y no lo vio caerse. Lo supo varias horas después, cuando hallaron el cuerpo sobre las rocas.

—¿Y desde entonces...?

—Resulta difícil saberlo, su comportamiento es imprevisible. Desaparece durante semanas, reaparece sin avisar y cuando uno logra por fin retomar el contacto con ella, se muestra inasible, encerrada en sí misma, como si se hubiera vuelto muda, ella, que era tan cálida, tan locuaz... Lo único que sé es que quiere irse de Inglaterra, dice que ya no soporta vivir aquí, como si el fantasma de Tim ocupara todo el país, y que el único modo de empezar a olvidar es yéndose a otra parte. No la entiendo...

La evocación de la desgracia que convierte a Peggy en una fugitiva, reaviva en Magnus su propio desarraigo frente a su pasado y su dolor por la muerte de May, desdichas que también a él lo han vuelto inseguro y huidizo. Y toma conciencia de que en el fondo no tiene ganas de establecerse nuevamente en Londres, que solo ha venido por un tiempo, por más que todavía no sepa cuándo volverá a partir, ni hacia dónde. No posee la sabiduría del sedentario, como Lothar; pero uno puede convertir el mundo en una casa de estudio, por zigzagueante y fragmentario que sea el estudio en cuestión.

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