Magnus (español)
Fragmento 12
El joven que fue hallado inanimado al borde de un algodonal, víctima de una insolación, ha sido transportado a un hospital de Veracruz. Van dos días que la fiebre lo tiene, en carne y espíritu, dentro de un brasero. Suda, se agita, delira. Pero debajo de los párpados lastimados por el sol la mirada está fija, clavada ante una imagen, la de la masa negra en que se convirtió la mujer después de dar vueltas y vueltas, con alas de llamas en la espalda. Querría ver su cara de cuando estaba viva, la misma que tenía en el sótano, en la calle en ruinas, antes del vals. Querría remontar el curso de las imágenes, pero su memoria se niega, choca con ese cuerpo carbonizado, se fractura, se lastima. Y se exaspera.
Cuando su memoria, a fuerza de tensión, por fin vuelve a ponerse en movimiento, lo hace en sentido contrario, hacia delante. Esa masa negruzca que yace en el fango se levanta y es otra la mujer que se alza de las cenizas, una desconocida vestida con un traje negro, con la boca pintada de rojo y diamantes en las orejas. Avanza hacia él con su sonrisa roja, sus ojos brillantes y un centelleo de flores de escarcha en las orejas. Se agacha — huele bien— para acariciarle la cabeza, balbucea palabras que él no entiende pero que susurran como el follaje, luego, con suavidad, lo toma de la mano y se lo lleva. La sigue, pequeño robot dócil, mas, cuando la mujer intenta quitarle el oso que él aprieta con fuerza debajo del brazo, se escapa gritando como loco. Ella se resigna y le deja conservar ese feo remanente de su pasado, del cual tiene la intención de deshacerse en cuanto haya domesticado al niño.
*
«Magnus...», dice él, y al pronunciar ese nombre, que repite muchas veces con voz muy débil, abre por fin los ojos. La fiebre ha remitido y lentamente recobra la conciencia. Ve a una mujer sentada a la cabecera de su cama. Al principio no la reconoce, no estaba en sus visiones. Es May Gleanerstones.
Cuando el enfermo llegó al hospital, hallaron en sus bolsillos la novela de Juan Rulfo y la tarjeta de Terence Gleanerstones. Ningún otro papel. Entonces llamaron por teléfono al hotel, cuyo número figuraba en la tarjeta, y los Gleanerstones se presentaron de inmediato, pero no pudieron brindar demasiada información pues no conocían más que el nombre de pila del joven y no estaban seguros de recordar el apellido. Les sorprendió mucho oír a este estudiante inglés hablar en alemán bajo el efecto de la fiebre, y les pareció que a veces también decía frases en otro idioma, pero no fueron capaces de determinar cuál.
El libro nuevo que May le había regalado estaba muy gastado, a juzgar por las hojas arrugadas y con las puntas dobladas se notaba que lo había manoseado mucho, que lo había leído y releído con avidez. Sin dudarlo un instante más, ella se puso a leer la novela; la curiosidad afinó su conocimiento del español, que distaba de ser perfecto. El relato la desconcertó, todos los personajes eran almas dolientes que se debatían en el vacío, que entretejían hebras de diálogos, una farándula de ecos salidos de ultratumba y que erraban como fuegos fatuos en la larga noche blanca de Comala. «¿Es así como nos hablan los muertos?», se preguntó. Terence respondió, indirectamente, al explicarle que así habla nuestra memoria, en forma reiterativa, pero en voz muy baja y confusa, como la de la sangre en nuestras venas, que no oímos. No la oímos porque no la escuchamos. Pero hay libros que están escritos de un modo que a veces, en ciertos lectores, producen un efecto parecido al de las caracolas cuando las apretamos contra la oreja y de repente oímos el ruido de su sangre bramar en voz baja dentro de la concha. El ruido del océano, el ruido del viento, el ruido de nuestro propio corazón. Un murmullo de limbos. Adam ha leído ese libro, que para algunos solo cuenta una historia rara, confusa, en la que no llegan a entrar, y seguramente apoyó el libro contra su oreja; un libro como un hueco, un foso, un abismo, donde una nube de ecos se habrá puesto a murmurar.
Terence ha regresado a San Francisco para atender sus asuntos, no ha podido esperar a que el joven despierte. May se ha quedado; se siente solidaria con ese extranjero inmóvil en una cama de hospital. Un chico raro, la verdad, le salva a ella la vida y al día siguiente pone la suya en peligro echándose a andar con la cabeza descubierta bajo los rayos del sol, y todo por haber leído un libro hasta la embriaguez. Y como ha sido ella quien se lo ha regalado, se siente un poco responsable. A decir verdad, está muy intrigada por ese muchacho inglés que se mostró tan reservado durante la cena y que ahora, bajo el efecto de la fiebre, habla y grita en otros idiomas. En realidad, lo que no se atreve a confesarse es que cuanto más lo mira debatirse con sus demonios en una cama, el pelo empapado de sudor y jadeando casi como si hiciese el amor, más atractivo lo encuentra. Y desea ocupar el lugar de los demonios de la fiebre, acostarse con él en una cama, sentir el olor de su piel y todo el peso de su cuerpo encima del suyo, oír su jadeo contra el cuello.
*
—¿Magnus?... ¿Quién es Magnus? —pregunta May inclinada sobre Adam.
—Soy yo —dice él.
—¿Y Adam? ¿Qué ha sido de él? ¿Se quedó en Comala? —sigue preguntando ella, creyéndolo perdido en el libro, pero sin saber bien si divaga o si está hablando con sensatez.
—Como usted ha leído la novela, sabe que Juan Preciado está muerto cuando empieza la historia. Pues bien, yo también estaba muerto, a mi manera. Adam Schmalker era un engaño; es normal que se haya desplomado sobre un talud, devorado por el sol.
Esta respuesta la deja perpleja, pues no está segura de poder seguir una lógica tan complicada; sin embargo, no le cabe duda de que el chico, decididamente desconcertante, está en sus cabales, y que hasta puede que su lucidez se haya aguzado en los meandros de la fiebre.
—Tengo la extraña sensación de comprender y al mismo tiempo de no comprender lo que a usted le sucede —termina por decirle—. Cuando esté completamente restablecido, me gustaría que me explique... quién es usted.
El joven sonríe, cansado, con amargura, pues también él, él más que nadie, querría saber quién es exactamente. Por ahora solo sabe que no es, que nunca fue y nunca más creerá que es: el hijo de los Dunkeltal. Un alivio. Y no obstante se siente como un apóstata —del nombre que le pusieron, de su falsa filiación—, con el nombre, como única identidad de repuesto, de un oso de peluche, un nombre del que, a falta de otro mejor, se apropia de nuevo, como en el pasado.
Magnus. Alias Magnus. Al amparo de esa palabra fantasiosa, decide entrar por fin en la edad del hombre.
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