Magnus (español)
Fragmento 3
Pasa la mayor parte del tiempo contemplando lo que le rodea. Dicen que es demasiado soñador, inactivo. Pero no, quedarse horas mirando el paisaje, el cielo, los objetos, los animales, la gente, es un trabajo muy serio y él se empeña a fin de grabarlo todo en su memoria. Antes estaba hecha de partículas volátiles, como la arena; ahora se esfuerza por darle una solidez mineral.
Ama las landas que se extienden por los alrededores de su pueblo, la bruma rosada de los brezos, los estanques, las arboledas de enebros y, sobre todo, los bosques de abedules por su blancura sedosa, resplandeciente a la caída de la tarde, cuando se oscurece el azul del cielo. Le fascinan los contrastes de colores y de luminosidad, adivina en el cielo cargado de nubes negras las brechas de sol, los destellos de azul claro, y en el agua verdosa de las charcas los parches de brillantez, sobre las rocas musgosas el resplandor fugaz del grano de la piedra, como un relámpago de plata en miniatura. Pero teme a la noche, que se traga formas y colores y le infunde un desasosiego atroz. En momentos como esos aprieta a Magnus contra su pecho, cual irrisorio escudo de tela, y le susurra fragmentos de historias incoherentes junto a la oreja, preferentemente la izquierda, la que está lastimada y por eso necesita más atenciones. Como su madre, que lo mima arrullándolo con cuentos, él mima a Magnus acariciándolo con palabras. En las palabras hay tanta fuerza y dulzura juntas.
*
Los adultos lo desconciertan. No entiende sus preocupaciones ni sus alegrías, y mucho menos esas cosas raras que a veces dicen. Suelen gritar de alegría o de rabia. Y cuando oye sus risas demasiado fuertes, brutales, o sus gritos furiosos, se encierra en sí mismo. Es muy sensible a las voces, a su tono, su timbre, su volumen. Hasta la suya propia le suena a veces de un modo extraño, como si tuviera la garganta lastimada por las protestas y los llantos que no podía reprimir cuando estaba enfermo y la fiebre lo martirizaba.
Ama a sus padres de todo corazón, pero también a ellos los observa con perplejidad desde el fondo de su soledad de hijo único, especialmente a su padre, que le intimida y a quien nunca se atreve a hacer preguntas.
Clemens Dunkeltal es médico, pero no tiene una clientela privada ni trabaja en un hospital. El lugar donde ejerce su profesión no queda lejos del pueblo donde viven, y sin embargo Franz-Georg nunca ha ido allí. A juzgar por su porte majestuoso y su expresión grave, el doctor Dunkeltal es seguramente un hombre importante, un mago de la salud. Atiende a millares de pacientes en el enorme asilo de las landas y todos deben de padecer enfermedades contagiosas, puesto que no tienen derecho a salir. Franz-Georg se pregunta de dónde procederá esa muchedumbre de pacientes —de toda Europa, dijo su madre un día, con una imperceptible mueca de orgullo y repugnancia a la vez—. El niño buscó en un atlas y se quedó atónito: Europa es tan vasta, hay tantos pueblos.
*
El padre casi nunca está en casa, y cuando se queda no presta demasiada atención a su hijo. Nunca juega con él ni le cuenta historias, y cuando se digna fijarse en él, es para reprocharle su pasividad. Franz-Georg no encuentra ni el valor ni las palabras para explicarle que la contemplación no es pereza, sino un ejercicio paciente de adiestramiento de la memoria. Se traga sus lágrimas, de impotencia por no poder expresar lo que piensa o siente, y también de tristeza, porque no sabe cómo agradar a su padre.
Pero están esas noches mágicas en las que Clemens se transfigura en rey mago, cuando, acompañado al piano por su esposa o algún amigo de los que han invitado a cenar, se para en medio del salón, erguido bajo la luz amarilla, acidulada, que cae del candelabro, y canta arias de Bach, Schütz, Buxtehude o Schubert, con su voz de barítono bajo dotada de una plasticidad sorprendente. Su boca se abre y es un abismo de sombra donde tiembla y brama un sol en medio de una tormenta. La luz centellea en la montura metálica de sus gafas y sus ojos desaparecen, como fundidos en los círculos de cristal. Su cara lampiña, de frente desnuda y nariz aguileña, también parece fundida en un metal blanco o moldeada en vidrio. Una máscara de corifeo, desnuda, brillante. Y dibuja en el aire, pausadamente, los gestos de un sembrador. Tiene manos regordetas, pero con unas uñas perfectamente cuidadas que relucen a la luz del candelabro.
El niño escucha conteniendo la respiración, para dejar más espacio a la de su padre, potente y dúctil. La voz de un amo de las tinieblas, capaz de dominar las fuerzas amenazadoras de aquella, tal y como él logró vencer a la enemiga-fiebre. Porque Franz-Georg está seguro de que fue así, cantando, como su padre lo ayudó a sanar, y debe de ser así como alivia a sus incontables pacientes llegados de toda Europa. Y se envuelve en esa crisálida vocal más densa y voluptuosa que el cortinaje de terciopelo púrpura del salón donde a veces juega a esconderse.
Por esta voz, la de las noches mágicas, Franz-Georg ama a su padre y lo admira inmensamente. Qué importa si ese padre casi nunca es afectuoso, qué importa si eso lo hiere; su canto basta para consolar su pena, o para transformarla en feliz melancolía. Su padre se muestra distante, pero su canto es un refugio, un goce. Lleva un sol nocturno en el pecho.
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