Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 11 de 41

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Puertas de fuego

LIBRO II - Aléxandros

LIBRO II

ALÉXANDROS

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Las anteriores entrevistas se transcribieron en el curso de varias tardes mientras las fuerzas de Su Majestad seguían su avance, sin encontrar resistencia, hacia la Hélade. Como los defensores de las Termópilas habían sido vencidos y la flota helena había sufrido graves pérdidas de barcos y hombres en la batalla naval librada frente a Artemision, todas las unidades griegas y aliadas, ejército y marina, abandonaron el campo. Las fuerzas de tierra helenas se retiraron al sur, hacia el istmo de Corinto, al otro lado del cual ellos y los ejércitos que ahora se congregaban procedentes de las otras ciudades griegas, incluidas las fuerzas de Esparta que habían sido llamadas afilas al completo, estaban construyendo un muro para defender el Peloponeso. Los elementos marinos se retiraron alrededor de Eubea y el cabo Sunion para unirse con el cuerpo principal de la flota helena en Atenas y Salamina en el golfo Sarónico.

El ejército de Su Majestad pasó a fuego toda Fócida. Las tropas imperiales arrasaron las ciudades de Drimusa, Charada, Erochus, Tetronio, Anfiquea, Neon, Pedies, Trites, Elatea, Hilamplis y Parapótamos.

Todos los templos y santuarios de los dioses helenos, incluido el de Apolo en Abae, fueron saqueados y asolados.

En cuanto a Su Majestad misma, su tiempo se consumía casi las veinticuatro horas del día con urgentes asuntos militares y diplomáticos. A pesar de estas exigencias, no disminuía el deseo de Su Majestad de oír la continuación de la historia del bárbaro. Ordenó que las entrevistas prosiguieran en su ausencia y se transcribieran para que Su Majestad las pudiera leer en sus horas libres.

El bárbaro Xeones respondió con buen ánimo a esta orden. La vista de su Hélade natal reducida por el extraordinario número de las fuerzas de Su Majestad causaron en el hombre una gran zozobra y al parecer reforzó su volun tad de que quedara constancia escrita de todo lo que se pudiera de su historia lo antes posible. Los mensajes relativos a la destrucción del templo de Apolo en Delfos parecieron aumentar el dolor del bárbaro. En privado señalaba su preocupación por que Su Majestad se aburriera con su historia personal y la de otros individuos y estuviera deseoso de pasar a otros temas

como las tácticas, el entrenamiento y la filosofía militar espartanas. El bárbaro rogó a Su Majestad que tuviera paciencia, señalando que la historia parecía contarse sola y él debía seguirla a donde le condujera.

Volvimos a empezar, ausente Su Majestad, la tarde del noveno día de Tashritu, en la tienda de Orontes, jefe de los Inmortales.

Su Majestad ha solicitado que cuente alguna de las prácticas de entrenamiento de los espartanos, en particular las de los jóvenes, y su educación bajo el código guerrero de Licurgo. Tal vez un incidente en especial sea ilustrativo, no sólo para dar algunos detalles sino para transmitir también el espíritu de aquello. Este suceso no era de ninguna manera atípico. Lo cuento por su valor informativo y porque se vieron implicados algunos de los hombres cuyo heroísmo Su Majestad presenció con sus propios ojos durante la lucha en la Puertas Calientes.

Este incidente se produjo unos seis años antes de la batalla en las Termópilas. Yo tenía catorce años y aún no estaba empleado por mi amo como auxiliar de batalla; en realidad, en aquella época apenas llevaba dos años residiendo en Lacedemonia. Servía como parastates país, compañero de entrenamiento, de un espartíata de mi edad llamado Aléxandros. A este individuo lo he mencionado una o dos veces en otros contextos. Era hijo del polemarca, o jefe de guerra, Olimpios, y en aquella época, a los catorce años, era el protegido de Dienekes.

Aléxandros era vástago de una de las familias más nobles de Esparta; su linaje descendía por el lado euripóntida directamente de Heracles. Sin embargo, no tenía la constitución adecuada para el papel de guerrero. En un mundo más amable, Aléxandros habría podido ser poeta o músico. Era el que mejor tocaba la flauta en su clase, aunque apenas practicaba. Sus dotes de cantante eran aún más excepcionales, como contralto joven y posteriormente como adulto, cuando su voz se estabilizó en tenor puro.

Dio la casualidad, a no ser que interviniera la mano de algún dios, de que él y yo, cuando teníamos catorce años, fuimos azotados simulatáneamente por diferentes delitos, en diferentes lados del mismo campo de entrenamiento. Su transgresión estaba relacionada con alguna brecha en su agogé bona, su pelotón de entrenamiento; la mía era por haber afeitado mal la garganta de una cabra destinada al sacrificio.

En los azotamientos, Aléxandros cayó antes que yo. Lo menciono no por orgullo; simplemente fue porque yo había recibido más palizas. Estaba

más acostumbrado a ello. El contraste en nuestro comportamiento, lamentablemente para Aléxandros, fue visto como un deshonor del más egregio orden. Para enseñarle, sus instructores me asignaron permanentemente a él, con instrucciones de que le golpeara una y otra vez hasta que le dejara exhausto. Por mi parte, me informaron de que si sospechaban que era blando con él por miedo a las consecuencias de dañar a mi superior, me azotarían hasta que los huesos de la espalda quedaran expuestos al sol.

Los lacedemonios son extremadamente astutos en esos asuntos; saben que nada podía ser mejor que este acuerdo para unir a dos jóvenes. Yo era consciente de que, si desempeñaba mi parte a satisfacción, seguiría al servicio de Aléxandros y me convertiría en su escudero cuando él cumpliera veinte años y ocupara su lugar como guerrero en la línea de batalla.

El ejército se hallaba en los Robles, en el valle de Otona, una abrasadora tarde de verano, en unas maniobras de ocho días de duración, lo que en Lacedemonia (la única ciudad que lo practica) llaman una oktonyktia. Normalmente se realizan ejercicios de batallón, aunque en este caso participaba un regimiento. Un locos entero, más de mil doscientos hombres armados por completo y con auxiliares de batalla que incluye un número igual de escuderos e ilotas, había marchado hacia los altos valles y entrenado en la oscuridad durante cuatro noches; dormían de día en vivac abierto, haciendo guardias, preparados en todo momento sin protección alguna, y luego entrenaban día y noche durante los siguientes tres días. Las condiciones eran deliberadamente duras para que el ejercicio fuera lo más parecido posible al rigor de la verdadera campaña, y se simulaba todo excepto las víctimas. Había ataques nocturnos fingidos en pendientes de veinte grados, en los que cada hombre llevaba equipo completo y panoplia, de treinta a treinta y seis kilos de escudo y coraza. Después, ataques al pie de la colina. Luego en la llanura. Se elegían terrenos pedregosos y con numerosos robles nudosos y de ramas bajas que salpicaban las laderas. La habilidad consistía en avanzar rodeándolo todo, como el agua entre las rocas, sin romper la línea.

No había distracción de ninguna clase. El vino se servía a media ración los cuatro primeros días, nada los dos siguientes y ningún líquido, ni siquiera agua, los últimos dos días. Las raciones constaban de pan con linaza seco, que Dienekes declaraba apto sólo para aislamiento de establos, e higos, nada caliente. Este tipo de ejercicio es en parte una anticipación de

la acción nocturna; su principal propósito es entrenarse para pisar con seguridad, orientarse con el tacto de las falanges y actuar sin visión, en particular en terreno desigual. Es axiomático entre los lacedemonios que un ejército debe ser capaz de formar y maniobrar con la misma habilidad con visión o a ciegas. Como sabe Su Majestad, en el polvo y el terror del othismos, la colisión inicial en el campo de batalla y la horrible confusión que sigue a ella, ningún hombre puede ver a más de un metro y medio en cualquier dirección, ni siquiera oír sus propios gritos.

Existe entre los helenos la idea equivocada, que los espartanos cultivan deliberadamente, de que el carácter del entrenamiento militar lacedemonio es brutal en extremo y carece de humor. Nada más lejos de la realidad.

Jamás he experimentado en ninguna otra circunstancia nada como la implacable hilaridad que se produce durante estos ejercicios de campo que, de lo contrario, serían muy penosos. Los hombres bromean desde el momento en que suena el sarpinx hasta la hora final en que, agotados, los guerreros se acurrucan abrigados por su capa para dormir, e incluso entonces se oyen bromas en murmullos y risas ahogadas en diferentes puntos del campamento durante unos minutos hasta que el sueño, que acude como un mazazo, se apodera de ellos.

Ese humor peculiar de los soldados que brota de la experiencia de la desdicha compartida no es comprendido a menudo por los que no están allí sufriendo la misma penalidad. «¿Qué diferencia hay entre un rey espartano y un oficial medo?», preguntará a su compañero mientras se preparan para acostarse al aire libre bajo una fría lluvia. Su amigo se queda pensativo unos instantes, con gesto exagerado, y responde: «El rey duerme en aquel agujero de allí y nosotros en este agujero de aquí».

Cuanto más miserables las condiciones, más divertidas las bromas, o al menos así parece. He visto a venerables Iguales de cincuenta años y más, con la barba gris y el semblante distinguido como Zeus, dejarse caer de rodillas presa de la alegría, tumbarse de espaldas y prácticamente orinarse de tanto reír. En una ocasión vi a Leónidas, el propio rey, incapaz de ponerse en pie durante un minuto o más, partiéndose de risa por algún chiste intraducible. Cada vez que intentaba levantarse, uno de sus Compañeros de Tienda, canosos capitanes en el final de su cincuentena pero para él sólo compinches a los que se dirigía por sus apodos del agogé, le atormentaba con otra variación del chiste, lo que volvía a convulsionarle y le hacía caer de nuevo de rodillas.

Esto, y otros incidentes por el estilo, granjeó a Leónidas las simpatías de los hombres, no sólo de los Iguales espartíatas sino también de los espartanos de rango medio y de los periecos. Veían a su rey, de casi sesenta años, soportando las mismas desdichas que ellos. Y sabían que cuando llegara el momento de la batalla, ocuparía su lugar no en la retaguardia, sino en primera fila, en el lugar más peligroso del campo.

El propósito de unas maniobras de ocho noches es que los individuos del regimiento, y la unidad misma, sobrepasen el punto del humor. Cuando cesan las bromas, dicen, es cuando se aprenden las auténticas lecciones y cada hombre, así como el locos en su conjunto, efectúa esos invisibles avances que se funden en el crisol definitivo. La intención de las penalidades de los ejercicios es menos reforzar la espalda que endurecer la mente. Los espartanos dicen que cualquier enemigo puede vencer mientras tenga piernas; la verdadera prueba llega cuando toda la fuerza ha desaparecido y los hombres deben conseguir la victoria por sí mismos.

Había transcurrido el séptimo día y el regimiento había llegado a ese punto de agotamiento y mal genio que el campamento pretendía lograr. Era media tarde; los hombres se estaban despertando de una insuficiente siesta, mugrientos y apestosos, antes del entrenamiento de la última noche. Todo el mundo tenía hambre y estaba cansado y falto de líquidos. Se ofrecían cien variaciones del mismo chiste y todos los hombres deseaban que hubiera una auténtica guerra para poder disfrutar por fin de algo más que un sueñecito de media hora y un plato de rancho. Los hombres se arreglaban el pelo, largo y apelmazado por el sudor, quejándose y maldiciendo, mientras sus escuderos e ilotas [ 1 ] , tan desdichados y deshidratados como ellos, les pasaban el último trozo de pan de higos seco, sin vino ni agua, y se preparaban para el sacrificio de la puesta del sol, mientras sus armas y panoplia esperaban en perfecto orden a que comenzara el trabajo nocturno.

El pelotón de entrenamiento de Aléxandros ya estaba despierto y en formación, con otros ocho de la categoría de edad de cuarto, muchachos de trece y catorce años a las órdenes de sus instructores eirene de veinte años, en las laderas inferiores bajo el campamento del ejército. A estos pelotones del agogé se les mostraba regularmente el entrenamiento de sus mayores y los rigores que soportaban, para inspirarles y despertar sus instintos de imitación en un grado aún mayor. A mí me habían enviado al campamento de arriba con un mensaje cuando procedente del otro lado de la llanura nos llegó todo el alboroto.

Me volví y vi a Aléxandros separado en el extremo de su pelotón, con Polínices, el aristócrata y campeón olímpico, de pie ante él, furioso.

Aléxandros tenía catorce años y Polínices veintitrés; incluso a un centenar de metros de distancia se veía que el muchacho estaba aterrorizado.

Este guerrero, Polínices, no era hombre con el que jugar. Sobrino de Leónidas, tenía un premio al valor y era absolutamente despiadado. Al parecer había llegado del campamento superior con algún recado, había pasado revista a los muchachos del agogé y encontrado alguna brecha en la disciplina.

Ahora los Iguales de la ladera superior podían ver lo que pasaba.

Aléxandros había descuidado su escudo o, para utilizar el término dórico, etimasen, «difamado». Por alguna razón lo había dejado fuera de su alcance, en el suelo, con la gran cazoleta cóncava apuntando al cielo.

Polínices se quedó frente a él.

—¿Qué es esto que veo en el suelo ante mí? —rugió. Los espartíatas que estaban en la parte superior de la colina oyeron todas y cada una de las sílabas-. Debe de ser un orinal, con la cazoleta mirando hacia arriba tan delicadamente. ¿Es un orinal? —preguntó a Aléxandros. El muchacho respondió que no.

—¿Qué es, pues?

—Es un escudo, señor.

Polínices declaró que era imposible.

—No puede ser un escudo, estoy seguro. —Su voz resonaba con fuerza en el anfiteatro formado por el valle-. Porque ni siquiera el ephebe más estúpido y más mierdoso dejaría un escudo con la cara hacia el suelo, donde no pudiera asirlo en el instante en que apareciera el enemigo. —

Miraba desde arriba al mortificado muchacho-. Es un orinal —declaró Polínices-. Llénalo.

Empezó la tortura.

Ordenó a Aléxandros que orinara en su escudo. Era un escudo de entrenamiento, sí. Pero Dienekes sabía que ese aspis, remendado con parches a lo largo de décadas, había pertenecido al. padre y al abuelo de Aléxandros antes que a él.

Aléxandros estaba tan asustado y tan deshidratado, que no pudo echar una gota.

Entonces entró en juego un segundo factor: la tendencia entre los jóvenes que se entrenaban, que de momento no eran objeto de la ira de sus

superiores, de reírse con perverso regocijo por la desdicha del infortunado compañero arrojado a las fieras. En toda la línea de muchachos los dientes refrenaban las lenguas en un intento de ahogar esa hilaridad que provocaba el miedo. Un chico llamado Aristón, que era extremadamente apuesto y el corredor más rápido de la clase cuarta, una versión un poco más joven del propio Polínices, no pudo contenerse. Se le escapó un bufido de la boca cerrada.

Polínices volvió su furia contra él. Aristón tenía tres hermanas, todas ellas lo que los lacedemonios llamaban «dos miradas», refiriéndose a que eran tan bonitas que una mirada no era suficiente, había que mirarlas dos veces para apreciarlas.

Polínices preguntó a Aristón si lo encontraba divertido.

—No, señor —respondió.

—Bien, si te parece divertido, espera a que entres en combate. Te parecerá hilarante.

—No, señor.

—Sí, claro que sí. Te reirás entre dientes como tus hermanas. —Se le acercó un paso-. ¿Esto es lo que crees que es la guerra?

—No, señor.

Polínices puso la cara a centímetros de la del muchacho y le miró con ojos furiosos y llenos de malicia.

—Dime, ¿cuándo crees que reirás más, cuando le claves la lanza en el pecho a un perro enemigo o cuando se la claven a tu compañero cantor Aléxandros?

—En ninguno de los dos casos, señor. —El rostro de Aristón era pétreo.

—Te doy miedo, ¿verdad? Ésta es la verdadera razón por la que ríes.

Eres inmensamente feliz porque no te he señalado a ti.

—No, señor.

—¿Qué? ¿No tienes miedo de mí?

Polínices quiso saber la respuesta. Porque si Aristón le tenía miedo, era un cobarde. Y si no, era imprudente e ignorante, lo que aún era peor.

—¿Qué respondes, miserable montón de mierda? Será mejor que me tengas miedo, porque voy a meterte la polla en la oreja derecha, la sacaré por la izquierda y llenaré yo mismo ese orinal.

Polínices ordenó a los otros chicos que orinaran en el escudo de Aléxandros. Mientras sus patéticas gotas manchaban el armazón de madera

y cuero, los talismanes de la buena suerte que la madre y las hermanas de Aléxandros habían elaborado y que colgaban del armazón interior, Polínices volvió su-atención a Aléxandros y le preguntó el protocolo del escudo, que el muchacho conocía desde que tenía tres años.

El escudo debía estar de pie en todo momento, declamó Aléxandros, con la abrazadera y la empuñadura a punto. Si un guerrero estaba en posición de descanso, su escudo debía apoyarse sobre sus rodillas. Si permanecía sentado o tumbado, debía mantenerse de pie sostenido por el tripous basis, un soporte ligero de tres patas que todos llevaban en el interior de la cazoleta del hoplon cóncavo, en un hueco hecho para este fin.

Los otros jóvenes que estaban bajo las órdenes de Polínices habían terminado ya de orinar lo mejor que habían podido en el escudo de Aléxandros. Yo miré a Dienekes. Su semblante no dejaba traslucir ninguna emoción, aunque yo sabía que quería a Aléxandros y no deseaba más que precipitarse colina abajo y matar a Polínices.

Pero Polínices tenía razón. Aléxandros había obrado mal. El muchacho debía recibir una lección.

Polínices ahora tenía en la mano el tripous basis de Aléxandros. El pequeño trípode constaba de tres clavijas unidas en un extremo por una correa de cuero. Las clavijas tenían el grosor de un dedo de hombre y unos cuarenta y cinco centímetros de largo.

—¡Línea de batalla! —rugió Polínices.

El pelotón de muchachos formó. Les hizo depositar el escudo en el suelo, exactamente igual que lo había dejado Aléxandros.

Por entonces, mil doscientos espartíatas en la colina contemplaban el espectáculo, junto con un número igual de escuderos y auxiliares ilotas.

—¡Escudos, posición!

Los muchachos se abalanzaron a coger sus pesados hopla del suelo.

Cuando lo hicieron, Polínices golpeó a Aléxandros en la cara con el trípode.

Empezó a salirle sangre. Golpeó al siguiente muchacho y al siguiente hasta que el quinto por fin consiguió levantar del suelo el escudo, que pesaba diez kilos, y colocárselo delante para defenderse.

Lo hizo repetir una y otra vez.

Lo hizo empezando por un extremo de la fila, luego el otro, luego por el centro. Polínices, como he dicho, era ágil, uno de los Trescientos Iguales y además vencedor olímpico. Podía hacer lo que quisiera. El instructor, que

sólo era un eirene, había quedado apartado y sólo podía contemplar la escena, mortificado.

—Es divertido, ¿verdad? —preguntó Polínices a los muchachos-. Me estoy partiendo de risa, ¿vosotros no? Apenas puedo esperar a que llegue el combate, que será mucho más divertido.

Los jóvenes sabían lo que venía a continuación.

Tumbar árboles.

Cuando Polínices se cansara de torturarles allí, haría que su instructor les llevara al borde de la llanura, hasta algún roble particularmente robusto, y les ordenaría, en formación, que derribaran el árbol con sus escudos, igual que harían con un enemigo en la batalla.

Los muchachos se colocarían en hileras de ocho, con el escudo apretado contra la espalda del que tuvieran delante y el del que estaba en primer lugar apretado contra el árbol con el peso y la presión de sus compañeros. Entonces harían ejercicio de othismos.

Empujarían.

Harían fuerza.

Tumbarían aquel árbol con todas sus fuerzas.

Las plantas de sus pies desnudos removerían el polvo y crearían un surco que les llegaría al tobillo, mientras se aplastaban las entrañas unos a otros empujando, presionando sobre el tronco inmóvil. Cuando el muchacho de delante no pudiera aguantar más, ocuparía la última posición y el segundo pasaría delante.

Dos horas más tarde regresaría Polínices con indiferencia, quizá con otros jóvenes Iguales, que habían soportado este infierno en más de una ocasión durante sus propios años de agogé. Éstos observarían con asombro e incredulidad que el árbol aún se tenía en pie.

—Por Dios, estos perreros han estado con ello media guardia y ese pobre arbolito aún está donde estaba.

Entonces se añadiría el afeminamiento a la lista de delitos de los ephebes. Era impensable que les permitieran regresar a la ciudad mientras ese árbol les desafiara; deshonraría a sus padres, hermanos, tíos y primos, a todos los dioses y héroes de su linaje, por no mencionar a sus perros, gatos, ovejas y cabras e incluso a la ratas de los establos de sus ilotas, que colgarían sus cabezas y tendrían que largarse a Atenas o a alguna otra polis dividida donde los hombres eran hombres y sabían cómo actuar de forma respetable.

¿Ese árbol era el enemigo?

¡Tumbad a ese enemigo!

Esto seguía por la noche, y hacia la mitad de la segunda guardia habría provocado en los muchachos arcadas y defecaciones involuntarias; estarían vomitando y defecando, con el cuerpo destrozado a causa del agotamiento, y entonces, a la hora de los sacrificios del alma, por fin llegarían la clemencia y la piedad y los muchachos podrían iniciar una nueva jornada completa de entrenamiento sin dormir ni un minuto.

Los muchachos sabían que ese tormento estaba a punto de llegar. Era lo que tenían que esperar.

En este punto todas las narices de la formación estaban rotas. La cara de cada uno de los muchachos estaba cubierta de sangre. Polínices sólo se estaba tomando un respiro (se le había cansado el brazo de tanto dar golpes) cuando Aléxandros, sin pensar, se llevó una mano a un costado de su cara manchada de sangre.

—¿Qué haces, imbécil? —Polínices se volvió al instante hacia él. —

Secarme la sangre, señor.

—¿Por qué lo haces?

—Para poder ver, señor.

—¿Quién diantres te ha dicho que tienes derecho a ver?

Polínices prosiguió su feroz burla. ¿Por qué creía Aléxandros que el regimiento estaba allí, entrenándose de noche? ¿No era para aprender a pelear cuando no pudieran ver? ¿Creía Aléxandros que en combate se le permitiría detenerse para limpiarse la cara? A lo mejor era eso: Aléxandros avisaría al enemigo y ellos, educados, se pararían un momento para que el muchacho pudiera sacarse un moco de la nariz o una mierda del culo.

—Te lo pregunto otra vez: ¿esto es un orinal? —No, señor, es mi escudo.

Polínices volvió a golpear al muchacho en la cara con el trípode.

—«¿Mi?» —preguntó, furioso-. «¿Mi?».

Dienekes observaba la escena, inmóvil, desde el borde del campamento superior. Aléxandros era horriblemente consciente de que su mentor lo estaba viendo todo; pareció recobrar la compostura, recomponer sus sentidos. El muchacho dio un paso al frente, con el escudo en la mano.

Llamó la atención de Polínices y anunció con su voz más fuerte y clara:

Éste es mi escudo.

Lo llevo ante mí en la batalla,

Pero no es sólo mío.

Protege a mi hermano que está a mi izquierda.

Protege a mi ciudad.

Jamás dejaré a mi hermano fuera de su sombra

ni a mi ciudad fuera de su abrigo.

Moriré con mi escudo ante mí

enfrentándome al enemigo.

El muchacho terminó. Las últimas palabras, pronunciadas a pleno pulmón, resonaron un largo momento en las paredes del valle. Dos mil quinientos hombres escucharon y observaron.

Vieron a Polínices hacer un gesto de asentimiento, satisfecho. Gritó una orden. Los ephebes volvieron a formar, cada uno con su escudo en su lugar, de pie y apoyado sobre las rodillas de su propietario.

—¡Escudos, posición!

Los muchachos se precipitaron a coger sus hopla.

Polínices hizo oscilar el trípode.

Con un crujido que se oyó en todo el valle, el trípode golpeó el bronce del escudo de Aléxandros.

Polínices volvió a hacerlo oscilar ante el siguiente muchacho y ante el siguiente. Todos los escudos estaban en su lugar. Todas las caras estaban protegidas.

Volvió a hacerlo desde la derecha y desde la izquierda. Ahora todos los escudos saltaban fácilmente a la mano de los muchachos, todos eran velozmente colocados en posición de defensa.

Con un gesto de asentimiento al instructor, Polínices retrocedió. Los muchachos siguieron atentos, los escudos en posición elevada ante ellos, con la sangre que se les empezaba a secar en las mejillas y nariz rota.

Polínices repitió una orden al instructor, que aquellos hijos de puta hicieran el ejercicio de tumbar el árbol hasta que finalizara la segunda guardia y después entrenamiento con el escudo hasta el amanecer.

Desfiló por delante de la fila, mirando fijamente a los ojos a cada muchacho. Delante de Aléxandros, se detuvo.

—Tu nariz era demasiado bonita, hijo de Olimpios. Era una nariz de chica. —Arrojó el trípode del muchacho al suelo, a sus pies-. Me gusta más ahora.

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