Puertas de fuego
Capítulo 10
No fue difícil seguir al ejército. Sólo había una carretera, un paso en el norte a través de las montañas. En Selasia, el regimiento de periecos se había unido a la expedición. Aléxandros y yo llegamos en la oscuridad y aún pudimos distinguir las huellas del suelo y la sangre recién seca sobre el altar de piedra donde se habían realizado los sacrificios y escuchado los presagios. El ejército mismo se hallaba a una jornada de distancia; no podíamos detenernos para dormir y seguimos durante toda la noche.
Al amanecer topamos con algunos hombres a los que reconocimos. Un armador ilota llamado Eucrates se había roto la pierna en una caída y dos compañeros le ayudaban. Él nos informó de que Leónidas había recibido en Selasia noticias frescas. Los antirhionios, en lugar de tumbarse y hacerse los muertos como el rey esperaba, habían enviado mensajeros en secreto, pidiendo ayuda al tyrannos Gelón de Siracusa. Gelón apreció, al igual que Leónidas y que los persas, el gran valor estratégico del puerto de Antirhion; veinte de sus barcos con dos mil miembros de la infantería pesada de Siracusa se hallaban en camino para reforzar a los defensores antirhionios.
Después de todo, sería una auténtica batalla.
Las fuerzas espartanas presionaron a través de Tegea. Los tegeos, miembros de la Liga del Peloponeso y obligados a «seguir a los espartanos adondequiera que vayan», tuvieron que reforzar el ejército con seiscientos de sus propios hoplitas, reclutados allí mismo. Leónidas no pretendía plantear una parataxis, una batalla campal, a los antirhionios. Más bien esperaba sobrecogerlos con un despliegue de fuerzas, que comprendieran que era una locura desafiarles y se enrolaran por voluntad propia en la alianza contra los persas. Entre el rebaño de Decton se encontraba un buey que habían llevado para celebrar con anticipación un sacrificio para festejar esta ampliación de la Liga. Pero los antirhionios, quizá comprados por el oro de Gelón, inflamados por la retórica de algún demagogo hambriento de gloria o traicionados por un oráculo mentiroso, habían decidido pelear.
Cuando Aléxandros habló con los ilotas de la carretera, les pidió información concreta sobre las fuerzas de Siracusa: ¿qué unidades, bajo qué jefes, reforzados por qué auxiliares? Los ilotas no lo sabían. En cualquier
ejército, aparte del espartano, semejante ignorancia habría provocado un latigazo o algo peor. Sin embargo, Aléxandros lo dejó pasar sin inmutarse.
Entre los lacedemonios se considera indiferente de quién es y en qué consiste el enemigo.
Los espartanos aprenden a considerar al enemigo, cualquier enemigo, como si no tuviera nombre ni rostro. Conciben en su mente un ejército mal preparado, de aficionados, que confía en los momentos anteriores a la batalla en lo que ellos denominan pseudoandreia o «falso coraje»: un frenesí marcial estimulado artificialmente, provocado por la arenga de un general o por alguna bravata, acompañadas por gritos y golpes en el escudo.
Aléxandros, que a los catorce años ya reflejaba la mentalidad de los generales de su ciudad, un siracusano era tan bueno como el de al lado, un strategos enemigo no era diferente de otro. Daba igual que el enemigo fuera mantineo, olintiano, epidauriano; daba igual que viniera en unidades de elite o en hordas de chusma vocinglera, regimientos de ciudadanos o mercenarios extranjeros contratados por oro. Le daba igual. Ninguno superaba a los guerreros lacedemonios y todos lo sabían.
Entre los espartanos el trabajo de la guerra está desmitificado y despersonalizado a través de su vocabulario, que está lleno de referencias agrarias y obscenas. La palabra que puede traducirse como «joder» tiene la connotación no tanto de penetrar como de moler, como upa piedra de molino. Las tres primeras filas «joden» o «muelen» al enemigo. El verbo
«matar», en dórico theros, es lo mismo que «cosechar». Los guerreros de las filas cuarta a sexta a veces se denominan «recolectores», tanto por el trabajo que hacen sobre el enemigo pisoteado con la puntas de sus lanzas como por el implacable golpe que dan con la espada corta llamada xiphos, que a menudo se denomina «segadora».
Decapitar a un hombre es «rematarlo» o «hacerle un corte de pelo».
Cortar una mano o un brazo se denomina «desmembrar».
Aléxandros y yo llegamos a Rhion, al risco que da al puerto de embarque del ejército, un poco después de la medianoche del tercer día. Las luces de Antirhion brillaban, claramente visibles al otro lado del estrecho.
Las playas de embarque ya estaban abarrotadas de hombres y muchachos, mujeres y niños, una multitud festiva reunida para contemplar el espectáculo de —la flota de cuarenta galeras, transportes y cargueros reunida de antemano por los aliados rhionios para transportar el ejército en la oscuridad rumbo al oeste, costeando hasta más allá de la vista de
Antirhion y después al otro lado del golfo, donde éste era más ancho, a unos ocho kilómetros. Leónidas, que respetaba la reputación de buenos guerreros en el mar de los antirhionios, había optado por cruzar el golfo de noche.
Entre los espectadores que se encontraban en lo alto del acantilado para despedir a la flota, Aléxandros y yo descubrimos a un muchacho de nuestra edad cuyo padre, según afirmaba él, poseía un barco de pesca rápido y que no se negaría a embolsarse el puñado de dracmas áticas que Aléxandros le mostró a cambio de un veloz y silencioso traslado al otro lado, sin hacer preguntas. El muchacho nos condujo a través de la festiva multitud de espectadores hasta una lóbrega playa de botadura llamada los Hornos, detrás de un rompeolas sin iluminación. No hacía ni veinte minutos que el último transporte espartano había zarpado cuando nosotros también estuvimos en el agua, siguiendo a la flota, fuera del alcance de la vista, hacia el oeste.
A mí el mar me da miedo a cualquier hora, pero nunca más que en una noche sin luna y en manos de extranjeros. Nuestro capitán había insistido en llevarse a sus dos hermanos, aunque un hombre y un muchacho podían manejar con facilidad la ligera y rápida embarcación. He conocido a marineros y gente de esta clase y desconfío de ellos; los hermanos, si es que lo eran de verdad, eran un par de moles apenas capaces de hablar, con una barba espesa que les empezaba justo debajo de los ojos y se extendía hasta los rizos apelmazados de su pecho.
Transcurrió una hora. La embarcación iba demasiado deprisa; al otro lado de las oscuras aguas las voces de las tropas espartanas que iban en los transportes e incluso el sonido de sus remos se oían fácilmente. Aléxandros ordenó dos veces al pirata que retrasara su avance, pero el hombre se echó a reír y no le hizo caso. Íbamos a favor del viento, dijo, nadie podía oírnos, y aunque lo hicieran, creerían que formábamos parte del convoy o que éramos alguna de las barcas de los espectadores, que les seguía para ver la batalla.
Como era de esperar, en cuanto las luces de Rhion flucturaron débilmente detrás de nosotros, una nave espartana emergió de la negrura y nos interceptó. Nosotros oíamos voces en dialecto dórico, que gritaban el alto a la barca de pesca y le ordenaban que se pusiera al pairo. De pronto nuestro patrón nos pidió el dinero. Cuando lleguemos a tierra, insistió Aléxandros, tal como habíamos acordado. Los barbudos agarraron los remos con fuerza como si fueran armas.
—La nave espartana se está acercando, muchachos. ¿Qué os pasará si os cogen?
—No le des nada, Aléxandros —le susurré.
Pero el muchacho percibía la precariedad de nuestra situación.
—Claro, capitán. Será un placer.
El pirata aceptó su dinero, sonriendo como Caronte en la barca que conduce al infierno.
—Ahora, chicos, por la borda.
Nos arrojaron al agua en la parte más ancha del golfo.
Nuestro barquero señaló la nave espartana que se acercaba velozmente.
—Coged una cuerda y manteneos bajo la popa mientras yo me quito de encima a estos marineros de agua dulce. —Las barbas se asomaron-. En cuanto se hayan marchado, os izaremos a bordo de nuevo.
Allá fuimos. La nave se acercó. Oímos el ruido de una hoja de cuchillo que cortaba la soga.
La cuerda se quedó en nuestras manos.
—¡Feliz aterrizaje, muchachos!
En un instante el remo de gobierno de la barca se hundió en el agua y los dos brutos desaparecieron de la vista. Con tres rápidos golpes de remo la embarcación partió como un proyectil lanzado con una honda.
Nos hallábamos en medio del canal, en aguas revueltas.
La nave espartana se acercó, llamando a la barca de pesca que se alejaba y se perdía de vista. Los espartanos aún no nos habían visto.
Aléxandros me asió el brazo.
—No debemos gritar, eso sería un deshonor.
—Estoy de acuerdo. Ahogarse es mucho más honorable.
—Cierra la boca.
Permanecimos callados, pataleando en el agua mientras los espartanos exploraban la zona en busca de la otra embarcación por si eran espías. Al fin nos mostró su popa y se alejó. Estábamos solos bajo las estrellas.
Por inmenso que el mar pueda parecer desde la cubierta de un barco, aún se ve más grande cuando se está a un palmo de la superficie.
—¿Hacia qué costa nos dirigimos?
Aléxandros me miró como si yo estuviera loco. Iríamos hacia adelante, desde luego.
Nadamos durante lo que parecieron horas. La costa no se había acercado ni un metro.
—¿Y si la corriente va contra nosotros? Da la impresión de que estamos en el mismo sitio, o incluso retrocediendo.
—Estamos más cerca —insistió Aléxandros.
—Tu vista debe de ser mejor que la mía.
No podíamos hacer nada más que nadar y orar. ¿Qué monstruos marinos merodeaban en aquel momento por debajo de nuestros pies, listos para atraparnos las piernas entre sus horribles espirales o segárnoslas a la altura de las rodillas? Yo oía que Aléxandros tragaba agua, combatiendo un ataque de asma. Nos acercamos el uno al otro. Nos escocían los ojos debido a la sal; los brazos nos pesaban como plomo.
—Cuéntame una historia —me pidió Aléxandros.
Por un momento temí que se hubiera vuelto loco.
—Para animarnos. Cuéntame una historia.
Recité algunos versos de la Ilíada que Bruxieos había hecho que Diómaca y yo nos aprendiéramos de memoria, el segundo verano que pasamos en las colinas. Me equivocaba en el orden de los hexámetros, pero a Aléxandros no le importaba; al parecer las palabras le daban fuerzas.
—Dienekes dice que la mente es como una casa con muchas habitaciones —dijo-. Hay habitaciones en las que no se debe entrar.
Anticipar la muerte es una de esas habitaciones. No debemos siquiera pensar en ella.
Me pidió que prosiguiera, eligiendo sólo los versos que hablaban del valor. Declaró que bajo ningún concepto debíamos pensar en el fracaso.
—Creo que los dioses nos han dejado caer aquí a propósito. Para enseñarnos que existen esas habitaciones.
Seguimos nadando. Orión el Cazador estaba sobre nuestras cabezas cuando habíamos empezado; ahora su arco descendía, a medio camino en el cielo. La costa se hallaba más lejos que nunca.
—¿Conoces a Agata, la hermana de Aristón? —me preguntó de pronto Aléxandros-. Voy a casarme con ella. Nunca se lo he dicho a nadie.
—Enhorabuena.
—Crees que bromeo. Pero no dejo de pensar en ella desde hace horas, o el tiempo que haga que estamos aquí. —Hablaba en serio-. ¿Crees que me querrá?
Debatir este asunto en mitad del océano era tan sensato como cualquier otra cosa.
—Tu familia tiene más categoría que la suya. Si tu padre se lo pide, el suyo tendrá que aceptar.
—No quiero que sea así. Tú la has observado. Dime la verdad: ¿me querrá?
Reflexioné.
—Te hizo aquel amuleto de ámbar. Sus ojos nunca dejan de mirarte cuando cantas. Va a la Pista Grande con sus hermanas cuando corremos.
Finge entrenarse, pero en realidad no para de mirarte de reojo.
Esto pareció animar muchísimo a Aléxandros.
—Hagamos una cosa: vamos a nadar con todas nuestras fuerzas durante veinte minutos, a ver hasta dónde llegamos.
Transcurridos los veinte minutos, decidimos probar otros veinte.
—Tú también quieres a una chica, ¿verdad? —me preguntó Aléxandros-. De tu ciudad. La chica con la que vivías en las colinas, tu prima que se fue a Atenas.
Dije que era imposible que él supiera todo aquello.
Se echó a reír.
—Lo sé todo. Oigo hablar a las chicas y a los cabreros, y a tu amigo ilota Decton.
Dijo que quería saber más de esa chica mía.
Le dije que no podía contárselo.
—Yo puedo ayudarte a que la veas. Mi tío abuelo es proxenos de Atenas. Puede hacer que la encuentren y llevarla a la ciudad si lo deseas.
El oleaje era cada vez mayor; las olas empezaban a cubrirnos al romper. Se había levantado un viento frío. No íbamos a ninguna parte; en todo caso, flotábamos a la deriva hacia atrás. Volví a sujetar a Aléxandros cuando tuvo otro ataque de asma. Se metió el pulgar entre los dientes y mordió fuerte hasta que sangró. El dolor parecía calmarle.
—Dienekes dice que los guerreros que avanzan hacia la batalla deben hablar con normalidad y tranquilamente, para que cada hombre anime al compañero. Tenemos que seguir hablando, Xeo.
La mente gasta jugarretas cuando se halla en situaciones extremas como ésta. No puedo decir cuánto hablé en voz alta a Aléxandros en las horas que siguieron y cuánto simplemente flotó en el ojo de la memoria
mientras nos esforzábamos por llegar a la costa que se negaba a aproximarse.
Sé que le hablé de Bruxieos. Si mi conocimiento de Homero era válido, todo el mérito radicaba en ese hombre desafortunado, ciego como el poeta, y su fiera voluntad de que yo y mi prima no llegáramos a la edad adulta salvajes y analfabetos.
—Ese hombre era tu mentor —declaró Aléxandros con seriedad- como Dienekes lo es mío.
Aléxandros quería oír más cosas. ¿Qué impresión producía ver tu ciudad en llamas? ¿Cuánto tiempo permanecimos en las colinas? ¿Por qué no habíamos bajado?
Entre tragos de agua y con intermitencia, se lo conté.
El segundo verano que pasábamos en las montañas, Diómaca y yo éramos tan buenos cazadores que no sólo ya no necesitábamos bajar a la ciudad o a alguna granja a por comida, sino que tampoco lo deseábamos.
Éramos felices en las colinas. Nuestros cuerpos crecían. Teníamos carne, no una o dos veces al mes, o sólo en ocasiones festivas, como en casa de nuestros padres, sino cada día, con cada comida. Éste era nuestro secreto.
Habíamos encontrado perros.
Dos cachorros, para ser exactos, restos de una camada abandonada.
Los perros pastores arcadios que habíamos descubierto tiritando y con los ojos cerrados, abandonados por su madre que había dado a luz inoportunamente en pleno invierno. A uno le pusimos de nombre Feliz y al otro Suerte, y hacían honor a su nombre. En primavera los dos tenían las patas listas para corretear y en verano sus instintos los habían convertido en cazadores. Con estos perros, nuestros días de hambre finalizaron. Podíamos seguir pistas y matar cualquier cosa que respirara. Podíamos dormir con los ojos cerrados y saber que nada nos pillaría desprevenidos. Dio, yo y los perros llegamos a formar un equipo de caza tan eficiente que realmente dejábamos pasar oportunidades, atrapábamos algún animal y lo soltábamos para beneplácito de los dioses. Nos dábamos festines como los caballeros y contemplábamos con desdén a los sudorosos granjeros del valle y a los cabreros de las tierras altas.
Bruxieos empezó a temer por nosotros. Nos estábamos volviendo salvajes. Sin ciudad. Antes, en los atardeceres, Bruxieos nos recitaba a Homero y jugábamos a ver cuántos versos podíamos repetir sin
equivocarnos. Ahora este ejercicio adquirió una intensidad mortal. Él estaba cada día más débil, lo sabíamos. No permanecería con nosotros mucho tiempo más. Todo lo que él sabía, debía transmitírnoslo.
Homero fue nuestra escuela, y la Ilíada y la Odisea , los textos de nuestro plan de estudios. Bruxieos nos hacía recitar una y otra vez los versos del regreso de Odiseo, cuando, vestido con harapos e irreconocible como el verdadero señor de Ítaca, el héroe de Troya busca refugio en la cabaña de Eumeo, el porquero. Aunque Eumeo no tiene ni idea de que el viajero que está a su puerta es su verdadero rey, y cree que no es más que otro pedigüeño sin ciudad, por respeto a Zeus, que protege al caminante, le invita amablemente a entrar y comparte con él su humilde comida.
Esto fue humildad, hospitalidad, generosidad hacia el extraño; debemos empaparnos de ello, calarlo en nuestros huesos. Bruxieos nos enseñaba, implacable, la compasión, esa virtud que él veía disminuir cada día en nuestros corazones endurecidos por la montaña. Nos hacía recitar la escena de la tienda al final de la Ilíada , cuando Príamo de Troya se arrodilla ante Aquiles para besar suplicante la mano del hombre que ha matado a sus hijos, incluido el más fuerte y más querido por él, Héctor, héroe y protector de Ilión. Luego Bruxieos nos interrogaba al respecto.
¿Qué habríamos hecho nosotros, de ser Aquiles? ¿Y de ser Príamo? ¿La acción de cada uno fue adecuada y piadosa a los ojos de los dioses?
Debíamos tener una ciudad, declaró Bruxieos.
Sin una ciudad, no éramos mejores que las bestias salvajes a las que perseguíamos y matábamos.
Atenas.
Allí, insistía Bruxieos, era adonde Dio y yo debíamos ir. La ciudad de Atenea era la única ciudad verdaderamente abierta de la Hélade, la más libre y más civilizada. El amor a la sabiduría, philosophia, era estimado en Atenas por encima de todas las cosas; la vida de la mente se cultivaba y honraba, fortalecida por una elevada cultura: teatro, música, poesía, arquitectura, artes plásticas. Los atenienses tampoco eran inferiores a ninguna ciudad de la Hélade en la práctica de la guerra.
Los atenienses acogían de buen grado a los inmigrantes. Un muchacho fuerte y brillante como yo podía empezar en el comercio, realizar el aprendizaje en una tienda. Y Atenas tenía una flota. Incluso con mis manos tullidas sería capaz de utilizar un remo. Con mi habilidad con el arco podía
hacerme marino, distinguirme en la guerra y explotar este servicio para mejorar mi posición.
También a Atenas debía ir Diómaca. Como nacida libre, bienhablada, y con su extraordinaria belleza, podría encontrar trabajo en una casa respetable y atraer no pocos admiradores. Tenía la edad justa para una novia; era imposible imaginar que se prometiera a un ciudadano. Como esposa incluso de un meteco, un extranjero residente, podría protegerme, ayudarme a conseguir empleo. Y nos tendríamos el uno al otro.
A medida que con el paso del tiempo las fuerzas de Bruxieos disminuían, se intensificaba su insistencia de que le hiciéramos caso. Nos hizo jurar que cuando le llegara la hora, bajaríamos de las montañas y nos dirigiríamos al Ática, a la ciudad de Atenea.
En octubre de ese segundo año, Dio y yo estuvimos de caza un frío día entero y no matamos nada. Regresamos al campamento, rezongando, previendo un magro potaje a base de verduras; lo peor de todo era la imagen de Bruxiuos, que se hacía más dolorosa de soportar porque su constitución era cada día más débil, aunque él afirmaba que no necesitaba comer carne. Vimos su humo y dejamos que los perros corrieran colina arriba como les gustaba hacer, para ir al encuentro de su amigo y recibir sus abrazos y su regañina de bienvenida.
Desde la curva del sendero que había bajo el campamento, oímos sus ladridos. No eran los gritos usuales de juego, sino algo más agudo, más insistente. Vimos a Feliz brincando a unos cientos de metros más arriba. No era preciso ser muy agudo para ver su desconcierto. Diómaca me miró y ambos comprendimos lo que ocurría.
Tardamos una hora en construir la pira de Bruxieos. Cuando su flaco cuerpo con las marcas de la esclavitud estuvo por fin sobre la llama purificadora, encendí una flecha sobre su corazón y la lancé, ardiendo, con todas mis fuerzas; la flecha formó un arco como un cometa en el largo y oscuro valle.
… entonces el anciano Néstor, sabio sin igual
entre los aqueos de larga cabellera,
se tumbó en la plenitud de los años
y cerró los ojos como si durmiera,
muerto por las amables flechas de Artemisa.
Diez amaneceres más tarde, Diómaca y yo fuimos al Camino de las Tres Esquinas, en la frontera del Ática y Megara, donde el camino de Atenas se bifurca hacia el este y la Ruta Sagrada hacia Delfos, el oeste y el sudoeste corintio, hasta el istmo y el Peloponeso. No cabe duda de que teníamos aspecto de un par de pilluelos salvajes, descalzos como íbamos, con el rostro quemado por el sol, el pelo largo atado en una cola de caballo.
Ambos llevábamos daga y arco, y los perros brincaban a nuestro lado, peludos y sucios.
El tráfico en las Tres Esquinas en las horas previas al amanecer estaba formado por carretas de provisiones, transportes de madera, pilluelos camino del mercado con sus quesos, huevos y sacos de cebollas, igual que Dio y yo habíamos emprendido camino hacia Astakos aquella mañana que parecía tan lejana en el tiempo y que sin embargo según el calendario sólo hacía dos inviernos que se había producido. Nos detuvimos en el cruce y preguntamos. Sí, indicó un carretero, Atenas estaba por allí, a dos horas, no más.
Mi prima y yo apenas habíamos hablado durante la semana que habíamos tardado en descender de las montañas. Pensábamos en las ciudades y en cómo sería nuestra nueva vida. Yo observaba a los otros viajeros cuando pasaban por el camino, cómo la miraban a ella. Dio sentía la necesidad de ser mujer.
—Quiero tener hijos —dijo de pronto el último día, mientras caminábamos-. Quiero tener un marido al que cuidar y que cuide de mí.
Quiero un hogar. No me importa que sea humilde, sólo un sitio donde pueda tener un jardincito, poner flores en el alféizar y hacerlo bonito para mi marido y nuestros hijos. —Ésta era su manera de ser amable conmigo, de poner una distancia de antemano, para que tuviera tiempo de empaparme de ella-. ¿Lo entiendes, Xeo?
Lo entendía.
—¿Qué perro quieres?
—No te enfades conmigo. Sólo trato de decirte cómo son las cosas, y cómo deben ser.
Decidimos que ella se llevaría a Suerte y yo me quedaría con Feliz.
—En la ciudad podemos estar juntos —pensó en voz alta mientras andábamos-. Diremos a la gente que somos hermanos. Pero debes comprender, Xeo, que si encuentro a un hombre decente, alguien que me trate con respeto…
—Lo entiendo. Ahora puedes dejar de hablar.
Dos días antes, por nuestro lado había pasado una dama de Atenas que viajaba en carruaje con su marido y un alegre grupo de amigos y criados. La señora se había fijado en aquella chica salvaje, Diómaca, e insistió en que sus doncellas la bañaran y untaran de aceite y le peinaran el pelo. Quería también hacerlo conmigo, pero no me dejé. Todo su grupo se detuvo junto a un arroyo en la sombra y se agasajaron con pasteles y vino mientras las doncellas se llevaban a Dio y la acicalaban. Cuando mi prima reapareció no la reconocí. La dama ateniense estaba encantada; no dejaba de alabar los encantos de Dio, ni de anticipar la agitación que su floreciente belleza crearía entre los jóvenes de la ciudad. La dama insistió en que Dio y yo fuéramos directamente a casa de su esposo en cuanto llegáramos a Atenas; ella se ocuparía de emplearnos y de que prosiguiéramos nuestra educación.
Su criado nos aguardaría en las Puertas Triásicas. Sólo teníamos que preguntar.
Seguimos andando, aquel último y largo día. En las carretas que pasaban ahora leíamos las palabras Falero y Atenas garabateadas en las cintas con el destino de apretadas jarras de vino y cajas de mercancía. Los acentos empezaban a ser áticos. Nos paramos a observar una tropa de la caballería ateniense, que habían salido de juerga. Cuatro marineros nos adelantaron, en dirección a la ciudad, cada uno acarreando sobre el hombro, en equilibrio, un remo de más de tres metros y con su cojín. Pronto yo sería uno de ellos.
En las colinas, Dio y yo siempre habíamos dormido juntos, no como amantes sino para estar calientes. Aquellas últimas noches en la carretera ella se envolvía en su capa y se ponía a dormir aparte. Al fin llegamos al amanecer ante las Tres Esquinas. Yo me había detenido y observé pasar una carreta de carga. Sentí los ojos de mi prima sobre mí.
—No vienes, ¿verdad?
No dije nada.
Ella sabía qué camino tomaría yo.
—Bruxieos se enfadará contigo —me dijo.
Con la caza y nuestros perros, Dio y yo habíamos aprendido a comunicarnos sólo con la mirada. Me despedí de ella con los ojos y le rogué que me comprendiera. Ella se las arreglaría en aquella ciudad. Su vida como mujer no hacía sino empezar.
—Los espartanos serán crueles contigo —dijo Diómaca. Los perros se agitaban impacientes a nuestros pies. Todavía no sabían que también ellos iban a separarse. Dio me cogió las manos entre las suyas-. ¿Y no volveremos a dormir uno en brazos del otro, primo?
Debíamos de ser un extraño espectáculo para los carreteros y granjeros que pasaban por nuestro lado, dos chiquillos salvajes abrazándose en la carretera, con el arco y la daga colgados al hombro y la capa enrollada sobre la espalda.
Diómaca tomó su camino y yo tomé el mío. Ella tenía quince años. Yo tenía doce.
No sé cuánto de todo esto le conté a Aléxandros en aquellas horas que pasamos en el agua. El alba aún no había asomado su rostro cuando terminé. Nos aferrábamos a un miserable palo de verga que flotaba, apenas lo bastante grande para sostener a uno, y estábamos demasiado extenuados para volver a nadar. El agua empezaba a enfriarse. Era la hypothermia, losdos lo sabíamos. Oí a Aléxandros toser y escupir, mientras hacía esfuerzos para hablar.
—Tenemos que soltar este palo —dijo-. Si no, moriremos.
Yo estiré el cuello hacia el norte. Se veían picos, pero la costa seguía invisible. Aléxandros me cogió la mano.
—Ocurra lo que ocurra —dijo-, no te abandonaré.
Soltó el palo. Yo hice lo mismo.
Una hora más tarde fuimos a parar como Odiseo a una playa rocosa debajo de una colonia de grajos que no paraban de chillar. Bebimos agua fresca en un manantial que manaba entre las rocas, nos limpiamos la sal del pelo y los ojos y nos arrodillamos para dar gracias por haber sido rescatados del mar. Durante media mañana dormimos como los muertos. Yo trepé por las rocas en busca de huevos, los cuales devoramos crudos, de pie en la arena con los harapos en que se había convertido nuestra ropa.
—Gracias —dijo Aléxandros con voz muy suave. Me tendió la mano para estrechar la mía.
—Gracias también a ti —dije yo.
El sol ahora se hallaba en el cenit; nuestras capas rígidas por la sal estaban secas sobre nuestras espaldas.
—Movámonos —dijo Aléxandros-. Hemos perdido medio día.
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