Puertas de fuego
Capítulo 32
Dos centinelas cubrieron el oeste, la retaguardia del pabellón de Su Majestad. Dienekes eligió ese lado para atacar porque era el más lúgubre y menos prominente, el flanco más expuesto al viento. De todas las imágenes fragmentadas que quedan de ese alboroto que duró no más de cincuenta pulsaciones, el más nítido es el del primer centinela, un marino egipcio de metro ochenta, con un casco del color del oro decorado con alas de grifo cortas y plateadas. Estos marinos llevan, como orgullosa divisa, fajines de lana de vivos colores. Su costumbre al estar acampados es ponerse estas banderolas cruzadas sobre el pecho y enrollarlas a la cintura. Aquella noche ese centinela se había tapado con ella la nariz y la boca para protegerse del fuerte viento y el polvo, y se envolvió también las orejas y la frente dejando sólo una pequeña rendija para los ojos. Su escudo de mimbre, del tamaño del cuerpo, lo llevaba delante y empujaba su peso contra el viento. Se precisaba poca imaginación para percibir su desdicha, solo en el frío junto a un único farol vacilante.
Suicidio avanzó sin que fuera descubierto y se quedó a unos nueve metros del tipo; arrastrándose sobre el estómago, pasó por delante de las tiendas cerradas de los mozos de cuadras de Su Majestad y de los cortavientos de tela que protegían a los caballos. Yo me encontraba a medio camino detrás de él; le vi murmurar su plegaria de una sola palabra
—«Acogedle», refiriéndose al enemigo- a sus dioses salvajes.
Con ojos legañosos, el centinela parpadeó. En la oscuridad, vio la forma del escita aferrando en el puño izquierdo un par de jabalinas de la longitud de un dardo y la punta mortal recubierta de bronce de una tercera en posición de lanzamiento tras su oreja derecha. Tan extraña e inesperada debió de ser esta imagen que el marino ni siquiera reaccionó con alarma.
Con la mano que sujetaba la lanza se tironeó con indiferencia, casi irritado, el fajín que le protegía los ojos, como murmurando para sí: «¿Qué diablos es esto ahora?».
La primera jabalina de Suicidio se clavó con tanta fuerza en la nuez de la garganta del hombre que le atravesó el cuello y salió por detrás. El
'hombre cayó como una roca. Al cabo de un instante Suicidio saltó sobre él
y le arrancó la «aguja de zurcir» con tal brutalidad que se llevó media laringe del centinela con ella.
El segundo centinela, a tres metros del primero, a la izquierda, se volvió, perplejo, sin dar crédito a lo que veían sus ojos, cuando Polínices saltó sobre él y le dio un golpe con su propio escudo sobre el hombro derecho, que tenía desprotegido, tan feroz que el hombre fue catapultado por los aires. Sus pulmones expulsaron el aire y su espalda golpeó pesadamente el suelo; el palo buscalagartos de Polínices le golpeó en el pecho con tanta fuerza que se oyó partirse el hueso a pesar del ruido del viento.
Los exploradores se precipitaron a la pared de la tienda. Aléxandros hizo un corte en diagonal en la tela. Dienekes, Doreión, Polínices, Láquides y luego Aléxandros, Sabueso, Gallo y Jugador de Pelota entraron por la abertura. Los centinelas apostados a ambos lados dieron la alarma. Sin embargo, todo había sucedido tan deprisa que al principio los piquetes no podían dar crédito a lo que sus ojos contemplaban. Era evidente que tenían órdenes de permanecer en sus puestos y medio lo hicieron, al menos los dos que estaban más cerca, que avanzaron hacia Suicidio y hacia mí (los únicos que aún estábamos fuera del pabellón) con desconcierto. Yo tenía una flecha preparada en mi arco, y otras tres cogidas en mi puño izquierdo, y me disponía a disparar.
—¡Espera! —me gritó Suicidio al oído para que le oyera pese al viento-. Sonríeles.
Pensé que estaba loco. Pero esto es precisamente lo que hizo. Se puso a gesticular como un loco, llamó a los centinelas en su lengua y empezó una representación, como si se tratara de algún ejercicio que quizá aquellos centinelas se habían perdido al efectuar la instrucción. Esto les retuvo durante un par de segundos. Luego, salieron rugiendo del pabellón otra docena de marinos. Nos volvimos y entramos en la tienda.
El interior estaba oscuro como boca de lobo y lleno de mujeres que no dejaban de gritar. El resto de nuestro grupo no estaba a la vista. Vimos el resplandor de una lámpara al otro lado de la cámara. Era Sabueso. Una mujer desnuda le tenía cogido por una pierna y hundía sus dientes en la pantorrilla del hombre. La lámpara de la cámara de al lado iluminó la hoja del skirita cuando bajó como un cuchillo de carnicero y partió el cartílago de su columna cervical. Sabueso señaló la cámara.
—¡Ilumínala!
Nos hallábamos en una especie de serrallo de concubinas. El pabellón en su conjunto debía de tener veinte cámaras. ¿Quién demonios sabía cuál era la del rey? Me precipité a la única lámpara encendida y dirigí su llama a un armario de ropa interior de mujer; en un instante el burdel entero chillaba.
Entre las prostitutas que no cesaban de chillar entró un tropel de marinos. Corrimos detrás de Sabueso, en la dirección que había tomado por el corredor. Era evidente que estábamos justo detrás del pabellón. La siguiente cámara debía de ser la de los eunucos; vi a Dienekes y Aléxandros, escudo junto a escudo, arrollar a un par de titanes con el cráneo rapado, sin pararse siquiera a golpearles, simplemente les derribaron. Gallo le arrancó las tripas a uno con el xiphos; Jugador de Pelota trituró a otro con su hacha. Polínices, Doreión yLáquides aparecieron por delante, procedentes de algún dormitorio, con las puntas de las lanzas goteando sangre.
—¡Malditos sacerdotes! —gritó Doreión, frustrado. Un mago avanzó tambaleándose, destripado, y se desplomó.
Doreión y Polínices iban en cabeza cuando el grupo llegó a la cámara de Su Majestad. El espacio era amplio, grande como un granero y con tantos postes de madera de ébano y cedro que parecía un bosque. Lámparas y faroles iluminaban la bóveda como si fuera mediodía. Los ministros de los persas estaban despiertos y reunidos en consejo. Quizá se habían levantado temprano, quizá aún no se habían acostado. Doblé la esquina y entré en esta cámara en el preciso momento en que Dienekes, Aléxandros, Sabueso y Láquides alcanzaban a Polínices y Doreión y formaban una fila, escudo junto a escudo, para atacar. Vimos a los generales y ministros de Su Majestad a nueve metros; el suelo que nos separaba de ellos no era de polvo sino una plataforma de madera, sólida y nivelada, y recubierta de alfombras tan gruesas que ahogaba todo ruido de pies.
Era imposible decir cuál de los persas era Jerjes, pues todos iban magníficamente ataviados y eran de una altura y belleza superiores. Eran una docena, excluidos los escribas, guardias y criados, y todos iban armados. Era evidente que habían aprendido algo del ataque de unos momentos antes; aferraban cimitarras, arcos y hachas y por su expresión parecía que no daban crédito a lo que veían. Sin pronunciar una palabra, los espartanos atacaron.
De súbito aparecieron pájaros. Especies exóticas por docenas, al parecer traídos desde Persia para distracción de Su Majestad. Quizá las jaulas se habían abierto al caer, en el alboroto del ataque, o quizá las había abierto deliberadamente un criado de Su Majestad; sea como fuere, irrumpieron en el pabellón un centenar de criaturas voladoras de todos los colores, produciendo un sonido enloquecedor con sus graznidos y con el salvaje frenesí de sus alas.
Esos pájaros salvaron a Su Majestad. Ellos y los postes que soportaban la bóveda del pabellón como el centenar de columnas de un templo. Esta combinación y lo inesperado de su ataque interrumpieron el impulso de los agresores lo suficiente para que los marinos de Su Majestad y los guardias Inmortales que quedaban bloquearan con sus cuerpos el espacio ante la persona de Su Majestad.
Los persas que se hallaban dentro de la tienda pelearon igual que sus compañeros lo habían hecho en el paso y en el desfiladero. Sus armas eran lanzas y flechas, y necesitaban espacio para lanzarlas. Los espartanos, por el contrario, estaban entrenados en el combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Antes de poder tomar aliento, los escudos juntos de los lacedemonios recibieron una lluvia de flechas y lanzas. Una pulsación más y sus caras de bronce chocaron con los cuerpos del enemigo, que se estaba agrupando frenéticamente. Por un instante pareció que iban a ser pisoteados por los persas. Vi a Polínices hundir su lanza en la cara de un noble, liberar su punta chorreante de sangre y hundirla en el pecho de otro. Dienekes, con Aléxandros a su izquierda, mataba con tanta rapidez que el ojo apenas podía asimilarlo. A la derecha, jugador de Pelota peleaba como un loco con su hacha, con la que golpeaba a un grupo compacto de sacerdotes y secretarios que gritaban y se acurrucaban cobardemente en el suelo.
Los criados de Su Majestad se sacrificaron con pasmoso valor. Dos que estaban directamente delante de mí, jóvenes sin siquiera barba incipiente, arrancaron a la vez una alfombra del suelo, gruesa como un abrigo de pastor, y la emplearon de escudo para abalanzarse sobre Gallo y Doreión. Si hubiéramos tenido tiempo para reírnos, ver la furia de Gallo cuando hundió su xiphos, frustrado, en esta alfombra habría provocado oleadas de hilaridad. Cortó la garganta al primer criado con sus propias manos y hundió en el cráneo del segundo una lámpara que aún ardía.
En cuanto a mí, había lanzado con tan furiosa velocidad las cuatro flechas que tenía a punto en la mano izquierda que me quedé sin nada,
palpando el carcaj, antes de poder decir amén. No había tiempo ni siquiera para seguir el vuelo de las flechas y ver si habían alcanzado su objetivo. Mi mano derecha sacaba otro puñado del carcaj cuando alcé los ojos y vi la cabeza de acero bruñido de un hacha que se dirigía directamente a mi cráneo. El instinto impulsó mis piernas, me pareció que pasaba una eternidad hasta que mi peso empezó a hacerme caer. El hacha estaba tan cerca que la oía silbar y veía la pluma de avestruz de color púrpura en su costado y el grifo de dos cabezas grabado en el acero. El filo mortal se hallaba a una distancia de medio brazo de mis ojos cuando un poste de cedro, de cuya presencia yo ni siquiera había sido consciente, interceptó el arma homicida en pleno vuelo. El hacha se hundió un palmo en la madera.
Por un instante pude vislumbrar el rostro del hombre que había arrojado la hoja y luego toda la pared de la cámara se rompió.
Marinos egipcios entraron en tropel, veinte de ellos seguidos por otros veinte. Todo el lado de la tienda estaba ahora abierto al viento. Vi al capitán Ptamíteco chocar su escudo con el de Polínices. Aquellos pájaros enloquecidos revoloteaban por todas partes. Sabueso cayó. Un hacha le destripó. Una flecha atravesó la garganta de Doreión; retrocedió brotándole sangre de la boca. Dienekes fue alcanzado, se encorvó hacia atrás y cayó sobre Suicidio. Delante sólo quedaban Aléxandros, Polínices, Láquides, jugador de Pelota y Gallo. Vi tambalearse al proscrito. Polínices y Gallo fueron arrollados por los marinos que irrumpieron.
Aléxandros estaba solo. Había reconocido a la persona de Su Majestad o algún noble al que tomó por él y ahora, con su lanza por encima de la oreja derecha, se preparaba para lanzarla sobre la pared de defensores enemigos. Vi tensarse su pierna derecha. Justo cuando su hombro empezaba el movimiento hacia adelante, y tenía el brazo extendido para el lanzamiento, un noble persa, el general Mardonio según me enteré más tarde, dio un golpe con su cimitarra con tanta fuerza y precisión que cortó la mano derecha a Aléxandros por la muñeca.
Como en momentos de extrema emergencia el tiempo parece ir más despacio, y permite percibir instante a instante lo que se desarrolla ante los ojos, vi la mano de Aléxandros, cuyos dedos aún agarraban la lanza, colgar momentáneamente en el aire y luego caer, sin soltar el mango de madera.
Su brazo y hombro derechos siguieron adelante con toda su fuerza, mientras el muñón de la muñeca chorreaba sangre. Por un instante Aléxandros no se dio cuenta de lo que sucedía. El desconcierto y la incredulidad asomaron a
sus ojos; no entendía por qué su lanza no estaba volando hacia adelante. El golpe de un hacha resonó en su escudo y le hizo caer de rodillas. Yo estaba demasiado apretado a él para defenderle; me arrojé al suelo para recoger el mango de su lanza, con la esperanza de lanzárselo al noble persa antes de que su cimitarra encontrara su blanco y decapitara a mi amigo.
Antes de que pudiera moverme Dienekes estaba allí, cubriendo a Aléxandros con el enorme cuenco de bronce que era su escudo.
—¡Salid! —gritó a todos. Puso a Aléxandros en pie como un campesino saca a un cordero de un torrente.
Salimos fuera, bajo el viento.
Vi a Dienekes gritar una orden a no más de dos brazos de distancia y no oí una sola palabra. Había puesto a Aléxandros de pie y señalaba más allá de la pendiente, pasada la ciudadela. No huiríamos por el río, no había tiempo.
—¡Cúbreles! —me gritó Suicidio al oído.
Percibí unas formas con capa de color escarlata que pasaban a toda velocidad por mi lado y no pude decir quiénes eran. Dos eran transportados.
Doreión salió tambaleándose del pabellón, mortalmente herido, entre un enjambre de marinos egipcios. Suicidio lanzó agujas de zurcir a los tres primeros con tanta rapidez que dio la impresión de que cada una brotaba de pronto de su vientre como por arte de magia. Yo también disparaba. Vi a un marino cortarle la cabeza a Doreión. Detrás de él, jugador de Pelota se abalanzó desde la tienda hundiendo su hacha en la espalda del hombre; luego también él cayó bajo una lluvia de golpes de pico y espada. Yo estaba desarmado. Igual que Suicidio. Hizo un intento de precipitarse hacia el enemigo con las manos vacías; yo le cogí por el cinturón y le hice retroceder, chillando. Doreión, Sabueso y Jugador de Pelota estaban muertos; los vivos nos necesitarían más.
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