Puertas de fuego
Capítulo 13
Cuando los jóvenes empezaron a dispersarse hacia sus puestos, Dienekes y su escudero Suicidio salieron al camino y se unieron a una compañía de otros oficiales que se reunían para ir a la ekklesia, donde tenían que ayudar en la organización de los próximos juegos funerarios. Un muchacho ilota se acercó a Dienekes, ante la mesa, y le entregó un mensaje.
Yo estaba a punto de partir con Aléxandros hacia los porches que rodeaban la Plaza de la Libertad para pasar la noche cuando un agudo silbido me llamó.
Para mi asombro, vi que era Dienekes.
Me acerqué a él velozmente y me presenté a su izquierda, el lado de su escudo.
—¿Sabes dónde está mi casa? —preguntó. Eran las primeras palabras que me dirigía directamente. Respondí que sí-. Ve allí ahora mismo. Este muchacho te acompañará.
Dienekes no dijo nada más; se volvió y partió enseguida con el cuerpo de oficiales hacia la Asamblea. Yo no tenía idea de qué se me pedía.
Pregunté al muchacho si quizá había algún error, si estaba seguro de que era yo a quien pedían.
—Eres tú, y será mejor que corramos.
La casa de la ciudad de la familia de Dienekes, a diferencia de la granja que sus familias ilotas trabajaban cinco kilómetros al sur junto al Eurotas, se hallaba a dos calles del camino del Atardecer, en el extremo oeste de la aldea de Pitana. No estaba junto a otras moradas, como otras muchas en aquella zona, sino aislada en la linde de un bosquecillo bajo viejos robles y olivos. En algún momento del pasado había sido una granja y poseía el encanto utilitario y sin adornos de un kleros de campo. La casa misma se hallaba en el extremo y no era muy grande, menos atractiva incluso que la casa de mi propio padre en Astakos, aunque su patio y terrenos, cobijados en un camino de mirtilo y jacintos, resplandecía como un puerto de refugio y encanto. Se llegaba al término de una serie de caminos llenos de flores; cada uno parecía penetrar un poco más en un espacio de serenidad y reclusión; se pasaba por delante de grupos de casitas
de otros Iguales, con sus chimeneas encendidas en el fresco del atardecer, con las risas de los niños y los alegres ladridos de sus sabuesos atravesando las paredes. El lugar donde estaba situada la casa no podía parecer más alejado de los recintos de entrenamiento y de la guerra, ni ofrecía mayor contraste y comodidad para los que vivían allí.
La hija mayor de Dienekes, Eleiria, que entonces tenía once años, me dejó entrar. Vi unos muros bajos de color blanco que rodeaban un patio inmaculado hecho de feos ladrillos, decorado con flores en macetas de tierra en el alféizar. Florecía jazmín en las vigas sin barnizar de una pérgola; wisteria y oleandro acariciaban la cara; un curso de agua, no más ancho que una mano, discurría junto a la pared del norte. Una criada a la que no reconocí esperaba junto a una silla de mimbre trenzado en las sombras.
Me señalaron una jofaina de piedra y me dijeron que me lavara las manos y los pies. Varias toallas limpias colgaban de una barra; me sequé y volví a colgarlas con esmero. El corazón me latía con fuerza, aunque no podía decir por qué. La niña Eleiria me acompañó a la sala de la chimenea, la única habitación, aparte del dormitorio de Dienekes y su esposa Aretes, de que constaba la casa.
Estaban presentes las cuatro hijas de Dienekes, incluida una que gateaba y una recién nacida; la segunda, Alexia, se unió a su hermana; se sentaron una al lado de la otra y se pusieron a cardar lana como si ésta fuera la actividad normal en mitad de la noche. Presidía la escena su madre, Aretes, que estaba sentada con la pequeña al pecho sobre un taburete bajo sin cojín junto al hogar.
Sin embargo, enseguida me di cuenta de que no era a la mujer de Dienekes a quien yo debía atender. A su lado, y más hacia el meridiano de la estancia, estaba sentada Paralela, la madre de Aléxandros y esposa del polemarca Olimpios.
La señora empezó a interrogarme, sin ceremonia alguna, sobre la tortura que su hijo había recibido no hacía ni media hora en la mesa común.
Que ella conociera este suceso, y tan inmediatamente, ya fue una sorpresa.
Algo en sus ojos me advertía que debía elegir mis palabras con cuidado.
La señora Paraleia declaró que conocía, y respetaba profundamente, la prohibición de revelar cualquier cosa hablada en el recinto de un comedor de los Iguales. No obstante, yo podía, sin violar la santidad de la ley, confesarle a ella, una madre comprensiblemente preocupada por el
bienestar y futuro de su hijo, alguna indicación, si no de las palabras y acciones precisas del citado suceso, quizá de su tono y sabor.
Preguntó, en el mismo tono con el que los Iguales de la mesa habían interrogado a Aléxandros, quién gobernaba la ciudad. Los reyes y los éforos, respondí enseguida, y por supuesto las leyes. La señora sonrió y miró, sólo por un instante, hacia Aretes.
—Sí —dijo-. Seguramente debe ser así.
Ésta era la manera de hacerme saber que las mujeres dirigían el espectáculo y que si no quería encontrarme para siempre de nuevo en los estercoleros de los granjeros, sería mejor que empezara a largar una dosis satisfactoria de información. Al cabo de diez minutos la mujer había recibido todo lo que podía recibir. Canté como un pájaro.
La señora Paraleia dijo que deseaba saber todo lo que su hijo había hecho después de desafiar los deseos de ella en el bosquecillo de los Gemelos y partir para seguir al ejército hasta Antirhion. Me acribilló como si fuera un espía. Aretes no le interrumpió. Sus hijas mayores no levantaron los ojos hacia mí ni hacia Paraleia, sino que permanecieron en modesto silencio escuchando cada palabra. Así es como aprendían. La lección de aquel día era cómo interrogar a un muchacho del servicio. Cómo lo hacía una señora. Qué tono adoptaba, qué preguntas hacía, cuándo su voz se alzaba en una insinuación de amenaza y cuándo la bajaba para adoptar un tono más confidencial, candoroso.
¿Qué raciones habíamos tomado Aléxandros y yo? ¿Qué armas?
Cuando se nos acabó la comida, ¿cómo obtuvimos más? ¿Nos encontramos con algún extranjero en el camino? ¿Cómo se comportó mi hijo? ¿Cómo reaccionaron los extranjeros? ¿Se mostraron respetuosos como correspondía con los espartanos? ¿La conducta de mi hijo imponía respeto?
Ella asimilaba mis respuestas, sin dejar traslucir nada, aunque era evidente en ciertos momentos que censuraba la conducta de su hijo. Sólo en una ocasión permitió que la ira se revelara en su tono, cuando reconocí, tras ser obligado a ello, que Aléxandros no había registrado el nombre del capitán de barco que nos había transportado y traicionado. A la mujer le tembló la voz. ¿Qué le ocurría a aquel muchacho? ¿Qué había aprendido todos aquellos años en la mesa de su padre y en la syssitia? ¿No se daba cuenta de que ese capitán vil y miserable debía ser castigado, ejecutado de ser preciso, para enseñar a los extranjeros el precio de jugar pérfidamente
con el hijo de un Igual de Lacedemonia? ¿O, si la prudencia lo dictaba, que ese barquero pudiera ser utilizado? ¿Aprovechado?
Si la guerra con los persas llegaba, ese tipo, convertido en informador, podía resultar una fuente valiosísima para el ejército. Aunque intentara mediante la falsedad hacer de traidor, sería un conocimiento valioso que se habría adquirido. ¿Por qué mi hijo no averiguó su nombre?
—Tu siervo no lo sabe, señora. Quizá tu hijo lo hizo y este siervo no se dio cuenta de ello.
—Refiérete a ti diciendo «yo» —me censuró Paraleia con aspereza-.
No eres un esclavo, no hables como si lo fueras.
—Sí, señora.
—El muchacho necesita algo para mojar su garganta, madre. —Esto lo dijo Eleiria, con una risita-. Mírale, si su rostro enrojece más explotará como un tomate.
El interrogatorio prosiguió durante otra hora. A la incomodidad que yo sentía se sumaba el efecto del aspecto físico de Paraleia, que guardaba un gran parecido con el de su hijo. Igual que él, era guapa y, como en él, su belleza adoptaba la forma espartana natural y carente de adornos.
Las esposas e hijas solteras de mi Astakos natal, y las de todas las demás ciudades de la Hélade, emplean por costumbre cosméticos y pintura facial para realzar su belleza. Estas mujeres son muy conscientes del efecto que el brillo artificial de sus rizos o el rosa de sus labios produce en cualquier hombre que esté al alcance de sus encantos.
Nada de esto entraba en el plan de Paralela, y tampoco de Aretes. Su peplos estaba cortado en un costado al estilo espartano y dejaba al descubierto la pierna desnuda hasta el muslo. En cualquier otra ciudad esto se habría considerado escandaloso. Si embargo, en Lacedemonia pasaba inadvertido. Era una pierna. Las mujeres las tenían igual que nosotros los hombres. Para los espartanos, sentir lascivia al ver a una mujer vestida así habría sido impensable. Habían visto desnudas a sus madres, hermanas e hijas desde que fueron lo bastante mayores para abrir los ojos, tanto en los entrenamientos atléticos de las muchachas y mujeres como en los festivales y en las procesiones de ellas.
Sin embargo, estas dos mujeres no eran conscientes de su magnetismo personal y del efecto que éste producía, incluso en un muchacho de la servidumbre al que se había ordenado comparecer ante ellas. Al fin y al
cabo, ¿no era espartana la propia Helena? La esposa de Menelao, a la que Paris se había llevado a Troya,
la causa de interminable sufrimiento
entre troyanos y griegos,
y por cuya belleza sin par
tantos valientes aqueos perdieron su vida
en Troya lejos de su país natal.
Las mujeres espartanas sobrepasan en belleza a todas las demás de la Hélade, y el menor de sus encantos no es el jugar poco con ellos. Afrodita no es su diosa, sino Artemisa Cazadora. Mirad la belleza de nuestro pelo, parece decir su porte, que reluce a la luz de la lámpara y no por el artificio del arte de la cosmética sino por el brillo de su salud y el lustre de la virtud.
Mirad nuestros ojos que se posan en los de un hombre, no bajan con modestia ni parpadean bajo pestañas teñidas como las prostitutas corintias.
Nuestras piernas no las cuidamos en el tocador con cera y mirtilo, sino bajo el sol en las carreras y en la Pista.
Estas mujeres eran esposas y madres cuya responsabilidad principal era producir niños que crecerían y se harían guerreros y héroes, defensores de la ciudad. Las mujeres espartanas eran yeguas, las damiselas mimadas de otras ciudades podían burlarse, pero si eran yeguas, eran también corredoras, campeonas olímpicas. El resplandor y vigor atlético que la gynaikagogé, la disciplina de entrenamiento de las mujeres, producía en ellas era algo poderoso y lo sabían.
De pie ante estas mujeres mis pensamientos en aquellos momentos, pese a todos los esfuerzos, volvieron al pasado, a Diómaca y a mi madre. Vi en la memoria las piernas desnudas de mi prima, fuertes y bien formadas, cuando corríamos tras alguna liebre o coneja con nuestros perros por alguna pendiente pedregosa. Vi la suave carne de su brazo reluciente cuando tiraba con el arco, los ojos que no se atemorizaban ante nada y el sonrojo de juventud y libertad que cubría su rostro cuando sonreía. Vi de nuevo a mi madre, que sólo tenía veintiséis años cuando murió y cuyo recuerdo a mis ojos era de sobresaliente bondad y nobleza. Estos pensamientos eran como una habitación en la casa de la mente de la que Dienekes hablaba, una
habitación en la que, desde el Camino de las Tres Esquinas, había jurado que jamás me permitiría entrar.
Pero ahora, al encontrarme en aquella habitación real de aquella casa real, ante aquellos femeninos susurros y perfumes, las femeninas auroras de aquellas esposas, madres, hijas y hermanas, seis, tanta presencia femenina concentrada en un espacio tan reducido, me sentí impulsado a ello contra mi voluntad. Necesité reunir todo mi autocontrol para ocultar el efecto que me producían esos recuerdos y para responder a las continuas preguntas de la señora. Al fin pareció que el interrogatorio llegaba a su fin.
—Responde a una última pregunta. Habla con sinceridad. Si mientes, lo sabré. ¿Mi hijo posee valor? ¿Valora su andreia, su virtud masculina, como joven que pronto debe ocupar su lugar como guerrero?
No era preciso ser muy listo para ver que estaba pisando el hielo más delgado. ¿Cómo podía responder a una pregunta como ésa? Me erguí.
—Hay catorce efebos en los pelotones de entrenamiento del agogé.
Sólo uno mostró la temeridad de seguir al ejército, y eso sabiendo que desafiaba los deseos de su madre, por no hablar de la plena conciencia del castigo que debería sufrir a su regreso.
La señora se quedó pensativa.
—Es una respuesta política, pero buena. La acepto.
Se puso en pie y dio las gracias a Aretes por concertar esa entrevista y por su confidencialidad. Me dijeron que aguardara fuera, en el patio. La criada de Paraleia aún estaba allí, sonriendo; sin duda había escuchado todas y cada una de las palabras y las repetiría por todo el valle del Eurotas.
Al cabo de unos instantes salió la señora, sin dignarse mirarme ni hablarme, y acompañada por su doncella enfiló sin antorcha el oscuro sendero.
—¿Eres lo bastante mayor para tomar vino?
Aretes se dirigió a mí directamente; me hablaba desde la puerta y me hizo señas de que entrara en la casa. Las cuatro hijas ya dormían. La propia señora preparó una copa para mí, en una proporción de seis a uno como se hacía con los muchachos. Di un sorbo, agradecido. Era evidente que la noche de entrevistas no había terminado.
La señora me invitó a sentarme. Ella se acomodó en el puesto de la dueña de la casa, junto al fuego. Puso un pedazo de pan de cebada en un plato ante mí y una salsa de aceite, queso y cebolla.
—Ten paciencia, esta noche entre mujeres pronto terminará.
Regresarás con los hombres, con los que evidentemente te sientes más
cómodo.
—Estoy cómodo, señora. De verdad. Es un alivio estar apartado de la vida del barracón durante una hora, aunque signifique bailar desnudo sobre el acero caliente de la sartén.
La señora sonrió, pero era evidente que su pensamiento estaba en un tema mucho más serio. Hizo que la mirara.
—¿Has oído alguna vez el nombre Idotíquides? Respondí que sí.
Me pidió que le dijera lo que sabía de ese hombre.
—Era un Igual espartíata al que mataron en la batalla de Mantinea. Vi su lápida ante la mesa del Hermes Alado, en el Camino de Amiclea.
—¿Qué más sabes de ese hombre? —preguntó la señora. Yo murmuré algo-. ¿Qué más? —insistió.
—Dicen que Decton, el muchacho ilota al que llaman Gallo, es su bastardo. De madre mesenia, que murió al dar a luz.
—¿Y tú lo crees?
—Sí, señora.
—¿Por qué?
Ahora me hallaba acorralado; me di cuenta de que la señora lo percibía.
—¿Por eso —respondió ella por mí- este tal Gallo odia tanto a los espartanos?
Me llenó de miedo el que ella lo supiera, y por un momento no supe qué decir.
—¿Te has fijado —prosiguió, con una voz que, para mi sorpresa, no mostraba ni indignación ni ira- que entre los esclavos el más miserable parece soportar su sino sin demasiada inquietud, mientras que los más nobles, los que están al borde de la libertad, se irritan y amargan? Es como si cuanto más merecedor de honor se siente el que sirve, aunque se le nieguen los medios para conseguirlo, más atroz es la experiencia de la sujeción.
Esto era Gallo en resumen. Nunca había pensado en ello de esta manera, pero ahora que la señora lo había expresado así vi que era cierto.
—Tu amigo Gallo habla demasiado. Y lo que su lengua reprime, su conducta lo anuncia con demasiada claridad.
Citó varios ejemplos literales, varias declaraciones sediciosas que Decton había pronunciado, sólo al alcance de mi oído, creía yo, en el camino de regreso de Antirhion.
Permanecí en silencio y empecé a sudar. Aretes mantenía su expresión inescrutable.
—¿Sabes lo que es la krypteia? —preguntó.
Lo sabía.
—Es una sociedad secreta entre los Iguales. Nadie sabe quiénes son miembros, sólo que son de los más jóvenes y más fuertes, y que hacen su trabajo por la noche.
—¿Y cuál es ese trabajo?
—Hacen desaparecer a los hombres.
Se refería a ilotas. Ilotas traicioneros.
—Ahora responde a esto, y piensa antes de hablar. —Aretes se interrumpió, como para reforzar la importancia de la pregunta que estaba a punto de formularme-. Si fueras miembro de la krypteia y supieras lo que acabo de decirte de ese ilota, Gallo, que ha expresado sentimientos traidores hacia la ciudad y además ha declarado su intención de actuar, ¿qué harías?
Sólo podía haber una respuesta.
—Cumpliría con mi deber de matarle, si fuera yo un miembro de la krypteia.
La señora digirió esto sin que su expresión dejara traslucir nada.
—Ahora, responde: tú, un amigo de ese ilota, Gallo, ¿qué harías?
Balbuceé algo acerca de circunstancias exculpatorias, que Gallo era un necio, que a menudo hablaba sin pensar, que gran parte de lo que decía eran fanfarronadas y todo el mundo lo sabía.
La mujer se volvió hacia las sombras.
—¿Miente este muchacho?
—¡Sí, madre!
Me volví, sorprendido. Las dos hijas mayores estaban completamente despiertas, en la cama que compartían, y lo habían oído todo.
—Responderé a la pregunta por ti, jovencito. —La señora me rescató de mi perplejidad-. Creo que tú harías esto. Creo que aconsejarías a ese chico que no volviera a hablar de estas cosas delante de ti y que no hiciera nada, por leve que fuera, o le matarías.
Ahora yo estaba completamente desconcertado. La señora sonrió.
—Eres un mal mentiroso; mentir no es uno de tus dones. Lo admiro.
Pero pisas terreno peligroso. Esparta puede que sea la mayor ciudad de la Hélade, pero no deja de ser una pequeña ciudad. Una rata no puede estornudar sin que todos los gatos digan «Salud». Los criados y los ilotas lo
oyen todo, y sus lenguas pueden ser muy largas por el precio de un pastelillo de miel.
Consideré esto.
—¿Y la mía se aflojará por un vaso de vino?
—¡Este chico te falta al respeto, madre! —Era Alexia, que tenía nueve años-. ¡Debes azotarle!
Para mi alivio, Aretes me contemplaba a la luz de la lámpara sin ira ni indignación, sino tranquila, examinándome.
—Un muchacho en tu posición debería tener miedo de la esposa de un Igual del rango de mi marido. Dime: ¿por qué no me tienes miedo?
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que, verdaderamente, no tenía miedo.
—No estoy seguro, señora. Quizá porque me recuerdas a alguien.
Durante unos instantes la señora no habló, pero siguió mirándome con la misma intensidad.
—Háblame de ella —dijo.
—¿De quién?
—De tu madre.
Volví a sonrojarme. Me hacía sufrir pensar que aquella mujer de alguna manera lo sabía o lo intuía todo antes de que yo lo dijera.
—Adelante, toma un poco de vino. No tienes que hacerte el duro delante de mí.
Qué diantres. Acepté el vino. Era útil. Le hablé a la señora brevemente de Astakos, de su saqueo y del asesinato de mis padres a manos de los guerreros de Argos, que acechaban de noche.
—Los argivos siempre han sido cobardes —observó ella, haciendo un gesto de desprecio que le granjeó aún más mis simpatías. Era evidente que sus grandes orejas ya habían escuchado mi historia; sin embargo escuchó con atención, y daba la impresión de que respondía con comprensión al oír la historia de mis propios labios.
—Has tenido una vida desdichada, Xeo —dijo, pronunciando mi nombre por primera vez. Para mi sorpresa, esto me conmovió hondamente; tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se notara.
Por mi parte, estaba reuniendo todo el autocontrol que poseía para hablar correctamente, en el griego que correspondía a un nacido libre, y reprimirme no sólo por respeto a ella sino por mi país y mi linaje.
—¿Y por qué —preguntó la señora- un muchacho sin ciudad muestra tanta lealtad a este país extraño de Lacedemonia, del que no forma, ni nunca podrá formar, parte?
Sabía la respuesta pero no podía juzgar cuánto temía confiarme a ella.
Respondí con evasivas y hablé brevemente de Bruxieos.
—Mi tutor me enseñó que un muchacho debe tener una ciudad o no puede convertirse plenamente en un hombre. Como yo ya no poseo ciudad propia, me pareció que era libre de elegir la que me gustara.
Esto era un punto de vista nuevo, pero vi que la señora lo aprobaba.
—Entonces, ¿por qué no una ciudad llena de riquezas y oportunidades? ¿Por qué no Tebas, Corinto o Atenas? Aquí lo único que puedes recibir es pan seco y latigazos en la espalda.
Respondí con un proverbio que Bruxieos nos había citado una vez a Diómaca y a mí: que otras ciudades producen monumentos y poesía, y Esparta produce hombres.
—¿Y es cierto? —preguntó la señora-. ¿Es tu sincera opinión, ahora que has tenido oportunidad de estudiar nuestra ciudad, lo peor y lo mejor de ella?
—Sí, señora.
Para mi sorpresa, estas palabras parecieron conmover profundamente a la señora. Desvió la mirada y parpadeó varias veces. Cuando recuperó la compostura, habló con voz ronca por la emoción.
—Lo que has oído decir del Igual Idotíquides es cierto. Era el padre de tu amigo Gallo. También era otra cosa. Era mi hermano.
Ella advirtió mi sorpresa.
—¿No lo sabías?
—No, señora.
Vi que dominaba la emoción, el pesar, que había amenazado con descomponerla.
—Así que ya ves —dijo con una sonrisa esbozada con esfuerzo-, esto hace que el joven Gallo sea mi sobrino. Y yo su tía. Tomé más vino. La señora sonrió.
—¿Puedo preguntar por qué la familia de la señora no ha apadrinado al muchacho Gallo y le ha nombrado mothax?
Ésa era una dispensa especial en Lacedemonia, la de «hermanastro», a la que accedían los hermanos bastardos o de inferior categoría, hijos principalmente de padres espartíatas, que pese a su origen bajo podían ser
apadrinados y educados en el agogé. Se entrenaban junto a los hijos de los Iguales. Incluso, si demostraban suficientes méritos y valor en la batalla, podían llegar a ser ciudadanos.
—Se lo he pedido en más ale una ocasión a tu amigo Gallo —
respondió la señora-. Lo rechaza.
Vio la incredulidad en mi rostro.
—Con respeto —añadió-. Con el mayor respeto, pero con determinación.
Se quedó pensativa unos instantes.
—Existe otra curiosidad de la mente que se puede observar entre los esclavos, en especial los que tienen su origen en un pueblo conquistado, como ese muchacho, Gallo, al ser de madre mesenia. Los hombres con orgullo a menuda se identifican con la mitad inferior de su linaje, quizá por despecho o por el deseo de no darla impresión de buscar el favor tratando de congraciarse con el mejor lado.
Esto sin duda era cierto en el caso de Gallo. Él se consideraba mesenio, y con orgullo.
—Te diré una cosa, mi joven amigo, por tu bien y por el de mi sobrino: la krypteia lo sabe. Le han vigilado desde que tenía cinco años. También te vigilan a ti. Hablas bien, eres valiente, tienes recursos. Nada de esto pasa inadvertido. Y te diré algo más. Hay uno de la krypteia que no te es desconocido. Es el caballero Polínices. No vacilará en cortar la garganta a un ilota traidor; tampoco creo que tu amigo Gallo, a pesar de toda su fuerza y valor, venza aun campeón de Olimpia.
Las chicas ya habían sucumbido al sueño. La casa, con la oscuridad tras sus paredes, parecía al fin completa, misteriosamente callada. —La guerra contra los persas está cerca —declaró la señora-. La ciudad necesitará a todos los hombres. Grecia necesitará a todos los hombres. Pero lo que también es importante es que esta guerra, que todos están de acuerdo en que será la más grave de la historia, proporcionará un magnífico escenario para la grandeza. Será un campo en el que un hombre podrá demostrar con sus hazañas la nobleza que le ha negado su origen.
Los ojos de la mujer se posaron en los míos y sostuvieron la mirada.
—Quiero que Gallo esté vivo cuando empiece la guerra. Quiero que le protejas. Si tu oído descubre la más mínima insinuación de peligro, el más mínimo rumor, debes acudir enseguida a mí. ¿Lo harás? Prometí que lo haría.
—Aprecias a ese muchacho, Xeo. Aunque él te ha atormentado, veo la amistad que os une. Te imploro en el nombre de mi hermano y su sangre que corre por las venas de Gallo. ¿Le vigilarás? ¿Lo harás por mí?
Prometí que haría lo que pudiera.
—Júralo.
Lo juré por todos los dioses.
Parecía absurdo. ¿Cómo podía yo enfrentarme a la krypteia o a cualquier otra fuerza que pretendiera asesinar a Gallo? Aún así, de alguna manera mi promesa pueril pareció calmar la inquietud de la señora.
Me examinó el rostro un largo momento.
—Dime, Xeo —dijo con voz suave-. ¿Alguna vez… alguna vez has pedido algo para ti?
Respondí que no entendía la pregunta.
—Te encargo otra cosa. ¿La harás?
Juré que lo haría.
—Te ordeno que algún día hagas algo puramente por ti y no al servicio de otro. Lo sabrás cuando llegue el momento. Prométemelo.
Dilo en voz alta.
—Lo prometo, señora.
Entonces se puso en pie, con el niño que dormía en sus brazos, y se acercó a una cuna que había entre las camas de las otras niñas, dejó al bebé y le abrigó con las mantas. Ésa era la señal para que me marchara. Ya me había levantado, como ordena el respeto, cuando lo hizo la señora.
—¿Puedo hacer una pregunta, señora, antes de irme? Sus ojos relucían con picardía.
—Déjame adivinar. ¿Se trata de una chica?
—No, señora. —Yo ya lamentaba mi impulso. Esa pregunta era imposible, absurda. Ningún mortal podía responderla.
La señora estaba intrigada e insistió en que prosiguiera.
—Es para un amigo —le dije-. No puedo respondérsela, porque soy demasiado joven y sé demasiado poco del mundo.
»Quizá tú, señora, con tu sabiduría, puedas hacerlo. Pero debes prometerme que no te reirás ni te ofenderás.
Ella lo prometió.
Tomé aliento y me lancé.
—Este amigo… él cree que una vez, cuando era niño y estaba solo al borde de la muerte, un dios le habló.
Me interrumpí, buscando alguna señal de desprecio o indignación.
Para mi gran alivio, la señora no mostró ninguna de las dos cosas.
—Este chico… mi amigo… desea saber si eso es posible. ¿Podría…
una divinidad condescendería a hablar con un muchacho sin ciudad ni puesto, un muchacho sin dinero que no poseía nada que ofrecer en sacrificio y ni siquiera conocía las palabras adecuadas para orar? ¿O mi amigo veía visiones, fantasmas salidos de su propio aislamiento y desesperación?
La señora preguntó de qué dios se trataba, quién había hablado con mi amigo.
—El dios arquero. Apolo, el Gran Lanzador.
Yo me retorcía. Seguro que la señora se burlaría de tanta temeridad y presunción. Jamás debía haber abierto la boca.
Pero ella no se burló de mi pregunta ni le pareció impía.
—Tú mismo eres una especie de arquero, tengo entendido, y muy avanzado para tu edad. Te cogieron el arco, ¿verdad? ¿Te lo confiscaron cuando apareciste en Lacedemonia por primera vez?
Declaró que la fortuna debía de haberme guiado a su hogar aquella noche, porque sí, las diosas de la tierra eran numerosas y se hallaban cerca.
Ella las sentía. Los hombres piensan con la mente, dijo; las mujeres, con la sangre, que sube y baja y fluye a discreción de la luna.
—Yo no soy sacerdotisa. Sólo puedo responderte con el corazón de una mujer, que intuye y distingue la verdad directamente, de dentro.
Respondí que eso era lo que yo deseaba.
—Dile esto a tu amigo —dijo la señora-: Que lo que vio era cierto. Su visión en verdad era del dios.
Sin previo aviso las lágrimas brotaron de mis ojos. La emoción me embargó. Me doblé y sollocé, mortificado por esta falta de autocontrol y asombrado por el poder de la pasión que había surgido al parecer de la nada y me había inundado. Me tapé el rostro con las manos y lloré como un niño.
La señora se acercó a mí y me abrazó suavemente, dándome palmaditas en el hombro como una madre y pronunciando palabras amables para tranquilizarme.
Al cabo de un minuto me había dominado. Pedí abundantes disculpas por esa vergonzosa flaqueza. La señora no quiso ni oírlas; me regañó y me dijo que aquella emoción era santa, inspirada por Dios y no debía arrepentirme de ella ni disculparme.
Ahora estaba junto a la puerta abierta, a través de la cual entraba la luz de las estrellas y se oía el suave balbuceo del curso de agua del patio.
—Me gustaría haber conocido a tu madre dijo Aretes mirándome con aire bondadoso-. Quizá ella y yo nos encontremos algún día, más allá del río. Hablaremos de su hijo, y de la desgraciada parte que los dioses han puesto delante de él.
Me tocó una vez más en el hombro para despedirse.
—Ahora vete, y dile esto a tu amigo: puede venir aquí con sus preguntas, si lo desea. Pero tiene que venir en persona. Deseo contemplar el rostro de ese muchacho que ha charlado con el Hijo del Cielo.
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