Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 6 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 3

Cuando yo era niño, teníamos en la granja de mi padre un esclavo, cuyo nombre era Bruxieos, aunque vacilo en utilizar la palabra esclavo, porque mi padre se hallaba en poder de Bruxieos más que al revés. Todos lo estábamos, en particular mi madre. Como señora de la casa se negaba a tomar la más insignificante decisión doméstica —y muchas cuyo alcance excedía estos límites- sin antes buscar el consejo y la aprobación —de Bruxieos. Mi padre acataba su opinión en prácticamente todos los asuntos, salvo la política de la ciudad. Yo mismo estaba bajo su hechizo.

Bruxieos era de Elea. Lo habían capturado los argivos en una batalla cuando tenía diecinueve años. Le dejaron ciego a golpes, aunque sus conocimientos de ungüentos medicinales posteriormente le permitieron recuperar al menos parte de su visión. Llevaba en la frente la marca de esclavitud de los argivos, un semental galopante sobre las letras alpha rho.

Mi padre le adquirió cuando tenía más de cuarenta años, como compensación por un envío de aceite de jacinto que se había perdido en el mar.

A mi modo de ver, Bruxieos lo sabía todo. Sabía arrancar una muela sin clavo ni adelfa. Podía llevar fuego en las manos desnudas. Y, lo más vital de todo a mis ojos de muchacho, conocía todos los hechizos y encantamientos necesarios para mantener alejados la mala suerte y el mal de ojo.

La única debilidad de Bruxieos, como he dicho, era su vista. Más allá de tres metros el hombre era absolutamente ciego. Esto era una fuente de placer secreto, aunque culpable, para mí, porque significaba que necesitaba tener a un chico con él en todo momento para ver. Yo pasé semanas sin apartarme de su lado, ni siquiera para dormir, ya que él insistía en velar por mí y dormía siempre sobre una piel de oveja al pie de mi cama.

En aquella época al parecer había guerra cada verano. Recuerdo los ejercicios de la ciudad cada primavera, cuando se había realizado la siembra. Bajaban la armadura de mi padre; Bruxieos untaba con aceite cada borde y juntura, volvía a dar forma a las dos lanzas y dos repuestos y sustituía la cuerda y el mango de cuero de la esfera de bronce y roble del

hoplon. Los ejercicios se realizaban en una amplia llanura al oeste del Kerameikos, el barrio de los alfareros, justo debajo de las murallas de la ciudad. Los chicos y chicas llevábamos toldos y pasteles de higo, peleábamos por las posiciones con mejor vista en la muralla y observábamos maniobrar a nuestros padres a las llamadas de los flautistas y el redoble de los tambores de batalla.

El año del que hablo, la disputa era por una propuesta efectuada por el prytaniarcos de aquella sesión, un propietario de inmuebles llamado Onaximandros. Quería que cada hombre borrara el blasón, del clan o individual, de su escudo y lo sustituyera por una alpha uniforme, por nuestra ciudad Astakos. Declaró que los escudos espartanos llevaban una orgullosa lambda, por su país, Lacedemonia. Bien, fue la respuesta burlona, pero nosotros no somos lacedemonios. Alguien contó la historia del espartíata cuyo escudo no llevaba ningún blasón, sino sólo una mosca común pintada a tamaño natural. Cuando sus compañeros de filas se burlaron de él por esto, el espartano declaró que en la línea de batalla llegaría a estar tan cerca de su enemigo que la mosca le parecería grande como un león.

Cada año, los ejercicios militares seguían la misma pauta. Durante dos días reinaba el entusiasmo. Todos los hombres se sentían tan aliviados al verse libres de las tareas agrícolas o de sus tiendas, estaban tan encantados de reunirse con sus camaradas, lejos de los niños y las mujeres, que el acontecimiento adquiría el sabor de un festival. Había sacrificios mañana y tarde. Los ricos olores de carne asada flotaban por todas partes; había bollos de trigo y dulces de miel, pasteles de higo recién enrollados y tazones de arroz y cebada asados en aceite de sésamo recién prensado.

El tercer día aparecían las ampollas. Antebrazos y hombros quedaban en carne viva debido a los pesados escudos hoplon. Los guerreros, aunque la mayoría eran granjeros o agricultores y supuestamente de constitución fuerte, en realidad habían pasado la mayor parte del tiempo de trabajo agrícola al fresco de la sala de cálculo y no detrás de un arado. Empezaban a cansarse de sudar. Hacía mucho calor bajo el casco. El cuarto día los guerreros presentaban graves excusas. La granja necesitaba esto, la tienda necesitaba aquello, los esclavos les estaban robando, los operarios se peleaban.

—Mira qué recta avanza ahora la fila, en el campo de entrenamientos

—nos señalaba Bruxieos a mí y a los otros niños-. No lo estará tanto cuando

empiecen a llover flechas y jabalinas. Cada uno procurará ponerse a la derecha para quedar a la sombra de su compañero de fila. —Se refería a la protección del escudo del hombre que estuviera a su derecha-. Cuando choquen con las líneas enemigas, el flanco derecho estará desplazado; medio estadio y su propia caballería tendrá que obligarles a volver a su lugar.

No obstante, nuestro ejército de ciudadanos (podíamos poner cuatrocientos hoplitas en el campo en una llamada), a pesar de los vientres abultados y las espinillas poco firmes, se había portado más que honorablemente, al menos en mi corta vida. El mismo prytaniarcos Onaximandros tenía dos buenos pares de bueyes, ganados a los querios, cuya ciudad habían saqueado por completo nuestras fuerzas, aliadas con los argivos y los eleutrios, arrasándola y matando a más de doscientos hombres.

Mi tío Tenagros consiguió en esta victoria una robusta mula y un equipo completo de armadura. Casi cada hombre sacó algo.

El quinto día de maniobras, los padres de la ciudad estaban completamente exhaustos, aburridos y disgustados. Los sacrificios a los dioses se redoblaban, esperando que el favor de los inmortales compensara cualquier falta de polemiké techné, habilidad con las armas, o empeiria, experiencia, por parte de nuestras fuerzas. Para entonces había enormes huecos en el campo y los niños habíamos descendido al lugar con nuestros escudos y espadas de juguete. Ésta era la señal para dar por finalizada la jornada. Con muchas quejas por parte de los fanáticos y gran alivio de la mayoría, se daba la señal para el desfile final. Los aliados de la ciudad aquel año (los argivos habían enviado a su strategos, el jefe militar supremo de la ciudad), fueran los que fueran, formaban alegremente y nuestros reanimados soldados ciudadanos, que sabían que su dura prueba estaba a punto de terminar, cargaban con todas las piezas de la armadura que poseían y pasaban gloriosa revista.

Este acto final era el que producía mayor animación, con la mejor comida y música, por no mencionar el vino de primavera, y acababa con muchos carros de granja llevando a casa en plena noche más de treinta kilos de armaduras de bronce y los ochenta y cinco de cada guerrero, roncando ruidosamente.

Aquella mañana que dio inicio a mi destino comenzó con unos huevos de perdiz blanca.

Entre los muchos talentos de Bruxieos, el más destacado era su habilidad con las aves. Era un maestro de la trampa. Construía sus trampas con las ramas en las que a su presa le gustaba posarse. Con un leve chasquido, tan delicado que apenas se oía, sus hábiles trampas se cerraban y agarraban a su presa por la «bota», como lo llamaba Bruxieos, y siempre lo hacía con suavidad.

Una tarde Bruxieos me llamó en secreto detrás del corral. Con gran exageración se levantó la capa y dejó al descubierto su última presa, un macho de perdiz blanca salvaje, lleno de vigor. Yo estaba fuera de mí, entusiasmado. Teníamos seis mansas hembras en el corral. Un macho significaba una cosa: ¡huevos! Y los huevos eran una exquisitez, que valían una fortuna para un muchacho en el mercado de la ciudad.

Como era de esperar, al cabo de una semana nuestra pequeña ave se había convertido en dueña y señora del corral y, poco tiempo después, yo sostuve en mis manos una nidada de huevos de perdiz blanca.

¡Iríamos a la ciudad! Al mercado. Desperté a mi prima Diómaca antes de que terminara la guardia media, tan ansioso estaba por llegar a nuestro puesto y poner en venta mi nidada. Yo quería una flauta de diaulos, una flauta doble con la que Bruxieos me había prometido enseñarme las llamadas de la focha y del gallo de bosque. Lo que sacara de los huevos sería mi fortuna. Aquella flauta doble sería mi recompensa.

Partimos dos horas después de amanecer, Diómaca y yo, con dos pesados sacos de cebollas de primavera y tres ruedas de queso envueltas en tela y cargadas sobre una burra medio mansa llamada Traspiés. Habíamos dejado a su cría en casa, atada en el establo; de ese modo podíamos soltar a su madre en la ciudad cuando la hubiéramos descargado, para que ella sola volviera directa a casa, junto a su pequeño.

Era la primera vez que yo iba al mercado sin un adulto y la primera que lo hacía con algo propio para vender. También me emocionaba el hecho de estar con Diómaca. Yo todavía no había cumplido diez años; ella tenía trece. Me parecía que ya era una mujer adulta, y la más bonita y lista de toda la región. Esperaba que mis amigos se tropezaran con nosotros en el camino, sólo para que me vieran al lado de ella.

Acabábamos de llegar al camino acarnanio cuando vimos el sol. Era de un brillante color amarillo, aún bajo sobre un cielo púrpura. Sólo había un problema: salía por el norte, no por el este.

—Eso no es el sol —dijo Diómaca, deteniéndose de pronto y tirando con fuerza del cabestro de Traspiés-. Eso es fuego. Era la granja de Pierion, el amigo de mi padre. La granja estaba ardiendo.

—Tenemos que ayudarles —anunció Diómaca con una voz que no admitía protestas.

Yo agarré los huevos con las dos manos y eché a andar tras ella, a un doble trote, tirando de la burra que cojeaba y no paraba de rebuznar.

—Cómo puede suceder esto antes del otoño —me gritó Diómaca mientras corríamos-, los campos aún no están secos, mira las llamas, no deberían ser tan grandes.

Entonces vimos un segundo fuego. Al este de la propiedad de Pierion.

Otra granja. Diómaca y yo nos detuvimos en medio del camino y entonces oímos a los caballos.

El suelo empezó a retumbar como si hubiera un terremoto. Entonces vimos el resplandor de las antorchas. Caballería. Un pelotón completo.

Treinta y seis caballos avanzaban retumbando hacia nosotros por el camino.

Vimos armaduras y cascos con blasones. Eché a correr hacia ellos, agitando los brazos con alivio. ¡Qué suerte! ¡Ellos nos ayudarían! Con treinta y seis hombres, apagaríamos los incendios en…

Diómaca me gritó que regresara.

—¡No son de los nuestros!

Pasaron por nuestro lado a medio galope, enormes, oscuros y feroces.

Sus escudos se habían ennegrecido, los caballos estaban manchados de hollín y sus espinilleras de bronce estaban cubiertas de barro. A la luz de la antorcha vi el color blanco bajo el hollín de sus escudos y el semental galopante con el alpha rho. Argivos. Nuestros aliados. Tres jinetes tiraron de las riendas ante nosotros; Traspiés rebuznaba de terror e intentaba soltarse, Diómaca sujetaba con fuerza el cabestro.

—¿Qué llevas ahí, chiquilla? —preguntó el más corpulento de los jinetes haciendo girar su montura, que iba cubierta de espuma y de barro, ante los sacos de cebollas y los quesos. Era un hombre muy fornido, como Ajax, con un casco beocio de cara abierta y grasa blanca bajo los ojos para ver en la oscuridad. Incursores nocturnos. Se inclinó en su silla e intentó agarrar a Traspiés. Diómaca dio un fuerte puntapié a la montura del hombre, en el vientre; la bestia lanzó un relincho y dio un salto, asustada.

—¡Estáis quemando nuestras granjas, traidores, hijos de puta!

Diómaca soltó el cabestro y dio una palmada a la aterrorizada burra con todas sus fuerzas. La bestia echó a correr como alma que lleva el diablo y también nosotros.

He corrido mucho en las batallas, bajo lluvias de flechas y jabalinas con treinta kilos de armadura sobre mis espaldas, e incontables veces en los entrenamientos he tenido que correr por superficies abruptas. Sin embargo, mis pulmones y mi corazón nunca han trabajado con tan desesperada necesidad como aquella mañana aterradora.

—¡Tenemos que correr más! —me gritaba Diómaca entre jadeos.

Habíamos recorrido más de tres kilómetros, cuatro o casi cinco, en nuestro viaje a la ciudad, y ahora teníamos que desandar esa distancia y más por colinas pedregosas y llenas de maleza. Las zarzas nos arañaban, las piedras nos laceraban los pies desnudos, el corazón parecía que nos iba a estallar en el pecho. Al cruzar un campo vi algo que me heló la sangre.

Cerdos. Tres puercas y sus camadas cruzaban el campo con paso rápido en dirección al bosque. No cabía duda de que estaban huyendo. No corrían, no era pánico, sólo iban a un paso extremadamente vivo, muy disciplinado.

Pensé: «Estos cerdos sobrevivirán, mientras que Diómaca y yo no».

Vimos más caballería. Otro pelotón y otro, etolios de Pleurón y Calidón. Esto era peor; significaba que la ciudad había sido traicionada no sólo por un aliado sino por una coalición. Grité a Diómaca para que se parara, pues tenía el corazón a punto de explotar a causa del esfuerzo.

—¡Te dejaré, enano!

Tiró de mí. De pronto salió un hombre del bosque. Mi tío Tenagros, el padre de Diómaca. Iba en camisón y aferraba una lanza. Cuando vio a Diómaca dejó caer el arma y corrió a abrazarla. Se estrecharon con fuerza, jadeantes. Pero esto sólo sirvió para infundirme más terror.

—¿Dónde está mi madre? —grité-. ¿Mi padre está contigo? —

Muertos. Todos muertos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Los has visto?

—Los he visto y es mejor que tú no los veas.

Tenagros recogió su lanza del suelo. Estaba sin aliento, lloraba; se había ensuciado; en el interior de sus muslos había heces líquidas que se iban secando. Él siempre había sido mi tío favorito; ahora le odiaba con pasión asesina.

—¡Has huido! —le acusé con la crueldad de un chiquillo-. ¡Has puesto pies en polvorosa, cobarde!

Tenagros se volvió a mí con furia.

—¡Ve a la ciudad! ¡Ve tras las murallas!

—¿Y Bruxieos? ¿Está vivo?

Tenagros me dio una bofetada tan fuerte que me hizo caer al suelo.

—Estúpido. Te preocupa más un esclavo ciego que tus propios padres.

Diómaca me ayudó a ponerme en pie. Vi en sus ojos la misma rabia y desesperación. Tenagros también lo vio.

—¿Qué llevas en las manos?

Bajé la mirada. Eran mis huevos de perdiz blanca, que aún sostenía. El curtido puño de Tenagros cayó sobre el mío, haciendo añicos las frágiles cáscaras, que cayeron a mis pies.

—¡Id a la ciudad, chiquillos insolentes! ¡Id tras las murallas!

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