Puertas de fuego
LIBRO VIII - Las Termópilas
LIBRO VIII
LAS TERMÓPILAS
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Su Majestad presenció de cerca, con sus propios ojos, el magnífico valor demostrado por los espartanos, tespios y sus escuderos y criados emancipados en la mañana final de la defensa del paso. No necesita que le cuente la batalla. Sólo informaré de los casos y momentos que quizá escaparon a la visión de Su Majestad, como ha pedido, para arrojar luz sobre el carácter de los helenos a los que él llamaba sus enemigos.
Destacado entre todos, y con indiscutible preeminencia, sólo puede haber un hombre: el rey espartano Leónidas. Como sabe Su Majestad, la principal fuerza del ejército persa, que avanzaba como había hecho en los dos días anteriores por el camino de Traquis, no empezó su ataque hasta mucho después de que el sol estuviera completamente alto. La hora del ataque en realidad se acercaba más al mediodía que a la mañana y llegó mientras los Diez Mil Inmortales aún no habían hecho su aparición en la retaguardia aliada. Tan grande era el desdén de Leónidas por la muerte, que en realidad durmió durante casi todo el intervalo. Decir que roncó quizá sea una descripción más adecuada, tan libre de preocupación era la postura que el rey adoptó en el suelo, acomodado con su capa por colchón, las piernas cruzadas en los tobillos, los brazos doblados sobre el pecho, los ojos sombreados por un sombrero de paja y la cabeza apoyada con indiferencia sobre su escudo. Parecía un muchacho que pastoreara cabras en un somnoliento verano en el valle.
¿En qué consiste la naturaleza de ser rey? ¿Cuáles son sus cualidades; qué cualidades inspira a los que la sirven? Éstas, si se puede pretender adivinar las meditaciones de la mente dé Su Majestad, son las preguntas que más preocupan a su razón.
¿Su Majestad recuerda el momento en que, en la ladera que hay más allá del desfiladero, después de que Leónidas cayera, acribillado por media docena de lanzas, cegado bajo el casco, que se le había hundido a causa de un golpe de hacha, su brazo izquierdo inútil con el escudo astillado echado al hombro, cuando cayó por fin aplastado por el enemigo? ¿Recuerda Su Majestad aquel impulso en el tumulto de la carnicería, cuando un cuerpo de espartanos se arrojó sobre el jactancioso enemigo y le hizo retroceder, para
recuperar el cadáver de su rey? No me refiero a la primera vez, ni a la segunda ni a la tercera, sino a la cuarta, cuando quedaban menos de veinte hombres, entre Iguales, caballeros y libertos, peleando contra un enemigo que sumaba centenares.
Contaré a Su Majestad qué es un rey. Un rey no permanece dentro de su tienda mientras sus hombres se desangran y mueren en el campo de batalla. Un rey no cena mientras sus hombres pasan hambre, ni duerme cuando ellos están en vela en la muralla. Un rey no ordena a sus hombres lealtad por miedo a no comprarla con oro; se gana el amor con el sudor de su frente y los dolores los soporta por ellos. Lo que resulta la carga más pesada, un rey la coge primero y la deja el último. Un rey no exige el servicio de aquellos a los que dirige sino que se los proporciona a ellos. Les sirve a ellos, no ellos a él.
En los momentos finales, antes de que se iniciara realmente la batalla, cuando las líneas de los persas, los medos y los saceos, los bactrianos y los ilirios, los egipcios y los macedonios se encontraban tan cerca que se les veía el rostro, Leónidas desfiló ante las primeras filas de espartanos y tespios, hablando con cada jefe de pelotón individualmente. Cuando se detuvo junto a Dienekes, yo estaba lo bastante cerca para oír sus palabras.
—¿Les odias, Dienekes? —preguntó el rey en el tono de un camarada, sin prisas, con familiaridad, señalando a los capitanes y oficiales de los persas que eran visibles al otro lado de la oudenos corion, la tierra de nadie.
Dienekes respondió enseguida que no.
—Veo rostros nobles. Más de unos cuantos, creo, a los que saludaría con una palmada en la espalda y risas en cualquier mesa de amigos.
Leónidas aprobaba visiblemente la respuesta de mi amo. Sin embargo, sus ojos se ensombrecieron.
—Siento lástima por ellos —dijo, indicando al valiente enemigo que se hallaba tan cerca-. ¿Qué darían, los más nobles de entre ellos, por estar aquí con nosotros ahora?
Esto es un rey, majestad. Un rey no gasta su energía para esclavizar a los hombres, sino que con su conducta y ejemplo los hace libres. Su Majestad quizá pregunte, como hicieron Gallo y mi señora Aretes, por qué uno como yo, cuyas circunstancias externas podían llamarse con mucha grandiosidad servicio y con mucha mezquindad esclavitud, por qué uno con semejantes condiciones moriría por los que no son de su sangre ni de su país. La respuesta es que sí eran de mi sangre y de mi país. Doy mi vida con
alegría, y volvería a hacerlo cien veces, por Leónidas, por Dienekes y Aléxandros, y por Polínices, por Gallo y Suicidio, por Aretes y Diómaca, Bruxieos y mis propios padres, mi esposa e hijos. Yo y todos los hombres que estábamos allí jamás fuimos más libres que cuando libremente obedecimos aquellas duras leyes que te quitan la vida y te la dan de nuevo.
Los sucesos de la batalla no hace falta contarlos, pues la lucha terminó en el sentido más profundo antes de que empezara. Yo había dormido, sentado contra el Muro, siguiendo el ejemplo de Leónidas, mientras esperábamos aquella hora y la hora después y la hora después de ésta en que el ejército de Su Majestad diera el primer paso.
En mi sueño me descubrí de nuevo entre las colinas de la ciudad de mi infancia. Ya no era un niño sino un adulto. Mi prima estaba allí, aún niña, y nuestros perros, Suerte y Feliz, exactamente tal como eran en los días que siguieron al saqueo de Astakos. Diómaca había dado caza a una liebre y trepaba, con las piernas desnudas y extraordinaria rapidez, una cuesta que parecía elevarse hasta el cielo. Arriba esperaba Bruxieos, junto con mi madre y mi padre. Lo sabía aunque no les veía. También yo eché a correr, con intención de alcanzar a Diómaca, con todas mis fuerzas. No pude. Por mucho que corría, ella siempre iba más deprisa, la distancia entre los dos cada vez era mayor, y ella me llamaba, alegre, diciendo que nunca sería lo bastante veloz para alcanzarla.
Desperté con un sobresalto. Allí esperaban las masas persas, a menos de un tiro de arco.
Leónidas estaba de pie, delante. Dienekes, como siempre, ocupó su puesto ante su pelotón, que estaba colocado en filas de siete por tres, una formación más ancha y menos profunda que el día anterior. Mi lugar era el tercero en la segunda fila, por primera vez en mi vida sin mi arco, sino aferrando con la mano derecha el pesado astil de la lanza que había sido de Doreión. En mi antebrazo izquierdo, apretado contra el codo, llevaba envuelta la abrazadera de bronce forrada con tela sujeta al roble y la cara de bronce del aspis que había sido de Aléxandros. El casco que llevaba había pertenecido a Láquides y el gorro de debajo había sido del escudero de Aristón, Demades.
—¡Vista hacia mí! —gritó Dienekes, y los hombres, como siempre, desviaron sus ojos del enemigo, que ahora marchaba tan cerca que veíamos sus dientes. Había un número increíble. Mis pulmones pedían aire y notaba la sangre que me golpeaba en las sienes. Mis extremidades eran como
piedras; no sentía ni las manos ni los pies. Recé con todas las fibras de mi cuerpo, simplemente para tener valor y no desmayarme. Suicidio estaba a mi izquierda. Dienekes estaba delante.
Al fin llegó la lucha, que fue como una marea, y en su interior cada uno se sintió como una ola a merced de los tormentosos antojos de los dioses, esperando a que su capricho prescribiera la hora de la extinción. El tiempo desapareció. Todo era confuso. Recuerdo una oleada que llevó a los espartanos hacia adelante, empujando al enemigo hacia el mar, y otra que impulsó la falange hacia atrás como botes empujados por el viento de la irresistible tormenta. Recuerdo mis pies sobre el suelo, resbaladizo a causa de la sangre y la orina, mientras era empujado hacia atrás por el enemigo, como un niño que juega en el hielo de la montaña.
Vi a Alfeo coger con una sola mano un carro persa y matar al general, guardaespaldas y guardias laterales. Cuando cayó, tras recibir en la garganta el impacto de una flecha persa, Dienekes le sacó a rastras. Se levantó y siguió peleando. Vi a Polínices y a Derkilides arrastrar el cuerpo de Leónidas, asiendo el jubón destrozado del rey, golpeando al enemigo con sus escudos mientras se retiraban. Los espartanos volvieron a formar y embistieron, cayeron y se rompieron las filas; luego, volvieron a formar.
Maté a uno de los egipcios con la punta de mi lanza rota cuando él clavaba la suya en mis entrañas; un instante después, cuando cayó bajo el golpe de un hacha, reconocí, bajo su casco partido, el rostro destrozado de Alfeo.
Suicidio me alejó del combate. Por fin se veía a los Diez Mil Inmortales, que avanzaban en línea de batalla para completar su cerco. Lo espartanos y tespios retrocedieron hacia el montículo.
Los aliados ahora eran tan pocos, y sus armas tan escasas y rotas, que los persas efectuaron un osado ataque con caballería. Suicidio cayó. Le habían arrancado de un tajo el pie derecho.
—¡Ponme sobre tu espalda! —gritó.
Supe, sin que me dijera nada más, lo que quería decir. Oí las flechas e incluso jabalinas que se clavaban en su carne aún viva que me protegía mientras le transportaba.
Vi a Dienekes aún vivo, lanzando un xiphos destrozado y rebuscando en el suelo para encontrar otro. Polínices pasó junto a mí, y Telamonios cojeaba a su lado. La mitad de la cara del corredor había desaparecido; la sangre le brotaba a chorro del hueso de la mejilla.
—¡La provisión! —gritaba, refiriéndose al montón de armas que Leónidas había ordenado colocar en reserva detrás del Muro.
Yo notaba que el tejido del vientre se me desgarraba y los intestinos empezaban a salir. Suicidio colgaba muerto a mi espalda. Volví hacia el desfiladero. Arqueros persas y medos a miles enviaban una lluvia de puntas de hierro sobre los espartanos y tespios en retirada. Los que llegaron al montón de armas quedaron destrozados como banderas al viento.
Los defensores se tambalearon hacia el montículo en el que se había escondido el último montón de armas. No quedaban más de sesenta; Derkilides, que por asombroso que parezca no estaba herido, reunió a los supervivientes para formar un frente circular. Encontré una correa y la utilicé para mantener los intestinos dentro. Por un instante, me maravilló la increíble belleza del día. Por una vez no había neblina que oscureciera el canal; se distinguía cada piedra en las colinas situadas al otro lado del estrecho y se podían seguir con la vista los barrancos de las laderas de arriba abajo.
Vi a Diekenes retroceder bajo el impacto de un hacha, pero no tuve fuerzas para llegar hasta él. Medos y persas, bactrianos y saceos no sólo venían por encima del Muro sino que lo estaban desmontando con frenesí.
Más lejos vi caballos. Los oficiales del enemigo ya no precisaban látigos para hacer avanzar a sus hombres. Los jinetes de la caballería de Su Majestad pasaban por encima de las piedras destrozadas del Muro, seguidos por los carros de sus generales.
Los Inmortales ahora rodeaban todo el montículo y vertían sus flechas sobre los espartanos y tespios que estaban agazapados bajo la mísera protección de sus escudos abollados y partidos. Derkilides encabezó el ataque. Le vi caer, y a Dienekes, que peleaba a su lado. Ninguno de los dos tenía escudo ni armas de ningún tipo. Cayeron, no como héroes de Homero chocando clamorosamente con su armadura, sino como hombres que ponían fin a su último y más sucio trabajo.
El enemigo se alzaba, arrogante en el poderío de sus armas, pero los espartanos llegaron hasta ellos. Pelearon sin escudo, sólo con espadas y luego con manos y dientes. Polínices fue tras un oficial. El corredor conservaba sus piernas. Tan veloz cruzó el espacio en la base del montículo que sus manos encontraron la garganta del enemigo mientras una tormenta de hierro persa le destrozaba la espalda.
La última docena que quedaba en el montículo, reunidos ahora por Ditirambo, cuyos dos brazos estaban hechos pedazos y colgaban, inútiles, a los lados, acribillados por las flechas, intentó formar un frente para un ataque final. Carros y jinetes persas atacaron en estampida a los espartanos.
Un carro en llamas pasó por encima de mis pies. Ante los defensores, que rodeaban por completo el montículo, los Inmortales habían formado ahora filas de arqueros. Sus flechas golpeaban a los últimos guerreros, desarmados y despedazados. Por detrás, más arqueros lanzaban descargas por encima de las cabezas de sus camaradas que caían en forma de lluvia sobre los últimos supervivientes helenos. Espaldas y vientres estaban erizados de flechas que semejaban espinas; hombres hechos pedazos yacían desmadejados entre harapos de color bronce y escarlata.
Se oían las órdenes que Su Majestad gritaba, tan cerca se encontraba su carro. ¿Gritaba en su lengua extranjera para que sus hombres cesaran de atacar, para capturar vivos a los últimos defensores? ¿Eran aquellos a los que gritaba marinos de Egipto, bajo su capitán Ptamíteco, quien desobedeció las órdenes de su monarca y se precipitó a conceder a los espartanos y tespios que pudo alcanzar el regalo final de la muerte? Era imposible ver u oír nada en el tumulto. Los marinos retrocedieron. La furia de los arqueros persas se redobló cuando intentaron extinguir con sus lanzamientos el último aliento de ese enemigo que les hacía pagar tan caros aquellos miserables metros de tierra.
Como cuando una tormenta desciende de las montañas y arroja desde el cielo sus piedras heladas sobre la cosecha recién brotada del agricultor, así cayeron las flechas de los persas, por miríadas, sobre los espartanos y tespios. Ahora el agricultor se sitúa, desazonado, en el umbral de la puerta y oye el diluvio que cae sobre el tejado y observa el granizo rebotar ruidosamente en las piedras del camino. ¿Qué les ocurre a los brotes de cebada primaveral? Sobreviven algunos, como por milagro, que mantienen la cabeza alta. Pero el hombre sabe que esa clemencia no puede durar.
Desvía la mirada, obediente a las leyes de Dios, mientras fuera, bajo la tormenta, el rayo final quiebra el firmamento y cae, vencido por la irresistible embestida del cielo.
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