Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 8 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 5

Dicen que a veces los espíritus, los que no pueden renunciar al vínculo que los une a los vivos, permanecen y rondan por los escenarios donde ha transcurrido su vida bajo el sol, acechando como aves carroñeras sin sustancia, rechazando la orden del Hades de retirarse bajo la tierra. Así es como vivimos nosotros, Bruxieos, Diómaca y yo, durante las semanas que siguieron al saqueo de nuestra ciudad. Durante un mes y más, durante casi todo aquel verano, no pudimos alejarnos de nuestras polis vacías.

Vagábamos por el agreste campo por encima de las agrotera, las tierras baldías marginales que rodean las tierras de labranza; dormíamos de día, cuando hacía calor, y avanzábamos de noche como fantasmas que éramos.

Desde los bordes de las colinas observábamos a los argivos, abajo, que repoblaban nuestros bosques y haciendas con el exceso de su ciudadanía.

Diómaca no era la misma. Se alejaba sola, en la oscuridad, y hacía cosas indecibles a sus partes de mujer. Intentaba deshacerse del niño que tal vez estuviera creciendo dentro de ella.

—Cree que ha deshonrado al dios Himen —me explicó Bruxieos cuando un día la interrumpí y ella me persiguió con maldiciones y una lluvia de piedras-. Cree que ya no es una mujer, que nunca podrá ser la esposa de ningún hombre, sino sólo esclava o prostituta. He intentado explicarle que eso es una tontería, pero no quiere escucharme porque soy hombre.

En las colinas había otros muchos como nosotros. Nos los encontrábamos en los manantiales y tratábamos de volver a sentir la sensación de compañerismo que compartíamos como astakiotas. Pero la extinción de nuestras polis había cortado estos vínculos. Ahora cada hombre miraba para sí; cada clan, cada grupo familiar.

Algunos chicos que yo conocía habían formado una pandilla. Eran once, ninguno de ellos más de dos años mayor que yo, y eran auténticos salvajes. Llevaban armas y alardeaban de que habían matado a hombres adultos. Un día me dieron una paliza porque me negué a unirme a ellos.

Quería hacerlo, pero no podía dejar a Diómaca. También la habrían aceptado, pero sabía que ella jamás se acercaría a ellos.

—Éste es nuestro país —me advirtió su jefe, una bestia de doce años que se hacía llamar Sphaireus, jugador de Pelota, porque había cubierto con pellejo el cráneo de un argivo al que había matado; ahora lo llevaba como un monarca lleva un cetro. Se refería al país de su banda, el terreno elevado sobre la ciudad, fuera del alcance del ejército argivo-. Si os pillamos aquí otra vez, a ti o a tu prima o a ese esclavo, os arrancaremos el hígado y se lo daremos a los perros.

En otoño por fin dejamos atrás nuestra ciudad. En septiembre, cuando Bóreas, el viento del norte, empieza a soplar, sin Bruxieos y sus conocimientos de las raíces y serpientes, habríamos muerto de hambre.

Antes, en la granja de mi padre, habíamos cazado aves salvajes para nuestro corral, para formar parejas y hacerlas criar o sólo para tenerlas durante una hora y devolverles la libertad. Ahora nos las comíamos.

Bruxieos nos hacía devorarlo todo menos las plumas. Triturábamos los huesecillos huecos; nos comíamos los ojos, y las patas de arriba abajo, dejando sólo el pico y los pies, que no se podían masticar. Nos comíamos los huevos crudos. Comíamos gusanos y babosas. Comíamos insectos y escarabajos y nos peleábamos por los últimos lagartos y serpientes, antes de que el frío los llevara bajo tierra para siempre. Comimos tanto hinojo que hasta el día de hoy siento náuseas al percibir ese olor anisado, aunque sólo sea una pizca en un estofado. Diómaca se quedó delgada como una caña.

—¿No volverás a hablarme? —le pregunté una noche cuando íbamos por una pedregosa colina-. ¿Puedo poner mi cabeza en tu regazo como solía hacer?

Ella se echó a llorar y no me respondió. Yo me había hecho una jabalina, tres, en realidad, que ya no eran juguetes de niño sino armas de caza. Visiones de venganza alimentaban mi corazón. Viviría entre los espartanos. Algún día mataría argivos. Practicaba tal como había visto hacerlo a los guerreros: lanzaban el primer proyectil y luego corrían hacia su objetivo con el segundo en la mano y el tercero preparado para terminar la matanza. Un atardecer levanté la vista y vi que mi prima estaba de pie ante mí y me miraba con expresión dura.

—Tú serás como ellos —me dijo-. Cuando seas mayor.

Se refería a los soldados que la habían avergonzado.

—¡No lo haré!

—Serás un hombre. No podrás evitarlo.

Una noche en que habíamos andado muchas horas, Bruxieos preguntó a Diómaca por qué había estado tan callada. Tenía miedo de los oscuros pensamientos que se pudieran estar formando en su mente. Al principio ella se negó a hablar. Luego nos habló con voz dulce y triste de su boda. Toda la noche la había estado imaginando. Qué vestido llevaría, qué estilo de guirnalda, a qué diosa dedicaría su sacrificio. Había estado pensando durante horas, nos dijo, en sus zapatos. Tenía su diseño mental, con todo lujo de detalles. ¡Sus zapatos de novia serían hermosísimos! Entonces sus ojos se enturbiaron y desvió la mirada.

—Esto demuestra lo tonta que me he vuelto. Nadie querrá casarse conmigo.

—Yo lo haré dije sin vacilar.

Ella se echó a reír.

—¿Tú? ¡No es probable!

Por extraño que parezca, estas palabras dichas sin mala intención se clavaron en mi corazón de niño como ninguna lo ha hecho jamás. Juré que algún día me casaría con Diómaca. Sería lo bastante hombre y lo bastante guerrero para protegerla.

Durante parte del otoño intentamos sobrevivir en la costa; dormíamos en cuevas marinas y peinábamos las playas en busca de comida. Allí al menos se podía comer. Había peces y cangrejos, mejillones que se podían arrancar de las rocas; aprendimos a matar gaviotas al vuelo con estacas y redes. Pero cuando llegó el invierno, la intemperie resultó brutal. Bruxieos enfermó. Jamás dejó que nos diéramos cuenta de su debilidad cuando creía que le mirábamos, pero a veces yo observaba su rostro cuando dormía.

Aparentaba setenta años. A su edad, las inclemencias del tiempo eran duras; todas las viejas heridas dolían, pero más que nada estaba entregando su ser para salvar los nuestros.

A veces le miraba y veía que me estaba observando, examinando mi forma de ladear la cabeza o el tono de algo que había dicho. Se cercioraba de que no me había vuelto loco o salvaje.

Cuando llegó el frío, fue más difícil encontrar comida. Teníamos que pedirla. Bruxieos elegía una granja aislada y se acercaba solo; los perros acudían en tropel ladrando y los hombres de la granja venían, en guardia, desde los campos de alguna construcción semiderruida; hermanos y un padre, sus manos callosas apoyadas sobre las herramientas que se convertirían en armas si era necesario. Las colinas estaban llenas de

proscritos; los granjeros no sabían quién se acercaría a su puerta y con qué intenciones. Bruxieos se quitaba la gorra y esperaba a la mujer de la casa, haciendo todo lo posible para que se fijara en sus ojos lechosos y postura abatida. Nos señalaba a Diómaca y a mí, que temblábamos con aire desdichado en el camino, y pedía a la mujer no comida, lo que nos habría convertido en mendigos a sus ojos y hubiera hecho que nos soltaran los perros, sino cualquier objeto de uso que estuviese roto que no necesitara —

un rastrillo, una capa gastada-, algo que pudiéramos reparar y vender en la siguiente ciudad. Se aseguraba de pedir instrucciones y de mostrarse deseoso de seguir el camino. De este modo sabían que un trato amable no nos entretendría. Casi siempre ofrecían comida, a veces nos invitaban a entrar para oír las noticias que tuviéramos de lugares lejanos y para contarnos las suyas.

En una de estas tristes paradas fue cuando oí por primera vez la palabra Sepeia, una zona boscosa de Argos, cerca de Tirina, donde acababa de librarse una batalla entre los argivos y los espartanos. El muchacho que contaba esta historia era sobrino del granjero, que estaba de visita, un mudo que se comunicaba con signos y a quien su propia familia apenas entendía.

Los espartanos, bajo el rey Cleómenes, nos dio a entender el muchacho, habían logrado una victoria devastadora. Él había oído la cifra de dos mil argivos muertos, aunque otros hablaban de cuatro mil e incluso seis mil. Mi corazón estallaba de alegría. ¡Cuánto deseaba haber estado allí! Haber sido un adulto, avanzar en la línea de batalla, reduciendo en justa pelea el número de argivos, igual que ellos habían matado con perfidia a mis padres.

Los espartanos se convirtieron para mí en el equivalente de los dioses vengadores. No me cansaba de oír hablar de estos guerreros que tan abrumadoramente habían derrotado a los aniquiladores de mi ciudad, a los violadores de mi inocente prima. Ningún extranjero con el que topara escapaba a mi pueril interrogatorio. Háblame de Esparta. De sus dobles reyes. Los Trescientos Caballeros que les protegían. Los agogé que entrenaban a la juventud de la ciudad. El syssitia, el rancho de los soldados.

Oímos una historia sobre Cleómenes. Alguien había preguntado al rey por qué no había arrasado Argos cuando su ejército estaba a las puertas y la ciudad se había postrado ante él.

—Necesitamos a los argivos —respondió Cleómenes-. ¿Con quién, si no, se entrenarán nuestros jóvenes?

En invierno, en las colinas, nos moríamos de hambre. Bruxieos estaba cada día más débil. Empecé a robar. Diómaca y yo hacíamos incursiones en el redil de algún pastor por la noche, ahuyentábamos a los perros con palos y cogíamos una cabritilla si podíamos. La mayoría de los pastores llevaban arcos; las flechas nos pasaban rozando en la oscuridad. Nos deteníamos para cogerlas y pronto tuvimos un buen suministro. Bruxieos detestaba ver que nos habíamos convertido en ladrones. Una vez conseguimos un arco; se lo arrebatamos ante sus narices a un cabrero que dormía. Era muy grande, un arco de la caballería tesalia, tan robusto que ni Diómaca ni yo podíamos utilizarlo. Luego ocurrió el suceso que cambió mi vida y la puso en el camino que llegó a su término en las Puertas Calientes.

Me pillaron robando una oca. Era un ejemplar muy gordo, intentaba soltarse y me descuidé al saltar una pared. Los perros me cogieron. Los hombres de la granja me arrastraron hasta el fango del corral del ganado y me clavaron las manos a una tabla del tamaño de una puerta con clavos de curtir. Yo estaba de espaldas, gritando de dolor, mientras los hombres de la granja me ataban las piernas, que no tenía quietas, a la tabla, y me decían que después de almorzar me castrarían como a un carnero y colgarían mis testículos en la puerta como advertencia a otros ladrones. Diómaca y Bruxieos permanecían agazapados, escondidos, en la colina y lo oían todo…

Aquí el cautivo hizo un salto en su narración. La fatiga y la gravedad de sus heridas le habían trastornado o, tal vez, imaginaron quienes escuchaban, fuera a consecuencia del recuerdo que estaba relatando. A través del capitán Orontes, Su Majestad preguntó al prisionero si necesitaba ayuda, oferta que éste declinó. La vacilación en su relato, declaró, no se debía a la incapacidad del narrador, sino al impulso del dios que interiormente le dictaba el orden de los acontecimientos y que ahora exigía una alteración momentánea de éste. El hombre, Xeones, se recompuso y, tras solicitar permiso para aclararse la garganta con vino, retomó su relato.

Dos veranos más tarde, en Lacedemonia, vi a un muchacho espartano muerto a palos por sus instructores. Se llamaba Teriandro, tenía catorce años; le llamaban Trípode porque nadie de su edad era capaz de derribarle cuando peleaban. En los años siguientes vi sucumbir a otras dos docenas de

chicos durante esas durísimas pruebas, todos como Trípode, sin lanzar un solo gemido de dolor, pero él, ese chico, fue el primero.

Los azotamientos constituyen un ritual del entrenamiento de los muchachos en Lacedemonia, no como castigo por robar comida (a lo cual se les estimula, para desarrollar la capacidad de obtener recursos en la guerra) sino por haber sido atrapados. Las palizas tienen lugar junto al templo de Artemisa Orcia en un estrecho sendero llamado la Pista. El lugar está bajo unos plátanos y en circunstancias menos horripilantes constituye un espacio sombreado y agradable.

Trípode era el undécimo muchacho que azotaban aquel día. Los dos instructores de eirene que administraban los azotes ya habían sido sustituidos por otros dos, muchachos de veinte años recién salidos del agogé y tan fornidos como cualquier otro joven de la ciudad. El asunto iba así: el muchacho a quien le tocaba el turno agarraba una barra de hierro fijada en la base de uno de los árboles (la barra estaba gastada debido a las décadas, algunos decían siglos, que se llevaba practicando ese ritual) y era azotado con varas de arce, gordas como el pulgar de un hombre, por los eirenes, los cuales se turnaban.

Dos compañeros del pelotón de entrenamiento del chico están arrodillados a ambos lados para sujetarle cuando cae. En cualquier momento el muchacho puede poner fin al sufrimiento soltándose de la barra y tirándose de bruces al suelo. Teóricamente, esto sólo ocurría cuando perdía el conocimiento, pero muchos se soltaban cuando ya no soportaban el dolor. Aquel día había entre cien y doscientas personas mirando: chicos de otros pelotones, padres, hermanos, mentores e incluso algunas madres, que se mantenían en un segundo plano.

Trípode resistía. Tenía la espalda desgarrada en una docena de sitios; se le veía la carne ensangrentada e incluso la columna. No desfallecía.

«¡Suéltate!», le urgían sus dos camaradas entre golpe y golpe. Trípode se negaba. Incluso los instructores empezaron a decírselo entre dientes. Uno miró al chico a la cara y notó que había perdido la razón.

Había decidido morir antes que pedir piedad. Los eirenes hicieron lo que se les había enseñado para estos casos: se prepararon para asestar a Trípode cuatro golpes sucesivos tan fuertes que le hicieran perder el conocimiento pero le conservaran la vida. Jamás olvidaré el ruido de esos cuatro golpes en la espalda del muchacho. Trípode cayó; los instructores

declararon de inmediato que había finalizado el azotamiento y llamaron al siguiente chico.

Trípode logró ponerse a cuatro patas. Le salía sangre por la boca, la nariz y las orejas. No veía ni podía hablar. De alguna manera consiguió volverse y casi ponerse en pie; luego se desplomó lentamente hasta quedar sentado, permaneció así un instante y por fin cayó al suelo. Era evidente que jamás volvería a levantarse.

Aquella noche, cuando todo hubo terminado (el ritual no se suspendió por la muerte de Trípode sino que siguió otras tres horas), Dienekes, que había estado presente, se apartó con su protegido, el muchacho llamado Aléxandros que he mencionado anteriormente. En esa época yo servía a Aléxandros. Él tenía doce años pero no aparentaba más de diez; ya entonces era un excelente corredor, pero extremadamente delicado y de talante sensible. Además, mantenía lazos afectivos con Trípode; el muchacho mayor había sido una especie de protector; Aléxandros quedó desolado a causa de su muerte.

Dienekes paseó con Aléxandros, sólo acompañado por su escudero y por mí, hasta un lugar bajo el templo de Atenea, protectora de la ciudad, justo debajo de la pendiente que descendía desde la estatua de Fobos, el dios del miedo. En aquella época calculo que la edad de Dienekes era de treinta y cinco años. Ya había ganado dos premios al valor, en Oinoe contra los tebanos y en Aquilea contra los corintios y sus aliados arcadios. Que yo recuerde, así instruyó a su protegido:

En primer lugar, en un tono de voz suave y afectuoso, le recordó la primera vez que vio, cuando tenía diez años, menos que Aléxandros, a un compañero azotado hasta la muerte. Le contó varias de sus propias experiencias en la Pista, bajo la barra.

Luego empezó la secuencia de pregunta y respuesta en que se basa el método de enseñanza lacedemonio.

—Responde a esto, Aléxandros: cuando nuestros hombres triunfan en la batalla, ¿qué es lo que derrota al enemigo?

El muchacho respondió en el lacónico estilo espartano:

—Nuestro acero y nuestra habilidad.

—Sí, pero —Dienekes le corrigió con amabilidad- hay algo más.

Señaló la imagen de Fobos, situada en lo alto de la pendiente. El miedo.

Su propio miedo derrota a nuestros enemigos.

—Ahora responde: ¿cuál es la fuente del miedo?

Como Aléxandros vacilaba en responder, Dienekes se llevó la mano al pecho y al hombro.

—El miedo sale de aquí: de la carne. Esto —declaró- es la fábrica del miedo.

Aléxandros escuchaba con la seria concentración de un muchacho que sabe que su vida será la guerra; que las leyes de Licurgo le prohíben, como a todo espartano, que conozca o tenga alguna profesión que no sea la guerra; que el plazo de esta obligación se extiende desde los veinte años a los sesenta y que ninguna fuerza bajo el cielo le excusará de ocupar pronto, muy pronto, su lugar en la línea de batalla y de pelear con el enemigo escudo con escudo, casco con casco, codo con codo.

—Ahora respóndeme otra vez, Aléxandros: ¿has observado hoy, en la actitud de los eirenes que realizaban el azotamiento, alguna señal o indicio de malevolencia?

El muchacho respondió que no.

—¿Calificarías de bárbara su conducta? ¿Les complacía torturar a Trípode?

—No.

—¿Su intención era dominar su voluntad o quebrantar su espíritu?

—No.

—¿Cuál era su intención?

—Endurecer su mente contra el dolor.

En el curso de esta conversación, Dienekes mantuvo una voz tierna y solícita, llena de amor. Nada de lo que Aléxandros hiciera conseguiría que esa voz le quisiera menos o le abandonara. Ésta es la peculiar intención del sistema espartano de entrenar a cada muchacho con un mentor que no sea su propio padre. Un mentor puede decir cosas que un padre no puede; un muchacho puede confesar a su mentor lo que le produciría vergüenza revelar a su padre.

—Hoy ha sido un mal día, ¿verdad, mi joven amigo?

Dienekes preguntó entonces al muchacho cómo imaginaba la batalla real, en comparación con lo que había presenciado aquel día. No esperaba respuesta alguna.

—Jamás olvides, Aléxandros, que esta carne, este cuerpo, no nos pertenece. Gracias a Dios. Si creyera que esto era mío, no podría dar ni un paso frente al enemigo. Pero no es nuestro, amigo. Pertenece a los dioses y a nuestros hijos, nuestros padres y madres y a todos los lacedemonios que

aún no han nacido. Pertenece a la ciudad que nos lo da todo y no nos exige menos.

Hombre y muchacho avanzaron por la pendiente hacia el río. Siguieron el sendero que va hasta aquel bosquecillo del arrayán de doble tronco llamado los Gemelos, un lugar sagrado para la familia de Aléxandros. La noche de su prueba final e iniciación como Igual acudiría a ese lugar acompañado por su madre y hermanas para recibir el bálsamo y la sanción de los dioses de su linaje.

Dienekes se sentó en el suelo bajo los Gemelos. Hizo señas a Aléxandros de que tomara asiento a su lado.

—Personalmente, creo que tu amigo Trípode ha sido un necio. Su comportamiento demuestra más irreflexión que autenticidad, valor, andreia.

A la ciudad su vida le hubiera sido más útil en la batalla.

No obstante, era evidente que Dienekes le respetaba.

—Pero en su favor diré que nos ha demostrado tener nobleza. Os ha enseñado a ti y a todos los chicos que lo contemplabais lo que es sobrepasar la preocupación por el cuerpo, el dolor, el miedo a la muerte. Verlo te ha horrorizado, pero lo que has sentido ha sido pavor, ¿verdad? Pavor ante ese muchacho o cualquier daimon que le animara. Tu amigo Trípode nos ha mostrado su desprecio por esto. —Dienekes volvió a señalar la carne-. Un desprecio que rayaba en lo sublime.

Desde donde yo me encontraba, por encima del banco, veía que los hombros del muchacho se estremecían cuando el dolor y el terror por lo presenciado aquel día por fin salían de su corazón. Dienekes le abrazó y le consoló. Cuando por fin el muchacho hubo recuperado la compostura, su mentor le preguntó suavemente:

—¿Tus instructores te han enseñado por qué los espartanos dejan sin castigo al guerrero que pierde el casco o el peto en la batalla, pero castigan con la muerte al hombre que deja su escudo?

Se lo habían enseñado, respondió Aléxandros.

—Porque un guerrero lleva casco y peto para protegerse a sí mismo, pero el escudo es para la seguridad de toda la línea.

Dienekes sonrió y puso una mano en el hombro de su protegido.

—Recuerda esto, mi joven amigo. Existe una fuerza más allá del miedo. Más poderosa que la autoconservación. Hoy la has vislumbrado, de una forma cruda y fuera de ti. Pero estaba ahí y era auténtica. Recordemos a tu amigo Trípode yhonrémosle por esto.

Yo lanzaba gritos de dolor sobre la tabla. Los oía rebotar en las paredes del corral y multiplicarse por las colinas. Sabía que era vergonzoso pero no podía parar. Y mi vergüenza alimentaba la agonía de la carne y creaba lo que en Esparta llaman un bucle de terror, una «huida».

Supliqué a los hombres de la granja que me soltaran, que pusieran fin a mi agonía. Haría cualquier cosa, y lo dije todo a pleno pulmón. Grité a los dioses con una vocecita de muchacho avergonzado que resonaba en toda la ladera de la montaña. Sabía que Bruxieos me oía. ¿Sería tan imprudente como para entrar y que le clavaran a mi lado? No me importaba. Quería poner fin a mi dolor. Rogué a los hombres que me mataran. Notaba los huesos de las dos manos rotos por los clavos. Jamás podría coger una lanza, ni siquiera una pala de jardinería. Estaba acabado como hombre. Sería un tullido, un lisiado. Mi vida había terminado, y de la manera más mezquina, más deshonrosa.

Un puño me destrozó la mejilla.

—¡Cierra la boca, gusano!

Los hombres pusieron derecha la tabla, la apoyaron en la pared y allí me dejaron, crucificado, mientras el sol se arrastraba por el cielo durante un día entero. Se habían acercado niños y niñas de las otras granjas para verme gritar. Varios me orinaron encima. Los perros olisquearon mis pies desnudos, reuniendo valor para convertirme en comida. Sólo dejé de quejarme cuando mi garganta no pudo gritar más. Traté de arrancar las manos de los clavos, pero los hombres me ataron más fuerte para que no pudiera moverme.

—¿Qué te parece esto, miserable ladrón? A ver si coges otra oca, rata nocturna.

Cuando por fin los hombres y los muchachos entraron en sus respectivas casas para cenar, Diómaca entró sigilosamente a rescatarme.

Los clavos no salían de mis palmas y tuvo que arrancarlos de la madera con su daga; mis manos salieron pero con los clavos de curtir aún clavados en ellas. Bruxieos me llevó en brazos, como había hecho con Diómaca después de que la violaran.

—Oh, Dios mío —exclamó mi prima cuando me vio las manos.

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