Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 26 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 23

Mi amo ordenaba, cuando estaba en campaña, que le despertaran dos horas antes del amanecer, una hora antes que a los hombres de su pelotón.

Insistía en que éstos nunca le vieran tumbado sobre la tierra, sino que siempre despertaran viendo a su enomotarca de pie y armado.

Aquella noche Dienekes durmió aún menos. Le oí revolverse y me despertó.

—Quédate quieto —ordenó. Me hizo tumbar de nuevo con la mano-.

Ni siquiera ha terminado la segunda guardia.

Se había echado sin quitarse el jubón y ahora, al ponerse en pie, todas sus articulaciones gruñeron. Le oí hacer chasquear los huesos del cuello y echar flema seca de los pulmones, que se le habían chamuscado en Oinoe, al inhalar fuego, aunque la herida, igual que las otras, nunca se había curado del todo.

—Déjame ayudarte, señor.

—Duerme. No me lo hagas decir dos veces.

Cogió una de sus lanzas del montón de armas y se colgó el aspis por la cuerda. Cogió también su casco, lo metió en el zurrón y se colgó éste del hombro. Se fue cojeando. Se encaminaba hacia el grupo de Leónidas entre los Caballeros, donde el rey estaría despierto y quizá querría tener compañía.

El campamento dormía. Una luna creciente asomaba sobre el desfiladero; el aire era extrañamente frío para ser verano, húmedo como suele serlo junto al mar; se oían claramente las olas, que peinaban las rocas al pie del acantilado. Miré a Aléxandros, que apoyaba la cabeza sobre el escudo a modo de almohada y dormía junto a Suicidio, que roncaba. Las hogueras se habían ido extinguiendo; en toda la extensión del campamento las formas de los guerreros dormidos se habían quedado quietas y formaban montones desiguales de capas y bultos dormidos que más parecían bolsas de ropa sucia que hombres.

Hacia la Puerta Media vi las casas de baños. Se trataba de alegres estructuras de madera con umbrales de piedra que el paso de los bañistas y visitantes estivales durante siglos había alisado. Los senderos untados de

aceite serpenteaban bajo los robles, iluminados por las lámparas de madera de olivo del balneario. Una placa de madera bruñida colgaba bajo cada lámpara, con un verso tallado en ella. Recuerdo uno: Igual que en el momento de nacer el alma

entra en el cuerpo líquido,

Entra tú ahora, amigo,

en estos baños y

libera la carne en el alma,

reunidas, divinas.

Recordé algo que mi amo había dicho en una ocasión referente a los campos de batalla. Fue en Tritea, cuando el ejército encontró a los aqueos en un campo de cebada. El grueso de la matanza había tenido lugar al otro lado del templo, al que en tiempos de paz los perturbados y poseídos por Dios eran conducidos por sus familias, para rezar y ofrecer sacrificios a Hera la Misericordiosa y Perséfone.

—Ningún topógrafo señala un camino y declara: «Aquí libraremos una batalla». La tierra a menudo está consagrada a un propósito pacífico, con frecuencia de socorro y compasión. A veces se puede dar una paradoja muy grande.

Y sin embargo, dentro de los límites montañosos y de paisaje hostil de la Hélade, existían lugares propicios para la guerra —Enefita, Tanagra, Coronea, Maratón, Platea, Leuctra-, llanuras y desfiladeros en las que los ejércitos han chocado durante generaciones.

Este paso de las Puertas Calientes era uno de esos lugares. Allí, en aquellos escarpados desfiladeros, fuerzas contendientes habían peleado desde tiempo inmemorial. Las tribus de las colinas habían peleado allí, clanes salvajes y saqueadores llegados por mar, hordas migratorias, bárbaros e invasores del norte y el oeste. Las mareas de paz y guerra se habían alternado en ese sitio durante siglos, bañistas y guerreros, unos venían por las aguas y los otros por la sangre.

El muro defensivo ya se había terminado de construir. Un extremo llegaba hasta el acantilado, con una robusta torre clavada en la piedra, y el otro acababa formando ángulo con los acantilados y el mar. Era un muro hermoso. La base tenía un grosor de tres longitudes de lanza y dos veces la altura de un hombre. El frente, hacia el enemigo, no había sido erigido a la

manera de una fortaleza de ciudad, sino que se había dejado adrede formando pendiente, hasta el metro y medio final, que se elevaba vertical como una fortaleza. Esto era para que los guerreros de los aliados pudieran replegarse si era necesario y no se encontraran bloqueados y fueran abatidos contra su propio muro.

La cara posterior subía en pendiente escalonada para que los defensores subieran a las almenas, sobre las que se había colocado una robusta empalizada de madera cubierta de pellejos que los que hacían guardia podían aflojar para que las flechas del enemigo no hicieran caer la empalizada. La obra de albañilería era robusta. Había torres a intervalos que reforzaban los reductos de la derecha, izquierda y centro y los muros secundarios que había detrás. Estos puntos fuertes se habían construido sólidos hasta la altura de la pared principal, y luego se habían acumulado piedras grandes hasta la altura de un hombre. Estas piedras sueltas podían derribarse, si la necesidad lo dictaba, para abrir brechas en las salidas inferiores. Yo veía ahora a los centinelas en lo alto del Muro y los tres pelotones que estaban preparados, dos arcadios y no espartano, con la panoplia completa, en cada reducto.

Leónidas estaba despierto. Su largo pelo del color del acero se distinguía claramente al lado del fuego de los jefes. Dienekes le atendía entre un grupo de oficiales. Distinguí a Ditirambo, el capitán tespio, a Leontíades, el jefe tebano, a Polínices, a los gemelos Alfeo y Marón y a otros varios caballeros espartanos.

El cielo había empezado a iluminarse; me fui dando cuenta de que había formas a mi lado que se agitaban. Aléxandros y Aristón también se habían despertado y se habían situado a mi lado. Estos jóvenes guerreros sentían, igual que yo, la atracción irresistible de los oficiales y campeones que rodeaban al rey. Los veteranos, todos lo sabían, se comportarían con honor.

—¿Cómo lo haremos? —Aléxandros expresó con palabras la ansiedad que se escondía en el corazón de sus jóvenes compañeros-. ¿Encontraremos la respuesta a la pregunta de Dienekes? ¿Descubriremos dentro de nosotros

«lo opuesto al miedo»?

Tres días antes de la partida de Esparta, mi amo había reunido a los guerreros y escuderos de su pelotón y organizado una cacería por su cuenta.

Ésta era una despedida, no entre ellos sino de las colinas de su país natal.

Nadie dijo una palabra de las Puertas ni de las pruebas que les esperaban.

Fue una gran salida, bendecida por los dioses con varias presas excelentes incluido un estupendo jabalí abatido por Suicidio y Aristón con la jabalina y la pica.

Al atardecer los cazadores, más de una docena con el doble de ese número de escuderos e ilotas para servir de ojeadores, se sentaron con gran animación en torno a varias hogueras entre las colinas sobre Terai . Phobos también se sentó. Mientras los otros cazadores se animaban en sus respectivas hogueras, divirtiéndose contando mentiras de la cacería y bromeando como buenos amigos, Dienekes hizo espacio a su lado para Aléxandros y Aristón y les indicó que se sentaran. Comprendí entonces la intención sutil de mi amo. Iba a hablar del miedo para los jóvenes novatos, pues sabía que pese a su silencio, o quizá debido a él, había empezado a instalarse en sus corazones.

—Toda mi vida —empezó a decir Dienekes- me ha acosado una pregunta: ¿qué es lo opuesto al miedo?

Al pie de la colina, la carne de jabalí se estaba preparando; se repartían raciones a manos ávidas. Suicidio se acercó, con cuencos para Dienekes, Aléxandros y Aristón y uno para él, para el escudero de Aristón, Demades, y para mí. Se sentó en el suelo frente a Dienekes, flanqueado por dos de los perros que esperaban las sobras y sabían que Suicidio era notoriamente blando.

—Llamarlo aphobia, sin miedo, carece de significado. No es más que un nombre, tesis expresada como antítesis. Llamar al opuesto del miedo sin miedo es no decir nada. Yo quiero conocer su verdadero reverso, como el día lo es de la noche y el cielo de la tierra.

—Expresado como positivo —aventuró Aristón.

—¡Exactamente! —Dienekes miró al joven a los ojos en señal de aprobación. Se interrumpió para examinar la expresión de ambos jóvenes.

¿Escuchaban? ¿Les importaba? ¿Eran, como él, auténticos estudiantes de ese tema?

—¿Cómo conquista uno el miedo a la muerte, el más primordial de los terrores, que reside en nuestras células, como en toda la vida, en las bestias y en el hombre? —Señaló hacia los perros que flanqueaban a Suicidio-. Los perros en manada encuentran valor para atacar a un león. Cada perro conoce su lugar. Teme al perro que es superior a él y aparta el miedo al que es inferior. El miedo conquista al miedo. Así es como lo hacemos los

espartanos, contrapesando el miedo a la muerte con un miedo mayor: el del deshonor. De la exclusión de la manada.

Suicidio aprovechó este momento para arrojar las sobras a los perros.

Éstos se lanzaron con furia a la comida y el más fuerte cogió la parte del león.

Dienekes sonrió sombríamente.

—Pero ¿esto es valor? ¿No es actuar por miedo al deshonor, en esencia, actuar por miedo?

Aléxandros preguntó adónde quería ir a parar.

—A algo más noble. Una forma superior del misterio. Pura. Infalible.

Declaró que en todas las demás cuestiones, se puede buscar la sabiduría de los dioses.

—Pero no en asuntos de valentía. ¿Qué tienen que enseñarnos los inmortales? Ellos no pueden morir. Sus espíritus no están alojados, como los nuestros, en esto. —Se señaló el cuerpo, la carne-. La fábrica del miedo.

Dienekes volvió a mirar a Suicidio y luego de nuevo a Aléxandros, a Aristón y a mí.

—Vosotros los jóvenes imagináis que los veteranos, con nuestra larga experiencia de la guerra, hemos dominado el miedo. Pero lo sentimos con tanta fuerza como vosotros. Más, porque tenemos más experiencia íntima de él. El miedo vive dentro de nosotros veinticuatro horas al día, en nuestros nervios y nuestros huesos. ¿Digo la verdad, amigo mío?

Suicidio respondió sonriendo tristemente.

Mi amo también sonrió.

—Remendamos nuestro valor allí donde estamos, con retales y harapos. La mayor parte la sacamos de lo que es la base. El miedo a deshonrar la ciudad, al rey, a los héroes de nuestro linaje. El miedo a demostrar que no valemos nada ante nuestras esposas e hijos, nuestros hermanos, nuestros compañeros de armas. Por mi parte, conozco todos los trucos de la respiración y la canción, los pilares del tetrathesis. Las enseñanzas de la phobologia. Sé cómo pelear con un hombre, cómo convencerme de que su terror es mayor que el mío. Quizá lo es. Tengo cuidado de los soldados que sirven a mi mando y procuro olvidar mi propio miedo en bien de su supervivencia. Pero siempre está ahí. Lo más que he llegado a acercarme es cuando actúo pese al terror. Pero tampoco es eso. No es éste el tipo de valor del que hablo. Tampoco es una furia bestial o el

pánico que despierta nuestro instinto de supervivencia. Esto es katalepsis,

«posesión». Una rata la tiene igual que un hombre.

Observó que a menudo los que tratan de vencer el miedo a la muerte predican que el alma no expira con el cuerpo.

—Para mí eso es fastuosidad. Espejismos. Otros, sobre todo bárbaros, dicen que cuando morimos pasamos al paraíso. Yo les pregunto: «Si de verdad lo creéis, ¿por qué no hacéis algo para acelerar vuestro propio viaje?»

»Aquiles, cuenta Homero, poseía verdadera andreia. Pero ¿era así?

¿Vástago de una madre inmortal, sumergido cuando era un niño en las aguas de la laguna Estigia, consciente de que, salvo por su talón, era invulnerable? Los cobardes serían más escasos que los peces con plumas si todos lo supiéramos.

Aléxandros preguntó si alguien en la ciudad, en opinión de Dienekes, poseía esa auténtica andreia.

—De todos los lacedemonios, nuestro amigo Polínices es el que se acerca más. Pero incluso su valor me parece insatisfactorio. Él no pelea por miedo al deshonor, sino por ambición de gloria. Esto quizá sea noble, o al menos nada ruin, pero ¿es auténtica andreia?

Aristón preguntó si ese gran valor en realidad existía.

—No es ningún fantasma —declaró Dienekes con convicción-. Yo lo he visto. Mi hermano Iatrocles lo poseía en algunos momentos. Cuando hacía gala de él, yo lo miraba sobrecogido. Irradiaba, era sublime. En aquellas horas no peleaba como un hombre sino como un dios. Leónidas en ocasiones lo posee. Olimpios no. Yo tampoco. Ninguno de los que estamos aquí lo poseemos. —Sonrió-. ¿Sabéis quién posee esa formapura de valor más que nadie a quien yo haya conocido?

Nadie en torno a la fogata respondió.

—Mi esposa —dijo Dienekes. Se volvió a Aléxandros-. Y tu madre, Paraleia. —Volvió a sonreír-. Eso nos da una pista. Sospecho que la clave de ese valor superior radica en ser mujer. Las palabras mismas que describen el valor, andreia y aphobia, son femeninas. Quizá el dios que buscamos no es un dios sino una diosa. No lo sé.

Se veía que hablar de esto le hacía bien a Dienekes. Dio las gracias a sus oyentes por permanecer tan callados.

—Los espartanos no tienen paciencia para estas preguntas. Recuerdo que una vez le pregunté a mi hermano, en una campaña, un día en que él

había peleado como un inmortal. Yo estaba loco por saber qué había sentido en aquellos momentos, cuál era la esencia de lo que había experimentado.

Él me miró como si me hubiera vuelto loco. «Menos filosofía, Dienekes, y más virtud.»

Se rió.

—¡Y nada más!

Ahora, en el campamento situado en las Puertas, los tres vimos a nuestro jefe, respondiendo al primer resplandor del amanecer, abandonar el consejo del rey y regresar a su pelotón; se quitó la capa para convocar a todos los hombres a hacer ejercicio.

—De pie, pues. —Aristón se levantó de un brinco y nos hizo salir a Aléxandros y a mí de nuestras cábalas-. Lo opuesto al miedo debe de ser el trabajo.

Los ejercicios con las armas apenas habían empezado cuando un estridente silbido procedente del muro alertó a todos los hombres.

Un heraldo del enemigo avanzaba hacia nosotros por el desfiladero.

Este mensajero se detuvo a cierta distancia y gritó un nombre en griego, el del padre de Aléxandros, el polemarca Olimpios. Cuando se indicó al heraldo que se acercara, junto a un oficial de la embajada enemiga y a un muchacho, llamó por el nombre a otros tres oficiales espartanos: Aristodemos, Polínices y Dienekes.

Los cuatro fueron convocados enseguida por el oficial de guardia, él y todos los demás asombrados y llenos de curiosidad por la inesperada petición del enemigo.

El sol estaba ya completamente en lo alto; veintenas de hombres de infantería aliados observaban el muro. La embajada persa avanzó. Dienekes reconoció enseguida al jefe. Era el capitán Ptamíteco, el marino egipcio con quien nos habíamos encontrado e intercambiado regalos cuatro años antes en Rodas. Resultó que el muchacho era su hijo. Hablaba griego ático excelente y servía de intérprete.

Siguió una escena de cálido reconocimiento, con abundantes palmadas en la espalda y apretones de manos. Los espartanos expresaron sorpresa por el hecho de que el egipcio no estuviera con la flota; al fin y al cabo era un luchador del mar. Ptamíteco respondió que él y su pelotón habían sido convocados con los ejércitos de tierra, enviados al Mando Imperial con este fin específico: actuar de embajadores informales ante los espartanos, que recordaba con tanto afecto y cuyo bienestar deseaba por encima de todo.

Para entonces la multitud que rodeaba al soldado llegaba al centenar.

El egipcio superaba en media cabeza al heleno más alto y su tiara de lino prensado le añadía estatura. Su sonrisa brilló como siempre. Traía un mensaje, declaró, del propio rey Jerjes, que le había encargado que lo entregara sólo a los espartanos.

Olimpios, que había sido enviado mayor durante la embajada de Rodas, ahora adoptó esa posición en este parlamento. Informó al egipcio de que no se haría ningún trato con los persas de nación a nación. Los griegos estaban unidos, y no había más que hablar.

La alegre actitud del soldado no se alteró. En aquel momento, el cuerpo principal de los espartanos, conducido por Alfeo y Marón, estaba realizando ejercicios de escudo inmediatamente delante del muro, trabajando con dos pelotones de tespios a los que instruía. Ptamíteco observó a los gemelos unos momentos, impresionado.

—Entonces alteraré mi petición —dijo, sonriente, a Olimpios-. Si tú me escoltas hasta vuestro rey Leónidas, le entregaré mi mensaje a él como jefe de los aliados helénicos en conjunto.

Mi amo estaba a todas luces satisfecho con ese hombre tan amable y encantado de volver a verle.

—¿Todavía llevas calzones de hierro? —preguntó a través del intérprete.

Ptamíteco se rió y mostró, para mayor diversión de los presentes, unos calzones de blanco hilo del Nilo. Luego, con un gesto amistoso e informal, dio la impresión de dejar a un lado su papel de enviado y habló, por un momento, de hombre a hombre.

—Ruego por que la cota de malla jamás sea empleada entre nosotros, hermanos. —Señaló el campamento, el desfiladero, el mar, con un ademán que los abarcaba-. ¿Quién sabe cómo puede acabar todo esto?

Quizá todo explote, como ocurrió con vuestra fuerza de los Diez Mil en Tempe. Pero si puedo hablar como amigo, a vosotros cuatro solamente, os diré esto: no dejéis que el afán de gloria, ni vuestro orgullo, os haga ciegos a la realidad a la que ahora se enfrentan vuestras fuerzas.

»Aquí sólo os espera la muerte. Los defensores no pueden esperar resistir, ni siquiera un día, frente a las multitudes que Su Majestad trae contra vosotros. Tampoco todos los ejércitos de la Hélade prevalecerán en las batallas que han de venir. Seguramente ya lo sabéis, igual que vuestro rey. —Se interrumpió para que su hijo lo tradujera y examinó la respuesta

que se reflejaba en los rostros de los espartanos-. Os ruego que hagáis caso de este consejo, amigos, que os ofrece de corazón uno que siente el más profundo respeto por vosotros como individuos y por vuestra ciudad y su amplia y bien merecida fama. Aceptad lo inevitable, y sed dominados con honor y respeto…

—Puedes pararte aquí —le interrumpió Aristodemos.

Polínices intervino con vehemencia:

—Si esto es lo que has venido a decirnos, hermano, puedes guardártelo.

El egipcio mantuvo su actitud recta y amistosa.

—Tenéis mi palabra y la de Su Majestad de que si los espartanos se rinden ahora y entregan sus armas, nadie les excederá en honor bajo el estandarte del rey. Ningún pie persa pisará el suelo de Lacedemonia ni ahora ni nunca, esto lo jura Su Majestad. Vuestro país tendrá el dominio de toda Grecia. Vuestras fuerzas ocuparán el lugar de unidad principal del ejército de Su Majestad, con toda la fortuna y gloria que semejante privilegio comporta. Vuestra nación no tiene más que nombrar lo que desee.

Su Majestad os lo concederá y, si conozco su corazón, dará regalos en abundancia a sus nuevos amigos, inimaginables en escala y suntuosidad.

Al oír esto, el aliento de todos los oyentes aliados se bloqueó en su garganta. Todos los ojos se posaron temerosos en los espartanos. Si la oferta del egipcio llegaba a buen fin, y no había razón para creer que no fuera así, eso significaba la liberación para Lacedemonia. Lo único que necesitaba era abandonar la causa helénica. ¿Cuál sería la respuesta de aquellos oficiales?

¿Enviarían enseguida al heraldo a ver a su rey? La palabra de Leónidas sería equiparable a la ley, tan preeminente era entre los Iguales y los éforos.

De pronto el destino de la Hélade vacilaba sobre el precipicio. Los oyentes aliados permanecían clavados en su lugar, aguardando sin aliento la respuesta de aquellos cuatro guerreros de Lacedemonia.

—Me parece a mí —Olimpios se dirigió al egipcio vacilando apenas un instante- que si Su Majestad realmente deseara que los espartanos fuésemos sus amigos, los consideraría mucho más útiles con sus armas que sin ellas.

—Además, la experiencia nos ha enseñado —añadió Aristodemos- que el honor y la gloria son ventajas que no pueden concederse con la pluma sino que deben ganarse con la lanza.

Mi mirada examinó entonces el rostro de los aliados. Las lágrimas asomaban a los ojos de no pocos; otros parecían tan aliviados que estaban a punto de flaquearles las rodillas. El egipcio se dio cuenta de ello. Sonrió, afable y paciente, en lo más mínimo avergonzado.

—Caballeros, caballeros. Os molesto con asuntos que deben debatirse, no aquí en el mercado, por decirlo de alguna manera, sino en privado ante el rey. Os lo ruego, llevadme ante él.

—Él te dirá lo mismo, hermano —declaró Dienekes.

—Y con un lenguaje mucho más crudo —terció otro espartano entre la multitud.

Ptamíteco esperó a que las risas se acallaran.

—¿Puedo oír esta respuesta de labios del propio rey?

—Nos haría azotar, Ptamíteco —dijo Dienekes con una sonrisa.

—Nos despellejaría vivos —dijo el hombre que había intervenido unos instantes antes- si le propusiéramos semejante deshonor.

Los ojos del egipcio se volvieron ahora a ese hombre, que era un espartano anciano, vestido con túnica y capa hecha en casa, quien ahora se acercó y se colocó en la segunda fila, junto al hombro de Aristodemos. Por un momento el soldado quedó desconcertado al descubrir a ese hombre de barba gris que claramente soportaba el peso de más de sesenta veranos, y sin embargo permanecía en la infantería con los otros guerreros, mucho más jóvenes.

—Por favor, amigos míos —prosiguió el egipcio-, no actuéis por orgullo o empujados por la pasión del momento, sino permitidme mostrar ante vuestro rey las consecuencias más amplias de semejante decisión.

Dejadme poner las ambiciones del rey persa en perspectiva.

»Grecia sólo es el trampolín. El gran rey ya gobierna toda Asia; Occidente es ahora su meta. Desde la Hélade el ejército de Su Majestad avanza para conquistar Sicilia e Italia, de allí hasta el mar y las Columnas de Heracles. Si vosotros estáis a nuestro lado, ¿qué fuerza podrá contra nosotros? ¡Avanzaremos triunfantes hasta las Columnas de Heracles y más allá, hasta los muros mismos de Océano!

»Os lo ruego, hermanos, considerad las alternativas. Levantad las armas con orgullo y seréis aplastados, vuestra nación arrasada, viudas y niños serán hechos esclavos, la gloria de Lacedemonia, por no decir su existencia misma, será borrada para siempre de la tierra. O elegid, como yo os animo a hacer, el curso de la prudencia. Asumid con honor el puesto que

por derecho os pertenece en la vanguardia de la marea invencible de la historia. La tierra que ahora gobernáis no será anda al lado de los dominios que el gran rey os concederá. ¡Conquistad con nosotros el mundo entero!

Jerjes, hijo de Darío, os jura esto: ¡ninguna nación ni ejército os sobrepasará en honor entre todas las fuerzas de Su Majestad!

Ni Olimpios ni Aristodemos ni Dienekes ni Polínices alzaron la voz en respuesta. En cambio, el egipcio les vio volverse hacia el anciano de la capa hecha en casa.

—Entre los espartanos cualquiera puede hablar, no sólo los embajadores, ya que todos somos iguales ante la ley. —El anciano avanzó-.

Puedo tomarme la libertad de sugerir, señor, una alternativa, que estoy seguro encontrará el favor no sólo de los lacedemonios sino de todos los aliados griegos.

—Por favor, adelante —respondió el egipcio. Todos los ojos se centraron en el veterano.

—Deja que Jerjes se rinda a nosotros —propuso-. Igualaremos su generosidad, les situaremos a él y a sus fuerzas en la vanguardia de nuestros aliados y le concederemos todos los honores que él tan generosamente propone dispensarnos a nosotros.

El egipcio soltó una carcajada.

—Por favor, caballeros, estamos perdiendo un tiempo precioso. —Se volvió, no sin cierta impaciencia, y le dijo a Olimpios-: Llévame enseguida ante vuestro rey.

—Es inútil, amigo —respondió Polínices.

—El rey es un viejo malhumorado e irritable —añadió Dienekes.

—Es cierto —intervino el anciano-. Tiene mal genio y es muy irascible, apenas sabe leer y escribir, está borracho la mayoría de los días antes de mediodía, según dicen.

Una sonrisa se dibujó entonces en el rostro del egipcio. Miró a mi amo y a Olimpios.

—Entiendo —dijo.

Su mirada volvió al anciano, quien, como advirtió entonces el egipcio, no era otro que el propio Leónidas.

—Bien, entonces, venerable señor —Ptamíteco se dirigió directamente al rey espartano, bajando la frente en gesto de respeto-, ya que al parecer veo frustrado mi deseo de hablar personalmente con Leónidas, quizá, en deferencia al pelo gris que veo en tu barba y las muchas heridas que mis

ojos ven en tu cuerpo, tú mismo aceptarás este regalo de Jerjes, hijo de Darío, dirigido a vuestro rey.

El egipcio sacó de una bolsa una copa de oro de doble asa, de magnífica artesanía y piedras preciosas incrustadas. Declaró que los grabados representaban al héroe Anfictión, a quien estaba consagrado el recinto de las Termópilas, junto con Heracles e Hilo su hijo, de los que descendían la raza de los espartanos y el propio Leónidas. La copa era tan pesada que el egipcio tenía que sostenerla con ambas manos.

—Si acepto este generoso obsequio —dijo Leónidas-, tiene que ir a parar al botín de guerra de los aliados.

—Como desees —asintió el egipcio.

—Entonces transmite la gratitud de los helenos a tu rey. Y dile que mi oferta sigue abierta, en caso de que Dios le conceda la sabiduría necesaria para aceptarla.

Ptamíteco pasó la copa a Aristodemos, quien la aceptó para el rey.

Transcurrieron unos instantes, en los que los ojos del egipcio encontraron los de Olimpios por vez primera y luego se posaron gravemente en los de mi amo. Los ojos del marino mostraban una expresión de solemnidad, tan sobria que rozaba el pesar. Era evidente que comprendía ahora la inevitabilidad de lo que con tanta caridad e interés había querido evitar.

—Si os capturan —se dirigió a los espartanos-, pronunciad mi nombre.

Ejerceré toda mi influencia para que se os salve la vida.

—Hazlo, hermano —respondió Polínices, duro como el acero.

El egipcio dio un respingo, dolido. Dienekes se apresuró a adelantarse y agarró las manos del soldado afectuosamente entre las suyas.

—Hasta la próxima —dijo Dienekes.

—Hasta entonces —respondió Ptamíteco.

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