Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 22 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 19

Aquella noche Su Majestad no durmió. En cambio, ordenó que convocaran al griego Xeones a su presencia de inmediato, con la intención de interrogarle personalmente, pese a lo tardío de la hora, y obtener más información de los espartanos que ahora, más aún que los atenienses, se habían convertido en el centro de la fiebre y obsesión de Su Majestad. La guerrera Artemisa había sido despedida junto con Mardonio y en aquel momento se marchaba; al oír estas órdenes de Su Majestad, se volvió y habló con preocupación por él:

—Señor, te lo ruego, por el bien del ejército y de los que te aman, te suplico que preserves la Real Persona , pues por divino que sea el espíritu de Su Majestad, está contenido no obstante en un recipiente mortal. Ve a dormir. No te atormentes con estas preocupaciones, que no son sino meros fantasmas.

El general Mardonio la secundó con vehemencia:

—¿Por qué inquietarte por la historia de un esclavo? ¿De qué puede servir la historia de oscuros oficiales y sus insignificantes guerras entre vecinos para los acontecimientos del momento supremo al que ahora estamos entregados? No te preocupes más con ese relato imaginado por un salvaje, que os odia a ti y a Persia con todas las fibras de su ser. Su historia es mentira, de todos modos.

Su Majestad sonrió al oír estas palabras de su general.

—Al contrario, amigo mío, creo que la historia que cuenta es cierta en todos sus detalles y, aunque tú quizá no lo creas, nos interesan muchas cosas de las que dice.

Su Majestad señaló su trono de campaña, que se erguía a la luz de la lámpara bajo el pináculo de la tienda.

—¿Veis aquella silla, amigos míos? Ningún mortal puede hallarse más solo o más aislado que el que se sienta en ella. No puedes apreciar esto, Mardonio. Ni nadie que no se haya sentado allí.

»Pensad: ¿en quién puede confiar un rey? ¿Qué hombre acude ante él sino con algún secreto deseo, pasión, pesar o petición empleando toda su astucia para ocultarlo? ¿Quién dice la verdad ante un rey? Un hombre se

dirige a él o con miedo por lo que pueda quitarle o con avaricia por lo que pueda concederle. Nadie acude a él sino como suplicante. El adulador no expresa en voz alta lo que siente su corazón, sino que lo oculta bajo la capa del disimulo.

» Cada voz que jura lealtad, cada corazón que declara su amor, el Real Oyente debe sondearla y examinarla como si fuera un vendedor en un bazar y buscar en ella los sutiles indicios de la traición y el engaño. Qué pesado resulta esto. Las propias esposas de un rey le susurran dulcemente en la oscuridad de la cámara real. ¿Le aman? ¿Cómo puede saberlo, si percibe la auténtica pasión que emplean conspirando e intrigando en beneficio de sus hijos o de su propio provecho? Nadie dice la verdad absoluta a un rey, ni siquiera su propio hermano, ni siquiera tú, mi amigo y pariente.

Mardonio se apresuró a negar esto, pero Su Majestad le interrumpió con una sonrisa.

—De todos los que acuden ante mí, sólo un hombre, creo, habla sin desear ningún beneficio para sí Es ese griego. Tú no le entiendes, Mardonio. Su corazón sólo ansía una cosa: reunirse con sus hermanos de armas bajo tierra. Incluso su pasión por contar su historia es secundaria, una obligación impuesta por uno de sus dioses, que para él es una carga y una maldición. No busca nada de mí No, amigos míos, las palabras del griego no me molestan ni me inquietan. Me gustan. Me reconfortan.

Su Majestad, de pie entonces en el umbral del pabellón, señaló con un gesto más allá de la guardia de los Inmortales hacia los fuegos que resplandecían.

—Pensad en la encrucijada en la que ahora nos hallamos acampados, ese lugar que los helenos llaman el Camino de las Tres Esquinas. No sería nada para nosotros, simple polvo bajo nuestros pies. Sin embargo, ¿no adquiere significado, e incluso encanto, al recordar la historia que contó el prisionero de que aquí, cuando era niño, se separó de su prima Diómaca, a la que amaba?

Artemisa intercambió una mirada con Mardonio.

—Su Majestad cede al sentimiento —dijo la mujer a su rey-, y un sentimiento engañoso.

En aquel momento la puerta de servicio del pabellón se abrió y los oficiales pidieron permiso para entrar. Entraron al griego en su litera, los

ojos turbios como siempre, dos subalternos de los Inmortales precedidos por Orontes, su capitán.

—Veamos la cara de este hombre —ordenó Su Majestad- y que sus ojos contemplen los nuestros.

Orontes obedeció. Retiraron la tela.

El cautivo Xeones parpadeó varias veces a la luz de la lámpara, y luego miró por primera vez a Su Majestad. Tan asombrada era la expresión que apareció en el rostro del hombre, que el capitán reparó enojado en ella y preguntó qué arrogancia poseía para mirar de forma tan atrevida a la Real Persona.

—He mirado antes el rostro de Su Majestad —respondió el hombre.

—En la batalla, como todo enemigo.

—No, capitán. Aquí, en esta tienda. La noche del segundo día.

—¡Eres un mentiroso! —Orontes golpeó al hombre con rabia. Lo que el cautivo refería había ocurrido realmente, la segunda víspera de la batalla de las Termópilas, cuando un ataque nocturno de los espartanos llevó a un grupo de sus guerreros a un tiro de piedra de la Presencia Real , que estaba en el interior de su pabellón, antes de que los intrusos fueran expulsados por los Inmortales y los soldados egipcios que aparecieron en tropel en defensa de Su Majestad.

—Yo estuve aquí —respondió con calma el griego- y me habrían partido el cráneo con un hacha, lanzada por un noble, si ésta no hubiera chocado con un palo de la tienda y se hubiera clavado allí.

Al oír esto el rostro del general Mardonio perdió el color. En el lado oeste del pabellón, precisamente por donde había penetrado el grupo de espartanos, estaba alojada aún la hoja de un hacha en la madera de cedro, tan profundamente que habría sido imposible extraerla sin que se partiera el palo que sostenía la tienda, así que la habían dejado allí y los carpinteros cortaron el mango, repararon el palo y lo taparon con cuerda.

La mirada del heleno ahora se clavó directamente en Mardonio.

—Este caballero arrojó el hacha. Reconozco su rostro.

La expresión del general, de momento aturdida, dejó traslucir la verdad de estas palabras.

—Su espada —prosiguió el griego- cortó la muñeca de un guerrero espartano en el momento en que echaba atrás una lanza para arrojársela a Su Majestad.

Su Majestad preguntó a Mardonio si esto era cierto. El general confirmó que había causado semejante herida a un espartano, entre otras muchas que causó en aquellos momentos de confusión y peligro.

—Aquel guerrero declaró Xeones- era Aléxandros, el hijo de Olimpios, de quien te hablé.

—¿El muchacho que siguió al ejército espartano? ¿El que cruzó el canal a nado ante Antirhion? —preguntó Artemisa.

—Que se ha hecho adulto —confirmó el griego-. Los oficiales que se lo llevaron de esta tienda protegidos por las sombras de sus escudos eran el caballero Polínices y mi amo, Dienekes.

Todos callaron unos instantes, para digerir esta información.

Su Majestad dijo:

—¿Fueron ellos los hombres que entraron aquí, en esta tienda?

—Ellos y otros, como Su Majestad vio.

El general Mardonio recibió esta información con un escepticismo que rayaba en la indignación. Acusó al prisionero de inventarse esa historia a partir de cosas que había oído a los cocineros persas o al personal médico que le atendía. El cautivo lo negó con calma pero con vehemencia.

Orontes, respondiendo a Mardonio en su capacidad de Jefe de la Guardia , declaró que era imposible que los griegos se hubieran enterado de esos hechos de la manera en que el general sugería. El propio capitán había vigilado personalmente el aislamiento del prisionero. Nadie, ni del comisariado ni del personal médico real, había recibido permiso para permanecer a solas con el hombre, ni un momento, sin la inmediata supervisión de los Inmortales de Su Majestad, y éstos, como todos sabían, no tenían igual en cuanto a escrúpulos.

—Entonces ha oído esta historia —habló Mardonio- de los guerreros espartanos que realmente rompieron la línea de Su Majestad.

Toda la atención se volvió ahora al cautivo Xeones, quien, imperturbable ante estas acusaciones que habrían podido significarle la muerte allí mismo, miraba a Mardonio a los ojos y se dirigió a él sin miedo.

—Si he conocido esos hechos, señor, de la manera en que sugerís,

¿cómo os habría reconocido, entre todas estas personas, como el hombre que arrojó el hacha?

Su Majestad ahora se había acercado al lugar donde la hoja del hacha estaba incrustada y con su daga cortó la cuerda que envolvía el palo para

dejar al descubierto el arma. En el acero de la hoja Su Majestad identificó el grifo de dos cabezas de Éfeso, la satrapía de Mardonio en Asia Menor.

—Dime ahora —Su Majestad se dirigió al general- que aquí no ha intervenido la mano de dios.

Su Majestad declaró que él y sus consejeros ya habían aprendido de la historia del cautivo muchas cosas que no habían previsto.

—¿Cuánto más podemos aprender aún?

Con un gesto afectuoso, Su Majestad indicó que le acercaran a Xeones e hizo que el hombre, aún gravemente enfermo, se recostara sobre almohadones.

—Por favor, amigo mío, continúa tu historia. Cuéntamela como desees, de la manera que el dios te indique.

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