Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 18 de 41

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Puertas de fuego

LIBRO IV - Aretes

LIBRO IV

ARETES

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El ejército de Lacedemonia realizó veintiuna campañas en los siguientes cinco años, todas ellas acciones contra otros helenos. Aquella actitud hostil de Leónidas centrada en los persas desde Antirhion ahora se dirigía necesariamente hacia objetivos más inmediatos, las ciudades de Grecia que se inclinaban con perfidia hacia la traición y se aliaban de antemano con el invasor para salvar su propia piel.

La poderosa Tebas, cuyos aristócratas exiliados conspiraban sin cesar con la corte persa, intentaba reclamar preeminencia en su país vendiéndolo al enemigo.

La celosa Argos, el rival más constante y próximo de Esparta, cuyos nobles trataban abiertamente con los agentes del Imperio. Macedonia, bajo Aléxandros, hacía tiempo que ofrecía señales de sumisión. También Atenas había exiliado a aristócratas que se reclinaban en los pabellones persas mientras conspiraban para su propia restauración como señores bajo el estandarte persa.

La propia Esparta no era inmune a la traición, pues su depuesto rey Demaratos también había emprendido el camino del exilio entre los sicofantes que rodeaban a Su Majestad. ¿Qué, si no, podía desear Demaratos salvo volver a acceder al poder en Lacedemonia como sátrapa y magistrado del Señor del Este?

En el tercer año después de Antirhion, murió Darío de Persia. Cuando la noticia llegó a Grecia, la esperanza renació en las ciudades libres. Quizá ahora los persas interrumpirían su movilización. Si su rey había muerto, ¿el ejército no se desmembraría? ¿No se arrinconaría el juramento persa de conquistar la Hélade ?

Entonces tú, Majestad, accediste al trono.

El ejército del enemigo no se desmembró.

Su flota no se dispersó.

En lugar de ello, la movilización del imperio se redobló. El celo de un príncipe recién coronado ardía en el pecho de Su Majestad. Jerjes, hijo de Darío, no sería juzgado por la historia inferior a su padre, ni a sus ilustres antepasados Cambises y Ciro el Grande. Se reuniría con éstos, que habían

vencido y esclavizado toda Asia, en el panteón de la gloria, Jerjes su descendiente, quien ahora añadiría Grecia y Europa a la lista de provincias del Imperio.

En toda la Hélade, Phobos avanzaba como el túnel de un zapador. Se olía su polvo en la quietud de la mañana y se sentía su avance metro a metro, retumbando debajo de cada uno durante el sueño. De todas las ciudades poderosas de Grecia, sólo Esparta, Atenas y Corinto se mantuvieron firmes. Éstas enviaron delegación tras delegación a las polis que vacilaban, tratando de unirlas a la Alianza. Mi propio amo fue asignado en una sola estación a cinco diferentes embajadas de ultramar. Yo vomité por la borda de tantos barcos diferentes que no distinguía una de otra.

En todas partes adonde llegaban estas embajadas, Phobos había llegado antes. El Miedo volvía temeraria a la gente. Muchos vendían todo lo que poseían; otros, más necios, compraban.

—Dejad que Jerjes guarde su espada y en su lugar envíe su bolsa —

observaba mi amo con disgusto después de que otra embajada hubiera sido rechazada-. Los griegos se sacarán los ojos entre ellos, para ver quién puede vender primero su libertad.

Cuanto más tenía un hombre que perder, más se apresuraba a preservarlo. Uno aceptaba la bienvenida en primavera a la mansión de un noble de Tebas o Epidauro, y en otoño se encontraba con el mismo hombre, ahora dueño de alojamientos más rústicos, guardando sus tesoros en alguna villa en Sicilia o en Italia.

Siempre que iba con estas delegaciones, una parte de mi mente se mantenía alerta por si oía algo de mi prima. Tres veces en mi decimoséptimo año el servicio de mi amo me llevó a la ciudad de los atenienses; cada vez yo preguntaba por la persona que Diómaca y yo habíamos conocido aquella mañana en el camino de las Tres Esquinas, cuando aquella elegante dama ordenó a Dio que buscara su casa en la ciudad y entrara a su servicio. Yo recordaba al menos el barrio y la calle, pero jamás logré encontrar la casa.

Una vez, en un salón de la Academia Ateniense apareció una encantadora recién casada de veinte años, dueña de la casa, y por unos instantes estuve seguro de que era Diómaca. El corazón empezó a latirme tan fuerte que tuve que arrodillarme por miedo a caer desmayado. Pero la señora no era ella. Tampoco lo era la novia que vislumbré un año más tarde

llevando agua de un manantial de Naxos. Tampoco la esposa del médico con quien me encontré, enclaustrada en Potidea seis meses después.

Una calurosa noche de verano, dos años antes de la batalla en las Puertas, el barco que transportaba la delegación de mi amo llegó al puerto ateniense de Falero. Teníamos dos horas hasta que cambiara la marea. Me dieron permiso y al fin localicé la casa de la familia de la señora de las Tres Esquinas. El lugar estaba cerrado a cal y canto; Phobos había empujado al clan a las tierras de Sicilia, de eso me informó un ocioso escuadrón de arqueros tracios, matones a los que los atenienses dan empleo como policía urbana. Sí, aquellos brutos recordaban a Diómaca. ¿Quién podría olvidarla?

Me tomaron por otro de sus pretendientes y hablaron con el crudo lenguaje de la calle.

—Esa pájara se largó dijo uno-. Demasiado salvaje para estar en una jaula.

Otro declaró que se había tropezado con ella, en el mercado, e iba con un esposo, ciudadano y oficial del mar.

—Necia puta —se rió-. ¡Atarse a ese lobo de mar, cuando habría podido tenerme a mí!

Mientras regresaba a Lacedemonia decidí cortar de raíz esta locura de sentir nostalgia, igual que el granjero quema un tocón rebelde. Le dije a Gallo que era hora de que cogiera novia. Encontró una para mí, su prima Thereia, la hija de la hermana de su madre. Yo tenía dieciocho años y ella quince cuando nos unimos al modo mesenio practicado por los ilotas. Ella alumbró un hijo al cabo de diez meses y una hija mientras yo me encontraba lejos, en una campaña.

Siendo ya esposo, juré no pensar más en mi prima. Erradicaría mi propia impiedad y dejaría de tener fantasías.

Los años habían transcurrido veloces. Aléxandros completó su servicio como joven del agogé; le entregaron su escudo de guerra y ocupó su puesto entre los Iguales del ejército. Tomó por esposa a la doncella Agata, tal como había prometido. Ella le dio gemelos, un niño y una niña, antes de que él cumpliera los veinte.

Polínices fue coronado en Olimpia por segunda vez, vencedor como velocista armado en la carrera del stadion. Su esposa le dio un tercer hijo.

Aretes no dio más hijos a Dienekes; después de cuatro hijas se quedó estéril, sin llegar tener ningún heredero varón.

La esposa de Gallo, Harmonia, alumbró un segundo hijo, a quien pusieron el nombre de Mesenio. Aretes le proporcionó su propia comadrona y ayudó con sus propias manos. Yo mismo llevé la antorcha que la acompañó a su casa. No habló, tan dividida se encontraba entre la alegría de presenciar al fin el nacimiento de un varón en su línea, un defensor de Lacedemonia, y el pesar de saber que aquel niño, nacido del bastardo de su hermano, Gallo, a pesar de su actitud desafiante con sus amos espartanos, hasta en el nombre que eligió para su hijo, se enfrentaría con el paso más duro y más peligroso a la virilidad.

Miríadas de persas se hallaban ahora en Europa. Habían cruzado el Helesponto y atravesado toda Tracia. Aun así los aliados helénicos discutían. Una fuerza de diez mil hombres de infantería pesada, mandados por el espartano Euanetos, fue enviada a Tempe, en Tesalia, para resistir contra el invasor en la frontera más septentrional de Grecia. Pero cuando el ejército llegó allí se vio que el sitio era indefendible. La posición podía rodearse por tierra por el paso de Gonnos y flanqueada por mar a través de Aulis. Avergonzada, la fuerza de los Diez Mil se retiró y se dispersó hacia sus ciudades de origen.

Una desesperada parálisis se apoderó del Congreso de los Griegos.

Tesalia, abandonada, se había pasado a los persas, añadiendo su incomparable caballería para ampliar los escuadrones del enemigo. Tebas estaba al borde de la sumisión. Argos se mantenía al margen. Abundaban los malos presagios y los prodigios. El Oráculo de Apolo en Delfos había aconsejado a los atenienses:

Volad hasta los confines de la tierra

mientras el Consejo Espartano de Ancianos, la Gerusía , notoriamente lento a la hora de actuar, vacilaba y se rezagaba.

Al final fueron sus mujeres quienes obligaron a los espartanos a actuar.

Ocurrió más o menos así.

A las últimas ciudades libres afluían en gran número los refugiados, muchos de ellos mujeres casadas con niños de pecho. Las jóvenes madres huyeron a Lacedemonia, isleñas y parientes que escapaban del avance persa por el Egeo. Estas mujeres atizaron el odio hacia el enemigo con historias de atrocidades de los conquistadores en su anterior paso por las islas: cómo el enemigo en Quíos, Lesbos y Ténedos se asentaba en un extremo del

territorio y luego avanzaba por cada isla, registrando todo escondrijo y sacando a todos los muchachos; a los más guapos los castraban para utilizarlos como eunucos; también habían matado a todos los hombres y violado a las mujeres, para enviarlas después a la esclavitud en el extranjero. Estos héroes de Persia habían estrellado contra la pared la cabeza de los niños de pecho, esparciendo sus sesos sobre las piedras del pavimento.

Las esposas de Esparta escuchaban con fría furia estas historias, apretando a sus hijos contra el pecho. Las hordas persas habían barrido ya Tracia y Macedonia. Los asesinos de niños estaban en el umbral de Grecia,

¿y dónde estaba Esparta y sus defensores? Regresando a casa sin haber derramado una gota de sangre procedentes de la necia misión de Tempe.

Jamás había visto la ciudad en el estado en que la vi tras aquel desastre. Héroes con premios al valor procuraban no ser vistos, el rostro avergonzado, mientras sus mujeres les hablaban con desprecio y se mantenían distantes. ¿Cómo podía haber sucedido lo de Tempe? Cualquier batalla, incluso una derrota, habría sido preferible a nada en absoluto.

Reunir una fuerza tan magnífica, engalanarla ante los dioses, transportarla hasta tan lejos y no derramar una gota de sangre, ni siquiera la propia, no era sólo vergonzoso sino, declararon las esposas, blasfemo.

El desprecio de las mujeres mortificó a la ciudad. Una delegación de esposas y madres se presentó ante los éforos, insistiendo en que las enviaran a ellas la siguiente vez, armadas con horquillas y ruecas, ya que seguramente las mujeres de Esparta no podían desacreditarse más ni conseguir menos que los tan cacareados Diez Mil.

En las mesas de los guerreros, el ánimo era aún más corrosivo.

¿Cuánto tiempo más vacilaría el Congreso aliado? ¿Cuántas semanas más se retrasarían los éforos?

Recuerdo claramente la mañana en que por fin se hizo la proclamación. El regimiento Heracles entrenó aquel día en un curso de agua seco llamado el Corredor, un sofocante embudo entre orillas de arena al norte de la aldea de Limnai. Los hombres realizaban entrenamientos de lucha, dos contra uno y tres contra dos, cuando un anciano distinguido llamado Carillon, que había sido éforo dos veces pero entonces actuaba principalmente como consejero mayor y emisario, apareció en la cresta de la orilla y llamó a un lado al polemarca Derkilides, el jefe del regimiento. El anciano tenía más de setenta años; había perdido la mitad inferior de una

pierna en la batalla años atrás. Para que él hubiera ido cojeando hasta tan lejos tenía que haber ocurrido algo importante.

El patriarca y el polemarca hablaron en privado. Los ejercicios prosiguieron. Nadie levantó la vista, sin embargo todos lo sabían. Ya estaba.

Los hombres de Dienekes recibieron la noticia de Latérides, jefe del pelotón de al lado, que lo fue comunicando.

—Las Puertas, amigos.

Las Puertas Calientes.

Las Termópilas.

No se convocó ninguna asamblea. Para asombro de todos, se despidió al regimiento. A los hombres se les dio el resto del día libre.

Semejante día de fiesta sólo lo había visto concedido media docena de veces; invariablemente, los Iguales rompían filas muy animados y se iban a casa al trote. Esta vez nadie se movió. El regimiento entero se quedó clavado donde estaba, en los abrasadores límites del río seco, zumbando como un panal.

Éste era el rumor: cuatro moral, cinco mil hombres, serían movilizados para ir a las Termópilas. La columna, reforzada por cuatro regimientos de periecos e incluyendo escudos y dos ilotas armados por hombre, marcharían en cuanto el Karneia, el festival de Apolo que prohibía tomar las armas, expirara. Dos semanas y media.

La fuerza sumaría un total de veinte mil hombres, el doble del número que había ido a Tempe, y estaría concentrada en un paso diez veces más angosto.

Otra fuerza de treinta a cincuenta mil aliados de infantería sería movilizada detrás de la inicial, mientras una escuadra de la marina aliada, ciento veinte barcos de guerra, bloquearía los estrechos en Artemision y Andros y los estrechos del Euripos, protegiendo al ejército en las Puertas del ataque lateral por mar.

Era una llamada general. Tan general que olía. Dienekes lo sabía, igual que todos los demás.

Mi amo regresó a la ciudad acompañado por Aléxandros, ahora un guerrero del pelotón, sus compañeros Bias, León Negro y sus escuderos.

Una tercera parte del camino más adelante nos encontramos con el anciano Carillon, que cojeaba con dolorosa lentitud, sostenido por su ayudante Esthenisthes, que era tan anciano como él. León Negro hizo detener un asno

del séquito e insistió en que el anciano lo montara. Carillón declinó la oferta pero permitió que su criado ocupara su lugar.

—Cuéntanos lo que sabes, abuelo —dijo Dienekes al anciano con afecto pero con la impaciencia de un soldado por conocer la verdad.

—Sólo sé lo que me han dicho, Dienekes.

—Las Puertas no resistirán cinco mil hombres. No resistirían ni cinco.

Una expresión irónica apareció en la cara del anciano.

—Veo que consideras tus dotes de mando superiores a las de Leónidas.

Un hecho era evidente incluso para los escuderos. El ejército persa se hallaba entonces en Tesalia. Eso estaba ¿a cuánto, a diez días de las Puertas? En dos semanas y media sus millones avanzarían más de cien kilómetros y se hallarían ante nuestro umbral.

—¿Cuántos van en la avanzadilla? —preguntó León Negro al anciano.

Se refería a la fuerza de espartanos que, como siempre antes de una movilización, serían enviados a las Termópilas, enseguida, para tomar posesión del paso antes de que los persas llegaran y antes de que la fuerza principal del ejército aliado avanzara.

—Lo sabrás mañana por Leónidas —respondió el anciano. Pero vio la frustración del hombre más joven-. Trescientos —añadió-. Todos Iguales.

Todos señores.

Mi amo tenía una manera de apretar la mandíbula, una manera de cerrar los dientes con fuerza, que empleaba cuando resultaba herido en campaña y no quería que sus hombres conocieran la gravedad. Esta expresión apareció ahora en su rostro.

Una unidad de «señores» estaba formada sólo por hombres que eran padres de hijos vivos.

Era así para que, en caso de que los guerreros perecieran, sus linajes familiares no se extinguieran.

Una unidad de señores era una unidad suicida. Una fuerza enviada para resistir y morir.

Mis obligaciones acostumbradas al regresar del entrenamiento eran limpiar y colocar el equipo de mi amo y ocuparme, con los sirvientes de la mesa, de la preparación de la comida de la noche. Pero aquel día Dienekes pidió a León Negro que su escudero hiciera doble tarea. A mí me ordenó que me adelantara, corriendo, y fuera a su casa. Tenía que informar a Aretes de que el regimiento había sido enviado a casa para el resto del día y que su esposo llegaría a casa poco después. Tenía que ofrecerle una invitación en

su nombre: ¿le acompañarían ella y sus hijas aquella tarde a dar un paseo por las colinas?

Eché a correr, entregué el mensaje y me enviaron a mis quehaceres.

Sin embargo, algo hizo que me entretuviera.

Desde la colina que había sobre la casa de mi amo vi a sus hijas salir por la puerta y precipitarse hacia él con gran entusiasmo. Aretes había preparado una cesta con fruta, queso y pan. El grupo iba descalzo y llevaba grandes sombreros para protegerse del sol.

Vi que mi amo llevaba a su mujer aparte, bajo los robles, y que hablaba en privado con ella unos momentos. Lo que le dijo, fuera lo que fuese, la hizo prorrumpir en llanto. Ella le abrazó con fuerza, rodeándole el cuello con los brazos. Dienekes al principio pareció resistirse, pero luego apretó a su esposa contra sí y la abrazó con ternura.

Las muchachas gritaban, impacientes por partir. Dos cachorros chillaban entre sus pies. Dienekes y Aretes deshicieron su abrazo. Vi que mi amo alzaba a la más pequeña, Ellandra, y se la colocaba a horcajadas sobre los hombros. Cogió la mano de Alexia y partieron, las niñas exuberantes y alegres, Dienekes y Aretes un poco rezagados.

No se enviaría ninguna fuerza principal a las Termópilas; ésta era una historia sólo para consumo público, para reforzar la confianza de los aliados y poner almidón en sus huesos.

Sólo se enviarían los Trescientos, con órdenes de resistir y morir.

Dienekes no estaría entre ellos.

No tenía ningún hijo varón.

No podía ser elegido.

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