Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 39 de 41

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Puertas de fuego

LIBRO IX - Diómaca

LIBRO IX

DIÓMACA

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Éste fue el fin de Leónidas y los defensores del paso de las Termópilas, tal como lo relató el griego Xeones y lo recopiló el historiador de Su Majestad, Gobartes, hijo de Artabazos, finalizado el cuarto día de Arahsamnu, quinto año de la ascensión de Su Majestad.

Esta fecha, en la amarga ironía del dios Ahura Mazda, era la misma en que las fuerzas navales del imperio persa sufrieron la calamitosa derrota a manos de la flota helénica, en el estrecho de Salamina, junto a Atenas, catástrofe que envió a la muerte a tantos valientes hijos de Oriente y, por sus consecuencias para el aprovisionamiento y soporte del ejército, condenó toda la campaña al desastre.

El oráculo de Apolo entregado anteriormente a los atenienses que declaraba:

… el muro de madera no os fallará

había revelado su desastrosa verdad, pues el bastión de madera se manifestó no como aquella antigua empalizada de la Acrópolis ateniense tan rápidamente rebasada por las fuerzas de Su Majestad, sino como un muro de cascos de barco y los marineros de la Hélade que los tripularon tan valientemente y llevaron a la destrucción las ambiciones de conquista de Su Majestad.

La magnitud de la calamidad borró del pensamiento al cautivo Xeones y su historia. En el caos de derrota se olvidó el cuidado del hombre, ya que todo médico y cuidador del personal del Cirujano Real fue llamado a la costa opuesta a Salamina, para cuidar de la multitud de marineros del imperio que habían sido heridos, arrojados a la playa después de que sus barcos chocaran y se hundieran.

Cuando la oscuridad por fin trajo el cese de la matanza, un terror mayor se apoderó del campamento del imperio. Era la ira de Su Majestad.

Tantos ofi ciales de la corte eran pasados por la espada, o eso indican mis notas, que el personal del historiador se quedó sin papel en el que anotar sus nombres.

El terror llenó los pabellones de Su Majestad, aumentado no sólo por el gran terremoto que sacudió la ciudad precisamente a la hora en que el sol se ponía, sino también por el aspecto apocalíptico del emplazamiento del campamento del ejér cito, dentro de la ciudad de los atenienses, asolada y aún humeante. En mitad de la segunda guardia el general Mardonio selló la cámara de Su Majestad y se negó la entrada a más oficiales. El historiador de Su Majestad sólo consiguió escasas instrucciones en cuanto a la disposición de los registros del día. Al ser des pedido, se me ocurrió pedir órdenes respecto al griego Xeones y sus papeles.

—Mátale —respondió el general Mardonio sin vacilar- y quema toda esa recopilación de falsedades, cuya anotación ha sido una locura desde el prin cipio y la sola mención de ello en estos momentos sólo servirá para llevar a Su Majestad a un mayor paroxismo de rabia.

Procedí enseguida a buscar a Orontes, capitán de los Inmortales, cuya res ponsabilidad era llevar a cabo estas órdenes de Mardonio. Localicé al oficial en la playa. Se hallaba a todas luces en un estado de agotamiento, debido al pesar que le producía la derrota sufrida aquel día y su propia frustración como soldado por ser incapaz, aparte de matar a marineros fuera del agua, de ayudar a los valientes marinos de la flota. Sin embargo, Orontes recuperó la compostura enseguida y volvió su atención al asunto.

—Si mañana quieres conservar la cabeza sobre los hombros —declaró el capitán cuando se le informó de la orden del general-, finge que no has oído ni visto a Mardonio.

Protesté diciendo que la orden la había dado en nombre de Su Majestad No podía pasarse por alto.

—No se puede, ¿no? ¿Y cuál será la historia del general mañana o dentro de un mes, después de que se haya cumplido su orden, cuando Su Majestad envíe a por ti y pida ver al griego y sus notas?

»Te diré lo que ocurre —prosiguió el capitán-. En estos momentos, en los aposentos de Su Majestad, sus consejeros y generales le están aconsejando que retire Su Real Persona, que emprenda viaje a Susa, como Mardonio le ha instado a hacer antes. Esta vez creo que Su Majestad hará caso.

Orontes declaró su convicción de que Su Majestad ordenaría al grueso del ejército que permaneciera en la Hélade , bajo el mando de Mardonio y atacara para completar la conquista de Grecia en su nombre.

—Una vez cumplida esta tarea, Su Majestad tendrá su victoria. El de sastre de hoy se olvidará a la luz del triunfo.

»Luego, en la declaración de conquista, Su Majestad pedirá las notas del griego Xeones, como guinda para coronar el banquete de la victoria. Si tú y yo nos presentamos ante él con las manos vacías, ¿cuál de los dos señalará con el dedo a Mardonio, y quién creerá nuestras declaraciones de inocencia?

Pregunté entonces qué debíamos hacer.

El corazón de Orontes estaba destrozado, eso era evidente. Recordé que él, como jefe de los Inmortales bajo el general Hidarnes, había estado en la van guardia durante la noche en que los Diez Mil rodearon a los espartanos y los tespios en las Termópilas y habían servido con extraordinario valor en el ataque final de la mañana, haciendo frente a los espartanos cuerpo a cuerpo y ayudando a entregar a Su Majestad la última conquista. Sus propias flechas se encontraban entre las que cayeron sobre los últimos defensores, quizá en la carne de los hombres cuyas historias habían sido relatadas por Xeones.

Todo esto podía leerse en el semblante del capitán e incrementaba aún más su resistencia a causar daño a ese hombre con el que tan claramente se iden tificaba como soldado e incluso, llegados a este punto hay que decirlo, como amigo.

No obstante, Orontes se dispuso a cumplir con su deber. Envió a dos oficia les de los Inmortales con órdenes de sacar al griego de la tienda del Cirujano y entregarlo de inmediato al pabellón de personal de los Inmortales. Después de varias horas de atender otros asuntos más urgentes, él y yo acudimos a ese lugar. Entramos juntos. El hombre, Xeones, estaba sentado en su litera, despierto, aunque tan debilitado que apenas podía respirar.

Es evidente que adivinó nuestro propósito. Su aspecto era de buen humor.

—Adelante, caballeros —dijo antes de que Orontes o yo pudiéramos ex presar en voz alta nuestra misión-. ¿Cómo puedo ayudaron en vuestra tarea? No precisaremos la espada, porque tengo la sensación de que el roce de una plu ma sería suficiente para acabar el trabajo.

Orontes preguntó a Xeones si era consciente de la magnitud de la victoria que la armada de su país había conseguido aquel día. El hombre

dijo que s1 Expresó, sin embargo, la opinión de que la guerra estaba lejos de haber terminado. Este asunto se puso en duda.

Orontes manifestó que era contrario a ejecutar la sentencia de muerte.

A la luz del caos que reinaba en aquellos momentos en el campamento del im perio, declaró que no sería difícil que el hombre pudiera marcharse sin ser observado. Orontes preguntó si tenía amigos o compatriotas en Ática a quienes pudiéramos entregarle. El hombre sonrió.

—Vuestro ejército ha realizado una admirable tarea y los ha aniquilado

—dijo-. Y además, Su Majestad necesitará a todos sus hombres para llevar equipaje más importante.

El hombre preguntó por el documento que había dictado y yo había redactado; ¿también sería devuelto al polvo?

—Te doy mi palabra —juré- de que lo conservaré a toda costa.

—Y aquellos a los que amas —prometió Orontes- conocerán vuestros sufrimientos y el honor con que los soportasteis.

El griego pareció agradecerlo. Sus ojos, ensombrecidos rápidamente, se posaron en los míos y después en los del capitán Orontes.

—¿Recordáis el momento en que relaté el episodio de las Puertas preguntó-, cuando Leónidas miró a los oficiales persas reunidos para el ataque final y preguntó a mi amo si les odiaba?

El capitán y yo tratamos de recordar, pero en la confusión del momento no pudimos.

—«Veo rostros nobles», respondió Dienekes, «hombres a los que acogería con una palmada en la espalda y una sonrisa en cualquier mesa de amigos».

Xeones nos tendió entonces su mano, al parecer para gastar con este gesto las últimas fuerzas que le quedaban.

Orontes se la estrechó. Yo le seguí.

—Hasta la vista —dijo el hombre. Su apretón era débil como el de un niño-. Y ahora debéis disculparme, hermanos. Tengo una cita a la que llego tarde.

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