Puertas de fuego
Capítulo 26
Su Majestad puede juzgar mejor la precisión del pronóstico de Leónidas. Baste observar, para este relato, que la oscuridad halló a los Inmortales en destrozada retirada, a órdenes de Su Majestad como Leónidas había vaticinado, abandonando a los mutilados y moribundos en la orchestra, la pista de baile, del desfiladero.
Detrás del muro de los aliados el espectáculo era de horror. Muertos y heridos yacían desmadejados en toda la extensión, muchos aún con la armadura, la inmovilidad de los exhaustos tan absoluta que no se distinguía a los vivos de los muertos. Las reservas de vendas para los heridos hacía tiempo que se habían agotado; las tiendas de los huéspedes del balneario requisadas por los exploradores skiritai como refugio ahora veían su lujo reclamado por segunda vez, como compresas de batalla. El hedor a sangre y muerte se elevaba con tan palpable horror, que los asnos del séquito de suministros se pasaban la noche rebuznando y no se los podía calmar.
Había un tercer miembro del contingente aliado no alistado, un voluntario aparte del proscrito jugador de Pelota y el perro roano Styx. Era un emporos, un mercader de Halicarnaso, de nombre Elefantino, cuya carreta inutilizada la columna aliada había encontrado por casualidad durante su marcha por Doris, un día antes de llegar a las Puertas. Este tipo, pese a su mala fortuna en la carretera, poseía el más alegre de los espíritus y compartía un almuerzo de manzanas verdes con su asno cojo. En el borde de su carreta se elevaba un estandarte pintado a mano, un anuncio en realidad de su simpatía y sus deseos de tener clientela. El cartel pretendía declarar: «El mejor servicio sólo para ti, amigo mío», philos, que su mano había inscrito como phimos, el término dórico para indicar una contracción de la carne que cubre el miembro masculino. El cartel de la carreta declaraba más o menos esto:
El mejor servicio sólo para ti, prepucio mío
El lustre de esta poesía convirtió al tipo en una celebridad al instante.
Varios escuderos se desplazaron para ayudarle, lo que el comerciante les agradeció efusivamente.
—¿Y adónde se dirige, si puedo preguntarlo, este magnífico ejército?
—preguntó.
—A morir —respondió alguien.
—¡Qué delicia!
Hacia medianoche apareció el mercader en el campo, después de haber seguido a la columna hasta las Puertas. Fue recibido con agrado. Su especialidad consistía en afilar el acero, y en esto, declaró, no tenía igual.
Llevaba décadas afilando guadañas de labradores y cuchillos de amas de casa. Sabía afilar el desplantador más gastado y además, afirmó, donaría sus servicios al ejército como pago por su bondad en el camino.
El hombre empleaba una expresión con la que salpicaba su conversación siempre que deseaba recalcar un punto.
—¡Date cuenta! —decía, aunque con su cerrado acento jónico. Esta frase fue adoptada de inmediato y con regocijo por todo el ejército.
—Otra vez queso y cebollas, ¡date cuenta!
—Doble entrenamiento al día, ¡date cuenta!
Uno de los dos Leones del pelotón de Dienekes, el llamado Polladeburro, despertó al comerciante aquella madrugada blandiendo ante él una prodigiosa erección.
—¡A esto se le llama un phimos, date cuenta!
El mercader se convirtió en una especie de mascota o talismán para las tropas. Su presencia era bien recibida en todas las hogueras, y su compañía aceptada por jóvenes y veteranos; se le consideraba un narrador y un buen compañero, un bromista y un amigo.
Ahora, después del primer día de matanza, el mercader se nombró a sí mismo capellán y confesor no oficial de los jóvenes guerreros a los que con el paso de los días había llegado a cuidar como a hijos. Pasó toda la noche entre los heridos, llevándoles vino, agua y una mano consoladora. Redobló su acostumbrada alegría; distraía a los heridos y mutilados con historias profanas de sus viajes y desventuras, seducciones de amas de casa, robos y palizas sufridos en el camino. También él se había armado, con los desechos; al día siguiente llenaría un hueco. Muchos escuderos, al no tener la obligación de servir a sus dueños, habían asumido el mismo papel.
Toda la noche rugieron las forjas. Los martillos de los herreros y fundidores sonaron sin cesar, reparando hojas de espada y de lanza, golpeando el bronce para obtener caras de escudo nuevas, mientras constructores y carpinteros guarnecían raederas delineando nuevos mangos de lanzas y abrazaderas de escudos para el día siguiente. Los aliados cocinaban sus comidas sobre fuegos hechos con las flechas gastadas y los mangos de las lanzas del enemigo. Los nativos de la aldea Alpeno que un día antes habían vendido sus productos para obtener beneficios, ahora, al contemplar el sacrificio de los defensores, donaron sus mercancías y víveres y se apresuraron a ir a buscar más.
¿Dónde estaban los refuerzos? ¿Iban a venir? Leónidas, percibiendo la preocupación del ejército, evitó toda asamblea y consejos de guerra, y en cambio circuló en persona entre los hombres y despachó con los jefes los asuntos pertinentes. Envió más corredores a las ciudades, con más peticiones de ayuda. Los guerreros no dejaron de observar que siempre elegía a los más jóvenes. ¿Era por la velocidad de sus pies, o por un deseo del rey de conservar a los que les quedaban más años por delante?
Los pensamientos de cada soldado se volvieron ahora hacia su familia, hacia aquellos a quienes amaban. Hombres exhaustos garabateabán cartas a esposas e hijos, madres y padres, muchas de estas misivas poco más que garabatos sobre tela o cuero, fragmentos de cerámica o madera. Las cartas eran voluntades y testamentos, palabras finales de despedida. Vi la bolsa de envíos de un corredor que se preparaba para partir; era un revoltijo de rollos de papel, tablillas de cera, cacharros, incluso retales de fieltro arrancados de los gorros de debajo del casco. Muchos de los guerreros simplemente enviaban amuletos que sus seres queridos pudieran reconocer, un talismán que había pendido del armazón de un escudo, una moneda de buena suerte agujereada para llevar colgada al cuello de una cinta. Algunos llevaban saludos: «Amaris querido», «Delia de Theagones, te quiero». Otros no llevaban ningún nombre. Quizá los corredores de cada ciudad conocían las direcciones personalmente y podían llevarlos encima para asegurar su entrega. Si no, el contenido de la bolsa sería exhibido en la plaza pública o el ágora, quizá ante el templo de la Protectora de la ciudad. Allí las intranquilas familias se congregarían con esperanza y agitación, esperando su turno para examinar la preciosa carga, desesperadas por encontrar un mensaje de aquellos a los que amaban y temían ver de nuevo sólo en la muerte.
Llegaron dos mensajeros de la flota aliada, de la galera ateniense asignada como correo entre la armada, que estaba abajo y el ejército, que estaba arriba. Los aliados se habían ocupado de la flota persa ese día, sin resultados definitivos pero sin ceder. Nuestras naves debían defender los estrechos o Jerjes podría desembarcar su ejército a retaguardia de los defensores y bloquearles el paso; las tropas debían retener el paso o los persas podrían avanzar por tierra hasta los estrechos del Euripo y atrapar la flota. Hasta el momento, ninguno de los dos frentes se había roto.
Polínices vino a sentarse unos minutos junto a los fuegos en torno a los cuales se había agrupado lo que quedaba de nuestro pelotón. Había localizado a un renombrado gymnastes, un entrenador atlético llamado Milón, a quien conocía de los juegos de Olimpia. Este tipo había vendado los brazos de Polínices y le había dado un pharmakon para calmar el dolor.
—¿Has tenido suficiente gloria, Kallistos? —preguntó Dienekes al caballero.
Polínices sólo respondió con una expresión de insuperable severidad.
Tenía un aire sumiso, por una vez no parecía él.
—Siéntate —mi amo señaló el espacio que había a su lado.
Polínices se sentó, agradecido. Alrededor del círculo los hombres del pelotón dormían como muertos, la cabeza sobre el compañero o el escudo, aún con porquería incrustada, a modo de almohada. Directamente delante de Polínices, Aléxandros miraba el fuego con espantosa inexpresividad.
Tenía la mandíbula rota, todo el lado derecho de la cara era rojo y una correa de cuero mantenía los huesos en su lugar.
—Echemos un vistazo a esto. —Polínices se estiró hacia adelante.
Encontró entre el equipo del entrenador una bola encerada de euforbia y ámbar denominada «el almuerzo del boxeador», que los pugilistas emplean entre asaltos para inmovilizar los huesos y dientes rotos. Polínices calentó la bola amasándola hasta que fue flexible-. Será mejor que lo hagas tú, Milón. —Se volvió al entrenador. Polínices cogió la mano derecha de Aléxandros con la suya, para el dolor-. Cógete.
Aprieta hasta que me rompas los dedos.
El entrenador escupió en la boca de Aléxandros un poco de vino puro para limpiar la sangre coagulada; luego, extrajo con los dedos un grotesco escupitajo compuesto de saliva, moco y flema. Yo sostenía la cabeza de Aléxandros; el puño del joven se aferraba al de Polínices.
Dienekes observó cómo el entrenador insertaba el pegajoso taco de ámbar entre las mandíbulas de Aléxandros y luego, con cuidado, afianzaba encima el hueso destrozado.
—Cuenta despacio —instruyó al paciente-. Cuando llegues a, cincuenta, no podrás separar la mandíbula ni con una palanca. Aléxandros soltó la mano del caballero. Polínices le miró con tristeza.
—Perdóname, Aléxandros.
—¿Por qué?
—Por romperte la nariz.
Aléxandros se rió, y con la mandíbula rota hizo una mueca.
—Ahora es la parte de la cara que tienes mejor. Aléxandros volvió a hacer una mueca.
—Lamento lo de tu padre —dijo Polínices-. Y lo de Aristón. Se puso en pie para ir a la hoguera de al lado; miró una vez a mi amo y volvió a mirar luego a Aléxandros.
—Cuando Leónidas te seleccionó para los Trescientos, acudí a él en privado y discutí hasta el cansancio contra tu inclusión. Creía que no pelearías.
—Lo sé. —La voz de Aléxandros brotó de su mandíbula fija. Polínices le examinó un largo momento. —Estaba equivocado —dijo.
Se fue.
Llegó otra tanda de órdenes, para asignar grupos que fueran a recoger los cuerpos de la tierra de nadie. El nombre de Suicidio se encontraba entre los citados. Sus hombros heridos se habían agarrotado; Aléxandros insistió en ocupar su lugar.
—Ahora el rey ya conocerá la muerte de mi padre y de Aristón.
—Se dirigió a Dienekes, quien como jefe de pelotón podía prohibirle participar en la recogida-. Leónidas intentará salvarme la vida por mi familia; me enviará a casa con algún recado o envío. No deseo faltarle al respeto negándome.
Nunca había visto una expresión tan siniestra como la que ahora apareció en el rostro de mi amo. Señaló una superficie plana de tierra que había a su lado a la luz de la hoguera.
—He estado observando a estos animalitos.
En el suelo se estaba desarrollando una guerra de hormigas.
—Mira a estos héroes. —Dienekes señaló las masas de batallones de insectos que luchaban con increíble valor para subirse sobre un montón de
compañeros caídos, peleando por el cuerpo desecado de un escarabajo.
—Ésta de aquí sería Aquiles. Y allí, aquélla debe de ser Héctor.
Nuestra valentía no es nada comparada con la suya. ¿Ves? Incluso se llevan del campo los cuerpos de sus camaradas, como nosotros.
Su voz estaba llena de repugnancia y apestaba a ironía.
—¿Crees que los dioses nos miran desde arriba como nosotros hacemos con estos insectos? ¿Los inmortales lloran a nuestros muertos tanto como nosotros?
—Duerme un poco, Dienekes —dijo Aléxandros con suavidad.
—Sí, esto es lo que necesito. El descanso para mi belleza.
Alzó el ojo que le quedaba hacia Aléxandros. Más allá de los reductos del Muro, la segunda guardia de centinelas recibía sus órdenes y se preparaba para relevar a la primera.
—Tu padre era mi mentor, Aléxandros. Llevé el cáliz la noche en que tú naciste. Recuerdo a Olimpios presentando tu cuerpo infantil a los ancianos, para la prueba de los diez, diez y uno, para ver si estarías lo suficientemente sano para vivir. El magistrado te bañó en vino y tú te levantaste chillando, con tu voz de niño fuerte y agitando tus pequeños puños apretados. «Entrega el niño a Dienekes —instruyó tu padre a Paraleia-. Mi hijo será tu protegido —me dijo Olimpios-. Tú le enseñarás, como yo te he enseñado a ti.
La mano derecha de Dienekes hundió la hoja de su xiphos en el suelo y destruyó la Ilíada de las hormigas.
—¡Ahora a dormir, todos! —gritó a los hombres de su pelotón que aún sobrevivían, y se puso en pie, pese a las protestas para que se echara a dormir, y se alejó solo hacia el puesto de mando de Leónidas, donde el rey y los otros jefes aún permanecían en sus puestos, despierte: y planeando la acción del día siguiente.
Vi que la cadera de Dienekes cedía al andar, no por la pierna mala sino por la buena. El hombre ocultaba a la vista de sus hombres otra herida; lo noté por su manera de andar, cojeando. Me levanté enseguida y me apresuré a ir en su ayuda.
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