Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 31 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 28

Suicidio me zarandeó para despertarme dos horas antes de que amaneciera.

—Mira lo que ha entrado por la piquera.

Me señalaba el otero que había detrás del campamento arcadio, donde los desertores de las líneas persas estaban siendo interrogados junto a las hogueras. Entrecerré los ojos, pero sin poder enfocar la mirada.

—Vuelve a mirar —dijo-. Es tu sedicioso amigo, Gallo. Pregunta por ti.

Aléxandros y yo fuimos juntos. Era Gallo, cierto. Había cruzado desde las líneas persas con un grupo de otros desertores; los skiritai le habían atado, desnudo, a un poste. Iban a ejecutarle; había pedido estar un momento a solas conmigo antes de que le abrieran la garganta.

Alrededor, el campamento empezaba a despertar; la mitad del ejército ya ocupaba sus puestos, la otra mitad se estaba armando. En el camino que iba a Traquis se oían las trompetas enemigas, que formaban para el Segundo Día. Encontramos a Gallo junto a un par de informadores medos que habían hablado tanto que les estaban dando de desayunar. A Gallo no.

Los skiritai le habían golpeado tan brutalmente que tuvieron que incorporarle junto al poste donde le cortarían la garganta.

—¿Eres tú, Xeo?

Me miró con los ojos entrecerrados, amoratados como los de un boxeador.

—Ha venido Aléxandros conmigo.

Conseguimos verter algunas gotas de vino en la garganta de Gallo.

—Lamento lo de tu padre —fueron sus primeras palabras a Aléxandros. Gallo había servido seis años como escudero de Olimpios y le había salvado la vida en Enofita, cuando la caballería tebana había caído sobre él-. Era el hombre más noble de la ciudad, sin exceptuar a Leónidas.

—¿Cómo podemos ayudarte? —preguntó Aléxandros.

Gallo quería saber en primer lugar quién vivía aún. Le dije que Dienekes, Polínices y algunos otros y mencioné los nombres de los muertos a los que él conocía.

—¿Y tú también estás vivo, Xeo? —Sus facciones se contrajeron en una mueca-. Tu compinche Apolo debe de reservarte para algo extraordinario.

Gallo sólo tenía una petición que hacerme: que me encargara de que le entregaran a su esposa una moneda antigua de su nación, Mesenia. Este gastado óbolo, nos dijo Gallo, lo había llevado en secreto toda su vida. Lo puso a mi cuidado; le juré que se lo enviaría con el siguiente correo. Me sonrió con una mueca y luego se puso serio y nos atrajo hacia sí.

—Escuchad atentamente. Esto es lo que he venido a deciros.

Gallo lo contó con rapidez. Los helenos que defendían el paso tenían otro día, no más. Jerjes estaba ofreciendo la riqueza de una provincia a cualquier guía que le informara de un camino a través de las montañas por el que Las Puertas Calientes pudieran ser rodeadas.

—Dios no hizo ninguna roca tan abrupta que los hombres no puedan trepar por ella, en particular si les mueve el oro y la gloria. Los persas encontrarán una manera de rodearos por detrás y aunque no lo hagan, su flota romperá la línea ateniense otro día. No vienen refuerzos de Esparta; los éforos saben que también serían tragados. Y Leónidas jamás se retirará ni permitirá que lo hagáis vosotros.

—¿Has recibido esa paliza sólo para darnos estas noticias?

—Escuchadme. Cuando fui a los persas, les dije que era un ilota de Esparta. Me interrogaron los oficiales del propio rey. Estuve a dos pasos de la tienda de Jerjes. Sé dónde duerme el gran rey y cómo llevar a alguien hasta su umbral.

Aléxandros se echó a reír.

—¿Quieres que le ataquemos en su tienda?

—Cuando la cabeza muere, la serpiente muere. Prestad atención.

El pabellón del rey está justo debajo de los acantilados, junto al río, para que sus caballos puedan beber antes que el resto del ejército envenene el agua. El cañón produce un torrente que sale de las montañas; los persas creen que es imposible franquearlo, tienen menos de una compañía de guardia. Un grupo de media docena podría entrar, en la oscuridad, y quizá incluso salir.

—Sí. Desplegaremos las alas y volaremos.

Ahora el campamento estaba completamente despierto. En el Muro los espartanos ya se estaban agrupando, si es que puede aplicarse este término a una fuerza tan escasa. Gallo nos dijo que él se había ofrecido para guiar a

un grupo de exploradores al campamento persa a cambio de la libertad de su esposa e hijos en Lacedemonia. Por esto los skiritai le habían dado la paliza; creían que era un truco para llevar hombres valientes a las manos del enemigo para ser torturados o algo peor.

—Ni siquiera harán llegar mis palabras a sus oficiales. Os lo ruego: informad a alguien de categoría. Incluso sin mí puede salir bien. ¡Por todos los dioses, os lo juro!

Reí ante este Gallo renacido.

—Así que has adquirido piedad además de patriotismo.

Los skiritai nos llamaron con aspereza. Querían acabar con Gallo y ponerse su coraza., Dos exploradores le hicieron poner en pie, para atarle al poste, cuando un clamor procedente de la parte posterior del campamento nos interrumpió. Todos nos volvimos y miramos al pie de la pendiente.

Cuarenta hombres tebanos habían desertado durante la noche. Media docena habían muerto a manos de los centinelas, pero otros habían logrado escapar. Todos salvo tres, que acababan de ser descubiertos, tratando de ocultarse entre los montones de muertos.

Este infortunado trío fue arrastrado entonces por un pelotón de centinelas tespios y arrojados al exterior del Muro, donde cayeron entre el ejército que se estaba agrupando. Había sangre en el aire. El tespio Ditirambo se dirigió con largos pasos a la brecha y se ocupó del asunto.

—¿Qué castigo hay para éstos? —gritó a la multitud que les rodeaba.

En ese momento apareció Dienekes junto al hombro de Aléxandros, atraído por el alboroto. Aproveché para rogar por la vida de Gallo, pero mi amo no me respondió, pues tenía su atención puesta en la escena que se desarrollaba abajo.

Los guerreros congregados habían gritado una docena de castigos mortales. Daban golpes de intención homicida a los aterrados cautivos; el propio Ditirambo, blandiendo su espada ante la multitud, tuvo que apartar a los hombres.

—Los aliados están poseídos —observó Aléxandros con desaliento-.

Otra vez.

Dienekes declaró con frialdad.

—No presenciaré esto por segunda vez.

Avanzó a trancos, dividiendo a la multitud a su paso, y se lanzó al foro donde estaba el tespio Ditirambo.

—¡Estos perros no deben recibir clemencia! —dijo Ditirambo.

Dienekes se quedó junto a los cautivos, atados y con los ojos tapados-.

Deben sufrir el peor castigo imaginable, para que nadie más caiga en la tentación de imitar su cobardía.

Del ejército se alzaron gritos de asentimiento. Dienekes levantó la mano para acallar el tumulto.

—Vosotros me conocéis. ¿Aceptaréis el castigo que imponga?

Un millar de voces gritaron que sí.

—¿Sin protestar? ¿Sin quejas?

Todos juraron acatar la sentencia de Dienekes.

Desde el otero de detrás del Muro, Leónidas y los Caballeros, incluidos Polínices, Alfeo y Marón, miraron. Todo sonido cesó salvo el viento. Dienekes se acercó a los cautivos arrodillados y les arrancó lo que les tapaba los ojos.

Con su espada cortó las ataduras de los prisioneros.

Gritos de indignación resonaron por todos lados. La deserción frente al enemigo era castigada con la muerte. ¿Cuántos más huirían si esos traidores salían impunes? ¡El ejército entero se desmoronaría!

Sólo Ditirambo pareció adivinar la intención más profunda de Dienekes. Se adelantó y se quedó junto al espartano, con la espada levantada para silenciar a los hombres y permitir que Dienekes hablara.

—Desprecio esa pasión de la autoconservación que guió a estos cobardes anoche —dijo Dienekes a la multitud de aliados que se habían congregado-, pero odio mucho más, hermanos, la pasión que ahora os perturba.

Señaló a los cautivos que tenía arrodillados ante él.

—Estos hombres a los que hoy llamáis cobardes pelearon codo con codo a vuestro lado ayer mismo. Quizá con mayor valor que vosotros.

—¡Lo dudo! —gritó alguien, a lo que siguió una oleada de gritos de desprecio y pidiendo la sangre de los desertores. Dienekes dejó que el tumulto se acallara.

—En Lacedemonia tenemos una palabra para este estado mental que ahora os domina, amigos míos. Lo llamamos posesión. Significa la entrega al miedo o a la ira que despoja del orden a un ejército y lo reduce a chusma.

Dio un paso atrás; señaló con su espada a los cautivos.

—Sí, anoche estos hombres se escaparon. Pero ¿qué hicisteis vosotros?

Os lo diré. Todos permanecisteis despiertos. ¿Y cuáles eran los

pensamientos secretos de vuestro corazón? Los mismos que los de ellos. —

La hoja de su xiphos señaló a aquellos desgraciados que tenía delante-.

Como ellos, vosotros suspirabais por vuestras esposas e hijos. Como ellos, ardíais en deseos de conservar la vida. ¡Como ellos, hicisteis planes para huir y vivir!

Gritos de negación quisieron encontrar la voz, pero sólo lograron balbucear ante la mirada fiera de Dienekes y la verdad que encarnaba.

—Yo también tuve estos pensamientos. Toda la noche soñé que huía.

Igual que todo oficial y todo lacedemonio que está aquí, incluido Leónidas.

Un silencio sumiso contuvo a la multitud.

—¡Sí! —anunció un grito-. ¡Pero no lo hicimos!

Más murmullos de asentimiento, cada vez más fuertes.

—Así es —dijo Dienekes con voz suave, la mirada ya no dirigida al ejército sino baja, hacia los cautivos, y dura-. No lo hicimos. Miró a los fugitivos durante un cruel instante; luego retrocedió para que el ejército contemplara a los tres hombres, controlados a punta de espada, entre ellos.

—Dejad vivir a estos hombres unos días, malditos por este acto.

Dejadles despertar cada mañana a esta infamia y acostarse cada noche con esta vergüenza. Ésta será su sentencia de muerte, una extinción en vida mucho más amarga que la bagatela que el resto de nosotros soportaremos antes de que el sol se ponga mañana.

Se dirigió hacia el margen de la multitud.

—¡Haced un pasillo!

Entonces los fugitivos empezaron a suplicar. El primero, un joven imberbe de apenas veinte años, declaró que su pobre granja se hallaba a menos de media semana de allí; había temido por su joven esposa y su hija, por su madre y por su padre. Confesó que la oscuridad le había acobardado, pero estaba arrepentido. Juntó las manos en gesto de súplica y alzó la mirada hacia Dienekes y el tespio.

—Por favor, señores, mi delito fue una cosa pasajera. Ya ha pasado.

Hoy pelearé y nadie echará de menos mi valor.

Entonces intervinieron los otros dos, ambos hombres de más de cuarenta años, jurando que también ellos servirían con honor.

Dienekes estaba junto a ellos.

—¡Haced un pasillo!

La multitud de hombres se abrió para formar un pasillo por el que el trío pudiera salir del campamento.

—¿Alguien más? —La voz de Ditirambo se elevó desafiante-. ¿Quién más quiere marcharse? Que se marche ahora por la puerta de atrás, o que cierre la boca hasta que llegue al infierno.

Sin duda ninguna visión bajo el cielo habría podido ser más siniestra o infame, tan lastimosas eran las posturas de los desgraciados y el arrastrar de sus pies cuando salieron por la larga avenida de vergüenza entre las filas de sus silenciosos camaradas.

Miré los rostros del ejército. La furia que había pedido sangre con falsa rectitud había desaparecido. En cambio, cada semblante llevaba grabada una vergüenza purgada e inmisericorde. La rabia vulgar e hipócrita que habían querido descargar sobre los fugitivos se había vuelto hacia adentro por la intervención de Dienekes. Y esa rabia, despertada de nuevo en el interior de la fragua del corazón secreto de cada hombre, ahora se endureció para volverse una resolución de tan devastadora infamia que la muerte misma parecía una bagatela a su lado.

Dienekes se volvió y se marchó del montículo. Cuando estaba cerca de mí y de Aléxandros, le interceptó un oficial de los skiritai, que le estrechó la mano.

—Has estado brillante, Dienekes. Has avergonzado a todo el ejército.

Nadie se atreverá a moverse de aquí.

El rostro de mi amo, lejos de mostrar satisfacción, quedó ensombrecido por una expresión de tristeza. Volvió a mirar a los tres sinvergüenzas, que se alejaban con la cabeza baja.

—Esos pobres hijos de puta ayer sirvieron todo el día en la línea cuando les tocó. Les compadezco con toda mi alma.

Los desertores habían salido ahora al otro extremo del pasillo de la infamia. Allí el segundo hombre, el que se había humillado más, se volvió y gritó al ejército:

—¡Necios! ¡Todos vais a morir! ¡Idos todos al infierno, malditos!

Con una carcajada siniestra desapareció por la pendiente, seguido por sus compañeros que echaban miradas atrás por encima del hombro como unos canallas.

Leónidas pasó enseguida una orden al polemarca Derkylides, quien la transmitió al oficial de la guardia: a partir de entonces, no se apostarían centinelas en la retaguardia, no se tomarían precauciones para impedir más deserciones.

Con un grito los hombres rompieron filas y se dirigieron a sus puestos.

Dienekes había llegado al lugar donde Aléxandros y yo esperábamos con Gallo. El oficial de los skiritai era un hombre llamado Lóquides, hermano del explorador llamado Sabueso.

—Déjame a mí a este canalla, amigo. —El gesto cansado de Dienekes señaló a Gallo-. Es mi sobrino bastardo. Le cortaré el cuello yo mismo.

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