Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 41 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 38

Hay que añadir dos cosas respecto al hombre y al manuscrito con su historia.

Como había previsto el capitán Orontes, Su Majestad emprendió viaje por mar hacia Asia dejando en Grecia, bajo las órdenes de Mardonio, al cuerpo de élite del ejército, unos trescientos mil, incluidos el propio Orontes y los Diez Mil Inmortales, con órdenes de pasar el invierno en Tesalia y reanudar las operaciones cuando mejorara el tiempo en primavera. Llegada esta estación, eso juró el general Mardonio, el irresistible poderío del ejército de Su Majestad obligaría a rendirse a toda la Hélade. Yo quedé acampado con su cuerpo, en calidad de historiador.

Por fin, en primavera, las fuerzas de tierra de Su Majestad se enfrentaron con los helenos y libraron batalla en aquella llanura contigua a la ciudad griega de Platea, a un día de marcha al noroeste de Atenas.

Frente a los trescientos mil de Persia, Media, Bactriana, India, los saceos y los helenos reclutados bajo bandera de Su Majestad se hallaban cien mil griegos libres, cuya fuerza principal era el ejército espartano completo —cinco mil Iguales, más los periecos lacedemonios, escuderos e ilotas armados hasta un total de setenta y cinco mil- flanqueado por la milicia de hoplitas de sus aliados del Peloponeso, los tegeos. El ejército heleno se completaba con contingentes muy inferiores en número procedentes de otra docena de estados griegos, entre los que destacaban los atenienses, en número de ocho mil, a la izquierda.

No hace falta relatar los detalles de aquella desastrosa derrota, tan tristemente conocida por Su Majestad, ni los detalles de las asombrosas pérdidas por hambre y enfermedad de la flor del imperio en la larga retirada hacia Asia. Baste observar, desde la perspectiva de mi testimonio, que todo lo que el hombre Xeones había dicho resultó cierto. Nuestros guerreros contemplaron de nuevo aquella línea de lambdas en los escudos entrelazados de Lacedemonia, esta vez no en una anchura de cincuenta o sesenta como en los confines de las Puertas Calientes, sino de diez mil de ancho y ocho de profundidad, como Xeones las había descrito, una marea invencible de bronce y escarlata. El valor de los hombres de Persia de

nuevo demostró no estar a la altura del valor y la disciplina de estos guerreros de Lacedemonia, que peleaban para conservar la libertad de su nación. Es mi creencia que ninguna fuerza bajo el cielo, por muy numerosa que fuera, habría soportado su embestida aquel día.

En la pesadilla de sangre que siguió a la matanza, el puesto de los historiadores en la empalizada persa fue rebasado por dos batallones de ilotas armados. Éstos, en el frenesí del triunfo, empezaron a matar sin cuartel a todo hombre de Asia al que pudieran alcanzar con sus armas. En esta circunstancia me arrojé hacia adelante y me encontré entre los pocos miembros de nuestra nación que podían hablar la lengua del enemigo y empecé a gritar implorando a los conquistadores clemencia para nuestros hombres.

Tanta era, sin embargo, la indisciplina de estos luchadores insólitamente armados, que ninguno cedió, y acercaron mi garganta a la espada. Inspirado quizá por el dios Ahura Mazda, o por el simple terror, encontré mi voz y me puse a gritar los nombres que recordaba de los que Xeones había pronunciado. Leónidas. Dienekes. Aléxandros. Polínices.

Gallo. Al instante los guerreros ilotas apartaron la espada.

Cesó la matanza.

Aparecieron ofíciales espartíatas y restauraron el orden en la multitud.

Me empujaron hacia adelante, maniatado, y me arrojaron al suelo ante uno de los espartanos, un guerrero de aspecto magnífico, cubierto de sangre.

Los ilotas le habían informado de los nombres que yo había gritado. El guerrero se quedó de pie junto a mí, que permanecía arrodillado, y me miraba con seriedad.

—¿Sabes quién soy? preguntó.

Respondí que no.

—Soy Decton, hijo de Idotíquides. Era a mí a quien llamabas cuando has gritado «Gallo».

Los escrúpulos me obligan aquí a señalar que la escasa descripción física que el cautivo Xeones había dado de este hombre no le hacía justicia en nada. El guerrero que se cernía sobre mí era un ejemplar espléndido en lo mejor de su juventud y vigor, de más de un metro ochenta de estatura, y poseía una gentileza y una nobleza en el porte que no hacía honor a la mísera cuna de la que, era evidente, había surgido.

Me hallaba entonces en poder de este hombre, implorando misericordia. Le conté que su camarada Xeones había sobrevivido a la

batalla de las Termópilas, que el personal del Cirujano Real le había resucitado y que él había dictado el documento mediante el cual yo, que lo había transcrito, había adquirido conocimiento de los nombres espartanos que, buscando piedad, había gritado.

Para entonces otra docena de guerreros espartíatas se habían acercado y me rodeaban. Al unísono, se burlaron del documento que no habían visto y me tacharon de mentiroso.

—¿Qué ficción de heroísmo persa es la que tu imaginación te ha hecho inventar, escriba? preguntó uno-. ¿Alguna alfombra de mentiras urdida para adular a tu rey?

Otros declararon que conocían bien a Xeones, escudero de Dienekes.

¿Cómo me atrevía yo a citar su nombre, y el de su noble amo, con la cobarde intención de salvar mi piel?

Durante todo esto, Decton, llamado Gallo, se mantuvo callado. Cuando los otros por fin hubieron ventilado su furia, él me hizo una sola pregunta, con brevedad espartana: ¿Dónde había sido visto a ese hombre, Xeones, por última vez?

—Su cuerpo fue entregado con honor por el capitán persa Orontes al templo de Atenas llamado por los helenos de Perséfone la del Velo.

Al oír esto el espartano Decton alzó la mano pidiendo clemencia.

—Este extranjero dice la verdad.

Había confirmado que las cenizas de su camarada Xeones habían sido devueltas a Esparta, entregadas meses antes por una sacerdotisa de aquel templo.

Al oír estas palabras desapareció toda la fuerza de mis rodillas. Me desplomé en el suelo, vencido por el miedo a mi propia aniquilación y la de nuestro ejército, y por la ironía de encontrarme entonces ante los espartanos en la misma postura en que el hombre Xeones se había hallado ante los guerreros de Asia, la de los vencidos y los cautivos.

El general Mardonio había perecido en la batalla de Platea, y el capitán Orontes también.

Sin embargo, ahora los espartanos me creían y me dejaron con vida.

Me llevaron a Platea custodiado, me trataron con amabilidad y cortesía, durante casi todo el mes siguiente, y luego me nombraron intérprete de los cautivos al servicio del Congreso de los aliados.

Al final, este documento me salvó la vida.

Permanecí retenido en Atenas dos veranos, sirviendo como traductor y escriba, lo que me permitió presenciar la extraordinaria transformación sin precedentes que se estaba produciendo.

La ciudad devastada volvió a levantarse. Con asombrosa celeridad las murallas y el puerto fueron reconstruidos, así como los edificios de asamblea y comercio, los tribunales y magistraturas, las casas y tiendas, mercados y factorías.

Una segunda conflagración consumía ahora toda la Hélade , en particular la ciudad de los atenienses, y ésta era la llamarada de la temeridad y la confianza en sí mismos. La mano del cielo, al parecer, había dado su bendición a cada hombre, borrando toda timidez e indecisión. De la noche a la mañana los griegos se habían apoderado del destino. Habían derrotado al ejército y a la armada más poderosos de la historia. ¿Qué empresa inferior podían temer ahora, a cuál no se atreverían?

La flota ateniense condujo los barcos de guerra de Su Majestad de nuevo a Asia. El comercio prosperó. El tesoro y el comercio del mundo afluyeron a Atenas.

Sin embargo, aunque su resurgir económico era muy grande, palidecía junto a los efectos que la victoria produjo en los individuos, el común del pueblo mismo. El dinamismo y el optimismo impulsaban a los hombres, que confiaban en sí mismos y en sus dioses. Cada guerrero-ciudadano que había soportado la prueba de las armas en la falange o impulsado un remo en la batalla ahora se consideraba merecedor de ser incluido en todos los asuntos de la ciudad.

Esta forma peculiar de gobierno helénica llamada democracia, gobierno del pueblo, había arraigado profundamente, alimentada por la sangre de la guerra; ahora, con la victoria, el retoño floreció plenamente.

En la Asamblea y en los Tribunales, el Consejo de Ancianos y las magistraturas, el hombre de la calle avanzaba con vigor y confianza.

Para los griegos, la victoria era prueba del poder y majestad de sus dioses. Y estas deidades, que para nuestra comprensión más civilizada parecen vanas y apasionadas, mezcladas con la locura, y por tanto susceptibles de poseer defectos y debilidades tan humanos que no merecen llamarse divinas, para los griegos no obstante personificaban su creencia en lo que era, si bien en mayor escala que la humana, esencialmente humano en apariencia y sustancia. La escultura griega y el atletismo celebraban la

forma humana, su literatura y música, la pasión humana, su discurso y filosofía, la razón humana.

En la pasión del triunfo, las artes prosperaban. Ningún hogar, por humilde que fuera, renacía de las cenizas sin algún mural, una estatua o un monumento en agradecimiento a los dioses. El teatro y el coro florecían.

Las obras de Esquilo y Frínico atraían hordas a los recintos del teatro, donde nobles y plebeyos por igual ocupaban su lugar y asistían, embelesados, y a menudo transportados con sobrecogimiento, a obras cuya grandiosidad, según declaraban los griegos, resistiría el triple de un millar de años y quizás para siempre.

En otoño de mi segundo año de cautividad, fui repatriado al recibir el rescate de Su Majestad, junto con varios otros oficiales del imperio, y regresé a Asia.

Reincorporado al servicio de Su Majestad, reanudé mi tarea de anotar los asuntos del imperio. La casualidad, o quizá la mano del dios Ahura Mazda, me encontró a finales del siguiente verano en la ciudad portuaria de Sidón, donde me encargaron que ayudara en el interrogatorio de un capitán de barco de Egina, un griego cuya galera había sido capturada por barcos de guerra fenicios de la flota de Su Majestad. Al examinar los cuadernos de bitácora de este oficial, tropecé con una entrada que indicaba un viaje marítimo, el verano anterior, desde Epidauro, Limera, puerto de Lacedemonia, a las Termópilas.

A instancias mías los oficiales de Su Majestad interrogaron al hombre a este respecto. El capitán egineta declaró que su nave había estado entre las que se emplearon para transportar a un grupo de oficiales y enviados espartanos para la construcción de un monumento dedicado a la memoria de los Trescientos.

También señaló el capitán que a bordo iba un grupo de mujeres espartanas, esposas y parientes de algunos de los caídos.

No estaba permitido ningún comercio, declaró el capitán, entre él y sus oficiales y estas mujeres. Interrogué al hombre tenazmente pero no pude determinar con certeza si entre ellas se incluían las esposas de alguno de los guerreros mencionados en los papeles del hombre Xeones.

Su navío varó en la desembocadura del Esperquio, declaró el capitán, en el extremo oriental de la misma llanura donde el ejército de Su Majestad

había acampado durante el ataque a las Puertas Calientes. El grupo desembarcó allí y siguió a pie.

El capitán del barco informó de que los nativos habían recuperado, meses atrás, tres cadáveres de guerreros griegos en los márgenes superiores de la llanura traquia, la misma tierra en la que había estado instalado el pabellón de Su Majestad. Estos restos habían sido conservados piadosamente por los ciudadanos de Traquis y fueron devueltos con honor a los lacedemonios.

Aunque en estos asuntos la certeza siempre es esquiva, los cuerpos, como indica el sentido común, no podían ser otros que los del caballero espartano Doreión, el skirite Sabueso y el proscrito conocido como jugador de Pelota, que participaron en el ataque nocturno al pabellón de Su Majestad.

En el barco egineta se transportaban las cenizas de otro cuerpo, el de un guerrero de Lacedemonia, devueltas por Atenas. El capitán no podía dar información alguna en cuanto a la identidad de estos restos. Sin embargo mi corazón dio un vuelco ante la posibilidad de que fueran los de nuestro narrador. Presioné al capitán para que me diera más datos.

Este oficial declaró que en las Puertas Calientes estos cuerpos y la urna con las cenizas fueron enterrados en el túmulo del recinto lacedemonio, situado en un montículo que daba directamente sobre el mar. El escrupuloso interrogatorio del capitán en cuanto a la topografía del mismo lugar me permite sacar la conclusión de que se trata del mismo lugar en el que perecieron los últimos defensores.

No se celebraron juegos atléticos en su memoria, sino tan sólo un simple servicio solemne como acción de gracias a Zeus Salvador, Apolo, Eros y las Musas. Todo finalizó, afirmó el capitán de barco, en menos de una hora.

Las preocupaciones del capitán en el lugar eran, comprensiblemente, más la marea y la seguridad de su nave que los acontecimientos conmemorativos. Sin embargo, según dijo, un caso le pareció lo bastante singular para recordarlo. Una mujer del grupo espartano se había mantenido discretamente apartada de los derruís y permaneció a solas en el lugar después de que sus hermanas se hubieran reunido para partir En realidad, esta mujer llegó tan tarde que el capitán se vio obligado a enviar a uno de sus marineros a por ella.

Pregunté impaciente el nombre de esta mujer. Como no es de sorprender, el capitán ni lo había preguntado ni había sido informado. Seguí preguntando, interesándome por aquellas peculiaridades del vestido o la persona que pudieran ayudar a deducir su identidad. El capitán insistió en que no había ninguna.

—¿Y su rostro? —insistí-. ¿Era joven o vieja? ¿Qué edad aparentaba?

—No sabría decirlo respondió el hombre.

—¿Por qué no?

—Llevaba la cara tapada declaró el capitán del barco-, cubierta por un velo, salvo los ojos.

Pregunté por los monumentos, las piedras y sus inscripciones. El capitán me informó de lo que recordaba, lo cual era poco. La lápida sobre la tumba de los espartanos llevaba unos versos compuestos por el poeta griego Simónides, que estuvo presente aquel día en la conmemoración.

—¿Recuerdas las palabras de la lápida? —pregunté-. ¿O eran los versos demasiado largos para que la memoria los recuerde?

—En absoluto —respondió el capitán-. Eran versos compuestos al estilo espartano. Breves. No sobraba nada.

Eran tan lacónicos, declaró, que incluso a alguien con tan mala memoria como él le había sido fácil recordarlos:

O xein angellein Lakedaimoniois hoti tede

keimetha tois keinon rhemasi peithomenoi

Así, como mejor he podido, he traducido estos versos: Ve a decir a los espartanos,

extranjero que pasas por aquí,

que, obedientes a sus leyes, aquí yacemos.

[ 1 ] ilota (del lat. «Ilta», del gr. «HeilØtës») n. Nombre aplicado a los que, entre los espartanos, tenían la condición de *esclavos. Por extensión, persona que pertenece a una *clase social maltratada. [Nota del escaneador]

[ 2 ] Las syssitia o cofradías de mesa encuadraban a a todos los ciudadanos lacedemonios como condición de su ciudadanía. A partir de

ahora se las denominará «mesas». (N. del E.)

[ 3 ] Así en el original. En español su ortografía actual es eléboro (del lat. «hellebórus», del gr. «hellebóros») m. *Planta ranunculácea perteneciente a varias especies del género Helleborus. [Nota del escaneador]

[ 4 ] Así en el original. En castellano el verbo es amurallar tr. Rodear de murallas una ciudad u otro lugar. *Fortificar. [Nota del escaneador]

[ 5 ] Según la tradición, se llamaba Efialtes. (N. del E.)

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Creado : 20101105 — conforme estandar BBPP LARdT 1.0

Versión : 20100829

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  • NOTA HISTÓRICA
  • LIBRO I - Jerjes
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  • LIBRO II - Aléxandros
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  • LIBRO III - Gallo
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    • 14
  • LIBRO IV - Aretes
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  • LIBRO V - Polinices
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  • LIBRO VI - Dienekes
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    • 25
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    • 28
    • 29
  • LIBRO VII - Leónidas
    • 30
    • 31
    • 32
    • 33
    • 34
  • LIBRO VIII - Las Termópilas
    • 35
  • LIBRO IX - Diómaca
    • 36
    • 37
    • 38

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