Puertas de fuego
Capítulo 25
No puedo afirmar con seguridad cuántas veces aquel primer día cada contingente aliado ocupó su puesto en el triángulo formado por el desfiladero y el flanco de la montaña, los acantilados y el Muro Focense.
Sólo puedo declarar con convicción que mi amo rompió cuatro escudos, dos de los cuales tenían el armazón de roble destrozado debido a los repetidos golpes, uno cuyo plexo de bronce estaba roto y un cuarto cuya abrazadera había sido arrancada. No era difícil encontrar repuestos. Sólo había que inclinarse, tantos eran los que estaban tirados por el suelo, con sus propietarios muertos o moribundos al lado.
De los dieciséis de la enomotia de mi amo resultaron muertos aquel primer día Lampitos, Soobiades, Telemón, Sthlenelaides y Aristón, y gravemente heridos Nicandros, Myron, Carillon y Bías.
Aristón cayó en el cuarto y último asedio, contra los Inmortales de Su Majestad. Aristón era aquel joven de veinte años, uno de los «narices rotas»
de Polínices, cuya hermana Agata había sido entregada como novia a Aléxandros. Esto les convertía en cuñados.
El grupo de recuperación encontró el cuerpo de Aristón hacia medianoche, junto a la pared montañosa. Su escudero Demades yacía desmadejado sobre Aristón con su escudo aún en su lugar intentando proteger a su amo, cuyas espinilleras habían sido destrozadas por los golpes de un hacha de combate. La punta de una lanza enemiga estaba rota justo debajo del pezón izquierdo de Demades. Aunque Aristón había recibido más de veinte heridas en su cuerpo, fue un solo golpe en la cabeza, al parecer dado por algún tipo de mazo o de almádena de batalla, lo que por fin le había matado; le había aplastado el casco y el cráneo justo por encima de la línea de los ojos.
Las etiquetas de los muertos solía distribuirlas el sacerdote de batalla jefe, en este caso el padre de Aléxandros, el polemarca Olimpios. Sin embargo, él también había resultado muerto, por una flecha persa una hora antes de la medianoche, justo antes del choque final con los Inmortales persas. Olimpios se había refugiado con sus hombres en la pendiente del Muro, al socaire de la empalizada, como preparación para el asedio final del
día. Precisamente, estaba escribiendo en su diario. Las maderas no incendiadas de la empalizada le protegían, pensó; se había quitado el casco y la coraza. Pero la flecha, guiada por algún perverso sino, traspasó la única abertura posible, un espacio no más ancho que la mano de un hombre. Dio a Olimpios en la zona cervical y le partió la columna vertebral. Murió minutos después, sin recuperar el habla ni la conciencia, en brazos de su hijo.
Con ello, Aléxandros había perdido a padre y cuñado en una misma tarde.
Entre los espartanos, el mayor número de víctimas del primer día se dio entre los Caballeros. De treinta, diecisiete o resultaron muertos o quedaron demasiado incapacitados para luchar. Leónidas fue herido seis veces, pero salió del campo por su propio pie. Cosa asombrosa, Polínices, que había peleado todo el día en los puntos donde la batalla era más cruenta, sólo había recibido los latigazos y laceraciones propios de la acción, varios de ellos sin duda infligidos por su propio acero errante y el de sus compañeros. Sin embargo, se había dislocado el hombro izquierdo, simplemente debido al ejercicio y al excesivo esfuerzo exigido a la carne en momentos de suprema necesidad. Lamentablemente, su escudero Acanto había muerto defendiéndole unos minutos antes de que cesara la batalla del día, como le había, sucedido a Olimpios.
El segundo ataque había empezado a mediodía. Eran los guerreros de la montaña de Cisia. Ninguno entre los aliados sabía siquiera dónde estaba ese lugar, pero dondequiera que estuviera, producía hombres de un valor atroz. Cisia, según se enteraron más tarde los aliados, es un país de tierras altas, áridas y hostiles, no lejos de Babilonia, con gran profusión de barrancos y desfiladeros. Ese contingente, lejos de verse amedrentado por la pared del acantilado del Kallidromos, emprendió sin esfuerzo la ascensión de la roca, y al hacerlo las piedras sueltas caían indiscriminadamente sobre sus propias tropas así como sobre las de los aliados. Yo personalmente no pude ver esta lucha, ya que durante ese intervalo me encontraba detrás del Muro, cuidando de las heridas de mi amo y de los de nuestro pelotón y ocupándome de todo lo que necesitábamos. Pero lo oí. Daba la impresión de que la montaña se venía abajo. En un momento dado, desde donde se encontraban Dienekes y Aléxandros, en el campo espartano a unos treinta metros detrás del Muro, veíamos a los pelotones preparados, en la rotación de turnos de los mantineos y los arcadios, subir las almenas del Muro y allí
lanzar jabalinas, lanzas e incluso piedras sueltas sobre los atacantes, quienes, en el júbilo del triunfo que creían tener en las manos, emitían un gemido que helaba la sangre y que sólo puedo reproducir como
«Elelelelele».
Aquella noche supimos que los tebanos eran los que habían contenido el ataque cisio. Estos guerreros de Tebas protegían el flanco derecho, según lo veían los aliados, a lo largo de los acantilados. Su jefe, Leontíades, y los campeones elegidos que peleaban junto a él lograron asegurar una brecha en la multitud formada por el enemigo, a unos doce metros de los acantilados. Los tebanos penetraron en esta brecha y empezaron a apartar a las filas rotas' del enemigo, unas veinte hileras de ancho, hacia los acantilados. De nuevo el peso de las armaduras aliadas demostró ser irresistible. La derecha del enemigo estaba inmovilizada por detrás por la presión de sus propios camaradas que caían. Se precipitaban al mar, como antes había ocurrido con los medos que huían y se agarraban a los pantalones, cinturones y los tobillos de sus compañeros y les hacían caer con ellos. La escala y celeridad de la matanza había sido enorme, más aún por la horrible manera en la que perecieron los hombres, es decir, desplomándose desde veinte o treinta metros de altura para que sus cuerpos se estrellaran contra las rocas o, si escapaban de esto, ahogarse por el peso de su armadura en el mar. Incluso desde nuestra posición, a cuatrocientos metros de distancia y por encima del fragor de la batalla, oíamos claramente los gritos de los hombres que caían.
Los sacios fueron la nación que Jerjes eligió después para atacar a los aliados. Éstos se agruparon bajo el desfiladero hacia media tarde. Hombres de las llanuras y de las montañas, guerreros del imperio oriental y los más valientes de todas las tropas con las que se enfrentaron los aliados. Pelearon con hachas y, durante un rato, infligieron el mayor número de víctimas en los griegos. Sin embargo, al final su propio valor fue su perdición. No rompieron filas ni cayeron en el pánico; simplemente fueron viniendo sin parar, agarrándose a los cuerpos de sus hermanos caídos para lanzarse como si buscaran su propia muerte en las lanzas de los griegos. Contra estos sacios se dispusieron al principio los micénicos, los corintios y los flianos, con los espartanos, tegeos y tespios en reserva, a punto. Estos últimos fueron arrojados a la batalla casi enseguida, ya que los micénicos y los corintios quedaron exhaustos por la matanza y no hubieran podido continuar. También las reservas quedaron destrozadas por la fatiga y
tuvieron que ser relevadas por la tercera rotación de orcomenios y arcadios; estos últimos habían salido hacía poco de la refriega previa y tuvieron apenas tiempo de mordisquear una galleta dura y tomar un traguito de vino.
Cuando los sacios rompieron filas, el sol estaba ya sobre la montaña.
La «pista de baile», ahora en completa sombra, parecía un campo arado por los bueyes del infierno. Ni un centímetro estaba sin pisotear. El suelo duro como una roca, ahora cubierto de sangre y orina y los fluidos que se habían derramado de las entrañas de los muertos y los mutilados, en algunos lugares estaba removido hasta la altura del tobillo. Hay un manantial dedicado a Perséfone, detrás de la salida contigua al campamento lacedemonio, donde por la mañana, inmediatamente después de repeler el ataque de los medos, los espartanos y los tespios se habían desplomado, agotados y triunfantes. En aquel instante inicial de salvación, aunque todos sabíamos que sería temporal, una oleada de alegría suprema había inundado todo el campamento aliado. Hombres equipados con toda su panoplia se enfrentaban unos a otros y se golpeaban los escudos, sólo porque estaban contentos, como muchachos disfrutando con el clamor del entrechocar de bronce. Vi a dos guerreros arcadios de pie frente a frente, dándose puñetazos en los hombros del jubón de cuero, con lágrimas de alegría en las mejillas.
Otros gritaban y brincaban. Un guerrero fliano golpeaba su frente cubierta por el casco contra la piedra, como si estuviera loco. Otros se retorcían en el suelo, mientras los caballos se daban su baño de arena tan llenos de alegría que no podían descargarla de otra manera.
Al mismo tiempo, una segunda oleada de emoción recorrió el campamento. Era la piedad. Los hombres se abrazaban unos a otros y lloraban sobrecogidos ante los dioses. Se cantaban plegarias de acción de gracias que salían de fervientes corazones y a nadie le avergonzaba expresarlas en voz alta. En toda 1'a extensión del campamento se veían grupos apretados de guerreros hincados de rodillas en gesto de invocación, círculos de una docena con las manos juntas, grupos de tres y cuatro con los brazos sobre los hombros de los otros, parejas en cuclillas rezando.
Pero después de siete horas de matanza esta observancia de la piedad había desaparecido. Los hombres miraban con ojos huecos la llanura dividida. En todo ese campo de muerte había tal cosecha de cadáveres y escudos, armaduras melladas y armas destrozadas que la mente no podía asimilar su escala ni los sentidos comprenderla. Los heridos, en número
incontable, gemían y gritaban, se retorcían entre montones de cuerpos mutilados tan enredados que no se distinguían los individuos, sino que el conjunto parecía una bestia gorgónica de un millar de miembros, algún espantoso monstruo engendrado por la tierra hendida y que ahora se desecaba, para convertirse de nuevo en aquella bestia del mundo de los muertos y los espíritus que la había dado a luz. Por el flanco de la montaña la piedra relucía con un tono rojizo por la sangre.
Los rostros de los guerreros aliados se habían convertido en meras máscaras de muerte. Los ojos fijos miraban desde cuencas hundidas como si la fuerza divina, el daimon que tenían dentro, se hubiera apagado como una lámpara, sustituido por un cansancio indescriptible, una mirada fija sin afecto, la mirada vacía del infierno mismo. Me volví a Aléxandros; parecía tener cincuenta años. En el espejo de sus ojos contemplé mi propio rostro y no pude reconocerlo.
Brotó entonces un sentimiento hacia el enemigo que no había existido antes. No era odio, sino más bien la negativa a dar cuartel. Empezó el reino del salvajismo. Actos de barbarie que hasta entonces habían sido impensables acudían a la mente y eran aceptados sin dudar. El teatro de la guerra, la pestilencia y el espectáculo de la carnicería en semejante escala había abrumado de tal modo de horror los sentidos que la mente se había vuelto insensible e insensata. Con perverso ingenio, en realidad buscaba ese sentimiento y procuraba intensificarlo.
Todos sabían que el siguiente ataque sería el último del día; la cortina de la noche aplazaría la matanza hasta el día siguiente. También era evidente que cualquier fuerza que el enemigo arrojara a la línea a continuación sería la mejor, la flor y la nata que había reservado para esa hora, cuando los helenos estaban exhaustos y tenían más probabilidades de ser vencidos por tropas nuevas. Leónidas, que hacía más de cuarenta horas que no dormía, rondaba sin embargo las líneas de defensores; reunía todas las unidades aliadas y se dirigía a ellos en persona.
—Recordad, hermanos: la lucha final lo es todo. Perderemos todo lo que hemos conseguido hoy si no dominamos ahora, al final. Pelead como nunca lo habéis hecho.
En los intervalos entre los tres primeros ataques, cada guerrero se preparaba para el siguiente y se había dedicado a limpiar la cara del escudo y del casco, para volver a presentar al enemigo la reluciente y temible superficie de bronce. Sin embargo, a medida que progresaba la matanza a lo
largo del día, esta tarea se notaba menos, a medida que cada nudo y rebaba del escudo adquiría una repugnante incrustación de sangre y polvo, barro y excrementos, fragmentos de tejido, carne, pelo y porquería de toda clase.
Además, los hombres estaban demasiado cansados. Ya no les importaba.
Ahora Ditirambo, el capitán tespio, intentaba hacer virtud de la necesidad.
Ordenó a sus hombres que dejaran de pulir sus escudos y en cambio que los pintaran y los rayaran, así como la armadura corporal de cada hombre, con más sangre y porquería.
Este tal Ditirambo, de oficio arquitecto y en modo alguno soldado profesional, ya se había distinguido con tan magnífico valor durante todo el día que el premio al valor, conclusión inevitable, sería suyo por aclamación.
Su valentía le había elevado al segundo puesto, después de Leónidas, en cuanto a prestigio entre los hombres. Ahora Ditirambo se situó a la vista de todos los hombres y empezó a manchar su propio escudo, que ya estaba casi negro por la sangre seca, con más inmundicias y fluidos frescos que aún goteaban. Los aliados en fila, los tespios, tegeos y mantineos, le siguieron.
Sólo los espartanos se abstuvieron, no por delicadeza o decoro sino simplemente por obediencia a sus propias leyes de campaña, que les ordenaban seguir sin alteración alguna las disciplinas y prácticas acostumbradas.
Ditirambo ordenó entonces a los escuderos y criados que ocuparan sus lugares, que dejaran de despejar el terreno de avance de cuerpos enemigos.
En cambio, ordenó amontonar los cadáveres exhibiéndolos de la manera más repulsiva posible, para ofrecer a la siguiente oleada del enemigo, cuyas trompetas llamando a formación ya se oían en el lomo del desfiladero, el espectáculo más espantoso y aterrador posible.
—¡Hermanos y aliados, mis perros hermosos del infierno! —se dirigió a los guerreros, sin casco, con voz tan potente que la oían hasta los que se hallaban en el Muro y los que se estaban reuniendo detrás-. Esta próxima oleada será la última del día. Protegeos las pelotas, amigos, para hacer un esfuerzo final supremo. El enemigo cree que estamos exhaustos y prevé despacharnos al mundo de los muertos bajo el ímpetu de sus tropas nuevas y descansadas. Lo que no sabe es que ya estamos aquí. Hemos cruzado la línea hace horas. —Señaló el desfiladero y su alfombra de horror-. Ya estamos en el infierno. ¡Es nuestro hogar!
Se alzó un clamor en la línea, con gritos profanos y carcajadas infernales.
—Recordad, hombres —la voz de Ditirambo subió con más potencia aún-, que esta próxima oleada de asiáticos todavía no nos ha visto. Pensad qué es lo que han visto. Sólo saben que tres de sus naciones más poderosas han avanzado contra nosotros con sus testículos y han regresado sin ellos.
»Y os prometo una cosa: no están frescos. Han estado sentados todo el día, observando a sus aliados ir y volver destrozados por nosotros.
Creedme, su imaginación no ha estado ociosa. Cada hombre ha imaginado su propia cabeza abierta, sus propias entrañas derramándose por el suelo y su propia polla y sus pelotas ondeando ante él en la punta de una lanza griega. ¡No somos nosotros los que estamos agotados, sino ellos!
De las filas aliadas surgieron gritos y un tumulto, salvo entre los espartanos. Miré a Dienekes, quien observaba todo esto con una mueca horrible.
—Por todos los dioses —declaró-, esto se está poniendo feo.
Veíamos a los Caballeros espartanos, conducidos por Polínices y Doreion, ocupar sus puestos en torno a Leónidas en la primera fila.
Entonces un vigía se acercó corriendo desde el puesto más avanzado. Era Sabueso, el skirita espartano; corrió directo hasta Leónidas ypresentó su informe. La noticia se difundió con rapidez; la siguiente oleada sería la Guardia Personal del gran rey, los Inmortales. Los griegos sabían que eran los hombres elegidos por Su Majestad, la flor y la nata de Persia. Además, su número alcanzaba los diez mil, mientras que a los griegos les quedaban menos de tres mil aptos para pelear. Todos sabían que el nombre de Inmortales derivaba de la costumbre de los persas de sustituir enseguida cada miembro de la guardia real que moría o se retiraba, de modo que mantenían el número siempre en diez mil.
Este cuerpo de campeones apareció entonces a la vista en la garganta del desfiladero. No llevaban casco sino tiara, un blando gorro de fieltro con un casquete de metal que relucía como el oro. Estos semicascos no cubrían las orejas, el cuello o la mandíbula, sino que dejaban la cara y la garganta completamente al descubierto. Los guerreros llevaban pendientes; otros, el rostro pintado con polvos negros y colorete como las mujeres. No obstante, eran magníficos ejemplares, seleccionados al parecer no sólo, como sabían bien los helenos, por su valor y nobleza de la familia, sino también por la altura y la apostura de la persona. Cada hombre era más atractivo que el compañero. Vestían túnicas de seda con mangas, de color púrpura ribeteadas de escarlata, protegidos por una cota de malla sin mangas en
forma de escamas de pez, y pantalones sobre botas de piel de gamo que les llegaban hasta la pantorrilla. Sus armas eran el arco, la cimitarra y la lanza persa corta, y sus escudos, como los de los medos y los cisios, estaban hechos de mimbre del hombro a la entrepierna. Sin embargo, lo más asombroso de todo era la cantidad de adornos de oro que cada Inmortal llevaba sobre su persona en forma de broches y brazaletes, amuletos y adornos. Su jefe, Hidarnes, avanzaba al frente, el único antagonista montado que hasta entonces los aliados habían contemplado. Su tiara acababa en punta como la corona de un monarca y sus ojos brillaban bajo las pestañas pintadas de negro. Su caballo se encabritaba, se negaba a avanzar a través del campo de cadáveres. El enemigo se recogió en filas en la llanura justo en el límite del desfiladero. Su disciplina era, impecable.
Eran inmaculados.
Leónidas avanzó y se colocó delante de los aliados. Comprobó que la división del enemigo que ahora avanzaba hacia el desfiladero eran en verdad los Inmortales de Jerjes y que su número, según el cálculo aproximado que podía efectuar a simple vista, era de diez mil, es decir, todos.
—Parece, caballeros —dijo Leónidas-, que la perspectiva de hacer frente a los mejores luchadores del imperio persa debería amedrentarnos.
Pero os juro que esta batalla será la que menos polvo levantará.
Empleó la palabra griega akoniti, que suele aplicarse a la lucha, al boxeo o al pancracio. Cuando el vencedor derrota a su oponente tan deprisa que no da tiempo siquiera a que se levante el polvo del suelo, se dice que ha triunfado akoniti, en un combate «sin polvo».
—Escuchad —prosiguió Leónidas- y os diré por qué. Las tropas que tenemos ahora ante nosotros son, por primera vez, de auténtica sangre persa. Sus jefes son parientes del rey; ahí tiene hermanos, y primos, tíos y amantes, oficiales de su propio linaje cuyas vidas le son queridas y de un valor incalculable. ¿Le veis ahí, en su trono? Las naciones que ha enviado contra nosotros hasta ahora no han sido más que simples estados vasallos, forrajeros de repuesto de Jerjes, que gasta sus vidas sin calcular el coste. A éstos —Leónidas hizo un ademán que abarcó el desfiladero hasta el espacio donde ahora se agrupaban Hydarnes y los Inmortales-, a éstos los atesora. A éstos los ama. Sentirá su muerte como una lanza clavada en sus entrañas.
»Recordad que esta batalla en las Puertas Calientes no es la que Jerjes ha venido a pelear. Él prevé que habrá otras muchas luchas tremendas, en el
interior de la Hélade contra la principal fuerza de nuestros ejércitos, y para estos choques desea preservar lo mejor de su ejército, los hombres que veis ahora ante vosotros. Hoy será frugal con sus vidas, os lo prometo.
»En cuanto a su número: son diez mil y nosotros somos tres mil. Pero cada hombre al que matemos le dolerá a Jerjes como si fueran cien. Estos guerreros son para él como el oro que el avaro atesora y mima por encima de todo lo demás.
»Matad a un millar y el resto cederá. Un millar y Jerjes retirará al resto. ¿Podéis hacer esto por mí, hombres? ¿Podéis tres de vosotros matar a uno de ellos? ¿Podéis darme un millar?
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