Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 14 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 11

La batalla se desarrolló en una polvorienta llanura al oeste de la ciudad de Antirhion, a un tiro de piedra de la playa, bajo las murallas de la ciudadela. Un arroyo irregular, el Akanatos, discurría por la llanura y la dividía por la mitad. Perpendicular a este curso de agua, en la orilla del lado del mar, los antirhionios habían levantado un tosco muro. Accidentadas colinas bloqueaban la izquierda del enemigo. Una parte de la llanura adyacente al muro estaba ocupada por basura marítima, restos putrefactos de embarcaciones que se extendían hasta medio campo, entre chozas semiderruidas y malolientes montones de desperdicios arrojados por las bandadas de gaviotas. Además, el enemigo había esparcido piedras y madera de deriva para obstaculizar el avance de Leónidas y sus hombres por la llanura. Su lado, el del enemigo, estaba liso como la mesa de un maestro.

Cuando Aléxandros y yo llegamos jadeantes al lugar, los exploradores skiritai espartanos acababan de rechazar al enemigo a unos metros. Los ejércitos todavía se hallaban en formación, a seiscientos metros de distancia, con los barcos ardiendo entre ellos. Todos los comerciantes nativos y pescadores habían sido retirados por el enemigo: llevados a la seguridad que ofrecía el interior de las murallas o junto a la playa, fuera del alcance de los invasores. Esto no impidió que los skiritai incendiaran los muelles y almacenes del puerto. Los exploradores habían empapado de petróleo las maderas de las construcciones, que ya estaban en ruinas. Los defensores de Antirhion, como Leónidas y los espartanos bien sabían, eran milicianos, granjeros, alfareros y pescadores, soldados de verano como mi padre. La destrucción de su puerto tenía por objeto ponerles nerviosos, reducir sus facultades no acostumbradas a estas imágenes y grabar en sus sentidos no aguzados el hedor y el azote de la matanza consiguiente. Era por la mañana, hacia la hora de mercado, y soplaba la brisa marina. Un humo negro procedente de los barcos incendiados empezó a oscurecer el campo; el calafateado resinoso de sus maderas ardía con furia, encendidas y avivadas las llamas por el viento que convertía los montones de escombros en feroces hogueras.

Aléxandros y yo habíamos conseguido una posición ventajosa en el acantilado, no más de un estadio por encima del punto en que las formaciones debían chocar. Otros habían llegado a este sitio antes que nosotros, muchachos y ancianos de Antirhion, armados con arcos, hondas y otras armas con proyectiles que pensaban lanzar a los espartanos cuando avanzaran, pero estas fuerzas ligeras fueron desalojadas por los exploradores skiritai, cuyos camaradas avanzarían como siempre desde su puesto de honor a la izquierda lacedemonia. Los exploradores tomaron posesión de media cara del acantilado, con lo que obligaron a los auxiliares enemigos a retirarse adonde sus hondas y flechas no pudieran causar daño.

Justo debajo de donde nos encontrábamos nosotros, a un estadio de distancia, los espartanos y sus aliados estaban organizando sus filas. Los escuderos armaban a los guerreros de los pies a la cabeza, empezando por el grueso calzado de pellejo de buey con el que se podía pisar fuego; después las espinilleras de bronce que los escuderos colocaban en su lugar en torno a las espinillas de su amo y las sujetaban en la parte posterior del tobillo sólo flexionando el metal. Vimos al padre de Aléxandros, Olimpios, y la barba blanca de su escudero Meriones.

Las tropas se protegían después sus partes íntimas, lo que acompañaban de bromas obscenas, saludando a su miembro con falsa solemnidad y ofreciendo una plegaria para volver a verlo al final del día.

Este proceso de vestirse para la batalla, que los ciudadanos-soldados de otras polis habían practicado no más de una docena de veces al año, en los entrenamientos de primavera y verano, los espartanos lo hacían y volvían a hacer doscientas, cuatrocientas, seiscientas veces en cada temporada. Hombres de más de cincuenta años lo habían hecho diez mil veces. Para ellos era algo tan natural como untarse o espolvorearse brazos y piernas antes de luchar o peinarse su largo pelo, el cual, equipados ahora con jubón de hilo y coraza de bronce, procedían a peinar con gran cuidado y ceremonia, ayudándose unos a otros como un regimiento de elegantes que se preparara para asistir a un baile de disfraces, al tiempo que irradiaban una actitud sobrenatural de calma y sangre fría.

Por fin los hombres inscribían sus nombres o señales en los brazaletes improvisados hechos con ramitas a los que llamaban «etiquetas», que servirían para reconocer su cuerpo si, caídos en la batalla, quedaban demasiado mutilados para ser identificados. Utilizaban madera porque no tenía valor como botín.

Detrás de los hombres formados se hacían los presagios. Se había sacado brillo a los escudos, cascos y lanzas cortas, que eran como un espejo; relucían bajo el fuerte sol y daban a la formación el aspecto de una colosal máquina de moler, hecha no de hombres sino de bronce e hierro.

Ahora los espartanos y los tegeos avanzaron a sus posiciones en la fila.

Primero los skiritai, a la izquierda, cuarenta y ocho escudos de ancho y ocho de profundidad; a continuación los estéfanos selasianos, el regimiento Laurel, mil hoplitas periecos. A la derecha de éstos se agrupaban los seiscientos miembros de la infantería pesada de Tegea; luego los Caballeros, en el centro de la fila, entre los que destacaba Polínices, treinta escudos de ancho por cinco de profundidad, para pelear alrededor del rey y proteger su persona. A su derecha, formaba el mora Olivo Silvestre completo, también ciento cuarenta escudos de ancho, con el batallón Pantera al lado de los Caballeros, el Cazadora con Olimpios en la primera fila y por fin el Menelao. Al final estaba el regimiento Heracles, ciento cuarenta escudos, con Dienekes, claramente visible a la cabeza de su enomotia de treinta y seis hombres, asegurando la derecha.

Vimos a Decton, más alto y musculoso que ningún guerrero, desprotegido con su túnica blanca de acólito, que se apresuraba a llevar dos de las cabras a Leónidas, que se erguía engalanado entre los sacerdotes ante la formación lista para el sacrificio. Se necesitaban dos cabras por si la primera sangraba de forma poco propicia. Las posturas de los jefes, como las de los guerreros congregados, proyectaban un aire de absoluta tranquilidad.

Al otro lado, los antirhionios y sus aliados de Siracusa habían reunido sus números, de la misma anchura que los espartanos pero con seis escudos o más de profundidad. Los cascos de los barcos esparcidos por el terreno habían quedado reducidos a cenizas en forma de esqueleto y extendían una nube de humo por todo el campo. Más allá, las piedras del puerto chisporroteaban en el agua, mientras las puntas de las maderas del muelle, ennegrecidas por el fuego, sobresalían de la superficie cubierta de restos como piras funerarias; una densa neblina del color de la ceniza oscurecía la orilla.

El viento arrastraba el humo sobre el enemigo, sobre los individuos agrupados, cuyos rodillas y hombros temblaban y se estremecían bajo el peso desacostumbrado de su armadura, mientras el corazón les latía con

fuerza en el pecho y la sangre les zumbaba en los oídos. No era preciso ser un adivino para conocer su estado de agitación.

—Mira la punta de las lanzas —dijo Aléxandros señalando al enemigo que se agrupaba-. Mira cómo tiemblan. Incluso las plumas de sus cascos tiemblan.

Miré. En la línea espartana, el bosque de hierro formado por las lanzas se elevaba sólido como una cerca de estacas, cada punta erguida y alineada, recta como la línea de un geómetra, y ninguna se movía. Entre el enemigo, las lanzas se agitaban y balanceaban; todas las filas salvo las de los siracusanos, situadas en el centro, estaban mal formadas y cada lanza chocaba con la del vecino, castañeteando como dentaduras.

Aléxandros contó el número de batallones en las filas de los siracusanos. Un total de dos mil cuatrocientos escudos, casi tantos como la fuerza completa de Leónidas, con otros tres mil procedentes de la ciudad de Antirhion. El enemigo doblaba en número a los espartanos. No era suficiente, y el enemigo lo sabía.

Entonces empezó el griterío.

Ente las filas enemigas, los más valientes (o quizá los más asustados) empezaron a dar golpes con el mango de sus lanzas a los escudos de bronce, lo que creó un tumulto de pseudoandreia que resonaba en toda la llanura rodeada de montañas. Otros reforzaron este estruendo arrojando sus lanzas al aire, como en la guerra, y profiriendo gritos a los dioses y aullidos de amenaza y de furia. El estruendo se triplicó, luego se cuadriplicó y se multiplicó por diez, cuando las filas enemigas de retaguardia y de los costados se unieron al clamor y aportaron sus propios gritos y golpes en el bronce. Pronto los cinco mil hombres estaban lanzando el grito de guerra.

Su jefe arrojó su lanza hacia adelante y la masa le incitó al avance.

Los espartanos ni se habían movido ni habían hecho un solo ruido.

Esperaban con paciencia en sus filas, ataviados con la capa escarlata, ni serios ni rígidos; se daban ánimos en voz baja y efectuaban los últimos preparativos para la acción, que habían ensayado cientos de veces al entrenarse y realizado muchas veces en la batalla.

Allí estaba el enemigo, cogiendo el paso para su avance. Un paso rápido. Un paso largo. La línea se extendió unos mil metros de izquierda a derecha; ya se veían las líneas enemigas vacilar y romper la alineación a medida que los más valientes se abalanzaban y los vacilantes retrocedían.

Leónidas y los sacerdotes seguían de pie, al frente.

El arroyo poco profundo aguardaba ante el enemigo. Los generales, esperando que los espartanos avanzaran primero, habían formado sus líneas de modo que el curso de agua quedara en el medio de los dos ejércitos. En el plan del enemigo, sin duda alguna, el sinuoso discurrir del río desordenaría las filas lacedemonias y las haría vulnerables en el momento del ataque. Sin embargo, los espartanos les habían esperado demasiado. En cuanto se oyeron los primeros golpes de bronce, los jefes enemigos supieron que ya no podían reprimir más a sus filas, tenían que avanzar mientras a sus hombres les hervía la sangre, o todo el fervor se disiparía y el terror llenaría el vacío de forma inevitable.

Ahora el río jugaba en contra del enemigo. Sus filas delanteras descendían hacia el desfiladero, a cuatrocientos metros de los espartanos.

Allí estaban, manteniendo su formación notablemente bien. Ahora volvían a estar en la llanura, pero con el río detrás, el lugar más peligroso que podía existir en el caso de una fuga desordenada.

Leónidas observaba con paciencia, flanqueado por los sacerdotes y de Decton, con sus cabras. El enemigo ahora se hallaba a trescientos metros y aceleraba su avance. Los espartanos aún no se habían movido. Decton entregó la correa de la primera cabra. Le vimos mirar con aprensión cuando la llanura empezó a retumbar con las fuertes pisadas del enemigo y se oían sus gritos de miedo y de rabia.

Leónidas realizó la sphagia: rezó una plegaria a las Musas y después clavó su propia espada en la garganta de la cabra del sacrificio cuyas patas sujetó por detrás con las rodillas; con la mano izquierda alzó la mandíbula de la bestia mientras la hoja entraba en la garganta. Nadie en la formación dejó de ver el chorro de sangre que se derramó en Gaia, la tierra maternal, salpicando las espinilleras de bronce de Leónidas y tiñendo de rojo sus pies calzados con las suelas de pellejo de buey.

El rey se volvió, con la víctima sin vida aún aferrada entre sus rodillas, y se quedó de cara a los skiritai, espartíatas, periecos y tegeos que aún permanecían, pacientes y callados, en sus filas bien formadas. Extendió su espada, que goteaba la sangre oscura del santo sacrificio, primero hacia el cielo, hacia los dioses cuya ayuda ahora requería, y luego alrededor, hacia el enemigo que avanzaba con rapidez.

—¡Zeus Salvador y Eros! —retumbó su voz, eclipsada pero oída en aquella estruendosa algarabía-. ¡Lacedemonia!

El sarpinx tocó «¡Adelante!», los trompeteros sostuvieron la nota ensordecedora diez pasos después de que los hombres hubieran iniciado la marcha y después se oyó el gemido de las flautas, notas estridentes de su auloi que taladraban la confusión como el grito de mil Furias. Decton se echó a los hombros la cabra muerta y la viva y salió corriendo como alma que lleva el diablo en busca de la seguridad que le ofrecían las filas.

Los espartanos avanzaban a buen paso, las lanzas a punto, sus puntas pulidas reluciendo verticalmente al sol. Ahora el enemigo se precipitó a la carga. Leónidas, sin mostrar ni asomo de prisa o urgencia, fue a ocupar su lugar en la primera fila mientras ésta avanzaba para envolverle, y los Caballeros se colocaron impecablemente a su derecha e izquierda.

Ahora procedente de las filas espartanas se oyó el paean, el himno a Cástor que brotaba simultáneamente de dos mil ochocientas gargantas. En el redoble culminante de la segunda estrofa:

Hermano que resplandeces como el paraíso,

Héroe transportado por el cielo

las lanzas de las tres primeras filas espartanas bajaron y se colocaron en posición de ataque.

No hay palabras capaces de transmitir el sobrecogimiento y el terror que producía en el enemigo, cualquier enemigo, esta maniobra aparentemente sencilla, que los lacedemonios llamaban «clavarla» o «bajar el pino», tan sencilla de realizar en el terreno de desfiles y tan formidable en condiciones de vida o muerte. Cuando se ve ejecutarla con tanta precisión y temeridad, sin que ningún hombre se adelante sin control ni se quede rezagado por el miedo, sin que ninguno permanezca a la sombra del escudo de su compañero de fila, sino que todos se mantienen sólidos e inquebrantables, rígidos como las escamas del costado de una serpiente, el corazón se paraliza de temor reverente y fuertes estremecimientos recorren la espalda.

Como cuando alguna bestia colosal, a la que los sabuesos mantienen a raya, gira en redondo, furiosa, mostrando los colmillos y se planta en el poder y la temeridad de su fuerza, así la falange de color bronce y carmesí de los lacedecemonios se ponía al unísono a punto para matar.

El ala izquierda del enemigo, ochenta escudos de ancho, se desbarató incluso antes de que los escudos de sus promachoi, los de las filas

delanteras, hubieran llegado a treinta pasos de los espartanos. Un grito de muerte brotó de las gargantas del enemigo, tan primitivo que helaba la sangre, y fue tragado en el tumulto.

El enemigo se dispersó desde el interior.

Esta ala, cuya anchura había tenido un instante antes cuarenta y ocho escudos, de pronto se quedó en treinta, luego en veinte y luego en diez a medida que el pánico se extendía como un fuego avivado por el viento en la formación. Los que estaban en las tres primeras filas y se volvían para huir chocaban con sus camaradas que avanzaban por detrás. Los escudos y las lanzas entrechocaban; se formó una gran maraña de carne y bronce cuando los hombres, que portaban más de treinta kilos de peso entre coraza y escudo, tropezaron y cayeron, obstaculizando e impidiendo el avance de sus propios camaradas. Se veía a los valientes dar largos pasos y lanzar gritos furiosos a sus compañeros mientras éstos les abandonaban. Los que aún se aferraban al valor empujaban a los que lo habían perdido para abrirse paso mientras gritaban, indignados y rabiosos, pisoteando a los de las primeras filas o bien, cuando el valor también les abandonaba a ellos, se liberaban y huían para salvar su pellejo.

Cuando el enemigo se hallaba sumido en la más profunda confusión, los espartanos cayeron sobre él. Ahora incluso los más valientes se dispersaron. ¿Por qué un hombre, por muy valeroso que fuera, debía resistir y morir si a izquierda y a derecha, delante y detrás, sus compañeros le abandonaban? Se arrojaban los escudos, las lanzas se lanzaban sin objetivo.

Medio millar de hombres giraron sobre sus talones y huyeron despavoridos.

En aquel instante, el centro y la derecha de la línea enemiga chocó de frente con el cuerpo central de los espartanos.

Aquel ruido que todos los guerreros conocían pero que para Aléxandros y mis jóvenes oídos era desconocido hasta entonces ascendió desde el fragor del othismos.

Una vez, en casa, cuando yo era niño, Bruxieos y yo ayudamos a nuestro vecino Pierion a colocar bien tres de sus colmenas de madera que tenía puestas una encima de otra. Cuando las estábamos apilando, alguien resbaló. Las colmenas cayeron. Del interior de aquellas cajas que aún agarrábamos con las manos surgió una alarma, ni aullido ni grito, gruñido o rugido, sino un rumor procedente de un mundo inferior, una vibración de rabia asesina que ascendía no desde el cerebro o el corazón sino desde las células, los átomos de las polis reunidas en el interior de las colmenas.

Ese mismo ruido, multiplicado por cien, brotó ahora de la masa compacta de hombres y escudos que peleaban en la llanura, a nuestros pies.

Entonces comprendí la frase del poeta el «molino de Ares» y vi con mis propios ojos por qué los espartanos se refieren a la guerra como a un trabajo. Sentí las uñas de Aléxandros que se me clavaban en la carne del brazo.

—¿Ves a mi padre? ¿Ves a Dienekes?

Vimos su casco con la cimera cruzada a la izquierda del Heracles, en la parte delantera del tercer pelotón. Mientras las filas del enemigo estaban desordenadas, las de los espartanos se mantenían intactas y cohesionadas.

Su vanguardia no atacaba salvajemente al enemigo, peleando como bestias, ni avanzaban con la estólida precisión de los desfiles; surgían al unísono como una fila de barcos de guerra al ataque. Nunca había apreciado yo hasta dónde podía extenderse el hierro asesino de las lanzas. Éstas golpeaban y pinchaban, por arriba, impulsadas por la fuerza conjunta del brazo y hombro derechos, por encima del escudo; no sólo las lanzas de los de la primera fila, sino también los de la segunda e incluso de la tercera, que pasaban por encima del hombro de sus compañeros para formar un artefacto que avanzaba como un muro asesino. Igual que los perros pastores corren alrededor del rebaño que quieren reunir, igual que los lobos en la manada persiguen al ciervo que huye, así los espartanos se cernieron sobre los defensores de Antirhion, no con frenética rabia, mostrando los colmillos, sino como un cazador, con sangre fría, aplicando el acero con la callada cohesión del rebaño asesino y la desapasionada eficiencia de los lobos.

Dienekes les hacía girar. Hizo dar la vuelta a su pelotón para coger al enemigo por el flanco. Ahora estaban en medio del humo. Era imposible ver nada. Se levantaba tanto polvo bajo los pies de los hombres, mezclado con la pantalla de humo de los barcos incendiados, que la llanura entera parecía estar en llamas, y de la nube asfixiante surgía aquel ruido, aquel terrible e indescriptible ruido. Mas que ver percibíamos el locos Heracles, directamente a nuestros pies donde el polvo y el humo eran menos densos.

Habían derrotado la izquierda enemiga, sus filas delanteras ahora se dedicaron a interceptar a los infortunados que habían caído o cuyas rodillas no podían encontrar la fuerza suficiente para permitirles huir de aquella carnicería.

En el centro y a la derecha, a lo largo de toda la línea de espartanos y siracusanos, se produjo entonces el choque de escudos y cascos. Entre el

torbellino sólo captábamos vislumbres, y éstos sobre todo de los que iban en la retaguardia, ocho filas de profundidad en el lado lacedemonio, doce y dieciséis en el de los siracusanos, mientras se precipitaban con los escudos de un metro de ancho contra la espalda de los hombres de la fila de delante, empujaban con todas sus fuerzas y las suelas de su calzado horadaban la llanura y lanzaban aún más polvo al aire ya asfixiante.

Ya no era posible distinguir a ningún hombre en particular, ni siquiera unidades. Sólo veíamos subir y bajar la ola de la marea de aquella masa, y oíamos sin cesar aquel terrible ruido que helaba la sangre.

La línea espartana se precipitó contra el centro de los siracusanos igual que una riada procedente de las montañas desciende y la pared de agua se precipita a los cursos secos y se estrella contra la presa construida por el hombre. La masa de la presa, arraigada en el suelo,.tan firme contra la avenida como el miedo y la reflexión pueden conseguir, parece mantenerse, plantar su fuerza con fiereza en la tierra y durante largos momentos no da señales de moverse. Pero luego, el que resiste observa ante sus ojos que una ola arranca una piedra profundamente clavada y otra oleada socava el revestimiento de piedras amontonadas. En cada brecha la fuerza y el peso de la ola se precipita de forma irresistible, golpeando más a fondo, desgarra y ensancha la brecha, la rompe con cada oleada.

Ahora el muro de la presa que se había resquebrajado sólo la anchura de una mano se separa treinta centímetros, después un metro La masa de la avenida que se precipita crece sobre sí misma, al añadirse tonelada tras tonelada procedente de los cursos de agua superiores, añadiendo su peso a la irresistible marea que no cesa de crecer. Junto a los márgenes del curso de agua se desprenden terrones de tierra que caen al torrente hirviente.

Entonces el centro de los siracusanos, golpeado por la infantería pesada de los tegeos, el rey y los Caballeros y la fuerza principal del Olivo Silvestre y el Heracles, empezó a replegarse y a caer.

Los skiritai habían derrotado a la derecha del enemigo. Desde la izquierda los batallones del Heracles arrollaron el flanco del enemigo. Cada vez que el hombre situado en el flanco siracusano se veía obligado a girar para defender el lado desprotegido, dejaba de empujar hacia adelante contra los espartanos que avanzaban frontalmente. El ruido de la lucha pareció aumentar un momento, luego se hizo un silencio sepulcral mientras los hombres, desesperados, reunían toda la reserva de valor de sus miembros exhaustos. Transcurrió una eternidad en el tiempo que se tarda en respirar

una docena de veces y entonces, con el mismo terrible estruendo producido por la presa montañosa al ceder, incapaz de resistir el torrente arrollador, la línea siracusana se resquebrajó y se rompió.

Entonces, entre el polvo y fuego de la llanura empezó la carnicería.

Un grito, medio de alegría y medio de miedo, brotó de las gargantas de los espartanos de túnica carmesí. Volvieron a caer sobre la línea siracusana, la cual se replegó, no atropelladamente como habían hecho sus aliados los antirhionios, sino en pelotones y grupos disciplinados, mantenidos por sus oficiales o quienquiera que fueran los hombres valientes que habían decidido actuar como oficiales, manteniendo sus escudos al frente y cerrando filas mientras retrocedían. No sirvió de nada. Los espartanos de las filas delanteras, eirenes y hombres de las tres primeras categorías de edad, eran la flor y nata de la ciudad en pies rápidos y fuerza, y ninguno salvo los oficiales sobrepasaba los veinticinco años. Muchos, como Polínices en la vanguardia de los Caballeros, eran corredores de categoría olímpica que habían ganado corona tras corona ante los dioses en los Juegos.

Ahora éstos, libres de Leónidas y empujados por la llamada de las flautas, aplicaban la sentencia del acero sobre los siracusanos que huían.

Cuando los trompeteros hicieron sonar los sarpinx y resonó su gemido para detener la matanza, incluso el ojo menos entrenado habría sabido leer el campo como un libro.

Allí, en la derecha espartana donde el regimiento Heracles había derrotado a los antirhionios, se veía el terreno liso y el campo de detrás sembrado de escudos y cascos enemigos, lanzas e incluso corazas, abandonadas por el enemigo que había huido en estampida. Yacían cuerpos desparramados, boca abajo, con las vergonzosas cuchilladas de la muerte en la espalda.

A la derecha, donde las tropas más fuertes del enemigo habían resistido más contra los skiritai, había mayor densidad de cuerpos caídos y el terreno estaba pisoteado con más firmeza; junto al muro que el enemigo había erigido para proteger su campo se veían montones de cuerpos, muertos cuando, atrapados por su propia pared, habían intentado en vano escalarla.

Entonces el ojo encontraba el centro, donde la matanza había alcanzado su más salvaje concentración. Allí la tierra estaba removida y desgarrada como si un millar de bueyes la hubieran atacado todo el día con el poder de sus cascos y el acero de las hojas del arado. La tierra pisoteada,

mojada con orines y sangre, era un rectángulo de doscientos metros de ancho y cuarenta de profundidad donde los pies de las formaciones en lucha habían palpitado y hecho fuerza para afianzarse en el suelo. Había cuerpos desmadejados por todas partes, apilados como el montón de leña de una hoguera que llegaba a la altura de la cintura. En la parte de atrás, al otro lado de la llanura por donde habían huido los siracusanos, se veían otros cuerpos en grupos de dos y tres, cinco y siete, donde, desesperados, habían cerrado filas y resistido por última vez, condenados como castillos de arena contra la marea. Cayeron con heridas de honor, haciendo frente al enemigo espartano, mirándole a la cara.

Brotó un gemido procedente de las colinas donde los contendientes antirhionios ahora contemplaban la derrota de sus camaradas, mientras de los muros de la propia ciudadela esposas e hijas se dolían afligidas, como debieron de hacer Hécuba y Andrómaca tras las batallas de Ilión.

Los espartanos retiraban cuerpos de los montones de muertos, en busca de un amigo o hermano, herido y aferrado aún a la vida. Cada vez que se encontraba a un enemigo que gemía, una hoja de xiphos le mantenía cautivo por la garganta.

—¡Esperad! —gritó Leónidas, haciendo gestos con urgencia a los trompeteros para que hicieran sonar la llamada de alto-. ¡Ayudadles!

¡Ayudad también al enemigo!

Aléxandros y yo habíamos bajado hasta la llanura. Nos hallábamos en el campo de batalla. Yo corría a dos pasos del muchacho, que rebuscaba con mortal urgencia entre los guerreros ensangrentados y heridos, cuya piel, aun entonces, parecía arder con el calor de la furia y cuya respiración a nuestros ojos parecía producir vapor en el aire.

—¡Padre! —gritó Aléxandros con la exigencia del miedo, y entonces, al frente, vislumbró el casco de cimera cruzada de oficial y al propio Olimpios, de pie e ileso. La expresión de asombro que apareció en el rostro del polemarca fue casi cómica cuando vio a su hijo corriendo hacia él entre las víctimas. Hombre y muchacho se fundieron en un abrazo. Los dedos de Aléxandros palparon el jubón y el torso de su padre para confirmar que los cuatro miembros permanecían intactos y ninguna herida dejaba escapar oscura sangre.

Dienekes surgió de la multitud que aún hervía; Aléxandros se echó a sus brazos.

—¿Estás bien? ¿Te han herido?

Yo corrí hacia ellos. Suicidio se hallaba al lado de Dienekes, con las jabalinas «aguja de remendar» en la mano, salpicada su cara con sangre enemiga. Se había congregado un grupo de hombres que miraban; vi a sus pies la forma inmóvil y despedazada de Meriones, el escudero de Olimpios.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Olimpios a su hijo con tono enojado cuando comprendió el peligro que el muchacho había corrido-. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

Alrededor otros rostros reaccionaron con igual ira. Olimpios dio un palmetazo a su hijo, fuerte, en la cabeza. Entonces el chico vio a Meriones.

Lanzó un grito de dolor y cayó de rodillas junto al escudero.

—Nadamos —anuncié yo.

Un puño me golpeó, y luego otro y otro.

—¿Qué es esto para vosotros, una broma? ¿Habéis venido a ver el espectáculo?

Los hombres estaban furiosos, como debían estar. Aléxandros no oía nada, arrodillado junto a Meriones, que yacía con un guerrero a cada lado, la cabeza sin casco apoyada en un escudo hoplon y supoblada barba blanca apelmazada con sangre, moco y esputos. Meriones, como escudero, no llevaba coraza para proteger su tórax y una lanza siracusana le había atravesado el pecho. Una herida abierta en el esternón sangraba profusamente; su túnica estaba manchada con el oscuro fluido que ya se coagulaba; oíamos el susurro del aire al luchar sus pulmones por respirar e inhalaba sangre.

—¿Qué hacía en la línea? —preguntó Aléxandros a los guerreros allí reunidos, con la voz quebrada por el dolor-. ¡Él no tenía que estar ahí!

El muchacho pidió agua a gritos.

—¡Portador! —gritó y volvió a gritar. Se desgarró su propia túnica, dobló el tejido y lo apretó contra el pecho de su amigo-. ¿Por qué no hacéis algo? —Su joven voz gritó a los hombres que les rodeaban y observaban con seriedad-. ¡Se está muriendo! ¿No veis que se está muriendo? —Volvió a rugir pidiendo agua, pero nadie se acercó. Los hombres sabían por qué y entonces Aléxandros le observó y también lo vio con claridad, así como Meriones.

—Tengo un pie en la barca, pequeño sobrino —logró balbucear el viejo luchador.

La vida se le escapaba de los ojos con rapidez. Como he dicho, él no era espartano sino de Potidea, oficial en su propio país, tomado cautivo

muchos años antes y al que nunca habían permitido ver de nuevo su hogar.

Con un esfuerzo que resultaba penoso, Meriones reunió fuerzas para levantar una mano, negra de sangre, y colocarla suavemente sobre la del muchacho. Invertidos sus papeles, el anciano moribundo consolaba al joven vivo.

—Ninguna muerte es más feliz que ésta —zumbaron sus pulmones.

—Volverás a casa —prometió Aléxandros-. Por todos los dioses, yo mismo llevaré tus huesos.

Olimpios también se arrodilló y cogió la mano de su escudero entre las suyas.

—Dinos lo que deseas, viejo amigo. Los espartanos te llevaremos allí.

El anciano intentó hablar pero sus cuerdas vocales no le obedecieron.

Se esforzó levemente para levantar la cabeza; Aléxandros le puso una mano detrás del cuello y lo levantó suavemente. Los ojos de Meriones miraron al frente y a los lados, donde se veían, entre la tierra revuelta y mojada, las capas rojas de otros guerreros caídos, rodeado cada uno por un grupo de camaradas y hermanos de armas. Luego, con un esfuerzo que pareció consumir toda la sustancia que le quedaba, habló:

—Donde yazcan ésos, enterradme a mí. Ése es mi hogar. No pido nada mejor.

Olimpios juró que así se haría. Aléxandros besó a Meriones en la frente y secundó el juramento.

Una lúgubre paz pareció depositarse en los ojos del anciano. Pasó un instante. Entonces Aléxandros alzó su clara y pura voz de tenor y entonó el Adiós al héroe:

El espíritu que Dios

me insufló al nacer

gozoso se lo devuelvo ahora

Tras la victoria, Decton llevó a Leónidas el gallo que se sacrificaría en acción de gracias a Zeus y Niké. El propio muchacho estaba excitado por el triunfo; las manos le temblaban violentamente, deseando que le hubieran permitido sostener un escudo y una lanza y permanecer en la línea de batalla.

Por mi parte, no podía dejar de mirar los rostros de los guerreros a los que conocía y había visto entrenarse pero que hasta entonces no se habían

encontrado con la sangre y el horror de la batalla. A mis ojos, su talla, ya elevada por encima de los hombres de cualquier otra ciudad que yo conociera, se alzaba a la altura de los héroes y semidioses. Había presenciado su victoria sobre los cobardes antirhionios, peleando ante los propios muros de sus hogares y familias, y también habían vencido en cuestión de minutos a las tropas de los siracusanos, entrenadas y equipadas por el oro ilimitado de Gelón.

En ningún lugar de todo el campo habían vacilado esos espartanos.

Incluso en la pesadilla de sangre su disciplina les mantenía castos y nobles, por encima de toda jactancia y vanidad. No destrozaron los cuerpos de los muertos, como los soldados de cualquier otra ciudad habrían hecho, tampoco levantaron con desprecio las armas de los vencidos. Su austera acción de gracias fue un simple gallo, de menos valor que un óbolo, no porque no tuvieran respeto por los dioses sino porque les temían y consideraban una deshonra expresar demasiado su alegría por ese triunfo que el cielo les había concedido.

Yo observaba a Dienekes, que volvía a formar las filas de su pelotón para hacer una lista de sus bajas y pedía ayuda para los heridos, los traumatiai. Los espartanos tienen un término para el estado mental que a toda costa debe rehuirse en la batalla. Lo llaman katalepsis, «posesión», que significa la perturbación de los sentidos que se produce cuando el terror o la ira usurpan el domino de la mente.

Éste, comprendí entonces al observar a Dienekes reunir a sus hombres y ocuparse de ellos, era el papel del oficial: impedir que los que se hallaban a su mando, en todos los momentos de la batalla —antes, durante y después- fueran «poseídos». Avivar su valor cuando flaqueaba y frenarlo en su furia cuando amenazaba con apoderarse de ellos. Ésta era la tarea de Dienekes. Por eso llevaba el casco con la cimera cruzada de oficial.

Entonces vi que su heroísmo no era el de un Aquiles. No era un superhombre que chapoteaba invulnerable en la matanza, matando con una sola mano al enemigo por miríadas. No era más que un hombre que cumplía con su tarea. Una tarea cuya principal atribución era el autocontrol y la compostura, no para sí mismo sino para que los hombres que estaban a sus órdenes siguieran su ejemplo. Una tarea cuyo objetivo podía resumirse en una sola frase, como hizo en las Puertas Calientes la mañana en que murió:

«Llevar a cabo lo común en condiciones fuera de lo común».

Los hombres estaban reuniendo sus «etiquetas». Éstas, a las que me he referido anteriormente, son los brazaletes hechos con ramitas entrelazadas que cada hombre se confecciona antes de la batalla, para identificar su cuerpo si es necesario después de la lucha. Cada hombre escribe o rasca su nombre dos veces, uno en cada extremo de la ramita y luego lo parte por la mitad. La «mitad de la sangre» se la ata con cuerda en la muñeca izquierda y la lleva a la batalla; la «mitad del vino» se queda en una cesta que el séquito lleva a retaguardia. Las mitades se rompen de forma desigual a propósito, para que si el nombre de sangre se borrara por algún medio, su gemelo encajara y se reconociera sin lugar a dudas. Cuando la batalla ha terminado, cada hombre recoge su etiqueta. Las que nadie reclama y se quedan en la cesta sirven para contar e identificar a los muertos.

Cuando los hombres oían su nombre y se acercaban a recoger su etiqueta, no podían impedir que su cuerpo temblara.

Al lo largo y a lo ancho de la línea se veían guerreros en grupos de dos o de tres cuando el terror que habían logrado mantener a raya durante la batalla se apoderaba de ellos. Se arrodillaban cogidos de la mano de sus camaradas, no sólo en gesto de reverencia, aunque ésta abundaba, sino porque de pronto sus rodillas habían perdido la fuerza y ya no podían sostenerles. Muchos de ellos lloraban, otros se estremecían violentamente.

Esto no se consideraba afeminado: en el idioma dórico se denominaba hesma phobou, purgar el miedo.

Leónidas se movía con largos pasos entre los hombres, para que todos vieran que su rey estaba vivo e ileso. Los hombres tragaban vorazmente su ración de fuerte vino y no les avergonzaba beber también agua en abundancia. El vino desaparecía deprisa y no producía ningún efecto.

Algunos de los hombres intentaron peinarse, como para inducir el regreso a la normalidad. Pero las manos les temblaban tanto que no podían hacerlo.

Otros se reían al verles, los guerreros veteranos que sabían que era mejor no intentarlo; era imposible lograr que los miembros actuaran, y los que no lo conseguían también reían, con una risa lúgubre como salida del infierno.

Cuando todas las etiquetas habían encontrado a sus parejas y habían sido reclamadas por sus propietarios, las piezas que quedaban en la cesta identificaban a los hombres que habían muerto o que estaban demasiado heridos para acercarse. Las de estos últimos eran reclamadas por hermanos y amigos, padres, hijos y amantes. A veces un hombre cogía su etiqueta, y luego otra y a veces una tercera, llorando al aceptarlas. Muchos regresaban

junto a la cesta, sólo para mirar dentro. De esta manera se daban cuenta de los números perdidos.

Aquel día fueron veintiocho.

Su Majestad puede comparar esta cantidad con la de los miles muertos en mayores batallas y quizá considerarlo insignificante. Pero en aquellos momentos parecía enorme.

Hubo un ligero revuelo y Leónidas apareció a la vista frente a los guerreros reunidos.

Avanzaba por delante de la línea, no declamando como algún monarca orgulloso que buscara satisfacción en el sonido de su propia voz, sino que hablaba con suavidad como un camarada, daba un golpecito en el codo a cada hombre, abrazaba a algunos, rodeaba con un brazo a otros, hablaba con cada guerrero de hombre a hombre, de Igual a Igual, sin regia condescendencia. Reunión, el rumor corrió sin que fuera necesario expresarlo en voz alta.

—¿Cada hombre tiene las dos mitades de su etiqueta? ¿Vuestras manos han dejado de temblar lo suficiente para juntarlas?

Se rió y los hombres rieron con él. Le adoraban.

Los victoriosos formaron sin ningún orden concreto, heridos y no heridos, con los escuderos e ilotas. Hicieron un espacio para el rey y los que estaban delante se pusieron de rodillas para que los de atrás vieran y oyeran, mientras el propio Leónidas caminaba informalmente arriba y abajo la línea, hablando de modo que todos oyeran su voz y vieran su cara.

El sacerdote, Olimpios en este caso, sostuvo la cesta ante el rey.

Leónidas fue sacando las etiquetas no reclamadas y leyendo los nombres.

No ofreció ningún elogio. No se decía nada, salvo el nombre. Entre los espartanos, ésta se considera la forma más pura de consagración.

Alkamenes.

Damón.

Antálcidas.

Lisandros.

Y así sucesivamente.

Los cadáveres, ya recogidos por sus escuderos, se lavaban y untaban con óleos; se ofrecían plegarias y sacrificios. Cada uno de los caídos sería amortajado con su propia capa o la de algún amigo y enterrado en el mismo campo de batalla, junto a sus compañeros, bajo un túmulo de honor. Los camaradas llevarían a casa escudo, espada, lanza y coraza, a menos que los

augurios indicaran que era más honorable que su cadáver fuera devuelto y enterrado en Lacedemonia.

Leónidas levantó su propio brazalete y unió las dos mitades.

—Hermanos y aliados, yo os saludo. Reuníos, amigos, y escuchad la voz de mi corazón.

Se detuvo unos instantes, sobrio y solemne.

Después, cuando todos permanecieron en silencio, habló:

—Cuando un hombre coloca ante sus ojos la cara de bronce de su casco y se aleja de la línea de partida, se divide, como la etiqueta, en dos partes. Una parte se queda atrás. Es la parte que se complace con sus hijos, que alza su voz en el coro, que se arrima a su esposa en la dulce oscuridad de su lecho.

»Esa mitad, la mejor, el hombre la separa y la deja atrás. Destierra de su corazón todos los sentimientos de ternura y misericordia, toda la compasión y bondad, todo pensamiento o concepto del enemigo como hombre, un ser humano como él. Marcha a la batalla sólo con la segunda porción de sí mismo, la mitad más baja, la que conoce la matanza y la carnicería y divide en cuatro su ojo ciego. No podría pelear si no lo hiciera.

Los hombres escuchaban, en silencio y en actitud solemne. Leónidas a la sazón tenía cincuenta y cinco años. Había luchado en más de dos veintenas de batallas, desde que tenía veinte años; tenía heridas de más de treinta años en hombros y pantorrillas, en el cuello y en la barba del color del acero.

—Luego este hombre regresa vivo de la matanza. Oye que anuncian su nombre y se acerca a recoger su etiqueta. Reclama aquella parte de sí mismo que antes había dejado a un lado.

ȃste es un momento sagrado. Un momento sacramental. Un momento en el que un hombre siente a los dioses tan cerca como su propio aliento.

»¿Qué desconocida misericordia nos ha salvado la vida hoy? ¿Qué clemencia de la divinidad ha hecho pasar la lanza del enemigo a un palmo de nuestra garganta y la ha clavado fatalmente en el pecho del amado camarada que va a nuestro lado? ¿Por qué aún estamos aquí en la tierra, nosotros, que no somos mejores ni más valientes, que reverenciamos el cielo no más que nuestros hermanos a quienes los dioses han elegido para enviarlos a los infiernos?

»Cuando un hombre reúne las dos mitades de su etiqueta y ve que se funden en una, siente que parte de sí mismo, la parte que conoce el amor, la

misericordia y la compasión, acude de nuevo a él. Esto es lo que desata sus rodillas.

»¿Qué otra cosa puede sentir un hombre en ese momento sino el más grave y profundo agradecimiento a los dioses que, por razones desconocidas, le han conservado la vida este día? Mañana su capricho puede cambiar. O la semana que viene, el año próximo. Pero en el día de hoy el sol aún brilla sobre él, siente su calor sobre sus hombros, ve los rostros de los camaradas a los que quiere y se alegra de su suerte y de la de él.

Entonces Leónidas hizo una pausa, en el centro del espacio que las tropas habían abierto para él.

—He ordenado que cesara la persecución del enemigo. He ordenado poner fin a la matanza de aquellos a los que hoy llamamos nuestros enemigos. Dejemos que regresen a sus hogares. Dejemos que abracen a sus esposas e hijos. Dejemos que, como nosotros, derramen lágrimas por su salvación y ofrezcan su agradecimiento a los dioses.

»Que ninguno de nosotros olvide la razón por la que peleamos con otros griegos en el día de hoy. No para dominarlos o esclavizarlos, sino para hacerlos aliados contra un enemigo mayor. Esperamos que mediante la persuasión. Mediante la coacción, si es necesario. Pero pase lo que pase, ellos son nuestros aliados ahora y desde ahora les trataremos como a tales.

De pronto Leónidas alzó la voz, que resonó con tan explosiva emoción que los que se hallaban más cerca de él se sobresaltaron.

—Los persas son contra quienes hoy hemos luchado. Su presencia se cernía, invisible, sobre el campo de batalla. Por su culpa estas etiquetas se han quedado en la cesta. Por su culpa veintiocho de los hombres más nobles de la ciudad jamás volverán a contemplar la belleza de sus colinas ni bailarán al son de su dulce música. Sé que muchos de vosotros pensáis que estoy medio loco, yo y Cleómenes, el rey que me precedió. —Risas de los hombres-. Oigo los susurros y a veces no son susurros. —Más risas-.

Leónidas oye voces que el resto no oye. Arriesga su vida de una manera poco regia y se prepara para la guerra contra un enemigo al que nunca ha visto y que muchos dicen que no llegará nunca. Todo esto es cierto…

Los hombres volvieron a reír.

—Pero escuchad esto y no lo olvidéis nunca: el persa vendrá. Vendrá en cantidades que empequeñecerán a las que envió hace cuatro años, cuando los atenienses y plateos le derrotaron tan gloriosamente en la llanura

de Maratón. Vendrá con una fuerza diez veces más poderosa. Y vendrá pronto.

Leónidas se interrumpió de nuevo; el ardor que había en su pecho le enrojecía el rostro y los ojos le ardían de fervor y convicción.

—Escuchadme, hermanos. El persa no es un rey como Cleómenes era para nosotros o como yo soy para vosotros. No ocupa su lugar con su escudo y su lanza en medio de la matanza, sino que la contempla, a salvo, de lejos, sobre una colina, sentado en un trono dorado. —Se oyeron abucheos de las gargantas de los hombres cuando Leónidas dijo esto-. Sus camaradas no son Iguales, libres de hablar ante él sin miedo, sino esclavos y objetos. Cada hombre, incluso el más noble, está condenado no a ser un igual ante Dios sino una propiedad del rey, que no cuenta más que una cabra o un cerdo, y es empujado a la batalla no por amor a la nación o a la libertad, sino por el látigo de otros esclavos.

»Ese rey ha probado la derrota a manos de los helenos y su vanidad ha sido herida. Ahora viene para vengarse, pero no viene como un hombre merecedor de respeto sino como un niño mimado y malhumorado, que coge una rabieta cuando un compañero de juegos le arrebata un juguete. Yo escupo sobre la corona de ese rey. Me limpio el culo en su trono, que es el asiento de un esclavo y que no busca nada más noble que esclavizar a todos los demás hombres.

»Todo lo que he hecho como rey y todo lo que Cleómenes hizo antes que yo, cada enemigo derrotado, cada confederación forjada, cada aliado unido lo ha sido por este único acontecimiento: el día en que Darío, o uno de sus hijos, vuelva a la Hélade para compensarnos.

Leónidas levantó entonces la cesta que contenía las etiquetas de los caídos.

—Por eso estos hombres, mejores que nosotros, han dado hoy su vida, por esto han consagrado esta tierra con su sangre de héroes. Éste es el significado de su sacrificio. Han vertido sus entrañas no en esta batalla de hoy, sino en la primera de muchas batallas en la guerra mayor que Dios en los cielos y todos vosotros en vuestro corazón sabéis que va a llegar. Estos hermanos son héroes de esa guerra, que será la más grave y más calamitosa de la historia.

»Ese día —Leónidas señaló por encima del golfo, hacia Antirhion abajo y Rhion al otro lado del canal-, ese día en que el persa traiga a sus multitudes contra nosotros por este estrecho, encontrará no un paso

despejado y amigos a los que se ha pagado, sino enemigos unidos e implacables, aliados helenos que se unirán para hacerle frente desde ambas orillas. Y si decide tomar alguna otra ruta, si sus espías le informan de lo que le espera aquí y opta por otro camino, algún otro campo de batalla donde tierra y mar sean más ventajosos, será por lo que hoy le hemos hecho, por el sacrificio de estos hermanos nuestros cuyos cuerpos enterramos ahora en una tumba de héroes.

»Por lo tanto, no he esperado a que los siracusanos y los antirhionios, nuestros enemigos de hoy, nos enviaran sus heraldos como es costumbre para pedirnos permiso para retirar los cuerpos de sus muertos. He enviado antes a nuestros corredores para ofrecerles tregua sin rencor, con generosidad. Dejemos que nuestros nuevos aliados aclamen la armadura sin profanar de sus caídos, dejemos que recuperen los cuerpos inmaculados de sus esposos e hijos.

»Dejemos que los que hoy han salvado la vida se sitúen junto a nosotros en la línea de batalla el día en que enseñemos a los persas, de una vez por todas, qué valor pueden aportar los hombres libres contra los esclavos, por elevado que sea su número o por muy fieramente que sean conducidos con el látigo de su rey-niño.

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