Puertas de fuego
Capítulo 14
Aléxandros y yo recibimos los latigazos por lo de Antirhion la noche siguiente. Los suyos se los administró su padre, Olimpios, ante los Iguales de aquella mesa de oficiales; yo fui azotado sin ceremonia en los campos por un cuidador de campo ilota. Gallo me llevó después, a solas en la oscuridad, a un bosquecillo llamado el Yunque, junto al Eurotas, para bañarme y curarme las heridas. Era un lugar consagrado a Deméter y segregado por la costumbre para uso de los ilotas mesenios; en otra época había existido allí una herrería, de ahí su nombre.
Para mi alivio, Gallo no me ofreció su acostumbrada arenga sobre la vida de un esclavo, sino que se limitó a señalar que Aléxandros había sido azotado como un muchacho y yo como un perro. Fue amable conmigo y, lo que es más importante, poseía experiencia en limpiar y curar aquellas laceraciones producidas por el impacto del palo nudoso sobre la carne desnuda de la espalda.
Primero mucha agua, inmersión del cuerpo hasta el cuello en el helado río. Gallo me sujetaba por detrás, con los codos debajo de mis axilas, ya que la impresión del agua fría sobre las heridas abiertas puede provocar un desmayo. El frío adormece enseguida la carne y se puede resistir la aplicación de un cataplasma de ortigas hervidas y mosto de cerveza. Esto restituye la circulación de la sangre y activa la rápida curación de la carne.
La aplicación de un paño de lana o hilo en esta etapa sería insoportable, aunque se aplicara con el más amable cuidado. Pero la palma desnuda de un amigo, colocada primero con suavidad y después apretando con fuerza sobre la carne, proporciona por lo general un alivio maravilloso. Gallo había recibido latigazos y sabía bien lo que era.
Al cabo de cinco minutos pude ponerme en pie. Al cabo de quince, mi piel pudo aceptar el suave esfagno, que Gallo convirtió en una masa secante para sacar el veneno e inyectar su propio anestésico sutil.
—Por Dios, no queda ni una virgen —observó, refiriéndose a un espacio que aún fuera carne de Dios y no tejido desgarrado varias veces-.
Tardarás un mes en poder llevar el escudo de ese cantahimnos a la espalda.
Iba a lanzarse a una nueva denuncia venenosa de mi amo efebo cuando oímos un crujido procedente de la orilla que quedaba por encima de nosotros. Los dos nos giramos en redondo, listos para cualquier cosa.
Era Aléxandros. Le vimos en la orilla, con la capa por delante y la espalda lacerada desnuda. Gallo y yonos quedamos paralizados. Aléxandros se ganaría un segundo azotamiento si le encontraban allí a aquella hora, y a nosotros con él.
—Toma —dijo, y bajó para reunirse con nosotros-. He cogido esto del armario del cirujano.
Era cera de mirra. Unos dos dedos, envueltos en hojas verdes de serbal. Entró en el agua con nosotros.
—¿Qué le has puesto en la espalda? —preguntó a Gallo, que se apartó con expresión de asombro. La mirra era lo que los Iguales utilizaban en las heridas causadas en la batalla cuando podían conseguirla, cosa que raras veces lograban. Azotarían a Aléxandros hasta dejarle medio muerto si sabían que había robado aquella preciosa porción-. Pónsela más tarde, cuando le quites el musgo —indicó Aléxandros a Gallo-. Quítasela con agua al amanecer. Si alguien la huele, lo pagarán nuestras espaldas.
Puso las hojas en las manos de Gallo.
—Tengo que regresar antes del recuento —declaró Aléxandros.
En un instante desapareció orilla arriba; oímos sus pisadas desvanecerse suavemente mientras corría en la oscuridad para regresar a los puestos de los efebos alrededor de la plaza.
—Bueno, me ha dejado de piedra —dijo Gallo, haciendo gestos de negación con la cabeza-. Este tipejo tiene más agallas de lo que creía.
Al amanecer, cuando volvimos antes del sacrificio, Suicidio, el escudero escita de Dienekes, nos llamó a Gallo ya mí. Nos quedamos blancos de miedo. Alguien nos había espiado; seguro que nos harían pasar un infierno.
—Debéis de estar flotando bajo una estrella afortunada, vosotros dos
—fue todo lo que dijo Suicidio.
Nos condujo a la parte posterior de la formación. Dienekes se encontraba allí, silencioso, solo en las sombras que preceden al amanecer.
Ocupamos nuestros lugares a su izquierda. Sonaron las flautas; la formación se puso en marcha. Dienekes indicó que Gallo yyo nos quedáramos.
Él permaneció inmóvil delante de nosotros. Suicidio estaba a su derecha, con el carcaj de jabalinas serradas a las que él llamaba agujas de
remendar colgado a la espalda.
—He examinado tu historial. —Dienekes se dirigió a mí; eran sus primeras palabras, aparte de la llamada de dos noches antes para que siguiera al sirviente a su casa, nunca me hablaba directamente-. Los ilotas me han dicho que no sirves para el campo. Te he observado en el séquito de los sacrificios; ni siquiera sabes cortar la garganta a una cabra correctamente. Y es evidente, por tu conducta con Aléxandros, que obedecerás cualquier orden, por insensata o absurda que sea. —Me indicó con un gesto que me volviera, para examinarme la espalda-. Al parecer el único talento que posees es que tus heridas se curan antes.
Se inclinó y me olisqueó la espalda.
—Si no supiera que no es posible —observó-, juraría que se ha puesto cera de mirra en estos latigazos.
Suicidio me dio un empujón para que me diera la vuelta y mirara de nuevo a Dienekes.
—Eres una influencia perjudicial para Aléxandros —dijo el Igual- Un muchacho no necesita a otro muchacho, y sin duda no a alguien que siempre está metido en problemas como tú; necesita a un hombre maduro, alguien con autoridad que le detenga cuando se le meta alguna idea insensata en la cabeza, como por ejemplo seguir al ejército. Así que voy a cederle a mi escudero.-Señaló con la cabeza a Suicidio-. Estás despedido —
me dijo-. Se acabó.
Oh, diablos. Otra vez a los campos de mierda.
Dienekes se volvió a Gallo.
—Y tú. El hijo de un héroe espartíata que ni siquiera puede sujetar a un gallo del sacrificio con las manos sin casi estrangularlo. Eres patético.
Tienes una lengua muy larga y cada vez que bostezas tu boca deja escapar la traición. Te haría un favor si te partiera el cuello aquí mismo y le ahorrara la molestia a la krypteia.
Recordó a Meriones, el escudero de Olimpios, que había caído tan valientemente la semana anterior en Antirhion. Ninguno de nosotros teníamos idea de adónde iría a parar aquello.
—Olimpios tiene más de cincuenta años, posee toda la prudencia y circunspección que necesita. Su próximo escudero debería ser joven.
Alguien novato, fuerte e insensato. —Miró a Gallo con irónico desdén-.
Dios sabe qué locura le ha inspirado, pero Olimpios te ha elegido a ti.
Ocuparás el lugar de Meriones. Te ocuparás de Olimpios. Preséntate ante él enseguida. Ahora eres su primer escudero.
Vi que Gallo parpadeaba. Debía de ser un truco.
—No es ninguna broma —dijo Dienekes-, y será mejor que no te lo tomes como tal. Estás pisando el suelo de un hombre que es mejor que la mitad de los Iguales del regimiento. Si fallas, te arrojaré a las llamas personalmente.
—No fallaré, señor.
Dienekes le examinó con dureza un largo momento.
—Cierra el pico y lárgate de aquí.
Gallo se fue corriendo tras la formación. Confieso que yo estaba muerto de envidia. Primer escudero de un Igual, y no sólo eso sino además un polemarca y compañero de tienda del rey. Odié a Gallo por su suerte.
¿O no lo era? Aturdido por los celos, vi mentalmente la imagen de Aretes. Ella estaba detrás de este asunto. Me sentí aún peor y lamenté amargamente haberle confiado mi visión de Apolo el Gran Lanzador.
—Déjame verte la espalda —me ordenó Dienekes. Me volví otra vez; él lanzó un silbido de apreciación-. Dios mío, si hubiera una categoría olímpica de azotes en la espalda, tú serías el favorito de los apostadores. —
Me hizo dar la vuelta y prestarle atención; me miró pensativo; su mirada parecía traspasarme-. Las cualidades de un buen escudero son sencillas.
Tiene que ser tonto como una mula, insensible como un poste y obediente como un imbécil. En las tres cosas, Xeones de Astakos, declaro que tus credenciales son impecables.
Suicidio ahogaba la risa. Sacó algo del carcaj que llevaba a la espalda.
—Adelante, mira —ordenó Dienekes. Yo obedecí. En la mano del escita había un arco. Mi arco. Dienekes me ordenó que lo cogiera.
—Todavía no eres lo bastante fuerte para ser mi primer escudero, pero si puedes mantener la cabeza lejos de tu culo podrías ser un segundo medio respetable.
Suicidio puso el arco en mi mano, el gran arma de la caballería tesalia que me había sido confiscada a los doce años, cuando crucé por primera vez la frontera para entrar en Lacedemonia.
No podía evitar que las manos me temblaran. Sentí el cálido fresno del arco y la corriente viva que corría por él y que pasó a mis manos.
—Empaquetarás mis raciones, mi lecho y equipo médico —me instruyó Dienekes-. Cocinarás para los otros escuderos y cazarás para mi
puchero, en los ejercicios que hacemos en Lacedemonia y en campaña, fuera de los límites. ¿Lo aceptas?
—Lo acepto, señor.
—En casa puedes cazar liebres y guardarlas para ti, pero no hagas ostentación de tu buena fortuna.
—No lo haré, señor.
Me miró con aquella expresión de irónica diversión que había observado antes en su rostro, de lejos, y que llegaría a ver muchas más veces de cerca.
—Quién sabe dijo mi nuevo amo-, con suerte, incluso podrías disparar al enemigo.
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