Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 32 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 29

Su Majestad conoce mucho mejor que yo los detalles de la intriga por la que se efectuó la traición última de los aliados; es decir, quién era el traidor de los nativos traquios que fue a informar a los jefes de Su Majestad de la existencia del camino de montaña por el que podían rodearse las Puertas Calientes y qué recompensa se le pagó a este traidor con el tesoro de Persia.

Los griegos tuvieron indicios de esta calamitosa información en primer lugar por los presagios que se hicieron la mañana del segundo día de lucha, corroborada además por rumores e informes de desertores durante todo el día y por último confirmada por testigos aquella noche, al final del sexto día en que los aliados estaban en posesión del paso de las Termópilas.

Un noble del enemigo había venido a las líneas griegas a la hora del cambio de la primera guardia, aproximadamente dos horas después del cese de las hostilidades del día. Se identificó como Tirrhastiadas de Cimas, un capitán de millar del ejército reclutado a la fuerza en esa nación. Este noble era el personaje más alto, más apuesto y mejor equipado del enemigo que hasta entonces había desertado. Se dirigió a la asamblea en impecable griego. Su esposa era helena de Halicarnaso, declaró; esto y el impulso del honor le habían empujado a pasarse al bando aliado. Informó al rey espartano de que había estado presente ante el pabellón de Jerjes aquella misma tarde cuando el traidor, un hombre cuyo nombre he conocido aquí y que desprecio demasiado [ 5 ] para repetir, había ido a reclamar la recompensa ofrecida por Su Majestad y para ofrecerse voluntario para guiar a las fuerzas de Persia por el camino secreto.

El noble Tirrhastiadas siguió declarando que había visto personalmente a Jerjes dar órdenes y a las tropas persas reunirse. Los Inmortales, que habían sustituido sus pérdidas y ahora sumaban de nuevo los diez mil acostumbrados, habían partido al anochecer bajo las órdenes de su general, Hidarnes. En aquellos momentos se hallaban de marcha, guiados por su guía traidor. Estarían en la retaguardia de los aliados, en posición de ataque, al amanecer.

Su Majestad, que conoce las catastróficas consecuencias que para los griegos tendría esta traición, quizá se maraville por la respuesta que dieron al aviso oportuno y fortuito entregado por el noble Tirrhastiadas.

No le creyeron.

Les pareció que era una trampa.

Una pasión tan irracional y autoengañosa quizá no se comprenda salvo a la luz del agotamiento y desesperación que por entonces agobiaban a los corazones de los aliados.

El primer día de lucha había dado actos de extraordinario valor y heroísmo sin paralelo.

El segundo empezó produciendo maravillas y prodigios.

Lo más apremiante era el simple hecho de sobrevivir.

¿Cuántas veces durante la matanza de las cuarenta y ocho horas previas cada guerrero había estado al borde de su propia extinción? Sin embargo vivía. ¿Cuántas veces las masas del enemigo en números abrumadores atacaron a los aliados con irrefrenable potencia y valor? Sin embargo los aliados sobrevivieron.

Tres veces aquel segundo día las líneas de los defensores se combaron hasta estar a punto de romperse. Su Majestad contempló este momento, inmediatamente antes de caer la noche, cuando el Muro mismo quedó partido y las masas guerreras del Imperio trepaban y saltaban las piedras, lanzando su grito de victoria. Sin embargo, por alguna razón el Muro resistió; el paso no cayó.

Durante todo el día, en aquella segunda batalla, las flotas habían chocado junto a Skíathos en un reflejo de los ejércitos que luchaban en las Puertas. Bajo los riscos de Artemision las armadas se embestían, arietes de bronce contra maderas envainadas, mientras sus hermanos luchaban en tierra hierro contra hierro. Los defensores del paso contemplaban los barcos que ardían, manchas en el horizonte, y más cerca, los restos flotantes de vigas y lanzas rotas, remos partidos y cuerpos de marineros boca abajo en la playa. Parecía que griegos y persas, en un exceso de fatiga, ya no actuaban como contendientes sino que ambos bandos habían efectuado algún perverso pacto cuyo objetivo no era ni la victoria ni la salvación, sino simplemente enrojecer mar y océano con su sangre mezclada. El —cielo mismo no aparecía aquel día como un reino poblado, dando significado con su presencia a los sucesos que se desarrollaban abajo, sino más bien como una cara impía e inexpresiva de pizarra, sin compasión e indiferente. La

pared montañosa del Kallidromos que sobresalía en la matanza parecía personificar esta pérdida de piedad en la cara sin facciones de su silenciosa piedra. Todas las criaturas del aire habían desaparecido. Ninguna señal de verdor quedaba en la tierra ni en las grietas de la roca.

Sólo el polvo poseía clemencia. Sólo la sopa pestilente bajo los pies de los guerreros ofrecía alivio y socorro. Los pies de los guerreros la agitaban y convertían en un caldo que les llegaba hasta el tobillo; sus piernas se hundían hasta la pantorrilla, luego caían de rodillas y peleaban. Los dedos se clavaban en el fango ennegrecido por la sangre, los dedos de los pies aferrados a él para afianzarse, los dientes de los moribundos lo mordían como para excavar sus propias tumbas con sus mandíbulas. Granjeros cuyas manos habían cogido con placer los oscuros terrones de sus campos nativos, desmenuzando entre sus dedos la rica tierra que produce la cosecha, ahora se arrastraban sobre el vientre en ese suelo hostil, se aferraban a él con los muñones de sus dedos mutilados y se retorcían sin vergüenza, intentando cubrirse con el manto de la tierra y preservar sus espaldas del hierro cruel.

En los palaistrai de la Hélade, a los griegos les gusta luchar. Desde que un niño se tiene en pie, pelea con sus compañeros, cubiertos de arena o untados de fango. Ahora los helenos peleaban en terrenos menos sagrados, donde no había agua sino sangre, donde el premio era la muerte y los oficiales negaban todas las peticiones de respiro o tregua. Uno veía una y otra vez en la lucha del segundo día al guerrero helénico pelear durante dos horas seguidas, retirarse diez minutos, sin comer y tomando sólo el agua que cabe en una mano abocinada, y luego regresar a la batalla durante otras dos horas. Una y otra vez se veía a un hombre recibir un golpe que le destrozaba los dientes o le partía el hueso del hombro y sin embargo no le hacía caer.

El segundo día vi a Alfeo y Marón eliminar a seis hombres del enemigo tan deprisa que los dos últimos estaban muertos antes de que el primer par cayera al suelo. ¿A cuántos habían matado los gemelos aquel día? ¿A cincuenta? ¿A un centenar? Se habría precisado más de un Aquiles entre el enemigo para abatirles, no solamente por su fuerza y habilidad sino porque también peleaban con un solo corazón.

Todo el día los campeones de Su Majestad fueron avanzando sin intervalo para distinguir entre naciones o contingentes. La rotación de fuerzas que los aliados habían empleado el primer día se hizo imposible.

Las compañías se negaban a abandonar la línea. Escuderos y criados tomaron las armas de los caídos y ocuparon sus lugares en la brecha.

Los hombres ya no malgastaban aliento para animarse unos a otros o infundirse valor. Ni los guerreros se mostraban exultantes con el triunfo.

Ahora, en los intervalos de respiro simplemente caían, insensibles y sin palabras, sobre los montones de heridos y muertos. A lo largo del Muro, en cada hueco dejado por la tierra partida, se veían guerreros desmadejados, destrozados por la fatiga y la desesperación, ocho o diez, doce o veinte, quietos donde habían caído, en posturas de horror y de pesar. Nadie hablaba ni se movía. En cambio, los ojos de cada uno miraban sin ver reinos inexpresables de horror particular.

La existencia se había convertido en un tunel cuyas paredes eran muerte y dentro del cual no existía esperanza de rescate o entrega. El cielo había dejado de ser, y el sol y las estrellas. Lo único que quedaba era la tierra, el polvo revuelto que parecía esperar las entrañas de.los hombres al derramarse, sus huesos destrozados, su sangre, su vida. La tierra cubría a los guerreros. Estaba en sus orejas y en las ventanas de su nariz, en sus ojos y garganta, bajo sus uñas y en el pliegue de la espalda. Cubría el sudor y la sal del pelo; aparecía en sus escupitajos y en las secreciones de la nariz.

Hay un secreto que todos los guerreros comparten, tan privado que nadie se atreve a expresarlo en voz alta, salvo únicamente a aquellos compañeros más queridos que hermanos por la ordalía compartida de las armas. Se trata de los actos de cobardía. Las pequeñas cosas que nadie ve.

El camarada que cayó y pidió ayuda… ¿Se la di? ¿Elegí mi piel en lugar de la suya? Ése fue mi crimen, del que me acuso en el tribunal de mi corazón y me declaro culpable.

Todo hombre quiere vivir. Eso ante todo: se aferra a la respiración.

Sobrevivir.

Sin embargo, incluso este instinto, el más primigenio, el de la autoconservación, incluso esta necesidad de la sangre compartida por todos los que están bajo el cielo, bestias al igual que hombres, incluso esto puede agotarse a causa de la fatiga y el exceso de horror. Penetra en el corazón una forma de valor que no es valor sino desesperación, y no desesperación sino exaltación. Aquel segundo día, los hombres se superaron a sí mismos.

Las hazañas que demostraban un valor sin par llovieron del cielo y los que las realizaron ni siquiera las recordaban.

Vi a un escudero de los flianos, que no era más que un muchacho, coger la armadura de su amo y penetrar en la matanza. Antes de que pudiera dar un solo golpe, una jabalina persa le destrozó la barbilla al atravesarle el hueso. Uno de sus compañeros se precipitó hacia él para taponarle la arteria y arrastrarle a un lugar seguro. El joven dio un.cintarazo con su espada a su salvador. Utilizó su lanza a modo de muleta para volver, cojeando primero y después de rodillas, a la pelea, dando tajos aún al enemigo desde el suelo, donde pereció.

Otros escuderos y criados cogieron estacas de hierro y, descalzos y sin armadura, escalaron la cara de la montaña sobre el desfiladero, clavaron las estacas en las grietas de la roca para sujetarse y desde estas expuestas perchas lanzaban piedras y rocas sobre el enemigo. Los arqueros persas convirtieron a estos muchachos en alfileteros; sus cuerpos colgaban crucificados de las clavijas o caían sobre los combatientes.

El mercader Elefantino se precipitó a terreno abierto para salvar a uno de estos jóvenes que aún vivía, colgado en un reborde sobre la retaguardia de la batalla. Una flecha persa desgarró la garganta del hombre; cayó tan deprisa que pareció desaparecer dentro de la tierra. Se desató una fiera pelea por su cuerpo. ¿Por qué? No era rey ni oficial, sólo un extranjero que cuidaba las heridas de los hombres jóvenes y les hacía reír con su «¡Date cuenta!». Tres hombres murieron para recobrar su cuerpo.

La noche estaba a punto de caer. Los helenos se tambaleaban debido a las bajas y al agotamiento, mientras los persas seguían arrojando campeones frescos a la batalla. Los que estaban en la retaguardia del enemigo eran impulsados hacia adelante por los látigos de los oficiales del rey persa; presionaban con celo a sus hombres, empujándoles hacia los griegos.

¿Su Majestad lo recuerda? Se desató entonces una violenta tempestad en el mar; empezó a llover a cántaros. Para entonces la mayoría de las armas de los aliados se habían estropeado. Los guerreros habían utilizado una docena de lanzas cada uno; ninguno sin embargo llevaba su propio escudo, que había quedado inutilizado hacía tiempo; se defendían con lo que recogían del suelo. Incluso las espadas xiphos de los espartanos se habían roto debido al exceso de golpes. Las hojas resistían, pero los mangos se soltaban. Los hombres peleaban con trozos de hierro y arrojaban medias lanzas que ya no tenían hoja.

El grueso del enemigo se había abierto camino hacia adelante, y estaba a una docena de pasos del Muro. Sólo quedaban allí los espartanos y los

tespios, todos los demás aliados habían sido obligados a retirarse detrás o encima. La enorme masa de enemigos se extendía desde el desfiladero y en todo el triángulo de un centenar de metros delante del Muro.

Los espartanos retrocedieron. Me encontré al lado de Aléxandros sobre el Muro, ayudando a subir a los hombres mientras los aliados lanzaban una lluvia de jabalinas y lanzas rotas, piedras e incluso cascos y escudos sobre el enemigo que seguía avanzando.

Los aliados finalmente retrocedieron. Se retiraron en una masa desordenada, más allá del Muro. Incluso los espartanos se retiraron en desorden con mi amo, Polínices, Alfeo y Marón, destrozados por las heridas y el agotamiento.

El enemigo literalmente arrancaba las piedras del Muro. La marea de su multitud inundó las ruinas, bajando los escalones posteriores para llegar al terreno abierto que había ante los campos desprotegidos de los aliados.

La derrota estaba a cuatro pasos cuando, por causas inexplicables, el enemigo, con la victoria en la palma de la mano, se detuvo con temor y no encontró el valor necesario para proseguir la matanza.

El enemigo se paró, presa de un terror inexplicable.

Qué fuerza había guiado sus corazones y les había despojado del valor, ninguna facultad de la razón puede adivinarlo. Quizá fue que los guerreros del Imperio no podían dar crédito a la inminencia de su triunfo. Quizá habían peleado durante tanto tiempo delante del Muro que sus sentidos no podían asimilar la realidad de que por fin habían llegado a la brecha.

Fuera lo que fuese, el enemigo vaciló. Un instante de quietud sobrenatural envolvió el campo.

De pronto, procedente de los cielos, un rugido de potencia inverosímil, como salido de las gargantas de cincuenta mil hombres, atravesó el éter. Se me erizó el vello de la nuca; me giré hacia Aléxandros; también él estaba paralizado de terror y sobrecogimiento, como todos los demás hombres que había en el campo.

Un rayo de soberana magnitud golpeó la pared del Kallidromos) sobre nuestras cabezas. El trueno resonó, grandes piedras volaron como guijarros desde el acantilado; humo y azufre llenaron el aire. Siguió sonando aquel grito ultraterreno que nos paralizó a todos, aterrorizados, salvo a Leónidas, que se acercó con grandes pasos al borde con la lanza levantada.

—¡Zeus el Salvador! —La voz del rey se mezcló con el trueno-. ¡Por la Hélade y la libertad!

Gritó el paean y se precipitó hacia el enemigo. Un nuevo coraje inundó los corazones de los aliados; con un rugido se lanzaron al contraataque. De nuevo sobre el Muro el enemigo vaciló, presa del pánico, ante ese prodigio del cielo. Me encontré una vez más sobre sus piedras resbaladizas y rotas, disparando lanza tras lanza a la masa de persas y bactrianos, medos e ilirios, lidios y egipcios, que salieron huyendo en estampida.

De la espeluznante matanza que siguió, los ojos de Su Majestad pueden dar fe. Cuando las primeras filas de los persas huyeron aterrorizados, los látigos de su retaguardia obligaron a avanzar a los refuerzos. Como cuando dos olas, una que rompe hacia la orilla antes de la tormenta, y la otra que regresa al mar por la empinada pendiente de la playa, chocan y se aniquilan, así ocurrió cuando chocaron los ejércitos del imperio y miles de hombres quedaron atrapados en el torbellino que se formó en su centro.

Leónidas había ordenado antes a los aliados que construyeran un segundo muro, un muro de cuerpos persas. Precisamente esto sucedió entonces. El enemigo cayó en tal cantidad que ningún guerrero de los aliados plantó el pie en tierra. Se pisaban cuerpos. Cuerpos sobre cuerpos.

Al frente los guerreros helénicos vieron que el enemigo al huir en estampida topaba con los látigos de sus propios hombres de la retaguardia, que cargaban contra ellos y mataban con lanza y espada a sus propios compañeros, frenéticos por escapar. Centenares de hombres cayeron al mar.

Vi las filas delanteras espartanas escalar el muro de cuerpos persas, ayudados por los hombres de la segunda fila para impulsarse.

De pronto, la masa de muertos apilados cedió. Se produjo una avalancha de cuerpos. En el desfiladero, los aliados retrocedían hacia lugar seguro sobre un corrimiento de cuerpos, que ganaba impulso debido a su propio peso mientras iba cayendo con creciente potencia sobre los persas, cubriendo el camino hacia Traquis. Tan grotesca era la visión que los guerreros helénicos, sin que se les ordenara, por instinto, se detuvieron donde estaban, mirando sobrecogidos al enemigo que perecía en cantidades incontables, tragado y borrado bajo la espantosa avalancha de carne humana.

Después, en la asamblea nocturna de los aliados, ese prodigio se recordó y citó como prueba de la intercesión de los dioses. El noble Tirrhastiadas permaneció en pie junto a Leónidas, ante los griegos reunidos,

instándoles con lo que era claramente la apasionada benevolencia de su corazón a retirarse, a dar marcha atrás, a irse. El noble repitió su informe de los diez mil Inmortales, que en aquellos momentos avanzaban por el camino de la montaña para rodear á los aliados. Quedaban menos de un millar de helenos capaces aún de resistir. ¿Qué cabía esperar de éstos contra un número diez veces mayor que les atacaría por la retaguardia sin defensas, mientras por delante avanzaba un número de hombres mil veces mayor que el de ellos?

Sin embargo era tanta la exaltación producida por aquel prodigio final que los aliados ni escuchaban ni prestaban atención. Los hombres se acercaban a la asamblea, escépticos y agnósticos, los que reconocían sus dudas e incluso despreciaban a los dioses; estos mismos hombres ahora juraban y declaraban que aquel rayo del cielo y el retumbar ultraterreno que lo había acompañado no había sido otra cosa que el grito de guerra del propio Zeus.

Habían llegado más noticias alentadoras de la flota. Una tormenta, que inesperadamente se había desatado la noche anterior, había hecho zozobrar a doscientas naves enemigas en la lejana orilla de Eubea. Una quinta parte de la armada de Jerjes, según informó exultante el capitán ateniense Pitíades, se había perdido con todos sus hombres; él había contemplado el naufragio aquel día con sus propios ojos. ¿No podía ser esto obra de un dios?

Leontíades, el jefe tebano, avanzó, secundando al mensajero. ¿Qué fuerza humana, preguntó, puede resistir ante la ira del cielo?

—Tened en cuenta esto, hermanos y aliados, que las nueve décimas partes de la armada persa son naciones que han ido a la guerra obligadas, que han sido reclutadas contra su voluntad a punta de espada. ¿Cómo seguirá manteniéndoles en la línea Jerjes? ¿Como ganado, igual que hoy, impulsados hacia adelante con látigos? Creedme, hombres, los aliados persas se están desmoronando. El descontento y la desafección se están extendiendo como la pestilencia por todo su campamento; la deserción y el motín se hallan a tan sólo una derrota de distancia. Si mañana podemos resistir, hermanos, Jerjes se hallará en tal apuro que le obligará a forzar la salida por mar. Poseidón, que sacude la tierra, ya ha causados estragos una vez en el orgullo de los persas. Quizá el dios pueda volver a ponerle en su sitio.

Los griegos, inflamados por la pasión del jefe tebano, lanzaron ásperas palabras al cimeo Tirrhastiadas. Los aliados juraron que no eran ellos los que ahora estaban en peligro, sino el propio Jerjes y su excesivo orgullo, que había provocado la ira del Todopoderoso.

No necesité mirar a mi amo para leer su corazón. Este trastorno de los aliados era katalepsis, posesión. Era la locura, como seguramente sabían los mismos que hablaban y lanzaban su rabia, provocada por la pena y el horror, al noble cimeo, que tan convenientemente les servía de blanco. El propio príncipe soportó este insulto en silencio, con el semblante ensombrecido por la tristeza.

Leónidas deshizo la asamblea y dio a cada contingente instrucciones para que repararan y reacondicionaran las armas. Envió al capitán Pitíades de nuevo a la flota, con órdenes de informar a los jefes navales Euribíades y Temístocles de todo lo que habían oído y visto allí aquella noche.

Los aliados se dispersaron, y quedaron sólo los espartanos y el noble Thirrhastiadas junto a la hoguera del jefe.

—Un testimonio de fe de lo más impresionante, señor —dijo el persa después de unos momentos-. Estoy seguro de que estas alentadoras oraciones sostendrán el valor de tus hombres. Durante una hora. Hasta que la oscuridad y la fatiga borren el efecto del momento, y el temor por sí mismos y por sus familias aflore de nuevo, como debe ocurrir inevitablemente, en sus corazones.

El persa repitió con énfasis su informe del camino de la montaña y los Diez Mil. Declaró que si la mano de los dioses había estado presente en los acontecimientos de aquel día, no se debía a su benevolencia el querer preservar a los defensores helénicos sino a su perversa y desconocida voluntad que actuaba para desposeerles de la razón. Seguro que un jefe de la sagacidad de Leónidas se daba cuenta de ello, con la misma claridad con que él, alzando la mirada al risco del Kallidromos, podía contemplar allí en la roca las cicatrices del rayo donde durante décadas y siglos numerosos rayos, en el curso natural de las tormentas costeras, habían caído en el promontorio más elevado y más próximo.

Thirrastiadas volvió a presionar a Leónidas y a los espartanos para que dieran crédito a su informe. Los soldados reunidos en asamblea podían no creerle; podían denunciarle e incluso ejecutarle como espía; su razón podía engañarles y creer en una perspectiva propicia para el día de mañana. Sin embargo, su rey y jefe no podía permitirse semejante lujo.

—Digamos —prosiguió el persa- que soy un agente que intriga. Creed que me ha enviado Jerjes. Digamos que mi intención es en interés suyo, para induciros mediante engaños a que abandonéis el paso. Digamos todo esto y creedlo. Aun así, mi informe es cierto.

»Los Inmortales persas vienen hacia aquí.

»Aparecerán por la mañana, diez mil hombres fuertes, en la retaguardia de los aliados.

Dando un paso el noble se situó ante el rey espartano y se dirigió a él con pasión, de hombre a hombre.

—Esta lucha en las Puertas Calientes no será la decisiva, que llegará más adelante, tendrá lugar más en el interior de Grecia, quizá ante las murallas de Atenas, quizá en el istmo, quizá en el Peloponeso, bajo los picos de la propia Esparta. Todo esto lo sabes. Cualquier jefe que sepa interpretar el terreno y la topografía lo sabe.

»Tu nación te necesita. Eres el alma del ejército. Puedes decir que un rey de Lacedemonia nunca se retira. Pero el valor debe estar atemperado con la sabiduría o no es más que simple temeridad.

»Piensa en lo que tú y tus hombres habéis conseguido ya en las Puertas Calientes. La fama que habéis ganado en estos seis días perdurará para siempre. No busques la muerte por la muerte en sí, y tampoco el que se cumpla una vana profecía. Vive y pelea otro día. Otro día con tu ejército completo detrás de ti. Otro día en que la victoria, la victoria decisiva puede ser tuya.

El persa señaló a los oficiales espartanos que estaban agrupados a la luz de la hoguera del consejo. El polemarca Derkylides, los caballeros Polínices y Doreion, los jefes de pelotón y los guerreros, Alfeo y Marón, y mi amo.

—Te lo ruego. Reserva a estos hombres, la flor y nata de Lacedemonia, para darles un día más de vida. Resérvate para ese día.

»Has demostrado tu valor. Ahora te suplico que demuestres tu sabiduría.

»Retírate ahora.

»Marchaos tú y tus hombres mientras aún podéis.

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