Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 27 de 41

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Puertas de fuego

LIBRO VI - Dienekes

LIBRO VI

DIENEKES

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Llevaban pantalones.

Pantalones de color púrpura, abolsados, y unas botas de piel de gamo que llegaban hasta la pantorrilla y les daban un aspecto afeminado. Sus mejillas estaban teñidas de rojo y sus orejas y gargantas llevaban adornos.

Parecían mujeres y sin embargo el efecto de su vestimenta, irreal a los ojos helenos, no provocaba desprecio sino terror. Uno tenía la impresión de que se hallaba frente a hombres del inframundo, de algún país más allá del Océano donde arriba era abajo y la noche, día. ¿Sabían algo que los griegos desconocían? ¿Sus ligeros escudos, que parecían casi ridículamente endebles en contraste con los robustos aspides de bronce y roble y nueve kilos de peso, que les llegaban de la rodilla al hombro, de los helenos, de algún modo eran superiores? Sus lanzas no eran de maciza madera de fresno y de cornejo como las de los griegos sino armas más ligeras, más finas, casi como jabalinas. ¿Cómo podían golpear con ellas? ¿Las lanzaban?

¿Eran más letales que las que empleaban los griegos?

Eran medos, la división de vanguardia de las tropas que atacarían primero a los aliados, aunque ninguno entre los defensores lo sabía entonces con certeza. Los griegos no distinguían entre persas, medos, asirios, babilonios, árabes, frigios, carios, armenios, cisios, capadocios, paflagonios, bactrianos ni ninguna de las otras naciones asiáticas salvo los helenos jónicos y los lidios, los indios, los etíopes y los egipcios que destacaban por sus armas y armadura distintivas. El sentido común dictaba que los jefes del imperio concedieran a una nación entre sus fuerzas el honor de derramar la primera sangre. También tenía sentido, o eso supusieron los griegos, que cuando probaban un enemigo por primera vez, un general prudente no pondría en peligro lo mejor de sus tropas —en el caso de Su Majestad eran sus propios Diez Mil, la guardia personal persa conocida como los Inmortales-, sino que mantendría a esa élite en reserva para lo inesperado.

En realidad, ésta era la estrategia adoptada por Leónidas y los jefes aliados. Éstos mantenían a los espartanos atrás, optando por honrar, tras mucho debatir y discutir, a los guerreros de Tespia. A éstos se les concedió

la primera posición y ahora, la mañana del quinto día, formaban filas, sesenta y cuatro escudos de ancho, en la «pista de baile» formada por el desfiladero en el ápice, la pared montañosa a un lado, los acantilados hasta el golfo en la otra y el Muro Focense reconstruido en la retaguardia.

Esto, el campo de matanza, formaba un triángulo obtuso cuya mayor profundidad se hallaba en el flanco meridional, el que estaba protegido por la pared montañosa. En este extremo los tespios eran dieciocho de profundidad. En el extremo opuesto, junto al mar, sus escudos estaban escalonados en una profundidad de diez. Esta fuerza de Tespia sumaba aproximadamente setecientos hombres.

Inmediatamente detrás, sobre el Muro, estaban los espartanos, flianos y micénicos, hasta un total de seiscientos. Detrás de ellos todos los demás contingentes aliados estaban preparados de forma similar, con la panoplia completa.

Habían transcurrido dos horas desde que el enemigo había sido visto por primera vez, a casi un kilómetro por el camino de Traquis, y aún no se había producido ningún movimiento. Hacía calor aquella mañana. El camino se ensanchaba y formaba una zona abierta del tamaño aproximado del ágora de una pequeña ciudad. Allí, justo después del amanecer, los vigías habían espiado a los medos que se reunían. Su número ascendía a unos cuatro mil. Sin embargo, éstos sólo eran los que se podían ver; el lomo de la montaña ocultaba a los que iban detrás. Se oían las trompetas enemigas y las órdenes que se gritaban a los oficiales para situar a más hombres en su posición. ¿Cuántos miles más se hallaban fuera de la vista?

Las horas transcurrían despacio. Los medos seguían reuniéndose, pero no avanzaban. Los vigías helénicos empezaron a gritarles insultos. De nuevo en el desfiladero, el calor y otras exigencias habían empezado a hacer mella en los impacientes griegos.

No tenía sentido seguir sudando bajo la carga de la armadura completa.

—¡Quitáosla pero estad listos para ponérosla! —dijo Ditirambo el tespio a sus compatriotas en la tosca jerigonza de su ciudad.

Escuderos y criados se precipitaron entre las filas, ayudando cada uno a su hombre a desembarazarse de la coraza y el casco. Se aflojaron los jubones. Los escudos descansaron sobre las rodillas. Se quitaron la gorra que los hombres llevaban debajo del casco y las estrujaron como esponjas de baño, impregnadas de sudor. Las lanzas se colocaron en la posición de descanso, clavando primero la punta en el suelo, donde se erguían formando

una especie de bosque de hierro. Se permitió a las tropas que se arrodillaran. Circularon escuderos con odres de agua, para refrescar a los acalorados guerreros. Era una apuesta segura el que muchos odres contenían un refresco algo más potente que el agua recogida en un manantial.

A medida que el retraso se iba prolongando, la sensación de irrealidad fue creciendo. ¿Era otra falsa alarma, como los cuatro días anteriores?

¿Atacarían los persas?

—¡Dejad de soñar! —gritó un oficial.

Las tropas, con los ojos turbios y abrasados por el sol, siguieron mirando a Leónidas en el Muro con los jefes. ¿De qué estaban hablando?

¿Les llegaría la orden de romper filas?

Incluso Dienekes se impacientó.

—¿Por qué será que en la guerra no puedes quedarte dormido cuando quieres y no puedes estar despierto cuando debes?

Se dirigía hacia el frente para decir unas palabras a su pelotón cuando, de entre las primeras filas, se oyó un grito de tanta intensidad que le dejó sin habla. Todos los ojos se elevaron al cielo.

Los griegos vieron entonces qué era lo que había causado el retraso.

Varios centenares de metros más arriba y en la colina de al lado, un grupo de criados persas escoltados por una compañía de Inmortales estaba erigiendo una plataforma y un trono.

—La madre de todas las zorras —gruñó Dienekes-. Es el joven Pelotas Púrpuras.

Por encima de los ejércitos, se distinguía claramente un hombre de entre treinta y cuarenta años, vestido con túnica púrpura ribeteada de oro, que subía a la plataforma y ocupaba su lugar en el trono. La distancia era quizá de unos doscientos cincuenta metros, pero incluso a esa distancia era imposible confundir la belleza y porte noble del gran rey. Tampoco podía confundirse su actitud de seguridad en sí mismo. Daba la impresión de que era un hombre que había ido a presenciar una diversión. Un espectáculo agradable y divertido, cuyo resultado estaba concertado y sin embargo prometía cierta cantidad de diversión. Tomó asiento. Sus criados instalaron un toldo. Vimos una mesa con refrescos colocada a su lado y, a su izquierda, varios escritorios con un secretario cada uno.

De las gargantas de cuatro mil griegos brotaron insultos y se hicieron gestos obscenos.

Jerjes se levantó con aplomo en respuesta a los insultos helénicos.

Hizo un gesto de magnificencia y, al parecer, con humor, como si recibiera la adulación de sus súbditos. Hizo una reverencia. Daba la impresión, aunque la distancia era demasiado grande para estar seguro, de que sonreía.

Saludó a sus capitanes y se acomodó en su trono.

Mi lugar estaba en el Muro, en el puesto decimotercero desde el flanco izquierdo protegido por la montaña. Vi, como todos los tespios situados ante el Muro y todos los lacedemonios, micénicos y flianos que estaban sobre él, los capitanes del enemigo, que ahora avanzaban al son de sus trompetas, ante las filas reunidas de su infantería. Dios mío, qué belleza.

Seis jefes de división, cada uno al parecer más alto y más noble que el siguiente. Nos enteramos más tarde de que no eran simplemente la flor y la nata de la aristocracia meda, sino que sus filas estaban reforzadas por los hijos y hermanos de los que habían resultado muertos diez años antes por los griegos en Maratón. Pero lo que helaba la sangre era su porte. Su actitud era de desafío, osada hasta el desdén. Barrerían a un lado a los defensores, esto es lo que creían. La carne de su almuerzo ya se estaba asando, en el campamento. Nos aniquilarían y luego regresarían para comer tranquilamente.

Miré a Aléxandros; tenía la frente reluciente, pálida como la cera; su respiración era entrecortada. Mi amo se hallaba junto a él, un paso adelante.

La atención de Dienekes estaba puesta en los medos, cuyas filas reunidas ahora llenaban el desfiladero y parecían extenderse interminablemente, fuera de la vista. Pero ninguna emoción enturbiaba su razón. Les estaba calibrando estratégicamente, evaluando con frialdad su armamento y el porte de sus oficiales, la formación y el intervalo de sus filas. Eran hombres mortales como nosotros; ¿estaban sobrecogidos, como nosotros, por la fuerza que se oponía a ellos? Leónidas había hecho hincapié una y otra vez ante los oficiales de los tespios en que los escudos de sus hombres, sus espinilleras y cascos debían estar lo más relucientes posible. Ahora brillaban como espejos. Sobre los bordes de los escudos cada casco relucía con esplendor, coronado por una cresta de crin de caballo que al temblar y vacilar en la brisa no sólo creaba la impresión de una gran altura sino que confería un aspecto pavoroso que no puede expresarse con palabras sino que debe contemplarse para ser comprendido.

Más terroríficas aún eran las máscaras inexpresivas de los cascos griegos, con sus nasales de bronce gruesos como el pulgar de un hombre,

los protectores de las mejillas y las aberturas para los ojos, que cubrían todo el rostro y daban al enemigo la sensación de que se hallaba no frente a criaturas de carne y hueso como él, sino de alguna espantosa máquina invulnerable, cruel e indestructible. Yo me había reído con Aléxandros menos de dos horas antes cuando él se puso el casco; qué dulce y pueril pareció en un instante, con el casco ladeado sobre la frente y las facciones jóvenes, casi femeninas, al descubierto. Luego, con un leve movimiento, su mano derecha cogió uno de los protectores de las mejillas y se bajó la horrible máscara; en un instante la humanidad de su rostro desapareció, sus amables y expresivos ojos se convirtieron en insondables pozos de negrura dentro de las cuencas de bronce; toda compasión se desvaneció de su aspecto y fue sustituida por la máscara del asesinato.

—Échatela hacia atrás —grité-. Me estás asustando. —No era broma.

Esto era lo que Dienekes estaba evaluando ahora, el efecto que produciría la armadura helénica en el enemigo. Los ojos de mi amo examinaron las filas del enemigo; se veían manchas de orina que oscurecían la parte delantera de los pantalones de más de un hombre. Las puntas de las lanzas temblaban. Ahora los medos formaron. Cada fila encontró su marca, cada jefe su puesto.

Transcurrieron más momentos interminables. El tedio fue desplazado por el terror. Ahora los nervios empezaron a gritar, la sangre latía con fuerza en los oídos. Las manos se quedaron ateridas; toda sensación desapareció de las extremidades. El cuerpo parecía aumentar tres veces de peso, todo él frío como la piedra. Uno oía su propia voz llamando a los dioses y no podía decir si el sonido estaba su cabeza o si vergonzosamente estaba gritando.

El punto de observación de Su Majestad quizá era demasiado elevado sobre la montaña para ver lo que ocurrió a continuación, qué golpe del cielo precipitó enseguida el choque. Fue esto. De repente, una liebre salió del acantilado y corrió directamente entre los dos ejércitos, a no más de nueve metros del jefe tespio Jenocrátides, quien se hallaba al frente de sus tropas, flanqueado por sus capitanes Ditirambo y Protokreon, todos ellos engalanados, con el casco echado atrás en la cabeza. Al ver a esta presa salvaje, el perro Styx, que había estado ladrando furioso, se soltó en el flanco derecho de la formación griega y salió disparado. El efecto habría sido cómico de no haber estado todos los ojos helenos cautivados por el incidente, que consideraron una señal del cielo y esperaban conteniendo el aliento su desenlace.

El himno a Artemisa, que las tropas estaban cantando, vaciló y se quedó a media voz. La liebre huyó directa hacia las primeras filas de los medos, con Styx pisándole los talones y persiguiéndola como un loco.

Ambos animales parecían manchas confusas y el polvo que levantaban al correr permanecía inmóvil en el aire mientras sus cuerpos se estiraban al completo en la carrera. La liebre corría hacia la masa de medos, y cuando estuvo cerca se asustó y dio una voltereta al intentar girar en ángulo recto a gran velocidad. En un instante Styx estuvo sobre ella; las mandíbulas del perro parecieron partir a la presa en dos pero, para asombro de todos, la liebre se liberó, ilesa, y en un abrir y cerrar de ojos recuperó la velocidad de la huida.

Siguió una persecución en zigzag, de menor duración que una docena de latidos del corazón, en la que liebre y sabueso cruzaron tres veces el oudenos corion, la tierra de nadie, entre los ejércitos. Una liebre siempre huirá colina arriba; sus patas delanteras son más cortas que las traseras. El rápido animal echó a correr hacia la pared montañosa, intentando ascender para salvarse. Pero el terreno era demasiado escarpado; los pies de la fugitiva resbalaban; cayó hacia atrás. En un instante su forma colgaba fláccida y rota en las fauces de Styx.

Una aclamación brotó de las gargantas de los cuatro mil griegos, seguros de que se trataba de un augurio de victoria, la respuesta al himno que había sido interrumpido. Pero entonces de las filas de los medos avanzaron dos arqueros. Cuando Styx se volvió, en busca de su amo para mostrarle su pieza, un par de flechas de caña, lanzadas desde no más de veinte metros y al mismo tiempo, se clavaron en el flanco y la garganta del animal, que se desplomó.

Un grito de angustia salió del skirita a quien todos llamaban Sa bueso.

Durante unos instantes terribles su perro se retorció, herido mortalmente por las flechas enemigas. Oímos que el jefe del enemigo gritaba una orden en su lengua. Al instante un millar de arqueros medos elevaron sus arcos. «

¡Ahí viene! », gritó alguien desde el Muro. Todos los escudos helenos fueron colocados enseguida en su lugar. Y se oyó aquel ruido como el de un tejido que se rasga al viento cuando las manos que sujetaban las cuerdas de los arcos las soltaron y las cabezas de bronce de tres puntas salieron volando como una sola por el aire.

Mientras estos proyectiles cruzaban el éter, el jefe tespio Jenocrátides gritó:

—¡Zeus el Trueno y Victoria! —Se arrancó la guirnalda de la frente y se bajó el casco a la posición de combate, que le cubrió el rostro entero salvo por las rendijas para los ojos. En un instante todos los helenos le imitaron. Un millar de flechas les llovieron en un diluvio homicida. Alguien gritó: «¡Tespia!»

Desde el lugar donde yo me encontraba sobre el Muro, daba la impresión de que los tespios se apretaban contra el enemigo en el espacio de dos latidos. Sus filas delanteras chocaron con los medos, no con aquel ruido del trueno, de bronce al chocar con bronce, que los helenos conocían por las colisiones con los de su propia clase, sino con un crujido menos fuerte, casi repugnante, como diez mil puñados de tallos que fueran aplastados en la mano del vendimiador, cuando las caras metálicas de los escudos griegos colisionaron con la pared de mimbre levantada por los medos. El enemigo retrocedió y se tambaleó. Las lanzas tespias se alzaron y se hundieron. En un instante la zona se vio oscurecida por un torbellino de polvo.

Los espartanos que estaban en lo alto del Muro permanecieron inmóviles mientras aquella peculiar compresión de filas se producía ante sus ojos; las tres primeras filas de tespios se compactaron contra el enemigo y giraron como una pared móvil; entonces las filas sucesivas, la cuarta, la quinta, la sexta, la séptima, la octava y más, entre las que se había abierto un intervalo, se integraron formando una ola y apretándose unos a otros, mientras cada hombre levantaba su escudo y lo plantaba todo lo que les permitían sus extremidades rígidas por el temor en la espalda del camarada que tenía delante, colocaba el hombro izquierdo bajo el borde superior y, hundiendo las suelas y los dedos de los pies en la tierra, se arrojaba con todas sus fuerzas sobre el tumulto. El corazón se detenía, sobrecogido, al contemplar cómo cada guerrero tespio apelaba a sus dioses, a las almas de sus hijos, a su madre, a toda entidad, noble o absurda, que pudiera imaginar de ayuda y, olvidando su propia vida, se adentraba con imposible valor en la multitud asesina.

Lo que unos instantes antes era una formación de tropas, distinguible como filas e hileras, incluso como individuos, se transformó en un abrir y cerrar de ojos en una rodante masa homicida. Las reservas tespias no podían contenerse; también ellas se arrojaron hacia adelante, apretando el peso de sus filas en las espaldas de sus hermanos, que a su vez apretaban la masa compacta del enemigo.

Detrás de ellos los escuderos tespios danzaban como hormigas en una sartén, sin formar filas y desarmados; algunos retrocedían aterrados, otros se precipitaban hacia adelante, gritándose unos a otros para darse valor y no fallar a los hombres a los que servían. Hacia estos criados del séquito se dirigió entonces una segunda y una tercera oleada de flechas, lanzadas por los arqueros enemigos apostados en la retaguardia de sus lanceros. Las puntas de bronce golpearon el suelo en un frente desigual pero distinguible, como una línea de tormenta en el mar. Se veía esta cortina de muerte retirarse hacia atrás a medida que los arqueros medos retrocedían detrás de sus lanceros, manteniendo un espacio para poder concentrar su fuego en la masa de los griegos que les atacaban y no desperdiciar la oportunidad, lanzando flechas por encima de sus cabezas. Un escudero tespio se lanzó de forma insensata hacia la línea de fuego. Una punta de bronce se le clavó en el pie y le inmovilizó. Logró sacársela y se fue aullando de dolor y maldiciéndose por idiota.

—¡Adelante, a la Piedra del León!

Leónidas descendió la pendiente de piedra del Muro hacia el espacio abierto ante los espartanos, micénicos y flianos. Éstos ahora le siguieron, mientras la «zona castigada» por las puntas de bronce del enemigo retrocedía bajo el furioso empuje de los tespios, manteniendo sus filas como habían ensayado medio centenar de veces en los cuatro días anteriores.

A lo largo de la cara montañosa de la izquierda, tres piedras, cada una del doble de la altura de un hombre para poder ser vistas por encima del polvo de la batalla, habían sido elegidas como puntos de referencia.

La Piedra del Lagarto, llamada así por un ejemplar de esta especie particularmente temerario que tomaba el sol allí, se encontraba más hacia adelante del Muro Focense, más cerca del desfiladero, a unos treinta y cinco metros de la boca del paso. Ésta era la línea hasta la que se permitiría avanzar al enemigo. Se había determinado mediante pruebas con nuestros propios hombres que un millar de enemigos, muy juntos, podían caber entre esta demarcación y el desfiladero. Un millar, había ordenado Leónidas, serán invitados al baile. Allí, en la Piedra del Lagarto, quedarían atrapados y no podrían avanzar.

La Piedra del Cuervo, la segunda de las tres y a otros treinta metros detrás de la del Lagarto, definía la línea en la que cada destacamento de relevo se agruparía, inmediatamente antes de ser arrojados a la refriega.

La Piedra del León, la más posterior de las tres y directamente enfrente del Muro, señalaba la línea de espera. La rampa de los corredores, en la que cada unidad de relevo se reuniría, dejando suficiente espacio entre ella y los que realmente estaban peleando para que las filas traseras de los combatientes maniobraran, para ceder terreno si era necesario, para reunirse, para que un flanco apoyara a otro y para que los heridos fueran retirados.

A lo largo de esta demarcación los espartanos, micénicos y flianos ocuparon sus puestos.

—¡Formad la fila! —gritó el polemarca Olimpios-. ¡Cerrad vuestro intervalo!

Se movía ante ellos, despreciando la lluvia de flechas y gritando a sus jefes de pelotón, que transmitían las órdenes a sus hombres.

Leónidas, aún más lejos, vigilaba la lucha, irritante y envuelta en polvo, que se desarrollaba al frente, en el desfiladero. El ruido había aumentado. El choque de las espadas y lanzas contra los escudos, el repique como de campanas del bronce, los gritos de los hombres, los chasquidos cuando las lanzas temblaban bajo el impacto y se partían en dos; todo ello resonaba y reverberaba entre la cara de la montaña y el desfiladero como en un anfiteatro. Leónidas, con su casco levantado, se volvió y señaló al polemarca.

—¡Escudos, descanso! —resonó la voz de Olimpios.

A lo largo de la línea espartana se bajaron los aspides y se colocaron de pie sobre el suelo, los bordes superiores en equilibrio contra el muslo de cada hombre, y la abrazadera que se cogía con el antebrazo y la empuñadura en la mano, listas. Todos los cascos estaban levantados y los rostros de los hombres, expuestos. Al lado de Dienekes, su capitán de ocho Bías saltaba como una pulga.

—Ya está, ya está, ya está.

—Quietos, caballeros. —Dienekes avanzó para que sus hombres le vieran-. Descansad esos escudos.

En la tercera fila Aristón, agitado en extremo, aferraba su escudo a la izquierda. Dienekes llegó hasta él y le dio un golpe con la parte plana de su palo buscalagartos.

—¿Te estás exhibiendo?

El joven volvió a la realidad, parpadeando como un muchacho que despierta de una pesadilla. Por un instante se vio que no tenía ni idea de

quién era Dienekes o qué quería. Luego, con un respingo y expresión dócil, se recuperó y bajó el escudo a la posición de descanso sobre su rodilla.

Dienekes paseaba ante los hombres.

—¡Todos los ojos sobre mí! ¡Aquí, hermanos! —Su voz penetraba, dura y ronca, con el tono que todos sus combatientes conocían cuando su lengua se vuelve cuero-. ¡Miradme a mí, no miréis la pelea!

Los hombres apartaron sus ojos de la marea de muerte que tenía lugar a tiro de piedra de ellos. Dienekes se erguía ante ellos, de espaldas al enemigo.

—Esto es lo que está ocurriendo, un ciego lo sabría sólo por el ruido.

—La voz de Dienekes se oía pese al estruendo procedente del desfiladero-.

Los escudos enemigos son demasiado pequeños y demasiado ligeros. No pueden protegerse. Los tespios los están destrozando. —Las miradas de los hombres seguían desviándose hacia la lucha-. ¡Miradme a mí! ¡Poned aquí vuestras lámparas, maldita sea! El enemigo todavía no ha caído. Sienten los ojos de su rey sobre ellos. Están cayendo como trigo pero su valor no les ha abandonado. ¡Miradme, os digo! En la zona de la batalla ahora veis los cascos de nuestros aliados, que destacan; da la impresión de que los tespios están erigiendo un muro. Así es. Un muro de cuerpos persas.

Era cierto. Claramente se veía una elevación formada por hombres, una ola en la confusión de hombres.

—Los tespios sólo aguantarán unos minutos más. Están exhaustos de tanto matar. Es una matanza de gallos. Peces en una red. ¡Escuchadme!

Cuando nos llegue el turno, el enemigo estará listo para rendirse. Ya le oigo resquebrajarse. Recordad: vamos a dar un solo asalto. Entrar y salir. Nadie morirá. No quiero héroes. Entrad, matad a todos los que podáis y salid cuando suenen las trompetas.

Detrás de los espartanos, en el Muro, que se había llenado con la tercera oleada de tegeos y locrios, mil doscientos, el gemido del sarpinx atravesaba el estruendo. Delante, Leónidas alzó su lanza y se bajó el casco.

Se veía a Polínices y los Caballeros avanzar para rodearle. El turno de los tespios había terminado.

—¡Cascos abajo! —rugió Dienekes-. ¡Escudos arriba!

Los espartanos entraron frontalmente, ocho filas de profundidad, con un doble intervalo, permitiendo a los tespios retirarse entre sus filas, hombre por hombre, de fila en fila. No había orden; los tespios estaban agotados; los lacedemonios pasaron por encima. Cuando los promachoi

espartanos, los de las primeras filas, estuvieron a tres escudos del frente, sus lanzas empezaron a caer sobre el enemigo pasando por encima de los hombros de los aliados. Muchos tespios simplemente se dejaron caer y fueron pisoteados; sus compañeros les ayudaron a levantarse una vez que la línea hubo pasado.

Todo lo que Dienekes había dicho resultó ser verdad. Los escudos de los medos no sólo eran demasiado ligeros y pequeños, sino que su falta de masa les impedía ganar impulso contra los aspides helenos, anchos, pesados y de forma cóncava. Los escudos del enemigo resbalaban al chocar con los de los griegos y caían a derecha e izquierda, dejando al descubierto el cuello y los muslos, la garganta y la entrepierna de sus portadores. Los espartanos golpeaban por arriba con sus lanzas, una y otra vez en la cara y cuello del enemigo. El armamento de los medos era propio de escaramuzas, de guerreros de las llanuras con armas ligeras, cuyo papel era golpear rápidamente, por debajo del alcance de las lanzas, y afrontaban la muerte desde lejos. Esta apretada lucha cuerpo a cuerpo era un infierno para ellos.

Y sin embargo resistían. Su valor era infatigable, temerario hasta el punto de rozar la locura. Se convertía en sacrificio, puro y simple; los medos cedían sus cuerpos como si la carne misma fuera un arma. En cuestión de minutos los espartanos, y sin duda los micénicos yflianos también, aunque yo no los veía, estaban agotados. Simplemente de matar.

Simplemente por el esfuerzo que suponía lanzar la lanza, llevar el peso del escudo en el hombro, el rugir de la sangre al correr por las venas y el martilleo del corazón en el pecho. Las pilas de cuerpos enemigos crecían.

Detrás de los espartanos, pisándoles los talones, sus escuderos abandonaban toda idea de causar víctimas con sus propias armas y se limitaban a sacar a rastras los cuerpos mutilados del enemigo para ayudar a sus hombres a mantenerse en pie. Vi a Demades, el escudero de Aristón, cortar la garganta a tres medos en quince segundos y arrojar sus cuerpos a un montón de hombres que gemían y se retorcían.

La disciplina se había roto entre las primeras filas de los medos; los oficiales gritaban órdenes pero nadie las oía entre el fragor, y aunque las oyeran los hombres estaban tan inmersos en la batalla que no podían reaccionar. Aun así, la masa no era presa del pánico. Desesperados, arrojaban a un lado los arcos, las lanzas y los escudos y simplemente luchaban con las manos desnudas contra las armas de los espartanos. Se aferraban a las lanzas, se colgaban con ambas manos y forcejeaban para

arrancárselas. Otros se arrojaban osadamente contra los escudos lacedemonios, agarraban el borde superior y tiraban de él hacia abajo, arañando a los espartanos con sus manos.

Los espartanos mataban con la asesina eficiencia de sus espadas cortas xiphos. Vi a Aléxandros, el escudo arrancado de su mano, hundir su xiphos en el rostro de un medo cuyas manos golpeaban su entrepierna.

Los lacedemonios situados en medio penetraron en la confusión, lanzas y escudos aún intactos. Pero la capacidad de relevo de los medos parecía ilimitada; por encima del fragor, se vislumbraban los miles de refuerzos que entrarían en el desfiladero como una riada, con otros miles detrás y otros detrás de éstos. A pesar de la catastrófica cifra de víctimas, la marea empezó a combar la línea espartana. Lo único que impidió que el enemigo se tragara a los helenos fue que no podían penetrar suficientes hombres por el desfiladero con la rapidez necesaria; esto y el muro de cuerpos medos que ahora obstruía los confines como un corrimiento de tierras.

Los espartanos pelearon por detrás de este muro de carne como si se tratara de una almena de piedra. El enemigo pululaba por encima.

Ahora que estábamos en la retaguardia les veíamos; se convirtieron en blancos. Dos veces Suicidio arrojó jabalinas por encima del hombro de Aléxandros hacia los medos que atacaban al joven desde lo alto del montón de cadáveres. Había cuerpos en el suelo por todas partes. Yo me subí a lo que creía era una piedra y noté que se retorcía bajo mis pies. Era un medo, que estaba vivo. Me hundió la punta de una cimitarra rota tres centímetros en la pantorrilla; aullé de terror y caí sobre la maraña de miembros ensangrentados. El enemigo vino a mí con los dientes. Me agarró el brazo como para arrancármelo; le di un golpe en la cara con mi arco, que no había soltado. De pronto un pie se plantó con fuerza sobre mi espalda. Un hacha de batalla cayó produciendo un espeluznante silbido; el cráneo del enemigo se partió como un melón.

—¿Qué miras ahí abajo? —me preguntó una voz. Era Acanto, el escudero de Polínices, salpicado de sangre y sonriendo como un loco.

El enemigo cayó sobre el muro de cuerpos. Cuando me puse en pie había perdido de vista a Dienekes; no sabía en qué pelotón estaba o dónde se encontraba mi puesto. No tenía idea de cuánto tiempo hacía que peleábamos. ¿Dos minutos o veinte? Tenía dos lanzas de recambio colgadas a la espalda, con el hierro enfundado en cuero, de modo que si caía

accidentalmente, las puntas de lanza no harían ningún daño a nuestros camaradas. Algunos escuderos llevaban la misma carga; todos estaban tan apurados como yo.

Arriba, delante, se oían los chasquidos de las lanzas medas cuando chocaban contra el bronce espartano. Las largas lanzas de los espartanos producían un ruido diferente al de las más cortas y ligeras del enemigo. La marea iba contra los lacedemonios, no por falta de valor sino simplemente como consecuencia de las abrumadoras masas de hombres que el enemigo lanzaba a la línea. Yo buscaba frenético a Dienekes para entregarle mis lanzas de repuesto. La escena era caótica. Oía caer a los hombres a izquierda y derecha y veía a los espartanos de las filas posteriores que se combaban a medida que las filas que tenían delante cedían bajo el empuje de los medos. Tuve que olvidar a mi amo y servir donde pudiera.

Me precipité a un punto donde la línea era más delgada, sólo tres de profundidad, y empezaba a hincharse en la inversión desesperada que precede a la rotura. Un espartano cayó de espaldas entre las fauces de la matanza; vi a un medo cortar la cabeza del guerrero con un solo golpe de cimitarra. El cráneo cayó, con casco y todo, al separarse del torso y rodó en el polvo, brotó la médula y el hueso de la columna vertebral asomó, de un blanco grisáceo espantoso. El casco y la cabeza desaparecieron entre la tormenta de espinilleras que se movían y pies calzados y descalzos. El asesino lanzó un grito de triunfo y alzó su espada al cielo; un instante después un guerrero vestido de color púrpura hundió su larga lanza tan profundamente en las entrañas del enemigo, que la punta salió por la espalda del hombre. El espartano no podía sacar el arma, así que la rompió, plantando un pie en el vientre del enemigo aún vivo y partiendo la empuñadura de fresno en dos. No tenía ni idea de quién era este héroe, y nunca lo descubrí.

—¡Lanza! —oí que gritaba mientras volvía la cabeza para encontrar una lanza de repuesto, cualquier cosa que llevarse a la mano.

Saqué las dos lanzas de repuesto que llevaba a la espalda y las arrojé a las manos del guerrero desconocido. Se echó hacia atrás. Cogió una y se giró para clavarla con las dos manos en la garganta de otro medo. Le habían cortado o arrancado la empuñadura de su escudo y el aspis había caído al suelo. No había espacio para recogerlo. Dos medos se precipitaron hacia el espartano con las lanzas preparadas, sólo para ser interceptados por el escudo de su compañero de fila, que se colocó en su lugar para defenderle.

Ambas lanzas enemigas chasquearon cuando sus puntas chocaron con la cara de bronce y roble del escudo. En la precipitación, el impulso hizo seguir adelante a los medos, que cayeron al suelo y se liaron con el primer espartano. Éste metió su xiphos en el vientre del primer medo, se levantó lanzando un grito homicida y rajó ambos ojos del segundo. El enemigo se llevó las manos al rostro, horrorizado, y la sangre que brotaba empezó a escurrirse entre sus dedos apretados. El espartano cogió su propio escudo y golpeó con el borde de éste la garganta del enemigo, tan fuerte que por poco lo decapitó.

—¡Re-formación! ¡Re-formación! —oí que gritaba un oficial.

Alguien me apartó por detrás. En un instante otros espartanos, de otro pelotón, avanzaron y reforzaron el frente fino como una membrana que estaba a punto de romperse. Esto era luchar cubriendo huecos. Paralizaba el corazón ver la valentía que había en esto. En algunos momentos, lo que había sido una situación al borde de la catástrofe se transformó, gracias a la disciplina y orden de las filas de refuerzo, en un punto fuerte, una ventaja.

Cada hombre que se encontraba en la parte delantera, sin importar qué fila hubiera ocupado durante la formación, asumió entonces el papel de oficial.

Cerraron filas con sus escudos. Un muro de bronce se elevó ante la masa confusa, lo que representó unos instantes preciosos para que los que se encontraban en la retaguardia volvieran a formar y a reunirse, colocándose en posición en segunda, tercera y cuarta fila.

Nada da más valor al corazón de los guerreros que encontrarse a sí mismos y a sus camaradas a punto de ser aniquilados y entonces, no simplemente actuar por instinto o valentía sino por la disciplina y el entrenamiento, con la presencia de ánimo necesaria para no caer en el pánico, no ceder a la desesperación, sino realizar esos actos que para Dienekes eran el logro supremo del guerrero: realizar lo corriente en condiciones muy diferentes a las corrientes. No sólo lograrlo por uno mismo, solo, como Aquiles o los campeones de antaño, sino hacerlo como parte de una unidad, sentir alrededor de uno a los hermanos de armas, camaradas a quien uno ni siquiera conoce, con los que uno jamás ha entrenado; sentirles llenar los espacios junto a uno, del lado de la lanza al lado del escudo, delante y detrás, contemplar a los camaradas en situación semejante, no en un frenesí de abandono impulsado por la locura sino con orden y compostura, conociendo cada hombre su papel y desempeñándolo; el guerrero en estos momentos se encuentra como tocado por la mano de un

dios. No puede decir dónde termina su ser y dónde empieza el del camarada que tiene al lado. En cada momento, la falange forma una unidad tan densa que actúa no simplemente como una máquina de guerra sino que, sobrepasando esta idea, lo hace como un solo organismo, como una bestia con sangre y un corazón.

Las flechas enemigas llovían sobre la línea espartana. Desde donde me encontraba, justo detrás de las filas posteriores, veía los pies de los guerreros, al principio pisando en desorden la tierra ensangrentada, avanzar al unísono, con una cadencia implacable. El gemido de las flautas penetraba en el furioso estruendo del bronce y sonaba el ritmo que era en parte música y en parte latido del corazón. Con una sacudida el pie del lado del escudo del guerrero empujaba hacia adelante, contra el enemigo; ahora el pie del lado de la lanza, plantado formando un ángulo de noventa grados, se clavaba en el fango; el arco del pie se hundía cuando el peso de un hombre encontraba su lugar y, con el hombro izquierdo clavado en la parte interior del escudo, cuya ancha superficie exterior estaba apretada a la espalda del camarada que tenía delante, reunía toda la fuerza de sus tejidos y tendones para empujar siguiendo el ritmo. Igual que los remeros, la suma del empuje de los hombres impulsaba la nave de la falange hacia adelante contra la marea del enemigo.

Delante, las largas lanzas de los espartanos volaban hacia el enemigo por encima del borde superior del escudo, hasta la cara del enemigo, su garganta y sus hombros. El ruido que producían los escudos al chocar con otros escudos ya no era el estruendo del impacto inicial, sino más profundo y más aterrador, como el de algún atroz molino de muerte. Tampoco los gritos de los hombres, espartanos y medos, se elevaban ya en el coro enloquecido de rabia y terror. En cambio, los pulmones de cada guerrero bombeaban sólo para respirar; los pechos subían y bajaban como fuelles de una fundición, el sudor resbalaba hasta el suelo en regueros, mientras que el sonido que salía de las gargantas de las masas contendientes era algo parecido al de una miríada de canteros, cada uno atado a la cuerda enroscada del trineo, rugiendo y haciendo fuerza para arrastrar alguna piedra enorme por la tierra que se resiste.

La guerra es trabajo, enseñaba siempre Dienekes, procurando despojarla de misterio. Los medos, pese a todo su valor, su número y toda la habilidad que indudablemente poseían en la guerra en espacio abierto con la que habían conquistado toda Asia, no habían realizado su aprendizaje en

este combate de la infantería pesada al estilo heleno. Sus filas no estaban entrenadas para contener la línea de empuje y agruparse para empujar a su vez al unísono; las filas no habían entrenado interminablemente como los espartanos para mantener la formación y los intervalos. Los medos se convirtieron en una turba. Empujaban a los lacedemonios como ovejas huyendo de un incendio en un redil, sin cadencia ni cohesión, impulsados sólo por el valor que, aunque glorioso, no podía superar al disciplinado y cohesionado ataque que ahora se abatía sobre ellos.

El infortunado enemigo que iba delante no tenía dónde esconderse. Se encontraron inmovilizados entre la multitud formada por sus propios compañeros que les empujaban por detrás y las lanzas espartanas que caían sobre ellos. Los hombres morían simplemente por falta de aire. El corazón les fallaba. Vislumbré a Alfeo y Marón; como un par de bueyes uncidos, los hermanos, que peleaban codo con codo, la punta de un embate de doce filas de profundidad que empujaba y rompía las filas medas a treinta metros de la pared montañosa.

Los Caballeros, a la derecha de los mellizos, penetraron en esta brecha mientras Leónidas peleaba en la vanguardia, y apretaron furiosamente contra la derecha desprotegida del enemigo. Que Dios ayude a los hijos del Imperio que pretendan resistirse a éstos, Polínices y Doreion, Tercleio y Patrocles, Nicolao y los dos Agises, todos ellos atletas sin par en lo mejor de su juventud, peleando junto a su rey y locos por alcanzar la gloria que ahora danzaba al alcance de su mano.

En cuanto a mí, confieso que aquel horror estuvo a punto de vencerme.

Aunque había cargado con dos carcajes y veinticuatro puntas de hierro, la lucha era tan fiera y furiosa que me quedé sin nada. Disparaba entre los cascos de los guerreros, a bocajarro, a la cara y garganta del enemigo.

Aquello no era arquería, era matanza. Sacaba puntas de hierro de las entrañas de los que aún vivían para recargar y reabastecer mis municiones agotadas. El asta de madera de una flecha colocada en el arco resbalaba de la muesca a causa de la sangre y el tejido que había en ella; las puntas de combate goteaban sangre antes de ser disparadas. Abrumados por el horror, mis ojos se cerraban por voluntad propia; tenía que abrírmelos a la fuerza con las dos manos. ¿Me había, vuelto loco?

Estaba desesperado por encontrar a Dienekes, por ocupar mi puesto para cubrirle, pero la parte de mi mente que aún conservaba el juicio me ordenaba quedarme allí, contribuir donde estaba.

En la aglomeración de la falange, cada hombre notaba el cambio de la marea cuando el ímpetu de emergencia pasaba como una ola, sustituido por la sensación tranquilizadora del miedo que se supera, la recuperación de la compostura y la aplicación a la obra asesina de la guerra. ¿Quién puede decir cómo las vicisitudes de la pelea se comunican a la masa de luchadores? De alguna manera los guerreros percibían que la izquierda espartana, junto a la cara de la montaña, había quebrado a los medos. Un grito de alegría corrió lateralmente como un frente de tormenta, aumentando y multiplicándose en las gargantas de los lacedemonios. El enemigo también lo supo. Notaron que su línea se quebraba.

Por fin encontré a mi amo. Con una exclamación de alegría, localicé su casco de oficial con cimera, en la parte delantera, presionando sobre una barrera de lanceros medos que ya no atacaban, sino que retrocedían, aterrorizados, arrojando sus escudos y arrollando a los desesperados hombres que tenían detrás. Corrí hacia su posición, crucé el espacio abierto inmediatamente en la parte posterior de la línea espartana que avanzaba.

Esta franja de terreno de nadie incluía el único corredor de abrigo de todo el campo, en la brecha que quedaba entre la lucha cuerpo a cuerpo de la línea y la «zona de castigo» de las flechas medas, que volaban desde detrás de sus líneas por encima de los ejércitos que se batían hacia las formaciones helénicas que esperaban en reserva.

Los heridos medos se habían arrastrado hasta este santuario, así como los aterrorizados, los que se hacían el muerto y los extenuados. Había cuerpos enemigos por todas partes, muertos y agonizantes, pisoteados, mutilados y destrozados. Vi a un medo con una barba magnífica sentado mansamente en el suelo, sosteniendo sus intestinos con las manos. Cuando pasé por delante, una flecha de uno de los suyos cayó del cielo y le clavó el muslo al suelo. Sus ojos se encontraron con los míos con la expresión más lastimera; no sé por qué, pero le arrastré media docena de pasos hasta la bolsa de ilusoria seguridad. Los tegeos y los locrios de Opunte, nuestros aliados que iban a entrar a continuación en la refriega, estaban arrodillados en sus filas, agrupados en la línea bajo la Piedra del León con sus escudos elevados para protegerse de la lluvia de flechas enemigas. La extensión de tierra ante ellos brillaba como un alfiletero, lleno de flechas enemigas. La empalizada del Muro estaba en llamas, encendidas con los centenares de lanzamientos de estopa del enemigo.

Entonces los lanceros medos cedieron. Como en un juego de bolos infantil, sus filas cayeron hacia atrás; los cuerpos se desplomaron unos encima de los otros cuando los de delante trataron de huir y los de atrás se enredaron con ellos. El terreno ante el avance espartano se convirtió en un mar de extremidades y torsos, muslos y vientres, espaldas de hombres que se arrastraban sobre sus camaradas caídos, mientras otros, inmovilizados de espaldas, se retorcían y gritaban con las manos alzadas, suplicando ayuda.

La matanza sobrepasaba la capacidad mental necesaria para asimilarla.

Vi a Olimpios ir hacia atrás, pisando no el suelo sino la carne del enemigo caído, una alfombra de cuerpos, los heridos así como los muertos, mientras su escudero Abatos iba a su lado, hundiendo su palo buscalagartos, clavando la punta como un remero clava el remo en el agua, en los vientres del enemigo aún no muerto. Olimpios se detuvo frente a las reservas aliadas que se hallaban 'en posición junto al Muro. Se quitó el casco para que los jefes pudieran ver su rostro, luego levantó y bajó tres veces su lanza sostenida lateralmente.

—¡Avanzad! ¡Avanzad!

Lanzando un grito que heló la sangre, lo hicieron.

Vi a Olimpios detenerse con la cabeza desnuda y mirar fijamente la tierra sembrada de enemigos que le rodeaba, abrumado por la magnitud de la carnicería. Luego volvió a ponerse el casco y su rostro desapareció bajo el bronce salpicado de sangre; llamó a su escudero y volvió con grandes pasos al lugar de la batalla.

En la retaguardia de los lanceros derrotados se hallaban sus hermanos, los arqueros medos. Éstos estaban en formación aún ordenada, veinte de profundidad, y cada arquero situado detrás de un escudo de mimbre de la altura del cuerpo, su base anclada en el suelo con puntas de hierro. Una tierra de nadie de treinta metros separaba a los espartanos de este muro de arqueros. El enemigo empezó entonces a disparar directamente a sus propios lanceros, los últimos valientes que aún luchaban a brazo partido con la avanzadilla lacedemonia.

Los medos disparaban a sus propios hombres en la espalda.

No les importaba si mataban a diez de sus hermanos, si un lanzamiento afortunado podía herir a un espartano.

De todos los momentos de valor supremo que se desarrollaron durante aquel día horripilante, el que los aliados situados sobre el Muro contemplaron entonces los sobrepasó a todos, y ninguno de los que lo

presenciaron puede compararlo a nada que jamás haya visto bajo el cielo.

Cuando el frente espartano luchaba con los últimos lanceros que quedaban, los de las filas delanteras salieron al terreno abierto y quedaron expuestos ante los arqueros medos. El propio Leónidas, que a su edad había sobrevivido a una refriega cuyo desgaste habría sobrepasado los límites de resistencia del más robusto joven en lo mejor de su vida, gritó la orden de formar y avanzar. Esta orden la obedecieron los lacedemonios, si no con la precisión con que lo hacían en los desfiles, al menos con una disciplina y orden inimaginables dadas las circunstancias. Antes de que los medos tuvieran tiempo de soltar su segunda andanada, se encontraron cara a cara con un frente de más de sesenta escudos, los lambdas de Lacedemonia ocultos bajo Además, las filas enemigas no eran tan compactas como la falange espartana. Había un vacío, un intervalo entre filas dictado por las necesidades físicas del arco. El resultado de ello era precisamente lo que los lacedemonios esperaban: la primera fila del enemigo se desplomó inmediatamente con el primer choque, los escudos de la longitud del cuerpo cayeron hacia atrás, con sus puntos de anclaje clavados en el suelo torcidos como los palos de una tienda bajo un fuerte viento. Los arqueros de la primera fila eran literalmente arrancados del suelo, sus escudos en forma de muro se hundían sobre ellos como reductos de fortaleza bajo el ataque del ariete. El avance espartano pasó por encima de ellos y de la segunda y tercera filas. La turba formada por las filas centrales del enemigo, animada por sus oficiales, trataba desesperadamente de resistir. Pecho con pecho con las tropas de choque espartanas, los arcos del enemigo eran inútiles. Los soltaron y pelearon con sus cimitarras. Vi un frente completo, sin escudos, rasgar el aire salvajemente con una hoja en cada mano. El valor de los medos individualmente estaba fuera de toda duda, pero sus armas ligeras eran inofensivas como juguetes; contra el resistente muro de la armadura espartana, era como si se estuvieran defendiendo con juncos o tallos de hinojo.

Aquella noche nos enteramos, por los desertores helenos que en la confusión habían huido, que las filas posteriores del enemigo, treinta y cuarenta empezando por delante, habían sido comprimidas, y con tan poca resistencia que muchos habían empezado a precipitarse al mar. Al parecer había reinado el desorden en una sección de varios centenares de metros, más allá del desfiladero, donde el sendero acababa en una pared montañosa y el golfo se extendía veinticuatro metros más abajo. En este borde, según

informaron los desertores, desventurados lanceros y arqueros se habían despeñado por veintenas; se aferraban a los hombres que tenían delante y éstos caían con ellos a una muerte segura. Nos enteramos de que Su Majestad se vio obligada a presenciarlo, ya que su punto de observación se encontraba casi directamente sobre este lugar. Ésta fue la segunda ocasión, según dijeron los observadores, en que Su Majestad se puso en pie temiendo por el destino de sus guerreros.

El terreno inmediatamente en la retaguardia del avance espartano, como era de esperar, estaba atestado de muertos y heridos del enemigo.

Pero ocurrió otra cosa. Los medos habían sido rebasados con tanta velocidad y fuerza que muchos de ellos, una cantidad nada despreciable, habían sobrevivido ilesos. Éstos se levantaron e intentaron agruparse, pero se vieron atacados casi de inmediato por las filas compactas de las reservas aliadas que ya avanzaban para reforzar y relevar a los espartanos. Se produjo una segunda matanza, cuando los tegeos y locrios cayeron sobre esta cosecha. Tegea linda con el territorio de Lacedemonia. Durante siglos los espartanos y tegeos habían peleado en las llanuras limítrofes, en las tres generaciones anteriores, y pronto se hicieron aliados y camaradas. De todos los peloponenses salvo los espartanos, los guerreros de Tegea son los más fieros y los más expertos. En cuanto a los locrios de Opunte, estaban peleando por su país; sus hogares y templos, campos y santuarios se extendían a una hora de marcha de las Puertas Calientes. «Región» no estaba incluida en el vocabulario del invasor persa, lo sabían; tampoco estaría en el suyo. Yo arrastraba a un Caballero herido, el amigo de Polínices, Doreion, a la seguridad del borde del campo cuando mi pie resbaló en una corriente que me llegaba a la altura del tobillo. Por dos veces intenté recuperar el equilibrio y dos veces caí. Maldije la tierra. ¿Qué perverso manantial habría brotado de pronto de la ladera de la montaña cuando en aquel sitio antes no había nada? Miré al suelo. Un río de sangre cubría mis pies y se escurría por el suelo como si fuera el canalón de un matadero.

Los medos se habían dividido. Los tegeos y locrios salieron como refuerzo a través de las filas de los espartanos agotados, atacando con fuerza al enemigo que retrocedía. Ahora les tocaba a los aliados.

—¡A por ellos, muchachos! —gritó una voz espartana mientras la ola de filas aliadas avanzaba con una profundidad de diez desde la retaguardia y ambos flancos y se cerraban en una falange compacta delante de los

guerreros de Esparta, que al fin se levantaron, temblorosas las piernas por la fatiga, y volvieron, a desplomarse uno encima de otro en el suelo.

Por fin encontré a mi amo. Estaba sobre una rodilla, exhausto, agarrando con los dos puños su lanza, que estaba clavada en el suelo y de la que él colgaba como una marioneta rota en un palo. El peso de su casco le hacía tener la cabeza baja; no le quedaban fuerzas para levantarla.

Aléxandros se desplomó a su lado, destrozado por el agotamiento. Su tórax subía y bajaba como el de un animal, mientras del bronce que le cubría las mejillas le goteaba una espuma formada por saliva, flema y sangre.

Llegaron los tegeos y locrios y pasaron de largo.

Allá iban, haciendo retroceder al enemigo ante ellos.

Por primera vez en lo que parecieron horas, el miedo de la inminente extinción disminuyó. Los lacedemonios cayeron al suelo donde estaban, en grupos de tres y de cuatro, de ocho y de diez, aspirando aire, jadeantes, para dar gracias a los dioses. Ninguno lograba reunir la fuerza suficiente para hablar. Las armas caían por su propio peso, en puños tan ateridos que la voluntad no podía obligar a los músculos a aflojar su presión. Los escudos se dejaban caer a tierra, boca abajo; hombres exhaustos se derrumbaban sobre ellos de bruces, demasiado agotados incluso para quitarse el casco.

Aléxandros escupió un puñado de dientes. Cuando recuperó la fuerza suficiente para quitarse el casco, su pelo largo se derramó apelmazado, una masa enmarañada de sudor salado y sangre coagulada. Sus ojos estaban fijos, inexpresivos como piedras. Se dejó caer como un niño, enterrando el rostro en el regazo de mi amo, llorando las lágrimas secas de aquellos cuyo cuerpo destrozado ya no tiene más fluido que gastar.

Apareció Suicidio, herido en ambos hombros y jubiloso. Destacaba por encima de las filas desmoronadas de hombres, temerario, escrutando el lugar donde ahora los aliados acometían a los últimos medos y les estaban destrozando con un estruendo tan horripilante que daba la impresión de que la matanza se estaba produciendo a diez pasos y no a un centenar.

Vi los ojos de mi amo, manchas negras detrás de las ranuras del casco.

Su mano señaló débilmente la funda de las lanzas vacía que llevaba a mi espalda.

—¿Qué ha ocurrido con mis lanzas de repuesto? —preguntó con voz ronca.

—Las he repartido.

Transcurrió un momento hasta que recuperó el aliento. —Entre nuestros hombres, espero.

Le ayudé a quitarse el casco. Pareció tardar minutos, tan empapado de sudor y sangre estaba el gorro de fieltro yla apelmazada masa de pelo.

Habían llegado los portadores de agua. Ninguno entre los guerreros tenía fuerzas ni para hacer copa con las manos, así que simplemente mojaron con el líquido un trapo que los hombres se apretaban a los labios y chupaban.

Dienekes se apartó el pelo enmarañado de la cara. Había perdido el ojo izquierdo. Se lo habían destrozado y había dejado una cuenca de aspecto espantosamente atroz formada por tejido y sangre.

—Lo sé —fue lo único que dijo.

Vi a Aristómenes y Bías yotros del pelotón, León Negro y León Polladeburro, jadeantes, los brazos y piernas lacerados con innumerables cortes, relucientes a causa del fango y la sangre. Ellos y otros hombres yacían amontonados.

Me arrodillé entonces al lado de mi amo, presionando el trapo mojado en el hueco donde había estado su ojo. El tejido se empapó de fluido como una esponja.

Al frente, donde el enemigo retrocedía en salvaje desorden, vi a Polínices, de pie, solo, con los brazos levantados hacia el enemigo que huía.

Se apartó el casco del cráneo, que goteaba sangre y sudor, y lo arrojó triunfante al suelo.

—¡Hoy no, hijos de puta! —rugió al enemigo-. ¡Hoy no!

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