Puertas de fuego
Capítulo 20
Había observado al ejército formar en la llanura bajo Atenea de la Casa de Bronce quizá cincuenta veces en los nueve años anteriores, en diversas formas de convocatoria, mientras se preparaba para marchar hacia una campaña u otra. El cuerpo que se enviaba a las Puertas Calientes era el más reducido. Ni una tercera parte de los convocados para Enofita, cuando casi seis mil guerreros, escuderos y auxiliares habían llenado la llanura, ni la mitad de la movilización, cuatro mil quinientos, para Aquileion, ni siquiera dos mil quinientos, cuando Leónidas sometió a Antirhion cuando de niños Aléxandros y yo habíamos seguido al ejército.
Trescientos.
Esta cantidad tan escasa parecía matraquear en la llanura como un puñado de guisantes en una jarra. Sólo tres docenas de animales de carga estaban en la parte delantera, junto al camino. Sólo había ocho carretas; los animales del sacrificio eran guiados por dos cabreros de expresión asustada.
Ya se habían enviado los suministros e instalado depósitos a lo largo de la ruta de seis días. Además, se preveía que las ciudades aliadas proporcionarían provisiones en el camino, cuando las avanzadillas espartanas eligieran los diversos contingentes que completarían la fuerza hasta llegar a los cuatro mil.
Reinó un augusto silencio durante los sacrificios de despedida realizados por Leónidas en su papel de sacerdote principal, ayudado por Olimpios y Megistias, el adivino tebano que había ido a Lacedemonia por voluntad propia, con su hijo, por amor no a su ciudad natal solamente sino a toda la Hélade, para contribuir sin recompensa alguna con su arte de la adivinación.
Se había reunido el ejército completo, los veinticuatro locoi, no armados debido a la prohibición karneiana pero con su capa escarlata, para presenciar la partida. Cada guerrero de los Trescientos iba engalanado, armado con xiphos y escudo, y capa escarlata sobre los hombros, mientras su escudero permanecía a su lado con la espada hasta que los sacrificios hubieron terminado. Era el mes de Karneius, como he dicho; el nuevo año había empezado a mediados de verano como ocurre en el calendario griego,
y cada hombre tenía que recibir su nueva capa para el año, que sustituiría a la deshilachada que había llevado durante las anteriores cuatro estaciones.
Leónidas ordenó la partida de los Trescientos. Sería un empleo poco económico de los recursos de la ciudad, declaró, proporcionar prendas nuevas a los hombres que las utilizarían tan poco tiempo.
Como había predicho Medón, Dienekes fue elegido como uno de los Trescientos. El propio Medón también fue seleccionado. A los cincuenta y seis años era el cuarto más anciano, detrás del propio Leónidas, que tenía más de sesenta, Olimpios y Megistias el adivino. Dienekes mandaría la enomotia del regimiento de Heracles. Los gemelos campeones de Olimpia, Alfeo y Marón, fueron asimismo seleccionados; se unirían al pelotón desde el Oleaster, el Olivo Silvestre, que estaría situado a la derecha de los Caballeros, en el centro de la línea. Peleando como un dyas los pentatletas gemelos eran invencibles; su inclusión animó grandemente a todos.
También se eligió a Aristodemo el enviado. Pero la elección más asombrosa y controvertida fue la de Aléxandros.
Con veinte años sería el guerrero de línea más joven y uno entre sólo una docena, incluido su compañero de agogé Aristón (de las «narices rotas»
de Polínices), sin experiencia en la batalla. Hay un proverbio en Lacedemonia que dice: «La caña, al lado del bastón», que significa que una cadena es más fuerte si posee un eslabón débil. La falta de fuerza que impulsa al luchador a compensarla con habilidad y astucia, el balbuceo que el orador tiene que vencer con brillantez. Los Trescientos, creía Leónidas, lucharían mejor no como una compañía de campeones individuales, sino como una especie de ejército en miniatura, de jóvenes y de viejos, de novatos y de expertos. Aléxandros se uniría al pelotón de los Heracles mandado por Dienekes; él y su mentor pelearían como dyas.
Aléxandros y Olimpios eran los únicos padre e hijo elegidos para los Trescientos. El hijo de Aléxandros, llamado también Olimpios, les sobreviviría y conservaría el linaje. Era una visión de extrema dureza la de la joven esposa de Aléxandros, Agata, de sólo diecinueve años, sosteniendo en alto a su hijo para la despedida final en la Aphetais, la calle de la Partida.
La madre de Aléxandros, Paraleia, que me había interrogado con tanta habilidad después de lo de Antirhion, se hallaba al lado de la muchacha bajo el mismo bosquecillo de mirtilos del que Aléxandros y yo habíamos partido aquella noche, años atrás, para seguir al ejército.
Se dijeron adioses sobre la marcha cuando la formación partió solemnemente; toda la ciudad daba voces y observaba bajo los robles, cantando el Himno a Cástor. Yo vi a Polínices despedirse de sus tres hijos; los dos mayores de nueve y once años ya estaban en el agogé y llevaban su túnica negra de efebos con la mayor dignidad; cada uno habría dado su brazo derecho para tener oportunidad de marchar entonces con su padre.
Dienekes se detuvo ante Aretes en el borde del camino; ella le acercó al hijo de Gallo, ahora llamado Idotíquides. Mi amo abrazó a cada una de sus hijas; alzó a la más joven en brazos y las besó a todas con infinita ternura. A Aretes la abrazó una vez; luego, atrajo hacia sí su rostro y olió el perfume de su pelo por última vez.
Dos días antes de este momento, Aretes me había llamado en privado, como siempre hacía antes de una partida. Es costumbre de los espartanos, durante la semana anterior a la partida hacia la guerra, que los Iguales pasen un día sin entrenar ni hacer ejercicios sino a su gusto, en el kleroi, la casa que cada guerrero tiene según las leyes de Licurgo y de la que saca el producto con que se mantiene a sí mismo y a su familia como ciudadano e Igual. Esos «días en el campo», como los llaman, incluyen una tradición nacional que deriva del deseo natural del guerrero de regresar allí antes de la batalla y, en cierto sentido, despedirse de los felices escenarios de su infancia. Esto y el propósito más práctico, en los tiempos antiguos al menos, de equiparse y proveerse de los almacenes del kleros. Un día en el campo es una fiesta, una de las raras ocasiones en que un Igual y los que sirven a su tierra pueden reunirse como compañeros y llenar el estómago con el corazón alegre. Hacia allí nos encaminamos, a la casa de campo llamada Dafneión, varias mañanas antes de partir hacia las Puertas.
Dos familias de ilotas mesenios trabajaban esa tierra, veintitrés personas en total, incluidas un par de abuelas, gemelas, tan ancianas que no recordaban quién era quién, y el infradotado de Kamerion, que había perdido el pie derecho sirviendo de escudero al padre de Dienekes. Este viejo desdentado era capaz de hablar peor que el peor hablado de los marineros y ejercía, por su propia insistencia y para deleite de todos, como maestro de ceremonias durante aquel día.
Mi propia esposa e hijos servían también en esta granja. Los vecinos de las propiedades colindantes iban de visita. Se ofrecían premios para diferentes categorías caprichosas; se celebraba un baile al aire libre, al lado del bosquecillo de laureles por el que la granja recibía su nombre, y
diversos juegos infantiles, antes de que el grupo acometiera, a media tarde, una comida comunal bajo los árboles, en la que el propio Dienekes y Aretes con sus hijas servían a los demás. Se intercambiaban regalos, se zanjaban las discusiones y desavenencias, se presentaban reclamaciones y se aireaban las quejas. Si un tipo del kleros quería prometerse con su amor de la granja de aquella colina, podía abordar entonces a Dienekes y pedirle su bendición.
Invariablemente, dos o tres de los hombres y jóvenes ilotas más robustos acompañarían al ejército, como artesanos o armadores, auxiliares o encargados de las jabalinas. Lejos de resentirse de ello o de procurar eludir estos peligros, los jóvenes se exhibían en todo su vigor; sus novias se aferraban a ellos durante todo el día y se hacían muchas proposiciones de matrimonio en la alegría inducida por el vino de esas felices tardes en el campo.
Cuando el alegre grupo hubo «saciado su deseo de comida y bebida», como dice Homero, se amontonó a los pies de Dienekes más grano y fruta, vino, pasteles y quesos de los que podría llevar en un centenar de batallas.
Entonces se retiró a la mesa del patio, con los ancianos de la granja, para concluir los detalles que quedaban por ordenar de los asuntos del kleros antes de partir.
Cuando los hombres habían vuelto a sus asuntos fue cuando Aretes me hizo seña de que me reuniera con ella en privado. Nos sentamos ante una mesa en la cocina de la granja. Era un lugar alegre, cálido al sol de última hora que entraba a raudales por la puerta del patio. El hijo de Gallo, Idotíquides, jugaba fuera con otros dos pilluelos desnudos, entre los que se encontraba mi propio hijo Escamándridas. Los ojos de la señora se posaron por un momento, con pesar, en los pequeños alborotadores.
—Los dioses siempre están un paso por delante de nosotros, ¿verdad, Xeo?
Era la primera insinuación que recibía de sus labios que confirmaba lo que nadie poseía valor para preguntar: que la señora en verdad no había previsto las consecuencias de su acción, aquella noche de la krypteia, cuando salvó la vida del niño.
Hizo espacio sobre la mesa. La señora puso a mi cuidado, como siempre, los artículos del equipo de su esposo que una esposa debía proporcionar. El equipo médico, atado en el grueso rollo de pellejo de buey que se doblaba como venda para una tablilla o, atado plano sobre la carne,
para cerrar una herida. Las tres agujas curvadas de oro egipcio, llamadas por los espartanos «anzuelos de pesca», con su carrete de hilo y lanceta de acero, para utilizar en el arte de coser carne. Las compresas de lino blanqueado, las ataduras de cuero para torniquetes, los «mordiscos de perro», las tenacillas con punta de aguja para extraer puntas de lanza o, con más frecuencia, las astillas o fragmentos de proyectiles que vuelan con el choque del acero con el hierro y del hierro con el bronce.
A continuación, el dinero. Un escondite para unos óbolos eginetas que, como moneda, los guerreros tenían prohibido llevar pero que, descubiertos en el equipaje de un escudero, resultarían útiles en algún mercado que encontráramos por el camino o junto a la carreta del vivandero, para conseguir productos necesarios olvidados o para comprar algo con que animar el espíritu.
Finalmente aquellos artículos de importancia puramente personal, las pequeñas sorpresas y amuletos, objetos de superstición, los talismanes particulares del amor. El esbozo de una chica en cera de color, una cinta del pelo de una hija, un amuleto de ámbar tallado por la mano inexperta de un hijo. A mi cuidado la señora colocó un paquete de dulces, pastelillos de sésamo e higos azucarados.
—Puedes quedarte tu parte —dijo con una sonrisa-, pero deja algunos para mi esposo.
Siempre había algo para mí. Aquel día fue una bolsa de monedas de los atenienses, veinte en total, tetradracmas, casi tres meses de paga de un remero experto o un hoplita de su ejército. Era asombroso que la señora poseyera esta cantidad, aunque fuera de su propio bolsillo, y su generosidad me dejó atónito. Esos «búhos», como se les llamaba por la imagen que aparecía en su reverso, eran buenos no sólo en la ciudad de Atenas sino en cualquier lugar de Grecia.
—Cuando acompañaste a mi esposo en la embajada a Atenas el mes pasado —la señora interrumpió mi torpe silencio-, ¿tuviste ocasión de visitar a tu prima? Diómaca. Se llama así, ¿verdad?
Así era y ella lo sabía. Ese deseo, tanto tiempo acariciado por mí, por fin se había hecho realidad. El propio Dienekes me había enviado a ese recado. Entonces vislumbré la posibilidad de que la señora hubiera tenido algo que ver en ello. Pregunté si había sido ella, Aretes, quien lo había urdido todo.
—Las esposas de Lacedemonia tenemos prohibidos los vestidos elegantes o las joyas o los cosméticos. Sería cruel en extremo, ¿no crees?, que también nos prohibieran intrigar un poco con inocencia.
Me sonrió, aguardando mi respuesta.
—¿Y bien? —preguntó.
—¿Y bien, qué?
Mi esposa Thereia estaba fuera, en el patio, cotilleando con las otras mujeres. Me sentí turbado.
—Mi prima es una mujer casada, señora. Igual que yo soy un hombre casado.
Los ojos de la señora brillaron con picardía.
—No serías el primer esposo que ama a otra además de a su esposa. Ni la primera esposa.
Enseguida toda la alegría desapareció de la mirada de la señora. Su expresión se volvió seria, ensombrecida, al parecer, por la tristeza.
—Los dioses han hecho la misma jugarreta con mi marido y conmigo.
—Se puso en pie y señaló la puerta y el patio-. Ven, vamos a dar un paseo.
La señora subió descalza la pendiente hasta un lugar en la sombra bajo los robles. ¿En qué otro país, sino en Lacedemonia, una mujer noble tendría unas plantas tan endurecidas que le permitieran pisar las afiladas hojas de roble sin sentir sus punzadas?
—Ya sabes, Xeo, que yo era la esposa del hermano de mi esposo antes de casarme con él.
Esto yo lo sabía, como he dicho, pues me lo había contado el propio Dienekes.
—Se llamaba latrocles, sé que ya conoces la historia. Le mataron en Pelene; murió como un héroe a los treinta y un años. Era el más noble de su generación, un Caballero y vencedor en Olimpia, dotado por los dioses con una virtud y belleza semejantes a Polínices en esta generación. Me persiguió apasionadamente, con tanta impetuosidad que me llevó de la casa de mi padre cuando aún era una niña. Todo esto los espartanos lo saben.
Pero te diré algo que que nadie, excepto mi esposo, conoce.
La señora había llegado a un tronco de roble bajo, un banco natural a la sombra del árbol. Se sentó y me indicó que ocupara un lugar a su lado.
—Allí —dijo, señalando el espacio abierto entre dos construcciones y el camino que conducía a la era-. Allí, donde el camino da la vuelta es donde vi a Dienekes por primera vez. Era un día como hoy. La ocasión era
la primera marcha de latrocles. Tenía veinte años. Mi padre nos había traído a mí, a mi hermano y a mis hermanas desde nuestro kleros con regalos de frutas y una cabra. Los muchachos de la granja estaban jugando, allí mismo, cuando llegué, cogida de la mano de mi padre, a este montículo donde tú y yo ahora estamos sentados.
La señora se levantó. Por un momento escrutó mis ojos, como para asegurarse de que estaba atento y comprendía.
—Vi a Dienekes primero por detrás. Sólo sus hombros desnudos y la parte posterior de su cabeza. Supe enseguida que le amaría a él y sólo a él toda mi vida.
Su expresión se hizo grave ante este misterio, la llamada de Eros y el funcionamiento desconocido del corazón.
—Recuerdo que esperé a que se volviera, para verle, ver su rostro. Era extraño. En cierto modo fue como una pareja concertada, cuando esperas con el corazón latiéndote deprisa ver el rostro al que amarás.
»Por fin se volvió. Estaba peleando con otro muchacho. Incluso entonces, Xeo, Dienekes no era guapo. Apenas podías creer que fuera el hermano de su hermano. Pero a mis ojos parecía eueidestatos, el alma de la belleza. Los dioses no podían haber elaborado un rostro que me conmoviera más. Él entonces tenía trece años. Yo, nueve.
La señora se interrumpió un momento y se quedó mirando solemnemente hacia el lugar del que hablaba. No se presentó la ocasión, declaró, en toda su infancia de poder hablar en privado con Dienekes.
Ella le observaba a menudo en las carreras y en los ejercicios con el pelotón del agogé. Pero nunca compartieron un momento. Ella no tenía idea siquiera de si él sabía quién era ella.
Sin embargo, sabía que su hermano la había elegido a ella y había hablado con los mayores de su familia.
—Lloré cuando mi padre me dijo que me habían entregado a latrocles.
Me maldije a mí misma por la crueldad de mi ingratitud. ¿Qué más podía pedir una chica que aquel hombre noble y virtuoso? Pero no podía dominar mi corazón. Amaba al hermano de aquel hombre, aquel hombre guapo y valiente con el que iba a casarme.
»Cuando mataron a latrocles, me quedé desconsolada. Pero la causa de mi tristeza no era la que la gente creía. Yo temía que los dioses hubieran respondido con su muerte a la egoísta plegaria de mi corazón. Esperé a que Dienekes eligiera otro esposo para mí como era su obligación según las
leyes, y al ver que no lo hacía, acudí a él, desvergonzada, en el polvo de la palaistra, y le obligué a tomarme por esposa.
»Mi esposo aceptó este amor y me correspondió, cuando los huesos de su hermano aún estaban calientes. El placer era tan grande entre nosotros, nuestra secreta alegría en el lecho nupcial, que este amor mismo se convirtió en una maldición para nosotros. Mi propia culpa la podría pagar; para una mujer es fácil porque puede sentir crecer dentro de sí la nueva vida que su esposo ha plantado.
»Pero cuando cada hijo nacía y cada uno era hembra, cuatro hijas, y después perdí la capacidad de concebir, sentí, y también mi esposo, que era una maldición de los dioses por nuestra pasión.
La señora se interrumpió y volvió a mirar al pie de la pendiente. Los niños, incluidos mi hijo y el pequeño Idotíquides, habían salido del patio y ahora jugaban felices justo bajo del lugar donde estábamos sentados.
—Entonces llegaron las llamadas a los Trescientos para ir a las Termópilas. Al fin, pensé, percibo la verdadera perversidad del plan de los dioses. Sin un hijo varón, mi esposo no puede ser llamado. Le negarán el mayor de los honores. Pero en el fondo no me importaba. Lo único que importaba era que viviría. Quizá sólo una semana o un mes, hasta la siguiente batalla. Pero aun así, viviría. Yo aún le tendría. Aún sería mío.
Ahora el propio Dienekes, finalizados los asuntos domésticos que le retenían dentro, salió a la llanura que se extendía a nuestros pies. Allí se unió, alegre, con los chiquillos, que alborotaban, obedeciendo ya en su sangre a los instintos de la batalla y de la guerra.
—Los dioses nos hacen amar a quien no debemos —declaró la señora-y no corresponder a quien debemos. Matan a los que deberían vivir y conservan la vida de los que merecen morir. Dan con una mano y quitan con la otra, según sus propias leyes desconocidas para nosotros.
Dienekes ahora había localizado a Aretes, que le miraba desde arriba.
Alzó a Idotíquides y agitó los brazos del niño hacia lo alto de la colina.
Aretes respondió al saludo.
—Ahora, empujada por un impulso ciego, he salvado la vida de ese chiquillo, el hijo bastardo de mi hermano, y con ello he perdido a mi esposo.
Pronunció estas palabras con tanta suavidad y tanta tristeza que tuve la sensación de que se me hacía un nudo en la garganta y me escocían los ojos.
—Las esposas de otras ciudades se maravillan de las mujeres de Lacedemonia —dijo la señora-. ¿Cómo, se preguntan, pueden estas esposas espartanas mantenerse erguidas e impasibles cuando los cuerpos destrozados de sus esposos son llevados a casa para ser enterrados o, peor aún, son sepultados bajo una tierra extraña sin nada, salvo la fría memoria, que se aferre a sus corazones? Estas mujeres creen que somos más fuertes de lo que en realidad somos. Te diré una cosa, Xeo: no lo somos.
»¿Creen que las esposas de Lacedemonia amamos a nuestros esposos menos que ellas? ¿Que nuestros corazones están hechos de piedra y acero?
¿Imaginan que nuestra pena es menor porque la ahogamos en nuestro interior?
Parpadeó una vez, con los ojos secos, y volvió la mirada hacia la mía.
—Los dioses también te han hecho una jugarreta, Xeo. Pero quizá no sea demasiado tarde para volver a echar los dados. Por esto te he dado esa bolsa de «búhos».
Yo ya sabía qué pretendía su corazón.
—Tú no eres espartano. ¿Por qué has de atarte con sus crueles leyes?
¿Los dioses no te han robado ya suficientemente?
Le rogué que no hablara más de eso.
—Esa chica a la que amas, puedo hacer que la traigan aquí. Sólo tienes que pedirlo.
—¡No! Te lo ruego.
—Entonces corre. Huye esta noche. Vete.
Repliqué sin vacilar que no podía hacerlo.
—Mi esposo encontrará a otro que le sirva. Deja que muera otro en tu lugar.
—Señora, sería un deshonor.
Sentí que la mejilla me ardía y me di cuenta de que la señora me había dado una bofetada.
—¿Deshonor? —Escupió esta palabra con repulsión y desdén.
Al pie de la colina se habían reunido con los niños y Dienekes el resto de muchachos de la granja. Habían empezado un partido de pelota. Los gritos de agon de los muchachos, de contención y competición, resonaban hasta lo alto de la pendiente donde estaba sentada la señora.
Yo sólo podía sentir gratitud por lo que había brotado tan noblemente de su corazón: el deseo de concederme esa clemencia que ella creía que la moira, el destino, le había negado a ella. Concederme a mí y a aquella a la
que ella creía que amaba una oportunidad de romper las ataduras que le parecían les habían mantenido prisioneros a ella y a su esposo.
No podía decirle nada más que lo que ya sabía. No podía irme.
—Además, los dioses ya estarían allí —dije-. Como siempre, un paso más adelante.
Vi que sus hombros se erguían entonces, cuando su voluntad dominó el impulso imposible de su corazón.
—Tu prima sabrá dónde yace tu cuerpo, y con qué honor pereciste. Por Helena y los Gemelos, lo juro.
La señora se levantó del banco de roble. La charla había terminado.
Ella volvía a ser una espartana.
La mañana de la partida vi de nuevo en su rostro aquella expresión austera. La señora se soltó del abrazo de su esposo y reunió a sus hijas junto a ella, adoptando una vez más aquella postura, erguida y solemne, igual que las otras esposas espartanas que se alineaban bajo los robles.
Vi a Leónidas abrazar a su esposa Gorgo, «Ojos Vivos», a sus hijas y a su hijo varón, Pleistarcos, quien algún día ocuparía su lugar como rey.
Mi esposa, Thereia, me abrazó con fuerza, apretándome contra sí mientras sostenía a nuestros hijos en un brazo. No estaría mucho tiempo sin esposo.
—Espera al menos a que me pierda de vista —bromeé, y sostuve en brazos a mis hijos, a los que apenas conocía. Su madre era una buena mujer.
Ojalá hubiera podido amarla como se merecía.
Terminaron los sacrificios finales, se interpretaron y se registraron los presagios. Los Trescientos formaron, cada Igual con un solo escudero, en las largas sombras arrojadas por el distante Parnon con el ejército completo de testigo en el lado del escudo de la ladera de la colina. Leónidas ocupó su lugar delante de ellos, junto al altar de piedra, engalanado como ellos. El resto de la ciudad, ancianos y niños, esposas y madres, ilotas y artesanos, se encontraban de pie en la pendiente del lado de la lanza. Aún no había amanecido; el sol aún no asomaba por la cima del Parnon.
—La muerte acecha cerca de nosotros —dijo el rey-. ¿La notáis, hermanos? Yo soy humano y la temo. Mis ojos buscan alrededor un lugar donde, fortalecer el corazón para el momento en que tenga que mirarla a la cara.
Leónidas empezó suavemente, con una voz que en la quietud del alma podía fácilmente ser oída por todos.
—¿Debo deciros dónde encuentro esta fuerza, amigos? En los ojos de nuestros hijos vestidos de escarlata ante nosotros, sí, y en el semblante de sus camaradas que nos seguirán en batallas venideras. Pero sobre todo, mi corazón encuentra valor en ellas, nuestras mujeres, que nos observan partir, en silencio y sin derramar una lágrima.
Señaló a las damas y señoras reunidas y destacó a dos matriarcas, Pirra y Alcmena, y las citó por el nombre.
—¿Cuántas veces han estado aquí estas dos gemelas, en la fresca sombra del Parnon, y contemplado partir hacia la guerra a aquellos a los que aman? Pirra, tú has visto abuelos y padre marchar por el Afetas, sin que regresaran jamás. Alcmena, tus ojos se han mantenido secos cuando esposo y hermanos han partido hacia la muerte. Ahora volvéis a estar aquí, con otras muchas que han sufrido igual o más que vosotras, contemplando a hijos y nietos marchar al infierno.
Esto era cierto. El hijo de la matriarca Pirra, Doreión, estaba engalanado entre los Caballeros; los nietos de Alcmena eran los campeones Alfeo y Marón.
—El dolor del hombre se soporta con ligereza y pronto se supera.
Nuestras heridas son de la carne, que no es nada; las de las mujeres lo son del corazón: tristeza infinita, mucho más amarga de soportar.
Leónidas señaló a las viudas y madres reunidas en las laderas aún en sombras.
—Aprended de ellas, hermanos, de su dolor al dar a luz que los dioses han ordenado inmutable. Sed testigos de la lección que nos dan: que nada bueno en la vida llega sin un precio. El más dulce de todos ellos es la libertad. Esto es lo que hemos elegido y esto es por lo que pagamos. Ellas nos han enseñado a despreciar la vida ociosa, que esta rica tierra nuestra podría darnos si lo deseáramos, y en cambio nos inscribimos en la academia de la disciplina y el sacrificio. Guiados por estas leyes, nuestros padres han respirado durante veinte generaciones el aire bendito de la libertad y han pagado todo el tributo cuando se ha presentado. Nosotros, sus hijos, no podemos hacer menos.
En la mano de cada guerrero su escudero puso una copa de vino, su propio cáliz ritual, entregado a él el día en que llegó a Igual y traído sólo para las ceremonias de la mayor solemnidad. Leónidas alzó el suyo con una plegaria a Zeus el conquistador y a Helena y los Gemelos. Él sirvió la libación.
—En seiscientos años, dice el poeta, ninguna mujer espartana ha contemplado el humo de los fuegos enemigos.
Leónidas levantó ambos brazos y los estiró, y alzó su rostro a los dioses.
—Por Zeus y Eros, por Atenea la Protectora y Artemisa la Recta, por las Musas y todos los dioses y héroes que defienden Lacedemonia, y por la sangre de mi propia carne, juro que nuestras esposas e hijas, nuestras hermanas y madres no contemplarán esos fuegos ahora.
Bebió, y los hombres le imitaron.
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