Puertas de fuego

Steven Pressfield · Capítulo 9 de 41

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Puertas de fuego

Capítulo 6

Aquel invierno, según dijo Bruxieos, fue el más frío que él recordaba.

Las ovejas murieron congeladas en los pastos altos. Capas de nieve de seis metros de altura bloqueaban los pasos. Los ciervos estaban tan desesperados a causa del hambre que bajaron, enflaquecidos y ciegos, hasta los corrales de invierno de los pastores, donde se presentaron para que los mataran.

Nosotros nos quedamos en las montañas, tan arriba que las pieles de los zorros eran blancas como la nieve. Dormíamos en cabañas que los pastores habían abandonado o en cuevas de hielo que excavábamos con hachas de piedra y cuyo suelo cubríamos con ramas de pino, donde nos acurrucábamos bajo nuestras triples capas como si fuéramos cachorros.

Rogué a Bruxieos que me abandonaran, que me dejaran morir en paz en el frío. Ellos insistieron en que les permitiera llevarme a una ciudad, a un médico. Me negué en redondo. Jamás volvería a colocarme ante un extraño, ningún extraño, sin llevar una arma en la mano. ¿Imaginaba Bruxieos que los médicos poseían un mayor sentido del honor que los otros hombres?

¿Qué pago pediría cualquier curandero de la ciudad? ¿Qué beneficio descubriría en un esclavo y un muchacho tullido? ¿De qué le serviría una chica de trece años muerta de hambre?

Tenía otra razón para negarme a ir a la ciudad. Me detestaba a mí mismo por la vergonzosa manera en que había gritado sin parar durante las horas en que duró mi tortura. Había visto mi corazón y era el corazón de un cobarde. Me despreciaba con inclemente desdén. Las historias de los espartanos que había escuchado sólo hacían que me odiara más. Ninguno de ellos habría suplicado por su vida como había hecho yo, ausente todo asomo de dignidad. Peor aún, el recuerdo del asesinato de mis padres me atormentaba. ¿Dónde me encontraba yo en su hora de desesperación? No estaba allí cuando me necesitaban. Mentalmente, imaginaba una y otra vez cómo los habían matado, y yo siempre estaba ausente. Quería morir. El único pensamiento que me consolaba era la certeza de que pronto moriría, y con ello dejaría aquella deshonrosa existencia.

Bruxieos intuía estos pensamientos y a su manera compasiva intentaba quitármelos de la cabeza. Yo no era más que un niño, me dijo. ¿Qué prodigios de valor cabía esperar de un chiquillo de diez años?

—En Esparta, a los diez años los niños ya son hombres —declaré.

Fue la primera y única vez que vi verdaderamente enfadado a Bruxieos. Me sacudió por los hombros y me hizo ponerme en pie, delante de él.

—Escúchame. Sólo los dioses y los héroes pueden ser valientes por sí solos. Un hombre sólo puede dar muestras de valor de una manera: en las filas con sus compañeros de armas, como parte de su ciudad. El más lastimoso de todos los estados bajo el cielo es el de un hombre solo, sin los dioses de su hogar y su polis. Un hombre sin ciudad no es un hombre. Es una sombra, una concha, una broma y una burla de sí mismo. Esto es lo que eres ahora, mi pobre Xeo. Nadie puede esperar que el que está solo, lejos de los dioses de su hogar, sea valiente.

Entonces se interrumpió; desvió la mirada con aire triste. Vi la marca de la esclavitud en su frente. Comprendí. Ésa era la vida que él había llevado, todos aquellos años, en la casa de mi padre.

—Pero tú has sido un hombre, querido tío —-dije, empleando el término astakiota más cariñoso-. ¿Cómo lo has hecho?

Él me miró con ojos tristes y bondadosos.

—El amor que habría dado a mis propios hijos te lo di a ti, sobrino mío. Ésa era mi respuesta a los designios inescrutables de Dios. Pero al parecer los argivos son más queridos por Él que yo. Ha permitido que me arrebataran la vida no una vez, sino dos.

Estas palabras, pronunciadas con intención de consolarme, sólo sirvieron para reforzar mis deseos de morir. Mis manos se habían hinchado y eran el doble de grandes de lo normal. Rezumaban pus y veneno, y formaban una espantosa masa helada que cada mañana tenía que romper para dejar al descubierto la carne mutilada que había debajo. Bruxieos hacía todo lo que podía con ungüentos y cataplasmas, pero no servía de nada.

Ambos huesos metacarpianos centrales de la mano derecha habían resultado gravemente dañados. No podía cerrar los dedos. Jamás podría sostener una lanza o agarrar una espada. Diómaca intentaba consolarme comparando mi desgracia con la suya. Yo me burlaba amargamente:

—Pero tú puedes seguir siendo una mujer. ¿Qué puedo hacer yo?

¿Cómo podré jamás ocupar mi lugar en la línea de batalla?

Por la noche, los accesos de fiebre alta alternaban con ataques de escalofríos que me hacían castañetear los dientes. El calor me bañaba en sudor, que luego se helaba. Me acurrucaba en los brazos de Diómaca, mientras Bruxieos nos envolvía a los dos para darnos calor. Invoqué a los dioses una y otra vez, pero no recibí ni un susurro de respuesta. Nos habían abandonado, estaba claro, ahora que ya no éramos dueños de nosotros mismos ni nuestra polis nos poseía.

Una noche en que tuve hebra alta, unos diez días después del incidente en la granja, Diómaca y Bruxieos me envolvieron en una capa y pieles y salimos a buscar comida. Había empezado a nevar y esperaban aprovechar el silencio, quizá con suerte para pillar desprevenidas a una liebre o a una nidada de guacos que hubiera caído al suelo.

Esa era mi oportunidad. Decidí aprovecharla. Esperé a estar fuera del alcance de la vista y del oído de Bruxieos y Diómaca. Dejé la capa, las pieles y las envolturas de los pies para ellos y partí, descalzo, en la tormenta.

Caminé penosamente durante lo que me parecieron horas pero es probable que no fueran más de cinco minutos. La fiebre se había apoderado de mí. Estaba ciego como los ciervos, aunque me guiaba un sentido de la orientación absolutamente seguro. Encontré un lugar al abrigo de un bosquecillo de pinos y supe que debía quedarme allí. Me embargó un hondo sentimiento del decoro. Quería hacerlo de forma adecuada y, sobre todo, no causar ningún problema a Bruxieos y Diómaca.

Escogí un árbol y me apoyé en él para que su espíritu, que tocaba cielo y tierra, acompañara al mío al salir de este mundo. Sí, ése era el árbol.

Percibía al sueño, hermano de la Muerte, avanzar desde los dedos de los pies. Lo sentí en la entrepierna y el tórax. Cuando la insensibilidad llegue al corazón, imaginé, moriré. Entonces se me ocurrió una idea horrible.

¿Y si me había equivocado de árbol? Quizá debería apoyarme en aquél. O en el otro de allí. Me embargó el pánico provocado por la indecisión. ¡Me hallaba en un lugar erróneo! Tenía que levantarme, pero no podía ordenar a mis piernas que se movieran. Gemí. Estaba fallando incluso en mi propia muerte. Cuando mi pánico y desesperación alcanzaban su punto máximo me sobresalté al descubrir a un hombre de pie, directamente sobre mí en el bosquecillo.

Mi primer pensamiento fue que él podría ayudarme a moverme. Podría aconsejarme. Ayudarme a decidir. Juntos elegiríamos el árbol correcto y él

me colocaría apoyado en él. De alguna parte de mi mente surgió este pensamiento: ¿qué hace un hombre aquí, a estas horas, con esta tormenta?

Parpadeé e hice esfuerzos para enfocar la vista. No, no era un sueño.

Fuera quien fuese, estaba allí realmente. Se me ocurrió de un modo confuso que debía de ser un dios, que yo estaba actuando impíamente hacia él. Le estaba ofendiendo. Seguro que lo correcto era responder con terror o sobrecogimiento, o postrarme ante él. Sin embargo, algo en su actitud, que no era grave sino extrañamente fantástica, parecía decir: «No te molestes.

He aceptado esto». Parecía complacerle. Yo sabía que iba a hablar y que cualesquiera palabras que pronunciara serían de capital importancia para mí, en esta vida terrenal o en la vida en la que estaba a punto de entrar.

Tenía que escuchar con todas mis facultades y no olvidar nada.

Sus ojos tropezaron con los míos con una bondad divertida. —Siempre me ha parecido que la lanza es —habló con una serena majestuosidad que no podía ser otra cosa que la voz de un dios- un arma poco elegante.

Qué palabras tan extrañas, pensé.

¿Y por qué «poco elegante»? Tenía la sensación de que había pronunciado esas palabras de un modo absolutamente deliberado, que eran las que el dios buscaba. Parecía que significaban algo para él, pero yo no tenía ni idea de qué podía ser. Entonces vi el arco de plata colgado de su hombro.

El propio Arquero.

Apolo, el Gran Arquero.

En un destello que no fue ni un rayo ni una revelación, sino la mayor y más clara aprehensión del mundo, comprendí lo que sus palabras y su presencia significaban, y qué debía hacer yo.

Mi mano derecha, sus nervios desgarrados nunca producirían la presión necesaria para agarrar el mango de una lanza. Pero los dedos podían coger y tirar de la cuerda de un arco. La izquierda, aunque nunca se agarraría a la empuñadura de un escudo hoplon, podía no obstante sujetar la cuerda de un arco y extenderla en toda su capacidad.

El arco.

El arco me protegería.

Los ojos del arquero sondearon los míos, suavemente, durante un instante. ¿Lo había entendido? Su mirada parecía preguntar: «¿Ahora me servirás?», como para confirmar el hecho, desconocido para mí hasta entonces, de que había estado a su servicio toda la vida.

Sentí que el calor regresaba a mi tórax y que la sangre descendía como una marea a mis piernas y pies. Oí que me llamaban desde lo alto y supe que mi prima y Bruxieos, alarmados, registraban la colina en mi busca.

Diómaca había llegado hasta mí.

—¿Qué haces aquí solo?

Noté que me daba unas palmadas en las mejillas, con fuerza, como para hacerme volver de una visión o un éxtasis; estaba llorando, me aferraba y me abrazaba, y se quitó la capa para envolverme con ella. Llamó a Bruxieos, que en su ceguera ascendía la cuesta lo más deprisa que podía.

—Estoy bien —oí que decía mi voz para tranquilizarla. Ella volvió a darme unas bofetadas, llorando, maldiciéndome por ser tan tonto y haberles dado un susto de muerte-. Estoy bien, Dio —oí que mi voz repetía-. Estoy bien.

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