Puertas de fuego
Capítulo 37
Éstas fueron las últimas palabras que pronunció el cautivo Xeones. La voz del hombre se apagó, sus signos vitales decayeron rápidamente. Al cabo de unos minutos el hombre yacía inmóvil y frío. Su dios le había agotado y le devolvió al fin a donde él más deseaba estar: reunido con sus camaradas bajo tierra.
Fuera, elementos acorazados de las fuerzas de Su Majestad se retiraban ruidosamente de la ciudad. Orontes ordenó que el cuerpo de Xeones fuera quemado fuera, en su litera. Reinaba el caos. El capitán hacía rato que debía estar en su puesto; era preciso que partiera de inmediato.
Su Majestad recordará el estado de anarquía que prevaleció aquella mañana. Numerosos pillos, la escoria del populacho ateniense, ese elemento de tan baja categoría que no merece siquiera ser evacuado, sino abandonado, que rondaban por las calles como depredadores, se volvieron entonces lo bastante osados para penetrar en los márgenes del campamento de Su Majestad. Estos villanos saqueaban todo lo que podían.
Cuando nuestro grupo salía a aquel paseo en ruinas llamado por los atenienses el camino Sagrado, un grupo de esta basura pasó por casualidad junto a nosotros acompañado por subalternos de la policía militar de Su Majestad.
Para mi asombro, el capitán Orontes detuvo a estos oficiales. Les ordenó que liberaran a los maleantes que tenían a su cargo y a ellos que se marcharan. Los malhechores eran tres y del talante más canallesco imaginable. Se irguieron ante Orontes y los oficiales de los Inmortales, esperando, claramente, ser ejecutados allí mismo. El capitán me ordenó que tradujera.
Orontes les preguntó si eran atenienses. No ciudadanos, respondieron, sino hombres de la ciudad. Orontes señaló la tosca tela que envolvía la figura de Xeones.
—¿Sabéis qué es esta prenda?
El cabecilla de los villanos, un joven que aún no tenía veinte años, respondió que era la capa escarlata de Esparta, el manto que vestían sólo los guerreros de Lacedemonia. Ninguno de los criminales podía explicar la
presencia del cuerpo de ese hombre, un heleno, allí, a cargo del enemigo persa.
Orontes interrogó más a aquellos granujas. ¿Sabían cuál era la situación, en el puerto de Falero, de aquel templo llamado de Perséfone la del Velo?
Los matones respondieron afirmativamente.
Para mi mayor asombro, y también el de los oficiales, el capitán sacó de su bolsa tres dáricos, que representaban cada uno la paga de un mes de un hombre de infantería pesada, y entregó este tesoro a los villanos.
—Llevad el cuerpo de este hombre a ese, templo y permaneced con él hasta que las sacerdotisas regresen de su evacuación. Ellas sabrán qué hacer con él.
Aquí uno de los oficiales de los Inmortales intervino para protestar.
—Mira a estos criminales. ¡Son unos cerdos! Pon oro en sus manos y arrojarán hombre y litera a la primera zanja que encuentren.
No quedaba tiempo para discutir. Orontes, yo y los oficiales debíamos apresurarnos para llegar a nuestro puesto. El capitán examinó los rostros de los tres hombres que tenía delante.
—¿Amáis a vuestro país? —preguntó.
La expresión de desafío de los villanos respondió por ellos. Orontes señaló el cuerpo que había en la litera.
—Este hombre, con su vida, la ha preservado. Llevadle con honor.
Dejamos allí el cuerpo del espartano Xeones y en un instante fuimos arrastrados por la irresistible marea de la retirada.
OceanofPDF.com